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Alguna vez leí que se debe escribir sobre lo que se conoce. Por mi parte, resulta muy errónea esa afirmación. Escribo para conocer sobre lo que desconozco, pero quiero conocer por medio de la escritura (un dilema). La escritura es una actividad para aclarar la mente –imaginando que eso es posible. Y aunque antes pensaba que escribir era, tal y como la había fijado Sartre (1950), exigir una relación militante con la virtud y la verdad; ahora creo que la actividad de escritura es sólo eso: escribir. Aunque una definición tautológica y circular es aparentemente innecesaria, ayuda a revelar que la escritura puede  y debería ser un modelo de libertad.

Se puede escribir casi sobre cualquier tema porque –entrando en disertaciones– lógicas no es posible escribir sobre la nada. Recuerdo a Borges escribiendo sobre la finitud del universo en su famoso cuento La Biblioteca de Babel; recuerdo a Cortázar narrando el erotismo que se puede experimentar al tomar una ducha en su novela Los Premios; viene a mi mente la descripción sobre la psicosis que desencadena el amor no correspondido cuando leo En Jirones de Luis Zapata; encuentro en Eva Luna de Isabel Allende la perfecta representación de lo que significa tener vocación de escritora; y cuando leo Memorias de una joven formal de Simone de Beauvoir hallo la idónea descripción sobre el compromiso de una escritora con su realidad. Escribir –aparte de ser una atenta e intensa actividad de lectura– es un acto de profunda libertad.

Libertad que se entiende con un estado que consiste en permanecer plural, fluido, vibrante de doctrina, cuyo precio es ser indeciso, aprensivo, tener miedo de ser tomado por un tibio, desubicado e impostor. Tal como apuntó Sontag (2007) en alguna ocasión, escribir es una manera de prestar atención al mundo, una forma de estar en él, un compromiso moral con lo que acaece.

Así como se puede escribir acerca de cualquier tema –sin incluir a la nada que nadea– es posible escribir desde cualquier ángulo. Cualquier manifestación humana es una manera de escribir, un pretexto para hacer propicio ese estado de libertad, estado que a veces se piensa como huida.

Wagner escribió sobre la relación del placer con el olvido, acerca de la conexión que existe entre perder la conciencia con el orgasmo, un apunte sobre el erotismo que existe en sustraer la lucidez, y eso, tan solo en una ópera –Tristán e Isolda. Syberberg se atrevió a escribir una biografía humorística sobre Hitler –Hitler, una película sobre Alemania– por medio de imágenes en movimiento, un relato que sin duda roza entre lo surreal e irracional, justo como resultaban las artes a mediados del siglo XX. Remedios Varo fue arriesgada al narrar un mundo aparentemente ficticio, y gracias a imágenes semi-ilusorias, logró crear metáforas visuales tan cercanas a la realidad, tal como una mujer alimentando a la luna enclaustrada o la historia del universo servido sobre una mesa, listo para cenar. No puedo olvidar la manera en que Polly Borland escribe con fotografías –Los bebés– una descripción de como la proximidad es fea, como todo lo que resulta cercano, invasivo, minúsculo, puede resultar horrendo, repulsivo y grotesco. En las coreografías de Lucinda Childs, pero a gran escala en Luz Dispuesta, ella escribe sobre la evasión de los lugares comunes, y niega todo lo que pudiera hacer de su obra algo fragmentado, buscando sólo el orden y la manera en que el movimiento aísla la belleza. No debo pasar por algo que Becket es el mayor ejemplo en cuanto a desesperación y pesimismo se trata, queda perfectamente claro y ejemplificado en Esperando a Godot, –una comedia trágica- al narrar, ni más ni menos, la desesperanza de esperar algo que nunca llegará, sentimiento que resulta inerte a la condición humana.

La escritura más relevante resulta de la narración del yo. La identidad personal se representa, se ejecuta, se genera en acto, como una historia que se cuenta -y contamos- sobre nosotros. El actor sólo emerge y se inmortaliza cuando el espectador narra sus acciones en una historia, la cual, se entrelaza en una trama de narraciones preexistentes en donde nadie es su autor. El mundo de las apariencias, y por tanto, el personal, tiene como condición de posibilidad el escenario en donde las personas aparecemos, interpretamos y, a través de las historias contadas, nos dotamos de sentido. Tal como diría Arendt (2016), al narrar, por ende, escribir, lo que se devela nunca es un qué sino un quién.

Pero, ¿acaso no existe una contradicción al definir la escritura como un acto de libertad? Al final, la escritura está subordinada a las reglas de la gramática. Ningún relato puede escapar a las formas delimitadas por el orden en que se acomodan las palabras, sus accidentes y su fonética. Para que alguna historia tenga sentido, se debe escribir a la luz de procedimientos determinados por la gramática. Entonces, ¿se puede hablar de libertad en la escritura?

Por supuesto que es posible, y debe ser así. La radical posición de alguien que escribe es libertad absoluta. En el sentido de estar posicionado en el punto medio entre la insatisfacción mental y el encuentro constante con el placer, éxtasis de encontrar siempre el poder de escribir en dimensiones contradictorias, a veces insoslayables. La libertad de la persona que escribe se halla en vaciar temas para llenarlos de nuevo. La escritura, aunque subordinada a la gramática, encuentra plena libertad en el momento en que el acto de escribir es excesivo, juguetón, lioso, sensual, cuando los significados nunca son monógamos. El júbilo de aquella persona se localiza en un plano en donde no tiene que elegir el bien o el mal, lo verdadero o lo falso, nunca es necesario justificar lo dicho. Escribir es volar fuera de militancias. El compromiso al escribir no es con algo fuera de sí mismo, la subversión en la escritura proviene de escribir por escribir, el ejemplo: Roland Barthes.

Bibliografía

Arendt, H. (2016). La condición humana. Barcelona: Paidós.

Sartre, J.P. (1950). ¿Qué es la literatura? Buenos Aires: Losada.

Sontag, S. (2007). Al mismo tiempo. Barcelona: Random House Mandadori.

Artículo de:

Daniel Juliette (autor invitado):
Estudiante de filosofía en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ensayista interesado en temas de estética, arte y política.

Imagen | Pixabay

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por autores invitados

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