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Los discursos de odio no son una novedad de las redes sociales virtuales, pero han sido potenciados notablemente por ellas. La interacción impersonal, desprovista de una cercanía garante de comprensión emocional, impide generar lazos empáticos, al menos tan potentes como los propios de una interacción personal y directa. Esta frialdad de las redes permite que prolifere el odio o hate, amparándose en el anonimato de los usuarios y en la dificultad de exigir responsabilidades morales y legales. Los usuarios tienen conciencia de esta falta de repercusiones para sí mismos, pero esto no significa una falta absoluta de consecuencias. Las secuelas del acoso y del odio en redes son variadas y llegan incluso al suicidio infantil1.

Pero el odio a veces no es evidente y se tiende a confundir con la crítica. No parece extraño, ya que incluso en la RAE dos acepciones de “crítico” hacen referencia a un juicio desfavorable o negativo. Este sentido nos permitiría identificar el pensamiento crítico con la manifestación de ideas opuestas. No obstante, esta aplicación simplifica enormemente las características del pensamiento crítico. Incluye en la misma categoría opiniones contrarias y divergentes, científicamente fundadas e infundadas, teorías comprobables y especulaciones, dudas razonables y discursos de odio; pues su único criterio parece ser el hecho mismo de la oposición.

Para comprender mejor el pensamiento crítico, tenemos que discernir cuáles de estas características le son propias y cuáles, pese a la apariencia de criticidad, pretenden conducirnos mediante dogmas.

Esta es la primera característica a considerar: el pensamiento crítico se opone al dogma. Parece una condición básica, ya que criticar consiste en juzgar algo y, por lo tanto, no aceptarlo sin más. Cuando hablamos, por ejemplo, de una crítica cinematográfica, nos referimos no solo a una valoración negativa, sino a un juicio completo sobre sus diversos elementos (guion, dirección, montaje, etc.). También en la crítica literaria, o de cualquier otro tipo. En el caso del pensamiento o de teorías, la crítica tiene que dirigirse a los fundamentos, los conceptos que emplea y sus argumentos. Esto convierte a la crítica en un discurso potencialmente negativo, en el sentido de que no quiere afirmar o defender algo, sino analizar sus puntos fuertes y débiles.

Para ser críticos, resulta fundamental que establezcamos dudas razonables, basadas en datos que fundamenten cierto escepticismo. Pero también es importante imaginar posibles dudas (que a veces no se observan tan evidentemente) y ser capaces de razonar si son o no coherentes, e investigarlas. Por eso podemos denominar al pensamiento crítico como una forma de “discernimiento profundo” más allá de los desacuerdos personales y las confusiones aparentes. Cuando establecemos una duda, tenemos que saber por qué se origina y qué consecuencias tiene. Por ejemplo, puedo dudar del descubrimiento de un científico basándose en datos contradictorios de otros laboratorios; es una duda razonable, ya que su descubrimiento se basa en ese tipo de datos. Pero no sería razonable dudar de su descubrimiento basándome en que yo, personalmente, no quiero creerlo, o porque desconfío de él. En este caso puedo no creerlo, pero no es una crítica bien fundamentada porque la duda no es razonable más allá de mis motivos personales.

En relación con lo anterior, el pensamiento crítico se confunde habitualmente con hacer acusaciones, incluso por motivos de odio, bajo el precepto de que se está dudando. Pero hay dudas razonables y dudas irrazonables, e incluso dudas falaces, como las que se fundamentan en acusaciones personales. Por eso, la siguiente característica fundamental del pensamiento crítico es el dominio de la argumentación. Un mal argumento incapacita el pensamiento crítico, lo convierte en inválido, porque lo hace a la vez dudable. Por eso, intentar pensar críticamente requiere al menos intentar argumentar correctamente.

Por último, el pensamiento crítico tiene que ser imparcial. Esto se relaciona directamente con las características anteriores, ya que nuestro juicio tiene que basarse en dudas razonables y no en luchas personales. Aunque podemos tener en cuenta las emociones y los compromisos personales, esto no puede sustituir a los argumentos.

Cuando intentamos oponernos a una idea sin cumplir alguno o varios de estos requisitos, utilizamos un pensamiento acrítico (no crítico). Y si bien puede ser de muchos tipos, es más habitual que esté dominado por emociones positivas o negativas. Las emociones nos conmueven y nos empujan a tomar decisiones que aparentan ser correctas solo porque nos complacen (incluso una reacción agresiva y nociva complace cierta emoción). Podríamos creer que toda complacencia es positiva, pero, para decidir si lo es o no, resulta necesario juzgarla críticamente. Es decir, no se puede discernir si un pensamiento acrítico es correcto o no, a menos que lo critiquemos. Aristóteles argumentaba en su Protréptico: incluso si defendemos que no se debe filosofar, ya estamos filosofando. Los discursos de odio son, precisamente, una forma de no filosofar, o de no pensar críticamente, sino con puras emociones. Si encontramos a un auténtico hater, lo identificamos por dedicarse únicamente al odio, no a justificar su opinión. Aquí reside el gran problema de los discursos de odio, que nos obliga una vez más a ser críticos con estas reacciones emotivas. Sólo así podemos discernir por qué motivo ha surgido esa reacción y dónde reside el problema; pues odiar es una reacción, no una solución.

Notas

[1] Navarro-Gómez, Noelia. (2017). El suicidio en jóvenes en España: cifras y posibles causas. Análisis de los últimos datos disponibles. Clínica y Salud28(1), 25-31. https://dx.doi.org/10.1016/j.clysa.2016.11.002

Bibliografía

Aristóteles (2005). “Protréptico”, en Fragmentos. Madrid: Gredos.

Navarro-Gómez, N. (2017). “El suicidio en jóvenes en España: cifras y posibles causas. Análisis de los datos disponibles”, Clínica y salud, 28 (1).

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA. “Crítico”, Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.5 en línea]. <https://dle.rae.es/crítico> [Última consulta a 20 de mayo de 2022].

Imagen | Pexels

Artículo de:

Diego Clares Costa (autor invitado):
Dr. en Filosofía (España). Cursó el Grado de Filosofía y el Máster de Investigación. Creador de la web “Thoreau en Castellano“. También emite en directo en Twitch, charlando sobre filosofía, literatura y cine.

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por autores invitados

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