Hace no mucho reflexionaba aquí sobre cómo las jerarquías en las empresas muchas veces hacen, al menos en el ambiente laboral contemporáneo, más mal que bien. Separan de un modo no tan adecuado a los empleados, haciendo que unos se sientan más que el otro, no por las funciones que desempeñan, sino solo por el rol en donde están parados.

Toqué de refilón el mundo académico y, so pena que me dejes de leer ahora mismo, criticaba el cómo en ocasiones nos cargamos el licenciado, maestrante o doctor en equis rama del saber, antes que nuestro mismo nombre, y peor aún, el cómo eso nos identifica y define. ¡Ah! ¡Y cuidado te atrevas a llamarle maestro a un doctor, porque la ofensa es horrenda!

Algo extraño, sin duda, que la identidad te lo dé un papel, en tan letrados personajes. Pero sucede.

¿Y qué pasa cuando este título o este cargo nos lo llevamos más allá? Es decir, cuando no únicamente lo usamos dentro de nuestro mundo profesional o laboral, sino cuando vamos por la calle colgándonos el título o el puesto. ¿Por qué no somos capaces de separar aquello que nos “define” con quiénes somos? ¿Y es que es realmente necesario que el mesero del restaurante sepa que eres cum laude en humanidades?

Y luego está Internet.

Tengo el gran honor de presentar, semanalmente, Filocharlando: un programa de entrevistas/diálogos en donde converso con personas del mundo académico, cultural y en general del ambiente de la red; con invitados de los más variados, desde aquellas personas que podríamos tildar de influencers dentro de la filosofía u otro campo del saber, hasta con catedráticos y catedráticas, u hombres y mujeres con proyectos de los más variados, así como con aquellos que recién inician algo o que van creciendo poco a poco dentro de este apabullante mundo. Es decir, la pluralidad es, como en todo Filosofía en la Red, la bandera: no importa el número de seguidores o la fama, sino que el o la invitada tengo algo que aportar.

Durante este recorrido me ha tocado, como digo, platicar con gente de lo más diversa. Desde quiénes están en el top, como quiénes comienzan. Y es curioso, en plano crítico -y al fin filósofo- cómo la fama o el reconocimiento de los demás hace cosas de lo más interesante, incluso en personas que, se supone, al ser filósofas, deberían de tener quizá los pies un poquito más en la tierra.

Muchas veces aquellos que podríamos considerar intocables por tener tanto impacto en redes, son las personas de lo más humildes para tratar, y al momento de la plática, el diálogo es de lo más fluido y divertido. Otras tantas, gente con no tanto impacto, tienen halo de celebridad. Incluso pasa con los títulos… entre más arriba están en logros académicos, la mayoría de veces, son las personas con las que el grado se queda de lado, y se conversa de una forma dinámica y fabulosa.

Luego, están aquellos que “ves crecer”, es decir, esas personas que buscaste cuando comenzaban su andar y que poco a poco han ido alcanzando fama y reconocimiento. Tristemente, subir de golpe (ocasionado por el repentino interés del mundo en la filosofía, tras estar encerrados en pandemia) hace que muchos pierdan pisada, que los followers hagan que de repente se olviden de dónde vienen. Y es triste, porque la fama, al ser un bien mayor que el honor1, no debería de causar tanto daño o trastocarnos así.

Cuando de repente, o en una serie de eventos afortunados, llegas a un punto elevado, o al menos mejor que tu anterior referencia, muchos pierden pisada, se mueven de su centro. ¿De verdad pasar de mil a veinte mil seguidores te hacen mejor persona?, ¿por qué alejarte de aquellos que en un primer momento estuvieron contigo?

Lo que nos define no es un número o incluso, con todas las aristas que puedan venirse, tampoco lo es la validación de la otredad. Sí, es verdad, cuando haces algo para Internet estás esperando cierto grado de reconocimiento, pero este no debe de marcarte o definirte, y mucho menos cambiar tu trato o forma con los demás. Además, si estás en el lugar que estás es por gente que te respaldó, cuando no eras nadie… no olvides tus orígenes, nunca, la grandeza está, no está en el reconocimiento que te dan, sino en el que tú das.

Notas

[1] Compendio moral salmaticense · Pamplona 1805, tomo 1, páginas 626–627. (s. f.). Del honor y fama. filosofia.org. https://www.filosofia.org/mor/cms/cms1626.htm#:%7E:text=La%20fama%20
es%20mayor%20bien,veces%20con%20falacia%20y%20fingimiento

Imagen | Unsplash

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por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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