fbpx

En una conferencia recogida en el libro El existencialismo y la sabiduría de los pueblos, la filósofa francesa Simone de Beauvoir expresó a propósito de la relación entre la literatura y la metafísica: “En el mundo real, el sentido de un objeto no es un concepto que el puro entendimiento pueda aprehender: es el objeto en cuanto se nos devela la relación global que mantenemos con él y que es acción, emoción, sentimiento; lo que se pide a los novelistas es que evoquen esta presencia de carne y hueso, cuya complejidad y riqueza singular e infinita desbordan toda interpretación subjetiva1”. Para la existencialista, es el sujeto quien decide y construye el sentido que tienen para él las cosas, en su relación con estas. La literatura tiene como fin representar esa amalgama de relaciones subjetivas y complejas. Beauvoir, no obstante, se refiere aquí a un tipo de literatura concreta: la novela filosófica.

Para esta autora, el lugar de la metafísica, a diferencia de lo que una larga tradición venía repitiendo, no queda relegada únicamente a los ensayos y a los tratados filosóficos. Su objeto tampoco debe ser abordado por un entendimiento puro y abstracto, sino que hay que aproximarse a él considerando su situación y el resto de elementos que le influyen. Toda vivencia humana contiene, además de un sentido psicológico y social, una significación metafísica: “A través de sus alegrías, sus penas, sus resignaciones, sus rebeliones, sus temores, sus esperanzas, cada hombre realiza una situación metafísica determinada que lo define de manera mucho más esencial que ninguna de sus aptitudes psicológicas2”. Los sentimientos, las emociones, ese estar en el mundo, ser afectada por él y constituirse en él es lo que da sentido a nuestra existencia.

La metafísica, entendida de esta manera, no puede ignorar ni andar al margen del género que da cuenta de las vivencias existenciales; ambas, necesariamente, confluyen. Por eso, nos dice Beauvoir, la literatura metafísica alcanza, mejor que ningún otro género, “la evocación, en su unidad palpitante y su fundamental ambigüedad viviente, de ese destino que es el nuestro, inscrito a la vez en el tiempo y en la eternidad3”. Tanto la literatura como la filosofía atienden a la existencia ambigua que configura nuestras vidas y, en suma, si la hubiera, también la esencia de estas4.  

En definitiva, incluso la novela de ficción es necesario que “imite la opacidad, la ambigüedad, la imparcialidad de la vida; hechizado por la historia que se le cuenta, el lector reacciona aquí como ante los sucesos vividos5“. El efecto de tales relatos tendrá que ser catártico: estos no se quedarán simplemente en la representación de acontecimientos verosímiles, sino que serán, de hecho, sentidos como vividos por el lector. Tal será la gravedad de una buena novela metafísica. Por su parte, la mayoría de la obra de Beauvoir es, si no en su totalidad, al menos parcialmente, autobiográfica, lo cual significa que, al ser narraciones de experiencias propias, hay en ellas un cariz aún más personal, real y, precisamente por esto, más trascendental.  

Al definir de esta manera la metafísica, ligándola a la existencia cotidiana, y al reunir filosofía y literatura, Simone de Beauvoir establece la posibilidad y la búsqueda de una moral existencialista que también pueda hallarse, más o menos velada, en las obras literarias. La piedra angular de dicha moral será la libertad; pero la libertad que aquí nos interesa es una libertad necesariamente comprometida con la libertad de los demás. En su ensayo titulado Para una moral de la ambigüedad, escribe la filósofa:

[…] una de las consecuencias de la moral existencialista es el rechazo de todas las justificaciones previas que podrían extraerse de la civilización, de la edad, de la cultura: es el rechazo de todo principio de autoridad. Positivamente, el precepto será tratar al otro (en la medida en que esté también interesado, que es el caso que consideramos ahora) como una libertad en procura de su libertad. Utilizando ese hilo conductor deberemos, en cada caso singular, inventar, a riesgo de errar, una solución inédita6.

