Virtud y consciencia (o en torno a la posibilidad de que Putin sea un psicópata)

Virtud y consciencia son dos temas de larga presencia en la tradición de la filosofía. Nos podemos remontar prácticamente a los orígenes históricos de la misma, allá por el siglo V antes de Cristo, cuando uno de esos sabios reconocidos universalmente, el singular Sócrates, andaba por las calles y el ágora de la antigua Atenas conversando con sus conciudadanos, sobre todo con los jóvenes, acerca de las cuestiones que él consideraba de mayor interés, a saber, las relativas a la ética y la política, las cuales en aquella prototípica democracia se tenían por primas hermanas.

A Sócrates se le atribuye, entre otros felices hallazgos intelectuales, la originalidad de acuñar una noción de virtud que desde sus días no ha hecho sino inspirar muchos y muy interesantes debates de carácter ético. Se conoce en la jerga filosófica como intelectualismo moral o ético la idea según la cual la virtud consiste en el conocimiento de lo que es el bien; es decir, que quien hace el mal lo hace por su ignorancia de lo que es lo correcto. La idea de que el conocimiento robustece la conciencia moral presupone una visión intelectualista del sujeto ético que ha condicionado decisivamente la trayectoria de la filosofía moral a lo largo de los siglos, arrojando una pátina de herejía a aquellos pensadores que han reivindicado el papel de las emociones en la vida moral (práctica) como fue el caso quizá más representativo de David Hume.

Con el desarrollo de las ciencias humanas y sociales, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, la filosofía moral no ha sido la única perspectiva aducida para analizar el comportamiento moral del individuo. Es muy representativo en este sentido el caso de Jonathan Haidt, filósofo de formación que, sin embargo, se define a sí mismo en sus publicaciones como psicólogo moral, muy crítico por cierto con la tradición intelectualista que ha constituido durante siglos la columna vertebral de la reflexión filosófica sobre el hecho moral (como muestra, léase su ensayo La mente de los justos publicado en español en 2019). En el momento actual, todavía bajo los efectos de la resaca de la posmodernidad, no es raro que se pase con cierta frivolidad de la ética a la psicología y viceversa. Al hacerlo se permite la existencia de una franja de terreno fronterizo conformado por arenas movedizas en las que es bien fácil que se acabe hundiendo sin remisión el sentido de la responsabilidad, tan necesario para fundamentar un juicio ético sobre las conductas que suponen un daño para el bien común.

No hace mucho fui testigo en un programa de televisión de cómo se le planteaba a un psiquiatra de reconocido prestigio, el sevillano Luis Rojas Marcos –en su momento máximo responsable del servicio público de salud mental de la ciudad de Nueva York–, la cuestión de si Vladímir Putin era un psicópata. Si esto era así, al menos teóricamente, se nos plantea un peliagudo enigma: ¿es el mandatario ruso responsable de sus actos si admitimos que su comportamiento es de índole patológica? La pregunta desde el punto de vista del intelectualismo moral es bien distinta: ¿sabe realmente, es consciente de que lo que hace está mal? Y si profundizamos más en la cuestión –lo que resulta obligado cuando se filosofa– las preguntas se suceden: ¿debe sustituir la neurociencia cognitiva, la reflexión ética?, ¿se impone entender la conciencia moral como una función más derivada de una actividad neuronal cuyos mecanismos son la verdadera clave de nuestros actos, perdiendo sentido su calificación como buenos o malos?, ¿apelando a qué criterio es posible distinguir los dominios de la neuropsicología, la ética y el Derecho?

A pesar de las muestras inapelables del progreso en el ámbito de investigación conformado por las ciencias cognitivas, me cuesta renunciar al planteamiento clásico. Para que se me entienda me referiré a un pasaje extraído de la imponente obra de Platón, discípulo de Sócrates, otro de esos filósofos atenienses preocupado por los principios éticos de la Polis, del Estado, de la política, en definitiva. Es parte de su diálogo titulado Gorgias. En él, entre otros temas, se plantea el del ejercicio del poder. Es introducido en la conversación, en la que el principal interlocutor es Sócrates, por Calicles, discípulo de Gorgias, el sofista que enunció de forma explícita la tesis del escepticismo radical.

El poder es definido por Calicles como la capacidad sin límite de satisfacer los deseos propios, cueste lo que cueste, algo que encaja perfectamente con la conducta de quienes siguen el patrón de conducta de Putin. Pero el deseo, por su propia naturaleza, sin nada que lo contenga, es de una dinámica ineluctable que se traduce en una actividad constante que exige satisfacción puntual. A esta identificación entre poder y satisfacción del deseo, el Sócrates platónico replica con la noción de moderación. Para Calicles, sin embargo, la moderación no es más que la felicidad de los muertos; según su lógica, la persona moderada es como un muerto o una piedra, pues la vida es justamente la persecución del poder.

Para refutar la tesis de Calicles, Platón acude a una alegoría, recurso literario al que el filósofo ateniense era bastante aficionado. En este caso se vale del símil de unos toneles para representar los deseos que todo ser humano alberga en su alma. Presenta a dos hombres, cada uno con sus toneles, donde guarda aquellos líquidos (miel, vino, aceite) que le son necesarios y costosos de lograr. Uno de ellos conserva sus recipientes en buen estado, libres de fugas; el otro, sin embargo, no se preocupa de su mantenimiento, por lo que se encuentran podridos y agujereados. Es obvio que el primero de esos hombres, cuando alcance con mil trabajos a llenar sus toneles, podrá despreocuparse al menos por un tiempo y quedar libre para otras actividades que no sean reponer su contenido, mientras que el segundo no podrá en ningún momento dejar de dedicar su vida a ello. La moraleja de este pasaje platónico es evidente: nadie tiene poder si carece de autodominio1.

El punto de vista filosófico, si no quiere renunciar a su vocación esencial de conocimiento de la verdad, no puede soslayar las aportaciones desde los dominios de las ciencias positivas. Es un error, además de una muestra patética de impotencia epistémica, enfrentarse desde un discurso filosófico gremialista a las ciencias por considerarlas el enemigo de las humanidades. Sin conocimiento científico es imposible la construcción de un modelo antropológico acorde con los hechos que conforman la realidad humana. Pero tampoco hay que incurrir en un burdo reduccionismo científico.

En la tradicional cuestión sobre la virtud, lo que las ciencias cognitivas ofrecen contribuye a afinar el juicio filosófico, y robustecen esa consciencia, ese conocimiento que el sujeto puede tener sobre sí mismo, lo que a su vez transforma la infraestructura neuronal en la que sin duda tiene su asiento material la conciencia moral propiamente dicha, pero que, debido al rasgo de la neuroplasticidad característico del encéfalo humano, tienen sobre ella un indudable efecto que a la postre puede manifestarse en la dimensión ética del sujeto.

Es posible que Vladímir Putin sea un psicópata. No lo sé. Pero estoy seguro de que podría haber una oportunidad para la paz en Ucrania y, por ende, en Europa si, por un extraño e improbable fenómeno cósmico, el autócrata ruso dejase de estar en contacto permanente con sus halcones militares y complacientes asesores y pasara un tiempo de retiro filosófico en la sola compañía de Sócrates y Platón.

Notas

[1] Véase Gorgias, 491b ss., 492c ss., 493d ss.

Imagen | Wikipedia

#Conocimiento, #ética, #neurociencia

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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