La estetización de la política y sus consecuencias

Walter Benjamin en su ensayo sobre la obra de arte aborda la problemática de la estetización de la política a la cual, según sus propias palabras, “el comunismo debe responder con la politización del arte1”.

Walter Benjamin fue el primero en hacer uso del término “estetización de la política” en su ensayo La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, el cual fue publicado en 1936. El filósofo elaboró este concepto a partir de examinar los cambios sustanciales del pensamiento estético contemporáneo que estaban sucediendo en la época en la que vivía. Se centró en analizar el movimiento cultural del romanticismo y los mecanismos, fuerzas y condiciones de producción del capitalismo, puesto que él consideraba que acabarían incidiendo en todos los ámbitos de la cultura de una manera autodestructiva para la sociedad. Todo ello lo analizó desde una perspectiva marxista en aras de formular exigencias revolucionarias en la política del arte.

En vista de todo lo que estaba sucediendo a principios del siglo XX, Benjamin elaboró el término “estetización de la política” con el objetivo de caracterizar la doble intención fascista de organizar al proletariado y mantener mediante el funcionamiento de mecanismos y dispositivos estético-políticos las relaciones de producción y el régimen de la propiedad. Esta doble intención, a su vez, culmina con nuestra propia destrucción como placer estético de primer orden además de establecer condiciones que garantizan que no se produzca la revolución proletaria.

Fiat ars, pereat mundi, dice el fascismo, esperando de la guerra, como confiesa Marinetti, la satisfacción artística de una percepción sensorial modificada por la técnica2”. El arte por el arte logra su esplendor, pues es donde se condensa de manera excepcional su relación con la llamada estetización de la política.

El arte por el arte es aquel arte absolutamente autónomo, desinteresado, que se preocupa sólo por sí mismo e ignora cualquier reparo histórico, ético o social. Lo importante de este arte es que la obra pueda realizarse a toda costa, aunque sucumba al mundo. Su único criterio es el mérito estético. ¿Qué importa la muerte de un individuo si esto permite la creación de una obra de arte?

Benjamin fue uno de los primeros en percibir la profunda amenaza que supondría el arte por el arte y sus aspiraciones autorreferenciales. De ahí que el propósito de Benjamin con su ensayo consista en señalar que, como consecuencia última de la materialización de esta intención que es la estetización de la vida política, está la guerra. Además, Benjamin fue también de los primeros autores en considerar que la cultura debería ser vista como un lugar más de control social dentro del capitalismo avanzado, cosa que, efectivamente, así fue (es)3.

Los nazis supieron entender desde el primer momento que el arte era un vehículo magnífico para su propaganda política, para definir y controlar a la sociedad. Se apropiaron de prácticamente cualquier expresión artística, desde la pintura hasta la literatura o cine. El Ministerio de Información y Propaganda de Joseph Goebbels se hizo cargo de toda producción artística con el fin de crear un concepto muy específico de sociedad. El arte se funda en portavoz de un modelo de la sociedad ideal con la transferencia de criterios estéticos al campo de lo político y la vida pública. De hecho, se podría afirmar que la estetización de la política se trata de un proceso en el cual, en primer lugar, se ha de dar la transferencia de pautas estéticas vinculadas a la política en el ámbito público para, posteriormente, conseguir la glorificación fascista de la guerra y, en última instancia, ésta misma.

Sólo la guerra permite movilizar todos los medios técnicos de nuestra época sin cambiar el régimen de propiedad4.

Sin embargo, el fascismo, en su exaltación de la guerra, en ningún momento recurrirá a semejantes argumentos para justificar su atroz idealización, la cual “con la destrucción que provoca, demuestra que la sociedad no está madura para hacer de la técnica su órgano y que la técnica no está lo suficientemente elaborada para dominar las fuerzas sociales elementales5”.

Se emplearían escritos como el Manifiesto Futurista de Marinetti para ensalzar sus inhumanos ideales:

La guerra es bella, porque con las máscaras de gas, los aterradores megáfonos, los lanzallamas o las tanquetas instauran la soberanía del hombre sobre la máquina sometida. […] La guerra es bella porque enriquece las floridas praderas con orquídeas ametralladoras. La guerra es bella porque conjunta, en sinfonía, los disparos, los cañonazos, los silencios, los perfumes y olores de la putrefacción6.

Escritos de la misma corriente ejemplifican la esencia del arte por el arte. La estética vale por sí sola, y será puesta por encima de cualquier consideración ética y social. La destrucción, el dolor y la desolación que pueda ocasionar la guerra quedan trasladados, conscientemente, a un segundo plano. Se emplean metáforas para referirse a las balas que causan víctimas humanas (son “orquídeas de fuego”), mientras que el ruido de las armas es calificado con criterios musicales además de que se estetizan y banalizan artilugios como las máscaras de gas que acabaron con millones de vidas durante el holocausto nazi.

Para Benjamin, la transferencia del deleite estético al campo de la guerra es una muestra paradigmática de cómo la estetización de la política ha llegado a un grado de alienación que permite a la humanidad “vivir su propia destrucción como si de un gozo estético de primer orden se tratara7”.

