Si el filósofo suele preocuparse por el comportamiento y por el destino del hombre, entonces no puede dejar de cuestionarse acerca del sentido del universo que habita el ser humano. 

Es evidente que antes de hacerlo, tiene que pensar cuáles son las condiciones del saber y preguntarse también si el saber que busca es posible o no. Desde un principio Heráclito afirmaba que existen dos maneras de llegar a conocer; una verdadera, que es la que obedece al Logos, y otra falsa; que se apoya en los sentidos y se sustenta en la interpretación de lo que percibimos. “Conocer subjetivamente” implica que uno mismo (sujeto) sea el objeto de conocimiento; es decir: emitimos juicios a partir de la manera en la que “ese conocimiento” nos afecta.  Evidentemente, no se puede llegar a conocer algo de manera falsa, por ello Heráclito se refiere a que este tipo de conocimientos dan origen a juicios “sospechosos“.

Aquí es donde surge una inquietud respecto a la labor del filósofo y su relación con la “verdad”, ¿la erudición es una garantía respecto a esta? Según la sabiduría del filósofo presocrático, la verdad se presenta a quien la confronta a través de la pregunta, de la observación para poder distinguir y discernir de cada cosa según su constitución y decir cómo es; lo cual no es lo mismo que describir. Para filosofar y encontrar la verdad no solo basta con enlistar las características de “la cosa”, se debe definir qué es, delimitarla.

La verdad —según Heráclito— solo se presenta a aquellos que están despiertos y ávidos de escuchar lo que revela el Logos, no lo que nos dictan nuestros sentidos, pues es evidente que, así como la realidad es absoluta, la verdad es común; universal. Únicamente a través de esta verdad es que se puede llegar a entender el mundo, el problema es que el hombre moderno está tan sumergido en el ámbito de lo sensible, que no es capaz de darse cuenta de que la realidad contienen una verdad, un logos y en consecuencia, pocos son los que se encaminan a la búsqueda de este, de tal forma que es fácil adquirir una inteligencia personal y engañosa.

Llegado este punto es preciso aclarar que el logos del que habla Heráclito es aquella fórmula unificadora o método proporcionado de disposición de las cosas, es un plan estructural que constituye lo individual y los conjuntos de las cosas individuales. En tanto que El Logos es un elemento constitutivo real de las cosas y en muchos aspectos también es co-extensivo, (equivalente, que el fuego de Heráclito deviene del Logos, el fuego es una metáfora de la que se sirve para explicar el principio del cambio y movimiento en el mundo) al fuego; el elemento constitutivo cósmico primario.

Sin embargo, para Heráclito este conocimiento difícil y lleno de trabajos, es más un conocimiento interior que aquel conocimiento del mundo físico que trataban de explicar los primeros filósofos naturales, así a más de un siglo de distancia de Sócrates. Heráclito propone la máxima de que para conocer al mundo primero es necesaria la introspección; consultar a uno mismo para poder escuchar el logos que proviene de nosotros y así establecer el vínculo que nos une al logos del mundo y alcanzar la verdadera sabiduría, que nos permitirá encontrar la razón y el origen de las cosas, así como el sentido de la vida.

Pero, ¿cómo llegar a alcanzar esta verdad? Mediante la confrontación de lo que conocemos, someterlo a juicio para determinar si lo que estamos aprehendiendo verdaderamente es congruente con la realidad, no con lo que mejor nos parece o lo que intuyamos, en tanto que el logos es la adecuación de nuestro intelecto con la realidad, de ahí que la razón sea propia del hombre y que nuestro límite cognoscitivo sea la verdad. La comprensión del hombre sobre su propio logos es lógicamente necesaria para la adecuada promulgación de nuestras propias vidas1. Cuando Heráclito contempla al mundo que le rodea, tanto el mundo de los hombres como el mundo de las cosas, se da cuenta de que todo está en movimiento y afirma que no se puede entrar al mismo río dos veces, pues otras aguas fluyen hacia ti, y en efecto: si vivimos en el tiempo y si el tiempo transcurre en todas las cosas, nada es verdaderamente repetible.

