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Desde varias aristas y puntos de partida habrá que reconocer que el francés Georges Bataille es un autor difícil de trabajar tanto en Filosofía como en Ciencias Sociales, y quizá lo sea porque él mismo no se reconocía como filósofo ni mucho menos científico, no quería que lo catalogaran dentro de ellos, sobre todo porque pretendía trabajar con tópicos que no obedecen estrictamente al orden de lo racional, como lo es el erotismo, la risa, la poesía o las experiencias internas, no queriendo ver en ellas un principio reduccionista de la utilidad. Justo eso lo llevará a la búsqueda del no saber, de aquello que no tiene nombre, de lo que no se puede explicar ni tampoco entender, pero que de todos modos ahí está. Por ese mismo deseo quizás su forma de escribir su obra, no usando categorías ni pretendiendo construir un sistema filosófico como tal.

En el prefacio de su obra La experiencia interior, publicada en 1943, Bataille escribe de manera contundente dos verdades que resultan evidentes e indubitables:

No lo somos todo, incluso no tenemos más que dos certezas en este mundo, ésa y la de morir.

(Bataille, 1973:10).

¿Qué significa lo anterior? ¿Y cuáles son sus implicaciones? De entrada que participamos de dos hechos contundentes: la muerte y el estar condenados a ser esto que somos, sin importar bien qué sea, si somos un cuerpo, alma, compuesto, subjetividad, cogito o cosa. Somos esto y tenemos impedido el libre tránsito; uno no puede cansarse de ser lo que es y mañana poder ser otra cosa. Además, Bataille anuncia la confirmación de que somos finitos y limitados; con la muerte se entiende bien la parte de la temporalidad, lo que nos impide el libre tránsito a ser otro. Y también está presente la imposibilidad de no poder ser todas las cosas, tener todos los atributos; si somos algo, es tan sólo un pequeño listado singular, nunca el absoluto.

Más allá de las problemáticas cuestiones ontológicas de qué se es y cómo se es, hay una consecuencia menos abstracta: si no podemos ser todo y también tenemos impedido ser el otro, eso significa que no tenemos tampoco nunca otra experiencia que no sea la nuestra, ¿cómo hacemos entonces mundo con los demás? Se aprecia, por ejemplo, en un funeral: ciertas personas suelen decir a los familiares del difunto “siento tu dolor”, lo cual no puede ser cierto, ya que nadie puede sentir el dolor del otro, no hay manera. Quizá lo más sensato que se puede decir en un momento así es: “te acompaño en tu dolor”, eso sí podemos hacerlo, sin tener nunca la experiencia del otro, podemos entender su situación y respetarla.

Aún la misma ciencia se encuentra atravesada por esta dificultad, porque parte siempre de lo descriptivo: nos puede decir qué es el agua, el hidrógeno, un ajolote, el sol, etc. Pero nunca puede darnos la experiencia misma del anfibio, del elemento químico o del astro; crítica que en su momento hizo Henri Bergson:

Nuestros ojos perciben los rasgos de un ser vivo, pero yuxtapuestos, no organizados entre sí. Se les escapa la intención de la vida; el sencillo movimiento que corre a través de las líneas uniéndolas y dándoles significado.

(Bergson, 2007:178).

Tenemos una ciencia parcelada e incompleta, que no puede dar cuenta de toda la complejidad de la realidad, sólo desde un esquema limitado de un sujeto frente a un objeto de estudio. Con dicho modelo se abre una distancia fundamental, se crea una escisión: el sujeto no es nunca el objeto, se establece una diferencia sustancial e irreconciliable. El que busca conocer no es aquello que quiere conocer.

Entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad. Este abismo se sitúa, por ejemplo, entre ustedes que me escuchan y yo que les hablo. Intentamos comunicarnos, pero entre nosotros ninguna comunicación podrá suprimir una diferencia primera. Si ustedes mueren, no seré yo quien muera. Somos, ustedes y yo, seres discontinuos.

(Bataille, 2013:17).

Dicha suerte de sentencia aparece terrible, en el sentido de que da la sensación que termina en un inexorable solipsismo, en el que estamos encerrados en ser esto que somos, sin tener ninguna otra forma de experimentar al otro. No hay rutas ni vías de escape, aún en la muerte, moriremos solos, desvinculados. Mientras que en lo epistemológico siempre estaremos afuera, en la distante lejanía. Aquí parece anunciarse un pesado idealismo: en el que no conocemos nunca a las cosas en sí mismas, lo único que tenemos de ellas son las representaciones que nos hemos formado de ellas, apreciando entonces sólo las sombras.     

En las relaciones amorosas queda más clara la dificultad: ¿se enamora alguien en realidad de la persona amada, o simplemente de la idealización que tiene de ella? Y puede resultar doloroso descubrir que aquello creado no corresponde con lo original, aunque la representación parte de algo real, nunca será aquello: se parece, es más pretende ser, pero de hecho no es aquello. La idea del amado no es nunca el amado.  

