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El presente artículo es una traducción de Mercedes González García del texto Philosophy in the Contemporary World: A Society of Strangers, de Edward Delia, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

En un frío día de diciembre, me encontraba caminando por Manhattan. Veo un hombre boca abajo en el suelo. Cuando este se gira, logro ver sus rasgos ásperos y demacrados. Sin afeitar y obviamente, sin lavar, yacía solo en el pavimento mientras el resto pasaban sin darse cuenta, aparentemente, de él. Por alguna razón, sentí la necesidad de ayudar a este hombre.

Sin responder a mis preguntas, coloqué algo de dinero en su mano envejecida y seguí adelante. No soy muy conocido por ser compasivo y, sin embargo, me he cruzado con muchas de estas personas en el pasado y no he emitido ningún tipo de respuesta. ¿Por qué entonces sentí la urgencia de ayudar a este individuo y no a otros? ¡Compasión, tal vez! Pero, tal vez, algo más profundo como el miedo, el miedo a deslizarse debido a la ignorancia de su situación. O tal vez, por animosidad, no por él, por supuesto, sino por un mundo en el que se toleran tales desigualdades. Nietzsche señaló que el cariño puede surgir de muchos motivos indignos.

Podría haber una respuesta más profunda: a saber, un desprecio por la indiferencia de todos los espectadores, incluyéndome a mí mismo en el pasado, por ignorar el estado de ignorancia de los demás. Pensé ¿cómo interpretamos y sobrevivimos en un mundo como este? Un mundo en el que los extraños ignoran a los que yacen en el frío pavimento.

Un extraño se define convencionalmente como alguien que uno no conoce o reconoce. Sin embargo, esto no necesariamente debe suspender las obligaciones básicas del civismo y preocupación moral por los demás. Aristóteles afirmó que mientras que el estado se formó para hacer posible la vida, ahora perdura para hacer posible que la vida sea buena. Esto, a su vez, implica una red de obligaciones legales, civiles y morales comunes para todos los ciudadanos. Desprovisto de eso, tenemos un mundo de craso egoísmo y una profunda despreocupación similar al hipotético estado de la naturaleza de Hobbes.

La identidad de un individuo en sí misma se forma mediante la interacción continuada con los demás. Familia, amigos, grupos formales o informales y redes organizadas. El trabajo de Charles Horton Cooley y George Herbert Mead demuestra este hecho. Aparte de esas asociaciones, pueden ocurrir disfunciones psicológicas y sociales, y esto es lo que ocurre a menudo hoy en día.

La urbanización del mundo durante el siglo XX exige, sin importar cuán gregario sea uno, que la mayoría de las personas resulten desconocidas para nosotros. El tamaño, la complejidad, la heterogeneidad de la ciudad o área metropolitana promueven que la mayoría de las relaciones sociales sean impersonales o basadas en un interés propio. En resumen, son funcionales, no están basadas en la lealtad o no es que exista una verdadera preocupación por el otro. En términos de Buber, la mayoría de las relaciones no son asociaciones “yo-tú” sino que son asociaciones “yo-ello”.

Buena parte de esto se debe a lo que los sociólogos llaman aislamiento o segregación simbólica. Dado que los millones de personas que viven en una ciudad viven muy cerca unos de otros, el aislamiento es un mecanismo de defensa que nos permite concentrarnos en un segmento finito y manejable del mundo social que, de otro modo, podría resultarnos abrumador. La consecuencia negativa de esto es que en una calle de una ciudad, o en cualquier lugar, dos docenas de personas podrían estar a un metro de distancia, una de otra y, sin embargo, si pudiese llegar a medirse, estar a miles de kilómetros de distancia. Yo estoy aquí y tú allí, pero simbólicamente no eres parte de mi mundo. En resumen, no tengo que cumplir ninguna obligación contigo. Aprendemos esto a través de la socialización. No hables con extraños, les decimos a los niños.

“Ese es tu problema” es una frase muy escuchada hoy día. Hasta cierto punto, todos vivimos en diferentes universos simbólicos fuera de nuestro entorno social más inmediato.

Si a esto se le suma el predominio de la interacción para-social o socialización a través de imágenes, se intensifican los niveles de indiferencia simbólica ante el destino de los demás. Las asociaciones de vecinos son menos necesarias y menos numerosas. La televisión, Internet y los teléfonos móviles controlan la mayoría de las necesidades de comunicación. A menudo nos relacionamos con imágenes a través de una pantalla, no con individuos de carne y hueso. El hombre se convierte en una imagen, un mero destello de luz en una pantalla.

Por lo tanto, mi paseo por Manhattan me sitúa en la misma situación que el hombre en la acera: a saber, ambos somos extraños para todos los demás, no solo porque no somos reconocidos, sino también en el sentido de que nadie tiene ninguna obligación moral o civil con ninguno de nosotros. Ambos compartimos la sensación de estar sin-, esto es, una desconexión esencial con la totalidad del resto, aunque, es cierto, no en el mismo grado. Este sentimiento de “exterioridad” es también un sentimiento de “exterioridad al ser”.

La filosofía de Heidegger relata muy bien estos aspectos. Estaba tratando de definir los aspectos universales de estar en el mundo. Uno de ellos era mitsen o “estar con”. Somos arrojados a un mundo de relaciones humanas. Sin embargo, es igualmente significativo el ohne sein o “exterioridad del ser” en el mundo moderno. Simbólicamente, estamos desconectados de la totalidad o de un sentido de identidad e inclusión. El mensaje profundo de la “exterioridad del ser” nos reduce a ser una sociedad de extraños en el que las obligaciones entre los individuos son negadas y la apatía moral la encontramos en el más sumo grado.

Se supone que el existencialismo había decaído en la década de los ´60, cuando finalizó su era activista. Todavía, hay algunos resquicios del movimiento que sobreviven. Sin embargo, necesitamos modificar profundamente las preocupaciones existencialistas. ¿Cómo interpretamos y sobrevivimos en un mundo como este? Un mundo completamente roto, un producto de segunda creado por un dios menor.

Mientras camino solo entre los miles, pienso en estas cosas, que parecen irrelevantes para la gran mayoría y tan indiferentes como el hombre en la acera. Sin embargo, como una persona adulta, recuerdo los días en los que mis sueños eran acerca de un mundo alternativo. Tal vez, basados en la gran decepción de Kant de un “Reino de los fines” donde cada persona era considerada como un fin, es sí mismo y no como un medio, esto es, una moralidad universal basada en el respeto por y para las personas. Kant destaca en medio de la apatía de la era moderna y sus pensamientos recogidos en su filosofía me llenan de esperanza.

Artículo original de:

Edward Delia (American Philosophical Association):
Filósofo y científico social. Su trabajo de pregrado fue en Brooklyn College, tiene títulos de posgrado de las universidades de Hofstra y Fordham (Estados Unidos).

Traducido por:

Mercedes González García (Filosofía en la Red):
Estudiante de la carrera de Filosofía y de Educación Primaria por la Universidad de León de Castilla y León, España. Apasionada de la Filosofía y de la búsqueda de respuestas de las grandes incógnitas que han planteado la raza humana por el simple hecho de existir.

Imagen | Pixabay

El presente artículo es una traducción de Mercedes González García del texto Philosophy in the Contemporary World: A Society of Strangers, de Edward Delia, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 
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por American Philosophical Association (APA)

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