Más que basarse en prescripciones normativas fijas y generales, esta moral existencialista parece escuchar las circunstancias que le atañen para buscar, de manera creativa e inédita, un procedimiento singular, acorde a ellas. Se trata de armonizar la convivencia entre libertades, teniendo en cuenta que el ser humano es un proyecto nunca acabado: podrá realizarse y superarse en cada nueva situación. Nuestra libertad coexiste entonces con la libertad de los otros, por lo que desear la primera conllevaría desear la segunda. “De esta manera nace una moral no abstracta que, promoviendo la libertad de todos, lleva a condenar el conflicto y la tiranía7“. Si bien, y la propia autora lo reconoce, es imposible llevar a cabo dicha pretensión en todos los casos, lo que destaca en su propuesta ética es la libertad de cada cual de tomar decisiones concretas, de dar sentido a su existencia y de forjar así su subjetividad dentro de un compromiso y una responsabilidad ineludible para con el otro.

A propósito de este compromiso y esta generosidad con respecto a los demás, manifiesta la filósofa francesa en el ensayo citado: “Contrariamente al rigor formal del kantismo que considera al acto tanto más virtuoso cuanto más abstracto, la generosidad nos parece, por el contrario, tanto más fundada, y por lo tanto más valiosa, cuando el otro se distingue menos de nosotros mismos y cuando nosotros nos realizamos tomándola por fin. Eso es lo que se produce si estoy comprometido con relación a otro8”. La generosidad es entendida aquí como fin y como realización de cada persona, y aumentará en valor cuanto mayor sea el vínculo que nos une con el otro sujeto.  

Dos novelas metafísicas sobre
la enfermedad, la vejez y la muerte

Una de las obras de Beauvoir a un tiempo metafísica, autobiográfica y donde también encontramos algunos de aquellos aspectos éticos anteriormente mencionados es la novela de 1964 que lleva por nombre Una muerte muy dulce, donde la autora recoge los últimos días de vida de su madre y la experiencia de su muerte. En esta obra descarnada, la escritora consigue precisamente evocar los sucesos descritos de manera que el lector asiste en carne y hueso a los mismos, embebido de emociones que ha acabado convirtiendo en propias.

No puedo dejar de ver ni de trazar también aquí la similitud entre esta novela y La ceremonia del adiós, publicada en 1981 y que versa sobre los años de enfermedad y la muerte de otra figura muy especial para Simone de Beauvoir: su compañero y también filósofo J. P. Sartre. En una, la narración se concentra en los meses desde la hospitalización de la madre por una caída que resulta causada por un cáncer, hasta el fallecimiento de la misma. En otra, diez años es el tiempo escogido por la autora para recoger el gradual empeoramiento de la salud de Sartre. Además de la crudeza con que Beauvoir narra su experiencia personal de la enfermedad y muerte en ambos casos, otro aspecto que también atraviesa las dos obras es el tema de la vejez, al que dedicó un libro aparte en 1970. Sobre el propósito de dicho ensayo escribe: “Para la sociedad, la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar. […] Justamente por eso escribo este libro: para quebrar la conspiración del silencio9“.

Pero años antes ya había roto el silencio en torno a la vejez y la muerte de un ser querido; tiempo después volvería a hacerlo. Por eso, el trato tanto ontológico como ético de ambas etapas de la vida no se encuentra solo en su ensayo La vejez, sino que también está presente en sus novelas autobiográficas, donde la solidaridad e implicación con los ancianos enfermos se hace más evidente y concreta por la relación de cercanía que guarda con ellos. La autora narra cada uno de los relatos trenzando descripciones del enfermo y de su vivencia personal de los hechos.

Ambas novelas recogen la modestia de la persona anciana que teme convertirse en una molestia para sus cuidadores. En Una muerte muy dulce, Beauvoir reproduce las palabras de un familiar sobre su madre: “Parecía tan confundida por molestar, tan absolutamente agradecida de lo que se hacía por ella: partía el corazón10”. Y más adelante insiste: “Se sentía culpable de quitarme tiempo: Tú tienes que hacer y pierdes horas aquí: ¡eso me fastidia!11”; un sentimiento de culpa que reaparecerá a lo largo de toda la obra. En La ceremonia del adiós, aunque tratándose ahora, claramente, de un caso muy distinto, recuerda nuestra autora tras la muerte de Sartre: “Pero sobre todo ‒salvo en la primera época de su semiceguera‒ había soportado siempre con humildad lo que le ocurría. No quería molestar a nadie con sus molestias. Y la rebeldía contra un destino que no podía modificar le parecía vana. Todavía amaba la vida con ardor, pero la idea de la muerte, cuya llegada aplazaba hasta los ochenta años, le era familiar12”.

