¿Quién fue Catalina de Siena? La visión del hombre. Parte 3 de 3

Esta última parte (ver parte 1, y parte 2) será necesariamente más breve, pues ya hemos discutido muchos temas relativos al alma y la virtud, y ahora simplemente entraremos con un poco más de detalle en asuntos que no se han profundizado antes, cuando hablamos de la doctrina de la Verdad y la doctrina del puente.

Antropología

La antropología de Santa Catalina es de un carácter totalmente platónico, en una línea más maniquea, más dualista que la agustiniana. El cuerpo es malo, es dañino y perjudicial, mientras que el alma es lo más perfecto que tiene el hombre, precisamente porque está conectada a Dios, es Su imagen, pero está encerrada en el cuerpo por ese pecado original que nos ha alejado de Dios, teniendo inclinación al mal para que el hombre caiga en la humildad necesaria para el retorno a Dios:

También le di esta inclinación para conservarla en la verdadera humildad. Por donde ves que, al crear al alma a mi imagen y semejanza, colocándola en tanta dignidad y belleza, le di por compañero lo más vil que existe, pues le di la mala inclinación, esto es, pegándosela al cuerpo, formado de lo más vil de la tierra, para que, cuando viera su belleza, no levantase la cabeza de la soberbia contra mí.

(Santa Catalina de Siena, trad. en 2011, p. 235)

No es que niegue la existencia de las cosas sensibles, su realidad, tienen realidad, pero es esa realidad perjudicial, con el alma que aspira a reunirse con Dios y desligarse de la materia, como el alma humana de Plotino.

La perfección se puede alcanzar en vida, pero es mucho más fácil adquirirla tras la muerte cuando el alma se ha podido liberar de la carga que el cuerpo le supone, de manera que los que han llegado a los estados de perfección en vida desean la muerte para poder separarse del cuerpo. Precisamente, un buen ejemplo de esto será una mística posterior, Santa Teresa de Jesús y su «muero porque no muero»:

Han dado un ataque decisivo al amor natural, con aborrecimiento de la vida corporal y con amor a mí. Desean la muerte, y por ello dicen: “¿Quién me desligará de mi cuerpo? Deseo ser desligado del cuerpo y estar con Cristo.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 201)

Con el desprecio tal que parecer tener Santa Catalina por el cuerpo, no extraña mucho que justifique la mortificación del cuerpo, pero la mortificación del cuerpo también tiene un defecto: podemos caer en el error de mortificar nuestro cuerpo sin antes haber mortificado, e incluso acabado, con nuestra propia voluntad. El cuerpo no se debe castigar sin motivo o sin hacer el ejercicio de la luz de la razón que debemos hacer para llegar a Dios, además esta es una de las razones por las que reconoce que no todo el mundo es igual de virtuoso ni tiene la misma naturaleza, porque no todo el mundo puede aguantar la misma penitencia a su cuerpo o incluso puede no soportarla en general, a pesar de que ella misma se sometía a largos periodos de ayuno y al cilicio.

A pesar de que el alma en Santa Catalina es eminentemente (neo)platónica con sus tres potencias1 y sus tres estados, también parece tener en cuenta la concepción biológica de Aristóteles: «El alma, con las angustias de un ardiente deseo, mirándose en el dulce espejo divino, veía a las criaturas seguir distintos modos y con diversos sentimientos en el deseo de conseguir su fin» (Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 154). Hay una causa final a la que nos movemos por atracción, hay una visión teleológica de la realidad, lo que cambia no es el hecho de que nos sintamos atraídos sino cómo nos sentimos y cómo reaccionamos hacia ello, al igual que Aristóteles decía que nosotros podemos poner medios y metas para alcanzar ese fin.

Este fin, evidentemente, es la unión con Dios y en el hablar de esa unión se manifiesta la enorme influencia que tiene el neoplatonismo2:

Ves, pues, que es cierto lo que dijo mi Verdad: “Quien me ame será uno conmigo”. Siguiendo su doctrina, estaréis unidos a El por el afecto de amor. Al estar unidos a El, lo estáis a Mí, porque somos uno; y así me manifiesto a vosotros, porque vosotros y yo también somos uno (…) Yo invisible, no puedo ser visto por vosotros, que sois visibles, sino cuando estéis separados de vuestros cuerpos.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p.160)

Aquí vemos muchos de los elementos neoplatónicos que hemos estado desarrollando a lo largo de la obra.

