Conocimiento es poder, como popularizó Hobbes (Scientia potentia est), haciéndose quizá eco de la filosofía de Bacon. De la valoración de la ciencia a la mera información sobre el otro, cualquier otro, el conocimiento es poder en diversos sentidos. La ciencia nos ha dado poder sobre el mundo. Comprender las leyes de la naturaleza nos da poder sobre ella, nos permite manipularla y transformarla para nuestros fines. Pero el conocimiento más importante para la vida es el conocimiento de uno mismo. Ese es el verdadero poder. ¿Lo tenemos?

El término “big data” hace referencia a la cantidad de datos que se acumulan en la web, y también a las herramientas informáticas que se encargan de analizarlos. Su estudio es una ciencia novedosa, actualmente muy de moda, por cuanto aporta especialmente al mundo de los negocios. Básicamente funciona acumulando, analizando y relacionando datos que quedan en la nube. Los datos se dimensionan (tiempo, espacio, producto…) y se clasifican según el criterio que interese: datos personales como nombre, edad, sexo, estado civil, profesión…; datos financieros, desde ingresos hasta cualquiera de nuestros gastos; datos de preferencias de consumo, que se van asociando: quienes ven cierto tipo de películas tienden a ver ciertas otras, o a comprar ciertos productos, o a consumir cierto tipo de ocio. Y así se puede ir navegando por los datos, de un nivel a otro, cambiando la dimensión desde la cual analizamos la información: quiero saber en qué zonas geográficas, o en qué franjas horarias, se consume más algo; o según sexo, o estado civil, o ingresos.

Estadísticas. Estadísticas sobre nuestros gustos, costumbres, creencias e ideologías; estadísticas con las que se hacen estudios predictivos de comportamiento y de consumo. Estadísticas con las que luego nos llevarán a pedir ese crédito, a consumir ese producto, a valorar moralmente como se nos haya condicionado a valorar cualquier acontecimiento o acción…

Conocimiento es poder. ¿Poder de qué? ¿Poder para qué?

Los big data se extraen, se analizan y filtran respondiendo a unos objetivos que decide alguna entidad, empresas, ideólogos o políticos. Se pueden estudiar y relacionar de forma multidimensional, mediante algoritmos que plantean fórmulas para llegar a esos objetivos previamente definidos por el mercado económico, financiero o ideológico.

Reducidos a cifras y pulsiones, los individuos nos movemos en un terreno a ras del suelo, mientras que en la nube nuestros perfiles, esas sombras que proyectamos en la red, se manipulan de forma que proyectan su influyo de vuelta a nosotros.

¿En qué consiste la libertad del individuo? Podemos distinguir tipos de libertad: de acción, de elección, de pensamiento… Lo que de verdad definirá que seamos o no libres será aquello que defina nuestra naturaleza. ¿Qué somos? ¿El animal racional, con logos? ¿El homo faber? ¿Voluntad de poder?…

En este mundo del control de los big data descubrimos que nuestras tendencias ideológicas son fácilmente manipulables, basta aplicar el condicionamiento adecuado. La información ahora sirve para canalizar, radicalizar o anular. Si pinchamos ciertos enlaces o hacemos ciertas búsquedas, a través de estudios previos de inteligencia artificial se nos ofrecerá la información, ideología, productos, que los mercados previamente hayan diseñado. El exceso de información, lejos de favorecer el contraste y el pensamiento crítico, resulta que condiciona y canaliza para generar formas de pensamiento superficiales, simplonas y, sobre todo, cerradas a cualquier otra perspectiva, porque la retroalimentación que recibiremos no ahondará en la pluralidad de perspectivas sino al contrario: nos enfangará cada vez más en esa primera tendencia en la que se nos quiera atrapar. Resulta paradójico que las redes, todas las tecnologías de la información, hayan anulado el diálogo, vía principal del avance del pensamiento y de la civilización, en sentido científico y ético.