En La vejez, Beauvoir analiza el papel de la persona anciana dentro de la sociedad: “Toda situación humana puede ser considerada como exterioridad tal como se presenta a los demás y como interioridad, en cuanto el sujeto la asume superándola. Para los demás el viejo es el objeto de un saber; él tiene de su estado una experiencia vivida13”. El anciano indefenso y vulnerable queda reducido a la categoría de objeto o cosa por una exterioridad que lo deshumaniza porque no reconoce ya en él subjetividad. En Una muerte muy dulce aparece esta idea cuando la autora describe: “ese cuerpo, reducido de pronto por esa renuncia a no ser sino un cuerpo, en nada se diferencia de un despojo: pobre esqueleto sin defensa, palpado, manipulado por manos profesionales, en el que la vida parecía prolongarse sólo por una estúpida inercia14“. Al final de la novela, dicha condolencia se extiende a todos los enfermos que se encuentran solos frente a la desolación, objetualizados, cuando reflexiona: “Yo pensaba en todos aquellos que no pueden dirigir ese ruego a nadie: la angustia de sentirse un objeto indefenso, enteramente a merced de médicos indiferentes y enfermeras agotadas15“.

En la novela sobre Sartre, aquella cosificación es percibida y expresada por el propio anciano, quien ahora nos permite entender su estado desde una perspectiva interna: “‒Ayer, pasamos una velada agradable‒ le dije. Él dudó: ‒ ¡Ah, sí! Pero ayer noche creía que era invisible. ‒Usted no me lo dijo. ‒Es desde que llegué. Me sentí en peligro a causa de los demás. Y entonces me creía invisible. Cuando insistí, me dijo que no tenía miedo de nadie en particular, pero que tenía la impresión de ser un objeto, sin relación con la gente16“.

Frente a la marginación y la soledad sufridas por la persona anciana, Beauvoir se solidariza y compadece. Aunque insiste repetidas veces en las ganas de vivir que, a pesar de las crecientes dolencias, seguía teniendo el filósofo, llega a escribir en un determinado momento de la obra: “Pero, otros días, me parece encerrado en sí mismo, apagado, somnoliento. Estos altibajos de esperanza y de angustia me extenuaban17“. Y algunas páginas más adelante confiesa: “Tenía miedo por él, sin razón precisa: ¡me parecía tan vulnerable!18“. De manera parecida encontramos expresada esta idea en Una muerte muy dulce: “Cuando esa élite hablaba por la boca de mi madre me entristecía; pero me sentía solidaria con la inválida clavada en su cama que luchaba por hacer retroceder la parálisis y la muerte19“.

Su función como cuidadora muchas veces se ve desbordada por la compasión y la encarnación propia del dolor del otro, hecho que se repite constantemente en ambos casos. Beauvoir no puede dejar de ver un sujeto, una interioridad viva en el anciano al que vela, y que, sin embargo, ha sido despojado de su valor por los demás. En La ceremonia del adiós leemos: “Intelectualmente estaba con frecuencia muy vivaz, conservaba toda su memoria. Pero de vez en cuando, se ausentaba. Algunas veces eso me irritaba. Otras, unas lágrimas de compasión se asomaban a mis ojos20“. La principal preocupación de Sartre era su pérdida de visión, acentuada con el tiempo; le entristecía no poder trabajar, no poder leer con sus propios ojos, ni verles las caras a los asistentes que intervenían en sus conferencias. “Lo que más me angustiaba en aquel momento es que él creía ‒deseaba creerlo‒ que en tres meses sus ojos estarían curados21“. Algunas veces, para evadirse de la semiceguera se dormía, buscando refugio en el sueño; otras, parecía más resignado a su deriva, como en el caso que cuenta Beauvoir: “[…] mirándome ansioso y casi avergonzado dijo: ‒ ¿No recobraré nunca la vista? ‒Temo que no ‒le respondí. Fue tan desgarrador que estuve llorando toda la noche22“.