Al principio, hace referencia a una verdad teológica, la Santa Trinidad, pero a nosotros lo que nos interesa es lo que va a continuación: nuestra alma y Él también son uno, se produce la misma asimilación que se producía en Plotino de asimilación al Uno —Dios en este caso—, de hacerse Uno una vez nos hemos desligado de la materia, del cuerpo que nos arrastraba.

También volvemos a ver la distinción entre mundo inteligible y sensible, entre el invisible y el visible, el mundo al que pertenece el alma y el mundo al que pertenece el cuerpo. En el pensamiento de Platón, el alma tenía ideas innatas que provenían de antes de estar en el cuerpo y que iban a permitirle —al alma— tener una reminiscencia. Para Santa Catalina no hay esas ideas innatas, de ahí la importancia de la fe, de la que es pupila el entendimiento. Esas ideas innatas que nos iban a permitir salir de la caverna al recordarnos cómo era el verdadero hogar del alma, es ahora esa revelación que hemos adquirido en el bautismo, es nuestro punto de partida para que podamos emprendes las vías del ascenso espiritual del alma.

Ética

Cuando hablábamos de los pasos a dar para evitar el engaño en La doctrina de la verdad, no ahondamos en cómo distinguimos las visiones que vienen de Dios, que nos acercan a Su voluntad divina y a la verdad, y las que vienen del diablo, que he identificado con ese genio maligno que nos pone ideas falsas en la cabeza, y es que es necesario explicar exactamente por qué el hombre cae en el engaño, porque se da en él esa imperfección, que está ligado a un desarrollo de la Ética.

Vamos a encontrar un cierto parecido con la felicidad de la que habla Aristóteles, que está ligada al placer. Sin embargo, no todos los placeres son iguales y algunos no dan la felicidad realmente, sino que sólo la vida contemplativa y acercarnos lo máximo posible al pensamiento que se piensa a sí mismo3 nos otorga la verdadera felicidad, no un placer más físico, que es como típicamente entendemos el placer. Dice Santa Catalina sobre el engaño:

Pero como no me preguntas si en la alegría puede haber engaño, te diré el que se puede tener y en qué se puede descubrir si la alegría es o no verdadera. El engaño puede darse del siguiente modo. Quiero que sepas que lo que la criatura racional ama y desea tener, le produce alegría poseerlo. Cuanto más ama lo que posee, prudentemente tanto menos mira e investiga de dónde viene, por causa del deleite que ha recibido en este mundo.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p.250)

Es decir, cuando buscamos la felicidad —que al final es lo que dice que amamos porque cuando recibimos algo que deseamos, nos produce alegría, ese es el fin de conseguir lo que deseamos, el sentir alegría, porque si no nos la produjera entonces no lo desearíamos—, la buscamos a ciegas. No nos importa si viene de Dios, nos importa adquirirla sin más. Pero, al igual que en Aristóteles, la felicidad verdadera no es algo utilitario, sino que es el “buen vivir”, porque la alegría que no nos llega de Dios nos va a dejar remordimientos:

Muchas veces podrían venir del demonio, y lo mismo sentirían esta alegría, de la que te dije que, cuando la visita era del demonio, venía la alegría, pero quedaban con pena y remordimiento de conciencia y vacíos del deseo de la virtud (…) Como ésta no se halla unida al afecto de la virtud, puedes entender que es alegría producida por el amor que tenía al propio consuelo del espíritu, y por ello goza y siente alegría al ver que posee lo que deseaba, pues es condición del amor, de cualquier género que sea, sentir alegría al recibir lo que se ama.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 250-251)

Me parece importante hacer notar que reconocemos que la alegría no viene de Dios por el sentimiento, sentimiento de pena y de remordimiento, algo que se acerca mucho más a la modernidad, concretamente a Hume, que el pensamiento general de su época. Reconocemos que algo nos aleja o nos acerca a la virtud según el sentimiento que nos produce, pues si es pura felicidad, puro placer, podríamos decir, entonces viene dada por Dios, que es virtud, pero si nos produce el dolor del cargo de conciencia4, entonces esa alegría está exenta de virtud, de Dios. Esto es muy interesante, porque al final lo que hay de fondo en esto es algo muy parecido a lo que decía Anthony Ashley Cooper, que tenemos una voz de la conciencia y cuando hacemos algo bueno, nos agrada, y si hacemos algo malo, nos desagrada.

