Desconozco qué afán supersticioso circunde la figura de Lolita —o eso pensaba al momento de escribir por primera vez un boceto de este texto, pero es necesario dejar esta línea, en tanto puede parecer el acercamiento más insigne a Lolita: la de la extrañeza, la sorpresa—. Sin embargo, a lo que estas palabras se encaminan es a escrutar las vetas filosóficas que en esta obra de Nabokov se presentan desde las primeras páginas a juicio propio. Pero es posible determinar una finalidad adicional, a pesar de lo cliché de ésta: echar a andar la maquinaria del pensamiento.

Sin duda es un objetivo gastado, quemado y que quizás pudiera estar presente en los textos filosóficos más esnobs. Aún así, hay algo que habría que considerar recuperar: la lectura de literatura en clave filosófica. Cabe, pues, meter una advertencia metodológica en tanto lo que este texto intenta abarcar no es si es que hay algo tal como literatura filosófica, sino que el enfoque que aquí se pretende hacer manifiesto es el de entender qué se puede pensar a partir de un texto. Recordando a algunas personas ilustres que han hecho esto mismo, Kierkegaard, con el Génesis y la historia de Abraham, que dio como resultado al bello hijo danés que es Temor y temblor; María Zambrano con Poesía y filosofía, o el “bien escrito” —como lo diría el propio autor— Don Quijote de Unamuno. Así, otro fin es no irse con la corriente del uso y subrayar que la lectura de novelas, cuentos y demás géneros no son sino monerías en un baúl a la disposición de nuestro ocio en el peor sentido de la palabra. Así, quizás valdría la pena traer a colación el prólogo de Don Quijote, pues es en buena medida un referente a la hora de buscar entre los consejeros sobre cómo aproximarse a un texto.

[…] tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que «debajo de mi manto, al rey mato», todo lo cual te exenta y hace libre de todo respeto y obligación, y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor a que te calumnien por mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.1

Así, a lo que este pequeño, pero enriquecedor fragmento apunta es que la lectura de algún texto valioso no puede dejar a quien lo lea imperturbado. Así, siguiendo el consejo de Cervantes, propongo empezar a escrutar estas vetas que hay en Lolita de Nabokov; pues, tanto a personas mejor entendidas en la crítica literaria, lectoras y lectores doctos; como a quien escribe estas palabras, la experiencia de visitar el sórdido mundo de la doceañera Dolores Haze fue una experiencia nunca común, nunca neutral, nunca transigente.

II

Una de las obras que han volado por los vientos del mundo es Lolita. Esta obra de un ruso expulsado que dio en la diana de los Estados Unidos expone una metonimia de la sociedad —aunque quizás tendría que ser usada la palabra société, siguiendo con el ánimo afrancesado de su autor— que no necesita interpretación: el propio Humbert Humbert está consciente de su malicia. Los hilos narrativos que se entretejen en esta obra lo dejan ver. Sin embargo, ¡qué fenómeno más interesante y repulsivo es que esta novela que hace explícita una estética de lo funesto haya sido catalogada por su editorial como «una extraordinaria novela de amor» y que la gente se trague y alimente esta definición!

En este sentido, Lolita se constituye sólo como un superventas erótico que alimenta los más retorcidos deseos de cuarentones trasnochados en sus filias reprochables y punibles. Justo eso es lo que suscita la profundidad del estudio de este texto. ¿Qué movimiento ocurrió entre esa entrevista de Nabokov diciendo, y cito: “Lolita n’est pas une fille perverse”2 y una civilización que empezó a usar nínfula como un concepto definitorio de algunos gustos, cuando menos cuestionables? Así pues, lo que aquí se pretende ejercitar es una reflexión sobre los sentimientos desagradables que puede despertar la novela Lolita y cómo esto nos puede llevar a una experiencia estética. Así pues, lo que se intuye es que esta experiencia estética se presenta, pero no se interpreta en la medida de sus causas. Por ende, lo que suscita el paso entre la entrevista citada y el hecho de que las nínfulas aparecen en concepto codiciadas en ciertos espacios nefastos de nuestra vida social. En este sentido, no sólo incluye a los problemas de la dimensión ética que los moralistas más empedernidos prevén, sino también una faceta que tiene algo que decir sobre nuestro mundo y cómo accedemos a él. Es decir, apela a nuestra interpretación; lo cual lleva a admitir una lupa preponderante a la hora de llevar a cabo este ejercicio y esta es la hermenéutica.

