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En 2018 se estrenó la película Anon, del director neozelandés Andrew Niccol. En ella nos presenta una sociedad futura distópica tecnológicamente avanzada en la que el lema orweliano del Big Brother se ejecuta mediante un implante ocular que graba todo lo que ve cada persona, obligada por norma a llevarlo (otra versión tecnológica del panóptico digital). Así se trata de combatir el crimen, sacrificando la privacidad, porque nada escapa a ese dispositivo cuyo registro es accesible a las autoridades, pero también a los jáqueres. Ya saben: perder libertad para ganar seguridad; el mantra recurrente que justifica la regresión de derechos en tantos países desde los ataques terroristas del once de septiembre de 2001. Particularmente en los Estados Unidos de América ese principio dogmáticamente aplicado ha justificado toda clase de disposiciones que han conformado una auténtica red de vigilancia de Estado con carácter masivo e indiscriminado que incluye la complicidad de las grandes compañías del mundo digital.

La susodicha película muestra una sociedad en la que la privacidad ha perdido por completo su valor. Ha ocurrido en ella lo que puede pasar con cualquier derecho cuando, por el procedimiento de los hechos consumados, se pierde la conciencia de su importancia, cuando se impone la maquiavélica concepción de la eficiencia, que exige su sacrificio, instalándose inmediatamente en la sociedad su irrelevancia como algo normal.

El final de la historia que nos cuenta nos deja un potente mensaje en el que se reivindica la libertad que atesora el anonimato al que todos tenemos derecho. En una conversación entre los dos personajes principales del filme, cuando la jáquer –que gracias a su pericia logra burlar el sistema de vigilancia policial– se queja al policía espetándole: «que invadas mi privacidad no importa, pero que yo la trate de recuperar es un crimen», él le replica: «cuanto más intentes esconderte más atraes la atención. ¿Cuál es tu secreto? Tiene que haber alguno. Todo el mundo tiene algo que esconder». Entonces da ella la razón definitiva: «eso es lo que intentáis vosotros día tras día. Lo que no entendéis no es que yo tenga algo que esconder; es que no hay nada que quiero que veáis».

En la era de las redes sociales esta no deja de ser una conversación, la mar de pertinente. Cuando la exposición de la vida privada del sujeto es una práctica de moda y los espectáculos televisivos basados en cómo convertir a una persona anónima en una celebridad son frecuentes, se puede decir que ha habido una pérdida del valor de la privacidad.

En términos ontológicos diríase que la apariencia suplanta la realidad, que las sombras de la caverna platónica tienen más incidencia en la causación de los hechos que la verdad en sí misma. Por eso la posverdad se puede considerar el imperio de quienes son expertos en el manejo de las sombras y ven un peligro en la liberación que ofrece el arduo camino hacia el exterior de la caverna.

Para cerrar el paso al conocimiento de la verdad, el control de la privacidad es un elemento fundamental. Si verdaderamente quieres controlar a alguien, asegúrate de conocerlo en sus más íntimos detalles.

Tenemos que recordar la novela de George Orwell, 1984. No podemos –y no debemos– dejar de tenerla en mente para interpretar con lucidez lo que nos pasa actualmente. En ella se expone magistralmente una de las verdades políticas que más nos tendrían que preocupar, pero que pasa prácticamente inadvertida en medio de tanto ruido mediático: la privacidad es poder. Eso es lo que significa esa frase que domina la vida de la sociedad que nos describe Orwell en su novela. Big brother is watching you es la declaración del poder omnímodo, del que no cabe escapatoria. Es el si no del protagonista de la historia, Winston Smith, que trata por todos los medios de conservar un rincón literalmente en el que gozar de un ápice de privacidad. Su desasosegante final tiene su clave precisamente en el conocimiento que el poder posee de sus más íntimos e irracionales temores.

Hace algo así como una década traté en clase este tema del peligro que podía correr nuestra privacidad debido a la imparable extensión del uso de internet y de las redes sociales (estábamos en plena eclosión de Facebook). Por entonces andaba yo leyendo a Nicholas Carr, uno de los primeros críticos de la tecnología digital. El hecho de que todo usuario digital fuera un permanente proveedor de datos sobre él mismo, que entregaba sin el menor reparo y de forma totalmente gratuita a las grandes compañías del sector me parecía motivo de preocupación. Cuando expuse la cuestión a mis jóvenes alumnos, ya nacidos con internet en sus vidas y la mayoría usuarios de esas plataformas virtuales que hoy son algo natural en nuestro día a día, lejos de compartir mi desazón me replicaron que tenía su lógica que las empresas obtuvieran algo a cambio de ofrecernos en abierto tan golosos servicios en red; además, ¿qué tiene que temer de esa colecta comercial de datos quien nada tiene que ocultar? Por esos años, por cierto, llevaba ya varias temporadas de éxito el programa televisivo mezcla de reality show y concurso de orweliano título, Gran Hermano, un excelente dispositivo mediático que convertía de manera subrepticia la privacidad en un juego de burdas apariencias.

A efectos del ejercicio del poder, tan importante es la vigilancia como el castigo. Estamos dando de continuo nuestros datos a las grandes compañías digitales como Facebook y Google, en gran medida por haber conformado sociedades en las que se fomenta un narcisismo patológico. Las tecnologías de la información y la comunicación, particularmente el sector de las redes sociales, han generado un marco ético en el que el anonimato y la privacidad no son valores o derechos prioritarios. Palidecen ante la posibilidad de satisfacer esa pulsión, socialmente exacerbada hoy por hoy, de dejar de ser anónimo, simplemente mediante la exposición de nuestras vidas en el medio digital. Este fenómeno conlleva al mismo tiempo que los sujetos valgan en internet lo que valen los datos que generan, de los que también se dispone en el ámbito político (piénsese en lo revelado en su día por Edward Snowden y en lo ocurrido tanto en el referéndum del Brexit como en las elecciones que llevaron a Trump a la Casa Blanca).

Me da la impresión de que no somos suficientemente conscientes del valor de nuestra privacidad. De su respeto depende decisivamente la fortaleza de nuestra libertad de conciencia que, a su vez, es el núcleo de nuestra libertad. Parafraseando al Wittgenstein del Tractatus Logico-philosophicus se podría decir que los límites de nuestra privacidad son los límites de nuestra libertad.

Imagen | Pexels

#ética, #política, #tecnología

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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