El hecho de que no importe de dónde venga ese amor que buscamos, qué género sea, también responde a una pregunta que nos podemos hacer con otros autores cristianos: Si deseamos y buscamos el amor a Dios, ¿por qué nos alejamos de Él?, ¿qué hace que caigamos en el pecado? Y, como dije al principio, la solución de Santa Catalina es muy parecida a la de Aristóteles al hablar de cómo la gente busca la felicidad según la función del alma —vegetativa, sensitiva o racional—predomine en esa persona, en el caso de Santa Catalina llegar a la verdadera felicidad supone ser consciente de ese sentimiento de remordimiento, lo cual enlaza con la interioridad necesaria para llegar a Dios, y darnos cuenta de cuando dejamos de tener deseo por la virtud y la alegría ya no nos viene dada por esa aspiración a la virtud.

Evidentemente, en este desarrollo podemos ver también influencia de Santo Tomás de Aquino con la moral como ese movimiento de la criatura racional que tiene como fin alcanzar a Dios por el conocimiento y la contemplación, que es lo que le da esa felicidad. Nos quedaría diferenciar cuál es el impulso fundamental para ese movimiento, si es el amor como en San Agustín o si es el entendimiento y lo cierto es que podríamos ver a los dos. Lo que nos mueve es la voluntad, el querer, pero para Santa Catalina ese buscar el amor también nos lleva al pecado, a alejarnos de Dios, y sólo podemos llegar con el entendimiento que iría más en la línea intelectualista de Santo Tomás.

Retomemos algo que dejamos de lado cuando hablábamos del engaño: la mesura. Dicho así como así, podríamos identificar la mesura con la prudencia aristotélica, pero, aunque es verdad que tienen cierto parecido, es más bien un “derivado” de la igualdad. Dice Santa Catalina:

Esta es una de las cosas que tú y mis siervos unidos a ti debéis tener en cuenta, es decir, que tu juicio no se haga sin mesura. La mesura consiste en lo siguiente: si concretamente ves, no una o dos veces, sino más, que ante tu espíritu aparece el defecto del prójimo, no le debes reprender en particular, sino que, en general, debes recriminar los vicios de quienes te vienen a visitar.

(Santa Catalina de Siena, Op. cit., p. 244)

La mesura, más que prudencia, es una virtud cercana a la humildad que nos permite realizar la acción moral y, como tal, es un término medio. No va a ser como el pensamiento aristotélico, donde la humildad se consideraba un vicio por defecto5, la virtud era la magnanimidad y el vicio por exceso, el otro extremo, era el de la vanidad. Digo que la mesura proviene de la humildad porque, en este caso, sí que va a ser el término medio entre dos excesos: el primero sería el de la soberbia o vanidad en el caso aristotélico de no reconocer nuestra propia miseria y juzgar a los demás desde esa perspectiva, cayendo en el vicio y en el error; el segundo exceso sería, digamos, una dejadez. La virtud no consiste en juzgar a los demás, pues entonces no estaríamos cayendo en nuestra fragilidad, en que nuestro entendimiento, al final, es pobre, pero tampoco consiste en ignorar al que además venga a pedirnos ayuda —venga a visitar.

En la relación con el otro, la mesura es la principal virtud, debemos darnos cuenta a través de nuestra humildad que no podemos recriminar al otro, pero podemos intentar sacarle del vicio si además lo pide. Esa es la mesura con la que Santa Catalina nos pide actuar en su contexto ético.

Conclusión

Santa Catalina de Siena ha sido doctora de la Iglesia desde 1970. Han pasado ya más de cincuenta años y, sin embargo, al buscar documentación para realizar este trabajo, apenas hay más información que la proporcionada por la Orden de los Predicadores, la propia orden a la que ella perteneció.