Así, el primer paso será dejar en claro que el suizo cuarentón, alto y muy masculino 3 Humbert Humbert tiene bien claro el hecho de que se trata de una pasión enfermiza, dolorosa, hiriente, en su deseo infatigable por poseer a Lola. Y es que la justificación empieza muy temprano en el libro, como si de un pregón se tratara; recitando una súplica por un mundo en contra suya que no le deja satisfacer sus apetencias, deseos y realizarse. Humbert dice: “Y pronto me encontré madurando en una civilización que permite a un hombre de veinticinco años cortejar a una muchacha de dieciséis, pero no a una niña de doce”4. No es discreto Humbert en la justificación, pero en lo que sí hay cierta sutileza es en generarse un mundo donde sus palabras parecieran tener sentido. Así, lo que hasta este punto se intenta decir es que las palabras de Humbert, la confesión de un viudo blanco, generan sentido de interpretación, y por ende, horizonte de sentido.

Al lector que esté familiarizado con tales palabras le resultará atractivo su uso. Sin embargo, vale la pena remontarse a escudriñar qué es y cómo operan estas categorías en el presente comentario a Lolita. Para Hans Georg Gadamer, hay un concepto que permite la comprensión de la experiencia: la lingüisticidad. El lenguaje, entonces, es donde se hace plena la comprensión misma5. El lenguaje pone ante nosotros lo posible y la idea de un por-venir hacia donde nos encaminamos. En ese sentido, el lenguaje posibilita un horizonte de sentido, siempre actual, pues en la medida en la cual nosotros como intérpretes caminamos hacia él, este se va actualizando; y en tanto recorramos sus lindes, es posible comprender los lindes del sentido de la unidad metafísica de lo real6. Así es como el mundo de Humbert configura el horizonte: ese mundo en pequeño donde podemos explorar sus límites. Humbert está comunicando una esencia que de otra forma no sería posible poder enunciar y, para más inri, que se trate de un poeta —aunque frustrado— facilita en buena medida el puente que será fundamental para lo que se diga después. Gadamer encuentra esta misma cualidad en el poeta; pues dice que a través del poema comunica lo indecible en otras circunstancias. El poema, pues, se configura como el éxodo más plácido desde donde lanzar esta proyección de sentido que se anunciaba antes.7

¿Qué tiene que ver el hecho de que genere un mundo autocontenido? Pues que esta es la razón de la confusión que ha derivado en los usos que en el planteamiento del problema se hacían patentes: la contraportada del libro, el uso de nínfula como definición de ciertos apetitos, etc. Explicándolo un poco más: la confusión ha sido ignorar que justamente se trata de un mundo autocontenido.

III

El presente texto no fue planeado para dar cuenta de las implicaciones éticas que aquí se pudieran dar; y es bien cierto que sería en sumo grado interesante darle este abordaje —aunque ya hubo uno y de gran hechura de Richard Rorty a propósito de la crueldad—. Pero lo que es innegable es que en una obra como esta es imposible que no salgan a las claras ciertas tangentes al presente análisis por las cuales este mismo ejercicio pudiera ser señalado —y con justa razón— por sus deficiencias. Aún así, agradeceré con creces la atención prestada a las letras que estarán a partir de aquí porque salen de reflexiones más bien propias.