En ambas novelas encontramos testimonios desoladores, cada cual más doloroso. Cuando descubren, tras correr el riesgo de una operación, que su madre tiene un enorme tumor canceroso, el mayor miedo de la pobre anciana, la angustia asfixia y vence por completo a Beauvoir:

Hasta esa noche, había comprendido todas mis penas: aun cuando me anegaran, me reconocía en ellas. Esta vez, la desesperación escapaba a mi control: alguien que no era yo lloraba dentro de mí. Hablé a Sartre de la boca de mi madre, tal como la había visto aquella mañana, y de todo lo que en ella descifraba […] Y mi propia boca, me dijo él, ya no me obedecía: yo había puesto la de mamá en mi rostro y sin quererlo imitaba sus mímicas. Allí se materializaba toda su persona y toda su existencia. La compasión me desgarraba23.

Ella misma acaba por reflejar, por convertir en suyo el sufrimiento que veía en su madre. Asimila su enfermedad hasta tal punto que llega a escribir: “Miraba a la gente con otros ojos, obsesionada por la complicada red de tubos que se ocultaba debajo de su vestimenta. Yo misma, muchas veces, me convertía en bomba aspirante e impelente o en un sistema de vesículas e intestinos24“. Beauvoir asiste a una especie de proceso simbiótico, no sólo con su anciana madre, sino hasta con los mismos tubos que sostenían su vida. La compasión había vencido todas las diferencias y desavenencias que las separaban: la lucha por la vida de su madre, era también la suya. El compromiso de Beauvoir, los días que pasó cuidando a los enfermos constituyen para ella una vivencia existencial metafísica.

Tanto en Una muerte muy dulce como en La ceremonia del adiós hay una presencia que ronda y turba aún más la angustia de la hija y, a la vez, compañera: la muerte. Sobre una recaída que sufrió Sartre, cuando Beauvoir volvía de regreso de un viaje a Francia, escribe: “[…] me sentí angustiada: no sabía con qué Sartre me iba a encontrar. Cuando volvía a ver, después de Valence, los árboles en flor, los cipreses, me pareció que el mundo oscilaba constantemente; oscilaba hacia la muerte25“. Esta última es representada como un lugar, como un fin ineludible, hacia donde tienden todas las cosas vivas. En 1977, tras una caída por debilidad en las piernas, Beauvoir recibió un balance inquietante del médico sobre la salud del filósofo:

[…] sólo un treinta por ciento de circulación en las piernas. «Con precauciones aún puede vivir unos años», había concluido. Unos años: esta palabra adquirió para mí un sentido trágico. Sabía que Sartre ya no viviría mucho tiempo. Pero el plazo que me separaba de su fin era tan impreciso que me parecía lejano. De repente se convertía en próximo: ¿Cinco años? ¿Siete años? En todo caso, era un tiempo limitado, preciso. Ineluctable, la muerte ya estaba presente; Sartre le pertenecía. Mi angustia difusa dejó su puesto a una radical desesperanza26.

Desconsuelo también es lo que queda para Beauvoir tras la muerte de su madre. Nuevamente, las perspectivas opuestas entre las dos volvían a convertirse en una frente a la tragedia: “La religión no podía hacer por mi madre más que lo que por mí la esperanza de un éxito póstumo. La inmortalidad, no importa si la imaginamos celestial o terrenal, es incapaz de consolarnos de la muerte, cuando se ama tanto la vida27“. Lo que se pierde con la muerte no puede ser restituido ni devuelto de ninguna manera: esa persona, ese proyecto concreto y singular llega a su fin.

Sin embargo, a propósito de este aspecto, en su obra Para una moral de la ambigüedad, la filósofa describió “la manera como el hombre debe en todo caso asumir su finitud: no planteando su existencia como transitoria, relativa, sino reflejando en ella al infinito, es decir, planteándola como absoluto28“. La importancia de la vida de un individuo radica en sí misma, no en su edad, su circunstancia o en el tiempo que le queda por seguir existiendo. El sentido, lo infinito y absoluto de una cosa o de un instante es algo dado por el sujeto. Quizá sea esto mismo lo que nos sugieren las palabras de Beauvoir: “Para mí no era muy importante ver a mamá antes de su muerte, pero no podía soportar la idea de que ella no volviera a verme. ¿Por qué dar tanta importancia a un instante, si ya no habrá memoria? Ya no habrá tampoco reparación. Constaté, en mí misma y hasta los tuétanos, que en los últimos momentos de un moribundo se podía encerrar el absoluto29“.