Resulta, pues, que nuestra capacidad de pensar está ahora en manos de ese Leviatán que levita sobre nosotros; nuestros impulsos y voluntad son moldeados y canalizados por él; nuestro trabajo y nuestra acción en el mundo se entregan a él también. Como meras células de un organismo superior, la humanidad se ha convertido en una especie de tejido de ese organismo al cual servimos, y al que paradójicamente hemos creado.

Hay otra forma de poder: la que implica no sólo mi conocimiento, sino la ausencia de conocimiento del otro. Ese poder gravita sobre nosotros porque no lo miramos, porque no nos concienciamos verdaderamente de él. Seguimos consumiendo, opinando, actuando como si fuéramos libres. Ignoramos lo que somos, y por eso se nos aliena a partir de lo que somos.

Quizá, para recuperar esa libertad, tenemos que empezar por darnos cuenta de que la hemos perdido. Nadie busca aquello de lo que no cree carecer. Tendemos especialmente a creernos libres en nuestras ideas o creencias. Sin embargo, la libertad de pensamiento tiene más que ver con la aceptación de la propia ignorancia, con ese germen de apertura al mundo que es la curiosidad y el asombro, que con la posesión de ideas firmes y cerradas, porque incluso aun cuando fueran más o menos acertadas, las ideas siempre serán limitadas, mi visión del mundo siempre será perspectiva fluyente.

Somos animales racionales (con logos), pero también somos deseos, emociones, impulsos. Conocer esas tendencias, nuestros miedos, nuestras reacciones, en suma, nuestro ego, es el mayor poder que se puede tener sobre nosotros. Primero, porque son lo que nos adhiere a una u otra ideología –cada vez más condicionados, se impone la alteridad como adhesión a una causa, por vana que sea, frente a un enemigo de la causa; la simplicidad de la alteridad dual-. Desde esa ideología, ese posicionamiento frente a “lo otro” –lo enemigo de esa causa que adoptamos como pose-. Esa ideología, ese posicionamiento de alteridad simplista y dual, es la más terrible de las manipulaciones que se puede hacer. Los big data, neutros, fríos y vanos en sí, están siendo utilizados para fines ajenos a la tecnología, pero tan específica y mezquinamente humanos: el poder de la propaganda, el sometimiento de la mente de los demás. No bastan sólo esos datos, hay que conocer la naturaleza pulsional del ser humano para utilizarlos.

Considerarnos racionales alimenta nuestro ego; nos hace imaginar que estamos en lo cierto frente a otros, nos lleva a llamar “masa” a los demás. Pero la verdadera libertad de la mente empieza con la apertura, con la curiosidad, con la duda. Empieza ahí, pero no puede desarrollarse aislada. Necesitamos del otro. Necesitamos potenciar al máximo el diálogo, desde la premisa del respeto que merece el otro, ese otro que está en ese bando opuesto al mío. Izquierdas y derechas, hombres y mujeres, Oriente y Occidente. Lejos de los intereses de los poderosos, el diálogo se forma cuando quiero entender al que mis circunstancias me han vendido como opuesto.

Partimos de que somos razón y pasión; de que somos pulsiones y deseos. Pero al final lo que resultamos ser es acciones, vida. Y en esa vida podemos ser meros títeres de un gran Leviatán, agigantado en nuestra era de la comunicación hasta anularlos, o podemos volver a soñar con ser dueños de ella. En eso consistiría el proyecto humanista de nuestro tiempo, un proyecto que anteponga cada vida, cada ser humano, a cualquier proyecto empresarial o sistema económico o global. Y como todo proyecto humano, propiamente humano, empieza con el mandato kantiano: sapere aude; atrévete a conocer. Y en ese conocer, conocerte, como parte de la humanidad.

Imagen | Albright knox (el museo conserva los derechos de autor, la imagen se reproduce bajo sus términos y condiciones de usos autorizados con fines divulgativos).

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por Esther C. García-Tejedor

Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato. Coordinadora de la Olimpiada Filosófica de Madrid.

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