Con lo anterior en mente; lo que a juicio propio viene a demostrar Lolita —y que en opinión personal ratifica el adjetivo de “genial” para predicar de esta novela— es que el intérprete se deja seducir por el discurso de Humbert en la medida en la cual olvida que es horizonte de interpretación y que necesita que quien lea el texto diga algo al respecto; y que no se deje lisonjear por las palabras bien escritas por Nabokov en la ficticia pluma del monsieur Humbert. Además, se deja engañar a pesar de que el pederasta tiene declaraciones que pone de manifiesto que sabe que la razón no estaría de su lado al hablar de sus actos. Se llama un Cubo, estos demonios que tienen sexo con gente durmiendo. Este es su plan: “Me vi administrando una poderosa pócima soporífera a madre e hija para acariciar a ésta durante toda la noche, con perfecta impunidad8. Impunidad por un delito, claramente. “Probablemente, tendré otro colapso nervioso si me quedo en esta casa, sometido a la tensión de esta intolerable tentación, junto a mi amada, mi vida y mi prometida.”9. Tentación a un pecado. Delito y pecado; pues, parecen ser las grandes palabras que traen a colación una mezcolanza olorosa a mirra que significa Humbert. La mirra de su condena anunciada desde el principio.

Olvidar ese mundo autocontenido ha significado, pues, una desconexión que el propio Nabokov prevé en la sección “Acerca de un libro titulado «Lolita»”. Cito textualmente: “no somos niños, […] ni alumnos de escuelas públicas inglesas que, tras una noche de juegos homosexuales, deben soportar la paradoja de leer a los clásicos en versiones expurgadas.”10. Y es que, a pesar de que no se trate de una crítica expresamente literaria, es importante tener en cuenta que el autor señala que su inglés carece de la magia, de los trucos de ilusionista que un nativo de una lengua puede hacer con ésta. En otras palabras, lo que Nabokov señala es transparencia en su obra. “Non seulement la perversité de cette pauvre enfant a été grotesquement  exagérée, mais son aspect physique, son âge […]” señala Vladimir Nabokov en la misma entrevista que se cita al inicio de este texto. El esnobismo de los lectores más confusos de Lolita no se desgastan en la molesta tarea de reconocer que, en la medida en la cual Humbert configura su mundo, configura también la tragedia de Lolita, culminada en la visita de Humbert a su hijastra violada por él mismo después de matar a Quilty, colega del protagonista en perversidades. Y es que este es gran momento para sacar a Quilty a bailar en este escrutinio.

“¡Yo no la rapté! -gritó-. En eso se equivoca por completo. La salvé de un bestial pervertido. […] Yo no soy responsable de las violaciones cometidas por otros.”11

Son unas de las últimas palabras de Quilty antes de disparar el gatillo. Imposible, pues, el esnobismo con el que diversas editoriales han osado meter esta novela en la estantería de novelas un tanto rosas, un tanto pornográficas.

Ahora bien, ¿por qué, entonces, es posible encontrar un matiz metafísico y estético en el abordaje que aquí se intenta emprender? Porque en esta experiencia estética se halla un silencio que dialoga. El silencio de la crueldad, el silencio del abuso, el silencio de la violación. El silencio que busca Humbert cuando señala que se escabulle de los cuidados de la madre como si de una serpiente reptando se tratase (con ese sigilo insondable, con ese silencio).

Hay silencio en la víctima, hay silencio en el delito, del pecado; hay silencio incluso en la muerte del villano, imposibilitado en vivir su duelo por un discurso bien escrito, y, en efecto, con dulzura y ternura arrasadoras. Este silencio, sin embargo, no indica la ausencia ni el ocultamiento: los estragos de sus acciones son resonantes tambores, o quizás más allá: truenos. A pesar de todo, pues, la confusión de los lectores no afecta a la concreción de esta obra. Los malentendidos que merodean con respecto a esta novela no demeritan el sentido que genera. No desdibujan este horizonte de interpretación.

Así, el horizonte pudiera asemejar a la pluma que se encuentra en un bolso o en una mochila. Su ser está ahí, dentro de la mochila, en un lugar incluso inaccesible, según lo grave que sea el síndrome de Diógenes del usuario. Sólo se recuerda a la pluma cuando se encuentra en un estado de emergencia, cuando en la oficina burocrática, tras horas de fila, se llega a la ventanilla y resulta que hay una sección para rellenar a mano y se le solicita al tramitante haga uso de una pluma propia para rellenarlo. Así, en la crisis de leer, Lolita no como una obra atravesada por sus reseñas, sino con la genuina disposición a ser extrañado; la interpretación se hace necesaria. El diálogo con el silencio de Lolita es necesario, y se lleva a cabo en cada lectura porque gracias a él podemos decir que Humbert genera su mundo. Si Lolita hablara, pues, el mundo de Humbert estaría fragmentado y pasaría a ser solamente una novela controversial más. Lolita se ve forzada al silencio, con el salvaguardas de la ficción, en pos de la construcción de este horizonte donde el lector ha de recorrer su sentido. Hay diálogo, entonces, gracias a un silencio.