Esta misma idea la encontramos expuesta de manera similar en el Epílogo de Las inseparables, obra inédita de Beauvoir y en parte autobiográfica, que narra la apasionada amistad entre dos jóvenes y la repentina muerte de una de ellas. Allí escribe Sylvie Le Bon, ahijada de la filósofa francesa: “Simone de Beauvoir se siente culpable porque, en cierto modo, sobrevivir es una culpa30. […] Pero para nosotros, esta novela corta suya ¿no cumple acaso esa misión casi sagrada que les encomendaba ella a las palabras: luchar contra el tiempo, luchar contra el olvido, luchar contra la muerte, “hacerle justicia a esa presencia absoluta del instante, a esa eternidad del instante que ya es para siempre?31“. Esos últimos momentos encierran precisamente la significación metafísica de toda una vida que alcanza su consumación.

Pero entonces aparecen la ambigüedad y la opacidad que la novela filosófica, siguiendo fielmente a la realidad, tiene que saber imitar. Al final de Una muerte muy dulce, cuando el lector ya está completamente entregado al desasosiego y ha vivido, a través de la literatura, la experiencia metafísica de la angustia y la muerte, le caen como losas las palabras: “Era tan esperado y a la vez tan inconcebible ese cadáver acostado en la cama en el sitio de mamá. Su mano y su frente estaban frías. Era ella, todavía, y sería para siempre su ausencia32“. Tras el instante absoluto e infinito: el vacío que deja la ida. En el existencialismo ateo en el que se inscribe Beauvoir no hay lugar para el reencuentro: “Mi silencio no nos separó. Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unirá. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo33“.

En la dedicatoria de Las inseparables, obra muy anterior a las otras dos, aparece ya de algún modo la desesperanza ante la muerte que deriva de este existencialismo: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío34“. De nuevo ambigüedad: ¿artificio literario? Hay algo de verdad, tiene que haber algo de cierto en los relatos cuando son capaces de atravesarnos y hacernos sentir incluso que somos nosotros mismos los que los hemos vivido.

Existencialismo moral

Todavía queda por trazar un último eje que recorre las dos novelas, aunque en una se encuentre más explícito que en la otra. Durante los días en los que su madre está hospitalizada, primero sólo por una caída, después por una supuesta pereza intestinal y, finalmente, se descubre, por un cáncer, Beauvoir es víctima del remordimiento. Morir por un cáncer era el mayor miedo de su madre, pareciera como si lo hubiera vaticinado. Primer dilema: prolongar o no una vida que no es la suya. Segundo dilema: decirle o no a la anciana la verdad.

Nuestra autora siente que es partícipe de una traición a su madre. Cuenta cómo los médicos las empujaron a ella y a su hermana a comenzar con el engaño “piadoso”: “Pero, ¿qué dirán a mamá cuando el mal reaparezca en otra parte?” Él le había respondido: “No se inquiete. Ya se nos ocurrirá algo. Siempre se nos ocurre algo que decir. Y el enfermo siempre se lo cree35“. Reaparece otra vez aquí el trato que el personal da a los ancianos enfermos como seres vulnerables, ignorantes y fáciles de mantener engañados.

Beauvoir retoma una y otra vez el dilema moral que le reconcome y angustia, en esta ocasión por haber apostado por la operación en lugar de haber escogido acabar con el sufrimiento de su madre: “A menudo, en casos de enfermos que sufrían largos martirios, me había indignado la inercia de sus parientes: “Yo lo mataría”. A la primera prueba, yo había cedido: vencida por la moral social, había renegado de mi propia moral36“. Continúa más adelante: “Me preguntaba cómo se las arregla uno para vivir cuando un ser querido nos ha gritado en vano: ¡Piedad!37“.