La pregunta se hace presente: ¿cómo solucionar el solipsismo y el idealismo que están acechando en el pensamiento de Bataille y que ya han sido explorados hasta sus últimas consecuencias en la tradición filosófica de occidente?

Pero no puedo evocar este abismo que nos separa sin experimentar de inmediato el sentimiento de haber dicho una mentira. Ese abismo es profundo; no veo qué medio existiría para suprimirlo. Lo único que podemos hacer es sentir en común el vértigo del abismo. Puede fascinarnos. Ese abismo es, en cierto sentido, la muerte, y la muerte es vertiginosa, es fascinante.

(Bataille, 2013:17).

En la obra de Bataille lograr comunidad es un tema recurrente, hacer mundo con el otro, sin nunca ser ese otro, ni tampoco tener su experiencia, ¿cómo lo logramos entonces? ¿Cómo poder entender cabalmente al otro, si nunca, por ninguna vía, podremos dejar de ser esto que somos y por lo tanto jamás tendremos la experiencia de aquellos que no son nosotros? ¿Cómo tener entendimiento de algo que no es asequible para mí?

La propuesta no parte de un principio positivo o de utilidad, en el que lo que nos hermane y mantenga juntos sea el hecho de ser hombres o seres vivos racionales parecidos, eso, aunque bondadoso, no es suficiente, como lo veremos más adelante. Aún desde el abismo que hay en la distancia entre seres discontinuos todavía queda algo en común entre ellos: el sentimiento del vértigo que produce la muerte, la fascinación por ella. Una comunidad negativa en la que lo que nos mantiene juntos no es la vida por sí misma, es en todo caso la muerte. Y quizás más allá de la muerte en sí misma, recordando que también tenemos impedida la experiencia de la muerte del otro y también de nuestra propia muerte (porque ésta implica el aniquilamiento del sujeto y de todas sus categorías de entendimiento), lo que nos quedan son las narraciones y discursos que podemos hacer de ella.

Así, el trabajo de Bataille se salva del solipsismo: contamos historias para que otro las escuche. La narración de la muerte necesita de testigos y cómplices, porque aquel que la sufre ya ni siquiera estará para contar aquello, habrá sido aniquilado; se tiene que contar todo desde la óptica de un tercero, que narrará aquello porque le fascina, ya que sin ser su muerte, la siente cercana, al recordar que él también morirá. Y no es puro idealismo, porque al final las historias no buscan corresponder con la realidad, de hecho pretenden romperla, rebasarla, ser exageradas, dramáticas, estéticas, poéticas, terribles y hasta novedosas, ¿quién podría querer escuchar una historia sosa y rebuscada?

Si la literatura se aleja del mal se vuelve aburrida. Esta idea puede asombrar, sin embargo, creo que uno debería notar que en la literatura la angustia está implicada y que la angustia siempre está fundada sobre algo que va mal, que amenaza terminar muy mal y que es poniendo al lector en la perspectiva o al menos ante la posibilidad, de una historia que terminará mal; y muy a menudo –para simplificar la situación de la novela- poniendo al lector ante esta perspectiva desagradable, ante esa tensión, es que la literatura deja de aburrir.

(Bataille, 1958).

La muerte es un fenómeno natural que no nos dice a priori gran cosa. Un ejemplo para entenderlo es el siguiente: cuando vamos manejando en una carretera y vemos a un perro muerto, su cadáver difícilmente nos conmueve. Seguiremos nuestro camino y quizá no digamos nada. Pero cuando se crea una historia o un discurso alrededor de ese cuerpo sin vida, es cuando las fibras más sensibles se alcanzan y lloramos sin poder consolarnos; en películas como Hachiko o La razón de estar contigo se parte de lo mismo que encontramos en la carretera: perros muertos. La diferencia entonces es la narración de esa muerte y la habilidad que tenga aquel que la cuente.

Para explicar mejor las ideas anteriores y también aquella cuestión de la comunidad negativa, podemos revisar el trabajo del fotógrafo mexicano especializado en nota roja, Enrique Metinides, sobre todo en dos de sus fotografías. Una en la que una chica salta de un edificio y termina con su vida. Se ve que la gente se junta alrededor de aquel cuerpo; pero cuando se percatan de que hay un fotógrafo documentando dicha escena, siendo los años 70, aparecer en el periódico no es algo muy común. Muchas de los fotografiados voltean a ver a la cámara, algunos hasta sonríen. ¿Qué significa esto que nos puede parecer tan siniestro? Que hizo más comunidad la mirada de la cámara que el terrible cadáver ensangrentado de una mujer.