Como vemos a lo largo de este trabajo, a pesar de ser una obra cuyo núcleo es fundamentalmente teológico y místico, hay numerosas ideas filosóficas que se pueden comentar, discutir y comparar con otros autores. Creo firmemente que no merece ser ignorada como, en mi opinión, está siendo en la filosofía, al igual que no merecen ser ignoradas otras autoras como Edith Stein, otra copatrona de Europa.

En la persona de Santa Catalina de Siena se han juntado dos factores que hacen posible esta falta de reconocimiento y del consecuente análisis de su pensamiento que se podría llevar a cabo en el ámbito filosófico: es católica y mujer. No es ningún secreto que, hoy en día, la filosofía hecha por autores cristianos está desprestigiada, se le reprocha una falta de razonamiento y, en general, no se suelen tomar los autores muy en serios, más aún si estamos hablando de la época medieval; y tampoco es ningún secreto que, si ya resulta difícil que ciertos filósofos medievales salgan a la luz, es mucho más complicado cuando hablamos de autoras. Sin ir más lejos, parece que Eloísa y Abelardo siempre se tienen que comentar juntos y que el pensamiento de ella no tiene valor si hablamos estrictamente de ella; aunque desarrolle este pensamiento en sus cartas, siguen siendo sus ideas y son ideas con un valor filosófico, igual que lo tiene Santa Catalina.

Como ya digo, la obra está narrada en clave mística, lo cual hace que la línea entre teología y filosofía sea algo difusa, de hecho en ocasiones a mí misma me ha costado diferenciar la una de la otra, pero eso no quiere decir que no haya una filosofía que merezca la pena considerar. Dije en la introducción que esta era mi invitación a conocer su pensamiento y esa misma es mi conclusión, invitar a leerla, tanto por la filosofía que encierra como por su valor literario, como por el hecho de que una mujer prácticamente analfabeta llegara a poder concebir todo su Diálogo, demostrando que la filosofía no es sólo para unos pocos, sino que todos podemos ejercerla.

Notas

[1] No se trata en el artículo.

[2] Cuando se hacen referencias al neoplatonismo, suelen ser al neoplatonismo de Plotino por ser el autor más representativo del movimiento filosófico.

[3] Otra razón por la que me parece que el pensamiento de Santa Catalina se acerca a identificar a Dios con el pensamiento que se piensa a sí mismo es, precisamente, porque llegamos a la virtud y a la perfección a través de la introspección, que es, básicamente, pensarnos a nosotros mismos. Entiendo que, si nosotros llegamos a la perfección de este modo, el ser que es más que perfecto —Dios—será precisamente el pensamiento que se cree a sí mismo, al ser el pensamiento al que debemos llegar a través de la interioridad. Pero, de nuevo, no sé hasta qué punto serían comparables y, por eso, tampoco me atrevo a afirmarlo.

[4] Aunque ella no diga que el cargo de conciencia es un dolor, parece que podemos deducirlo, para empezar por nuestra experiencia empírica, porque cuando tenemos un remordimiento es algo que nos duele, que nos agita, y además habla de la pena, que es todo lo contrario a esa alegría que se produce, que es un placer. Realmente, Santa Catalina no va a hablar puramente de sentimiento, placer y dolor, etc., entre otras cosas por lo teológica que es la obra y que quedaban todavía unos siglos para llegar a Hume, por lo que no nos podemos esperar un enorme desarrollo al respecto en mi opinión, pero creo que no es nada descabellada llegar a esa equivalencia y a las similitudes que encuentro con el pensamiento moderno.

[5] Puede ser que esto se trate de un error de traducción y que la palabra más correcta sea “pusilanimidad”.

Bibliografía

Santa Catalina de Siena. (2011). Obras de Santa Catalina de Siena. El diálogo. Oraciones y Soliloquios. (J. Salvador y Conde, ed. y trad.). BAC. (original publicado en c. 1496).

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Julia García (colaboración):
Estudiante del Doble Grado en Filosofía y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Con interés en la filosofía de la ciencia y la naturaleza; en 2021 realizó un año de Física Teórica en la University of Birmingham en Inglaterra.

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