En un determinado pasaje, casi enloquecida por ver sufrir a su madre engañada, admite: “Conseguirme un revólver, abatir a mamá, estrangularla. Vanas y románticas visiones. Pero no me era posible imaginarme oyendo aullar a mamá durante horas enteras38“. Se reprocha a sí misma: “Como un maligno genio omnisciente, yo conocía el revés de las cartas, y, mientras, ella se debatía muy lejos, en la soledad humana39“. Y continúa su lamento al observar a su madre postrada en la cama: “La miraba. Ella estaba allí, presente, consciente y a la vez completamente ignorante de la historia que estaba viviendo. Es normal que no sepamos lo que ocurre bajo nuestra piel. Pero incluso parecía ignorar el exterior de su cuerpo40“.

Al final de La ceremonia del adiós descubrimos, en lo que parece una última confesión de la autora, que ser o no sincera con Sartre sobre la gravedad de su enfermedad constituyó el mismo dilema para Beauvoir durante los últimos momentos que pasó a su lado. En estas palabras finales se atisba un intento de justificación de su actitud y de consuelo:

Hay una cuestión que en realidad no me he planteado y el lector quizá lo haga: ¿no debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte? Cuando estaba en el hospital, debilitado, sin fuerzas, sólo pensé en disimular la gravedad de su estado. ¿Y antes? Él siempre me había dicho que en caso de cáncer o de otra enfermedad incurable querría saberlo. Pero su estado era ambiguo. Estaba en peligro pero, ¿resistiría aún diez años, tal como él deseaba, o se acabaría todo en uno o dos años? Todos lo ignorábamos. No tenía disposiciones que tomar, no habría podido cuidarse mejor. Y amaba la vida. Ya había sufrido bastante al asumir su ceguera, sus dolencias. Si hubiera conocido con más precisión la amenaza que pendía sobre él, habría ensombrecido inútilmente sus últimos años41.

Sobre este dilema filosófico en torno al engaño y la justificación para emprenderlo escribe la autora en su ensayo sobre la moral: “El engaño es violencia, tiranía: ¿diré la verdad para liberar a la víctima? Sería necesario antes haber creado una situación tal que la verdad fuese soportable y que, perdiendo sus ilusiones, el individuo engañado encontrase en torno suyo razones para esperar42“. En ninguno de los dos casos tenía sentido, para Beauvoir, desvelar la verdad, solo habría conseguido apenar aún más los últimos instantes de los dos ancianos. Había tenido que decidir lo que les convenía, había tenido que engañarlos en pos de no agravar aún más su sufrimiento. La filósofa había optado por la tiranía, sacrificando la libertad de sus ancianos, pero también el peso de una verdad quizá insoportable para ellos.

En El existencialismo es un humanismo, escribió Sartre: “El hombre se hace; no está todo hecho desde el principio, se hace al elegir su moral, y la presión de las circunstancias es tal que no puede dejar de elegir una. No definimos al hombre sino en relación con un compromiso43“. Beauvoir, condicionada por las circunstancias sociales, tuvo que elegir su moral, comprometerse con ella y afrontar sus consecuencias. Lo hizo lo mejor que supo. La moral, como ella misma la había definido, consistía en inventar soluciones nuevas a situaciones inéditas y únicas. En este caso esas situaciones fueron la enfermedad y la muerte.

Desde la sinceridad que caracteriza sus palabras reconoce: “Para mí, mi madre había existido siempre y nunca había pensado seriamente que algún día la vería desaparecer. Su fin se situaba, como su nacimiento, en un tiempo mítico. Cuando yo me decía: tiene edad de morir, eran palabras vacías, como tantas otras44“. Realmente no estaba preparada para la muerte de su madre, ¿qué es estarlo? La obra acaba con estas palabras: “Todos los hombres son mortales: pero para todos los hombres la muerte es un accidente y, aunque la conozca y la acepte, es una violencia indebida45“. La muerte nos sobreviene, aunque creamos asumida la idea de su llegada en cualquier momento, incluso cuando este ya se sitúa en la vejez de una persona, su acaecimiento nunca es un hecho indiferente. Es un acto violento, un acontecimiento que es necesario afrontar desde unas coordenadas metafísicas y éticas.

Notas

[1] Simone de Beauvoir (1948): El existencialismo y la sabiduría de los pueblos, traducción de Horacio Pons, Edhasa, Barcelona, 2009, p. 101.

[2] Ibíd., p. 109.

[3] Ibíd., p. 116.

[4] La existencia precede a la esencia para la filosofía existencialista, tal y como lo formuló Sartre: “¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define” (J. P. Sartre: El existencialismo es un humanismo, p. 31).

