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Es posible que, como menciona Úrsula Leguin1, el primer artefacto que creamos como especie no fuese un arma, un cuchillo o un arco (un instrumento punzante o de conquista), sino un simple contenedor para transportar alimento recolectado hasta el hogar. Este hecho no forma parte del gran relato heroico del dominio sobre el fuego o de las aventuras de caza prehistóricas que ha prevalecido en nuestra imaginación desde entonces. Forma parte del otro relato, menos escuchado, que cuenta cómo somos capaces de hacer grandes transformaciones desde lo pequeño, procurando un sostén para la vida.

La vida, nuestra realidad última, inter y ecodependiente, frágil y entrelazada con todo el sustrato material, natural y social, se ha expuesto con fuerza con la deriva pandémica. El relato de las acciones que la mantienen, invisibilizado, pero persistente, aporta herramientas necesarias para reformular las prácticas que puedan resistir al contagio de la mercantilización y suponer un salto cualitativo hacia una nueva forma de vida en común.

Para la filósofa Marina Garcés, la vida vivible es la gran cuestión de nuestro tiempo2. Hoy, la vida, demarcada por el tiempo de la catástrofe, fuera de la promesa del futuro redentor de la modernidad y del presente inagotable de la posmodernidad, se inserta en un tiempo “póstumo”, un tiempo donde la vida se está haciendo impracticable porque acepta la posibilidad de su propio fin.

Es un fin que viene dado por la destrucción ambiental, pero también por su dimensión relacional. Los lazos sociales se han reconfigurado en una suerte de lógica de la conexión al sistema, desplazando la antigua lógica de pertenencia a una clase, nación o condición (Marina Garcés, 2011). Estar desconectado del sistema produce la precariedad y exclusión fatal del individuo, por lo que ocupamos nuestra energía en el empeño de seguir conectados a toda costa.

Producimos y reproducimos esta lógica de conexión de yoes aislados que acrecienta la soledad y la parálisis. Para subvertir la impotencia, la tarea sería revolverse contra esa “privatización de la existencia” que no es más que una ficción de autosuficiencia, conectándonos con un nosotros corporal, que no ve en el otro un competidor sino un coproductor del mundo común3.

La vida, como respuesta colectiva, entra en competencia tanto con el programa neoliberal de vidas privadas como con el estado del bienestar. En el estado del bienestar, el poder corporativo y las políticas públicas parecen garantizar el acceso a la redistribución de los beneficios y a la igualdad en el acceso a los recursos necesarios para el sostenimiento de la vida, pero en realidad la condicionan a la adquisición del empleo asalariado y a un crecimiento económico continuo que ignora sus propios límites4.

Los cuidados y el discurso crítico que cuestionan la prevalencia de este modelo pueden ser fagocitados por la misma lógica del sistema al despojarlo de su carácter conflictivo. Por esto, desde posiciones de la economía feminista, como la de Amaia Pérez Orozco, se entiende que reclamos tan centrales como los cuidados solo pueden asumirse verdaderamente, una vez removidas las relaciones de poder que las mantienen como las conocemos5.

Retomar la perspectiva del conflicto frente a la administración de la vida es disputar los límites que cercan el mundo de lo vivible, politizando colectivamente las condiciones de existencia que ahora se subordinan el sistema productivo, recuperando los tiempos, los territorios, y los “sentidos comunes6”. Como nos recordaba Leguin: “Still there are seeds to be gathered, and room in the bag of stars” (Aún quedan semillas por recolectar y espacio en la bolsa de estrellas).

Notas

[1] The Carrier Bag Theory of Fiction, 1986; en la colección de ensayos «Dancing at the Edge of the World: Thoughts on Words, Women, Places» Grove Press in 1989

[2]  Garcés, M. (2020, 19 marzo). Condición póstuma, o el tiempo del “todo se acaba”. ctxt.es | Contexto y Acción. https://ctxt.es/es/20200302/Firmas/31436/Marina-Garces-condicion-postuma-sostenibilidad-posmodernidad-muerte.htm

[3] “Desde el sujeto, que es un cuerpo, es decir, no una conciencia separada, sino un nudo de significaciones vivas enlazado a cierto mundo, no se trata de explicar mi acceso al otro, sino nuestra complicación en un mundo común” (M Garcés, 2013, p. 35)

[4] Orozco, A. (2020, 10 noviembre). ¿Y si el hámster dejara de mover la rueda capitalista? ElDiario.es. https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/si-hamster-dejara-mover-rueda-capitalista_129_6401441.html

[5] Marcos, J. (2019, 18 diciembre). “La reproducción asistida naturaliza que la vida no tiene límites”. pikara magazine. https://www.pikaramagazine.com/2019/12/la-reproduccion-asistida-naturaliza-que-la-vida-no-tiene-limites/

[6] Orozco, A. P. (2020, 8 diciembre). ¿Y si el hámster dejara de mover la rueda capitalista? (II). ElDiario.es. https://www.eldiario.es/opinion/tribuna-abierta/si-hamster-dejara-mover-rueda-capitalista-ii_129_6490108.html

Bibliografía

Garcés, Marina. (2013). Un mundo común. Ediciones Bellaterra.

Garcés, Marina. (2011). ¿Qué podemos hacer? O sobre las intimidades de la crítica. In A veces me pregunto por qué sigo bailando (pp. 393–407). Contintametienes.

Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Leticia Prado (autora invitada):
Titulada en Filosofía y Sociología Cultural. Sus intereses son la Ética, la Política y los Movimientos Sociales.

#Amaia Pérez Orozco, #Marina Garcés, #reflexión, #vida

por autores invitados

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