Sin embargo, Heráclito intenta demostrar que el movimiento existe a partir del hecho de que si, por una parte, podemos pensar que somos, por otra, al ver nuestro pasado que ya no es, al pensar nuestro futuro que todavía no es, al pensar que en el instante en que vivimos, significa que en verdad somos una mezcla de ser y no ser, de ausencia y presencia; de pasado, presente y futuro. Y en los extremos de nuestra vida se encuentran los opuestos; es decir: “vivir” significa estar en el tiempo intermedio entre el momento de nuestro nacimiento y el momento de nuestra muerte, de ahí que Heráclito afirme que lo contrario es lo más conveniente, porque de hecho el hombre así como el resto de las cosas viven entre un estado de opuestos, pues existe un cosmos que es engendrado por el fuego y consumido de nuevo por el fuego alternadamente en ciertos periodos en la totalidad del tiempo2. Por esta razón pienso que Parménides se sirvió de la teoría de los opuestos de Heráclito para sustentar su teoría de que no existe el no ser, aunque si bien es claro que la muerte ejerce esa tensión sobre lo vivo, la muerte también implica que ya no se puede predicar algo a partir de un sujeto que “ha dejado de ser”, puesto que ya no existe, afirmar que el muerto es, significaría predicar cosas verdaderas (pues en algún momento fue real) falsas (si ya no existe es que ya no es).

Ciertamente, esto que nos ocurre sucede también con el resto de las cosas existentes en el mundo, pues aludiendo a la metáfora del movimiento de las aguas, existen ríos encarnizados (violentos, en cuanto a que el movimiento es tan necesario que no se puede evitar, es imposible que todo lo que existe sea y esté impedido de movimiento) que van desde su principio hasta su fin en una constante transición de un opuesto a otro, que deviene precisamente del fuego, ya que:

Al apagarse genera el ordenamiento cósmico de todas las cosas, pues en primer lugar la parte más grosera de él, recogiéndose en sí misma, se convierte en tierra; después la tierra ablandada por el fuego se transforma naturalmente en agua y evaporándose (el agua) se vuelve aire. Pero de nuevo el cosmos y todos los cuerpos son consumidos por el fuego en la conflagración3.

El movimiento generado por los opuestos es regulado por esa tensión que equilibra a cada uno, sin embargo, cuando dicho equilibrio se rompe, es cuando viene la guerra, que es el restablecimiento de la justicia aplicada nuevamente a los opuestos.

De los contrarios, el que conduce al nacimiento se llama guerra y discordia, mientras que el que conduce a la conflagración son la concordia y la paz y la transformación del cambio es el camino de arriba hacia abajo y conforme con este se realiza el devenir del cosmos4. Entiéndase por discordia una metáfora que alude al dominio del cambio en el mundo que está conexionado con la reacción entre opuestos y la mayoría de las clases del cambio, según Heráclito, la discordia (guerra) es necesaria, ya que subyace a todos los hechos, por tanto, “es común” porque de ella devienen la mayoría de las clases del cambio.

Es evidente que Heráclito afirma que el cambio y el movimiento existen. Más allá de este cambio, considera que igualmente existe la permanencia eterna de todas las cosas. Y ahora, se aclara la máxima de que “son sabios quienes oyen no a mí, sino al Logos“, convengan en que todo es uno. Por motivos similares y siguiendo la metáfora del fuego, Heráclito dice que las almas buenas son secas, es decir, aquellas almas en las cuales ha penetrado el fuego, símbolo a la vez de la razón única de todas las cosas y de la unidad última del universo y del hombre.

Por lo tanto, en mis propios términos defino al logos como la razón de ser de las cosas, lo que en lenguaje aristotélico bien pudiera entenderse como la sustancia del mundo en sí; lo que subyace, lo que sostiene al mundo y sustenta la verdad de las cosas y entenderlo implica distinguir cada cosa según su propia constitución, decir cómo son las cosas, de ahí que Heráclito afirme que aquel que está “despabilado” es capaz de caer en cuenta de lo que es la razón de ser, solo así será capaz de adecuar el entendimiento con la realidad y ¿de quién es ese deber? Obviamente de los que nos llamamos verdaderos amantes de la sabiduría.

NOTAS

[1] Kirk, Raven, Schofield, Los Presocráticos, Gredos, Madrid, 2008. P: 252.

[2] Mondolfo Rodolfo, Heráclito: Textos y Problemas de su Interpretación. Siglo XXI Editores S. A. México, 1966, P:

[3] Ibid P: 10.

[4] Idem.

Artículo de:

Silvia Suleyka Arzaluz Lozano (autora invitada):
Egresada de la Licenciatura en Filosofía por parte de la Universidad La Salle. Imparte clases a nivel Medio Superior, además se desempeña como Profesora  Particular para regularizar estudiantes en asignaturas de Filosofía, Humanidades, Ciencias Sociales e Inglés. 

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