Lanzando atrevidamente un ejemplo: pareciera que es comparable a lo fatídico de la castración de Cronos dando como resultado a la belleza de Afrodita. No está en el ánimo de quien escribe estas palabras que se le asocie con Nietzsche por esta similitud; sino que se observe con la inocencia más patente: con la inocencia de Lolita, pues justo esa es la experiencia que hace explícita la novela de Nabokov: la sensación de sernos arrancada la inocencia, no siendo jamás despertados “bajo las caricias del inmundo monsieur Humbert”12.

A pesar de esto, no diría siquiera que un servidor ha despertado del todo de la prisión onírica que pudiera Humbert construir con sus caricias al lector, pues quizás sería admitir con falsedad que se trata de un buen receptor de la novela. Pero aunque malo, seguro es que cuando menos será caritativo al reconocer la valía filosófica que sería en grado sumo enriquecedor de estudiar, en este texto, que pudiera parecerse menos a un artículo que a una compilación de spoilers dictados con ánimos traviesos e infantiles sobre una novela de adultos. Pero que aún así, espera que sean explorados tantos aspectos de Lolita como cabos sueltos, pero bien definidos, deja quien escribe estas palabras en la esperanza de poder continuar con investigaciones posteriores, lo que hoy, en esta serie de interpretaciones que pudieran antojarse de todo menos satisfactorias, se perfila como los primeros pasos en la senda de una reivindicación, como se dijo en la primera parte, de una lectura de literatura en clave filosófica.

Notas

[1] Miguel de Cervantes, El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Marcha, (ed. Francisco Rico), PRISA, Madrid, 2014, p. 7.

[2] “Lolita no es una niña perversa”. Fragmento de la entrevista a Vladimir Nabokov en “Los monográficos de APOSTROPHES”, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ctMuDEAcfFo

[3] Lo que sea que esto signifique.

[4] Vladimir Nabokov, Lolita, (trad. Francesc Roca), Anagrama, Ciudad de México, 2021, p. 25.

[5] Hans Georg Gadamer, Verdad y método, Sígueme, Salamanca, 2002, p. 467.

[6] Es importante señalar que lo que aquí se está exponiendo se refiere a la empresa de la lingüisticidad en Gadamer. Este problema está ampliamente presente en Verdad y método; sin embargo, a continuación introduzco una referencia que pudiera suponer un buen punto de partida para entender el problema que se ha planteado en este párrafo. Hans Georg Gadamer, Verdad y método, p. 469.

[7] Hans Georg Gadamer, Poema y diálogo, Gedisa, Barcelona, 2016, p.147

[8] Vladimir Nabokov, Lolita, pp. 89-90.

[9] Ibíd., p. 61.

[10] Ibíd., p. 388.

[11] Ibíd., p. 366.

[12] También dicho por Nabokov en la entrevista citada en diversas ocasiones.

Bibliografía

“Lolita no es una niña perversa”. Fragmento de la entrevista a Vladimir Nabokov en “Los monográficos de APOSTROPHES”, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=ctMuDEAcfFo

CERVANTES, Miguel de, El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, (ed. Francisco Rico), PRISA, Madrid, 2014.

GADAMER, Hans Georg, Poema y diálogo, Gedisa, Barcelona, 2016.

_______________________, Verdad y Método, Sígueme, Salamanca, 2002.

NABOKOV, Vladimir, Lolita, (trad. Francesc Roca), Anagrama, Ciudad de México, 2021.

Artículo de:

Julio César Sastré Cisneros (autor invitado):
Estudiante de la licenciatura en filosofía en la FFyL de la UNAM. Co-fundador del Seminario Estudiantil de Mística Cristiana.

Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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