En una segunda foto pasa algo similar: esta vez es un auto chocado, se ve completamente abollado y una vez más la gente opta por mirar a la cámara y posar. La tragedia en un primer momento los acerca, pero su fuerza no es suficiente para mantenerlos juntos, será pues, la narración que se haga de aquello; porque cuando algo se vive no se entiende del todo, es entonces el discurso el que le conferirá el sentido a aquello, el periódico se encargará de interpretar y valorar el siniestro. Por lo tanto, es más importante la posibilidad de aparecer en las fotos que sentir pena por el cuerpo destrozado.

Lo que abre la posibilidad de poder hacer comunidad será esta fascinación por contar historias y también por escucharlas. La vía que nos queda es la de la comunicación, nos podemos entender con el otro y descubrir que eso que llamamos “otro” es una construcción que hemos hecho, porque si le preguntáramos a eso externo a nosotros que si es lo otro, obviamente nos diría que no; el “otro” sólo es un “otro” para nosotros.

La comunidad de los que no tienen comunidad

(Agamben, 1987).

Una comunidad imposible, porque se escapa del principio de utilidad. Habla Bataille del gasto excesivo, el puro derroche lujoso: no contamos las historias para aprender algo de ellas o como moralejas, ni nos enamoramos para obtener algo, lo hacemos simplemente como actos soberanos: porque podemos hacerlo. Para sentir el estremecimiento, el vértigo, la risa a carcajadas y las lágrimas.

El sueño antes que la realidad, la pesadilla antes que el drama, el terror antes que el monstruo, la náusea antes que la caída.

(Bachelard, 2012:129).

La empatía es entonces sólo un performance, lejos de ser un acto a ultranza racional, es un ejercicio meramente imaginativo, jugar a ponerse en los zapatos del otro, sin nunca traerlos puestos, porque de hecho no hay nada que nos podamos poner, nada que sea de nuestra medida. La premisa es la siguiente: no es la pura empatía, que partiría de la utilidad, lo que nos une, en todo caso será la fascinación por escuchar y contar las historias del otro, por acercarse a aquello que tenemos impedido, la atractiva imposibilidad de tratar de conocer lo que no somos, de saber lo que no podemos conocer, escuchar la experiencia que no podemos vivir.

Detrás del mundo, detrás de la pobreza en que vivimos, detrás de los límites precisos en que vivimos sólo hay un universo cuyo brillo es incomparable y detrás de universo no hay nada.

(Bataille, 2008:57).

Dichas narraciones no tienen que ser adecuaciones de la realidad, también pueden ser exageradas, puro derroche lujoso, haciéndose presente el deleite soberano de poder hacerlo y después la complicidad del tercero al saberse escuchado. Al no tener la experiencia en el mundo del otro surge una brecha en su compresión, al no ser aquel difícilmente generaremos conciencia de éste y de sus necesidades, porque la premisa es que no las vivimos como nuestras, sino a la distancia. Si no podemos entender al otro, porque no somos aquello, ¿qué nos queda para generar comunidad y poder vivir con eso que no soy yo? La comunicación, que aquel nos cuente desde su perspectiva cómo experimenta esta realidad. Así tenemos que escucharlo y estas historias nos generaran un genuino interés, pero no por algo que tenga que ver con un principio de utilidad, en el que descubramos más cosas, nos hagamos más inteligentes, por el contrario: los humanos son seres que experimentan las narraciones desde la fascinación, del estremecimiento de imaginar ser otro, sin nunca serlo.

Bibliografía

AGAMBEN, G. (1987). Bataille y la paradoja de la soberanía. Nápoles: Liguori Editore.

BACHELARD, G. (2012). El aire y los sueños. Ensayo sobre la imaginación del movimiento. México: Fondo de Cultura Económica.

BATAILLE, G. (1973). La experiencia interior, seguida de Método de meditación y de Post-scriptum. Madrid: Taurus Ediciones.

————— (2008). La religión surrealista. Conferencias 1947-1948. Buenos Aires: Las Cuarenta.

————— (2013). El erotismo. México: Fábula Tusquets Editores.

BERGSON, H. (2007). La evolución creadora. Buenos Aires: Cactus.

PumpenSachsen, “Georges Bataille en TV (1958)”. En “Lectura para todos”. 23/marzo/2012. [Archivo de video]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=LeuffpGl8uE&t=132s

YUSTE, J. (2015). “El mexicano Enrique Metinides, el fotógrafo de las tragedias y de los muertos”. En Cultura Inquieta. Disponible en: https://culturainquieta.com/es/foto/item/7743-enrique-metinides-fotografo-de-tragedias-y-muertos.html

Artículo de:

Irving Jesús Hernández Carbajal (autor invitado):
Licenciado en Filosofía (UNAM). Mtro. en Ciencias Sociales (UAEH). Diplomado en Literatura por el Centro de las Artes de Hidalgo, México. Ha sido docente en la Universidad Humanista Hidalgo y en la Escuela Normal Superior Pública del Estado de Hidalgo.

Imagen | Wikipedia

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