La guerra imperialista es una rebelión de la tecnología que se cobra en material humano la materia natural que la sociedad sustrae. En lugar de canalizar los ríos, dirige el flujo humano hacia las trincheras; en lugar de usar los aviones para sembrar tierra, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades y, con la guerra de gas, encuentra otra manera de acabar con el aura8

En cuanto a la transferencia de pautas estéticas vinculadas al ámbito público y la política, esto se puede entender desde la perspectiva del artista que expresa su voluntad dando forma a la materia deforme: como el artista le da forma a la materia bruta según su ideal de belleza, el gobernante impone sus principios y creencias a las masas sin consideración alguna. Las personas se convierten así en títeres fácilmente maleables, masas pasivas esperando a ser moldeadas por el gobernante.

Cuando las masas son como cera en mis manos o cuando me confundo con ellas y quedo casi aplastado por ellas, me siento parte de la masa. Aun así, persiste en mí cierto sentimiento de aversión, como el que experimenta el artista por el yeso que modela. ¿El escultor no rompe a veces en mil pedazos el bloque de mármol porque no puede darle la forma de la visión que concibió?9.

En estas palabras se distingue una clara estetización de la política, pues se define el ejercicio político como una creación artística que sigue unos valores estéticos independientes a cualquier consideración ética, social o histórica. Las acciones del gobernante son válidas por sí mismas, dado que se juzga con los criterios del arte por el arte: no importa si el escultor rompe en mil pedazos su bloque de mármol o si se sacrifican a cientos de personas, lo primordial es que su ideal de belleza pueda quedar plasmado en la materia informe, en la masa.

Adolf Hitler no sería menos y también creía firmemente en la posibilidad de moldear a la masa a su antojo para imponer su voluntad de artista-gobernante. Sus intenciones se advierten en el uso que hacía de la arquitectura. Con el objetivo de formar a la masa según sus ideales, sus proyectos arquitectónicos eran instrumentos dispuestos para la manipulación de sus ciudadanos: la arquitectura nazi se caracterizaba por construcciones colosales destinadas comúnmente a los edificios oficiales, con el fin de responder a la necesidad de dar cabida a la masa para que atendiese a las celebraciones de los principales actos de Partido, todos ellos dotados de un carácter cultual.  Se buscaban construcciones cada vez más gigantescas para que la masa tuviera la posibilidad de seguir creciendo, además de que todas las edificaciones tenían una forma circular, lo que permitía que la masa pudiera verse a sí misma. En último término, la arquitectura se aúna con la política con el fin de perpetrar la obra de arte anhelada por el gobernante. La política misma se desempeña como obra de arte.

En la estetización de la política por parte del fascismo siempre primará el valor estético sobre cualquier otro valor. Lo bello es lo único tenido en cuenta, de tal modo que la política es tratada como una obra de arte donde las personas son deshumanizadas y se convierten en simples masas pasivas puestas a disposición del gobernante para moldearlas a su libre criterio. El gobernante debe formar a la masa como nada más que un mero medio para conseguir su fin. Predomina la obra sobre cualquier otro miramiento ético o social.

Notas

[1] Benjamin, Walter. La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, Casimiro, 2019. Página 60.

[2] Benjamin, Walter. Página 60.

[3] Respecto a la cuestión de la cultura como lugar de control social, esta es una idea que desarrollará posteriormente el filósofo marxista Guy Debord en su obra La sociedad del espectáculo. Debord analiza cómo la alienación de los trabajadores ya no se produce exclusivamente durante la explotación en la jornada laboral, sino que conquista el ocio supuestamente liberado de la industria. “Hay una nueva pobreza en el corazón de la abundancia, una pobreza que la proliferación de mercancías conserva, envuelve y disimula, pero no resuelve” (Pardo, José Luis. Prólogo de La sociedad del espectáculo, Pre-Textos. 1999. Página 13).

[4] Benjamin, Walter. Página 58.

[5] Benjamin, Walter. Página 60.

[6] Benjamin, Walter. Página 59.

[7] Benjamin, Walter. Página 60.

[8] Benjamin, Walter. Página 60.

[9] Paredes, Diego. De la estetización de la política a la política de la estética, Revista de Estudios Sociales No. 34 | Diciembre de 2009. URL: http://journals.openedition.org/revestudsoc/15100

Bibliografía

Benjamin, Walter. (2019) La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. México: Editorial Casimiro.

Paredes, Diego. (2009) De la estetización de la política a la política de la estética, Revista de Estudios Sociales | No. 34. URL: http://journals.openedition.org/revestudsoc/15100

Seoane, A. (2020, 26 marzo). Nazismo y arte, la cultura como arma. El Español. https://www.elespanol.com/el-cultural/arte/20200326/nazismo-arte-cultura-arma/477704252_0.html

Artículo de:

Inés de Vicente (autora invitada):
Estudiante de Economía y Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Interesada también en política e historia.

Imagen | Wikipedia

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