[5] El existencialismo y la sabiduría…, pp. 101-102.

[6] Simone de Beauvoir: Para una moral de la ambigüedad (1947), traducción de Rubén A. N. Laporte, La Pléyade, Buenos Aires, 1972, p. 150.

[7] Elena Colombetti: Simone de Beauvoir, en Philosophica: Enciclopedia filosófica online, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2017/voces/beauvoir/Beauvoir.html, visto el 27/03/2021.

[8] Para una moral…, p. 152.

[9] Simone de Beauvoir: La vejez (1970), traducción de Aurora Bernárdez, Edhasa, Barcelona, 1983, pp. 7-8.

[10] Simone de Beauvoir: Una muerte muy dulce (1964), traducción de María Elena Martín, Edhasa, Barcelona, 2017, p. 15.

[11] Ibíd., p. 77.

[12] Simone de Beauvoir: La ceremonia del adiós (1981), traducción de José Carbajosa, Edhasa, Barcelona, 2000, p. 164.

[13] La vejez, p. 16.

[14] Beauvoir, Una muerte muy dulce, p. 25.

[15] Ibíd., p. 127.

[16] La ceremonia…, p. 65.

[17] La ceremonia…, p. 70.

[18] Ibíd., p. 75.

[19] Una muerte…, p. 27.

[20] La ceremonia…, p. 77.

[21] Ibíd., p. 85.

[22] Ibíd., p. 90.

[23] Una muerte…, p. 40.

[24] Ibíd., p. 98.

[25] La ceremonia…, pp. 62-63.

[26] Ibíd., p. 137.

[27] Una muerte…, p. 123.

[28] Para una moral…, p. 137.

[29] Una muerte…, p. 82.

[30] En Una muerte muy dulce escribe: “Cuando desaparece un ser querido, pagamos el pecado de existir con mil añoranzas desgarradoras” (p. 126).

[31] Simone de Beauvoir: Las inseparables (1954), traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, Lumen, Barcelona, 2020, p. 129.

[32] Una muerte…, p. 114.

[33] La ceremonia…, p. 168.

[34] Las inseparables, p. 7.

[35] Una muerte…, p. 58.

[36] Ibíd., p. 73.

[37] Ibíd., p. 75.

[38] Ibíd., p. 108.

[39] Ibíd., p. 75.

[40] Ibíd., p. 101.

[41] La ceremonia…, p. 168.

[42] Para una moral…, p. 151.

[43] Jean-Paul Sartre: El existencialismo es un humanismo (1945), traducción de Victoria Praci de Fernández, Edhasa, Barcelona, 1999, pp. 73-74.

[44] Una muerte…, p. 26.

[45] Ibíd., p. 142. Algo parecido escribirá sobre la vejez: “la vejez sólo puede ser entendida en totalidad; no es sólo un hecho biológico, sino un hecho cultural” (La vejez, p. 20).

Bibliografía

COLOMBETTI, Elena: Simone de Beauvoir, en Philosophica: Enciclopedia filosófica online, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2017/voces/beauvoir/Beauvoir.html

DE BEAUVOIR, Simone: Para una moral de la ambigüedad (1947), traducción de Rubén A. N. Laporte, La Pléyade, Buenos Aires, 1972.

DE BEAUVOIR, Simone (1948): El existencialismo y la sabiduría de los pueblos, traducción de Horacio Pons, Edhasa, Barcelona, 2009.

DE BEAUVOIR, Simone: Las inseparables (1954), traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, Lumen, Barcelona, 2020.

DE BEAUVOIR, Simone: Una muerte muy dulce (1964), traducción de María Elena Martín, Edhasa, Barcelona, 2017.

DE BEAUVOIR, Simone: La vejez (1970), traducción de Aurora Bernárdez, Edhasa, Barcelona, 1983.

DE BEAUVOIR, Simone: La ceremonia del adiós (1981), traducción de José Carbajosa, Edhasa, Barcelona, 2000.

SARTRE, Jean-Paul: El existencialismo es un humanismo (1945), traducción de Victoria Praci de Fernández, Edhasa, Barcelona, 1999.

SARTRE, Jean-Paul: El existencialismo es un humanismo (1945), traducción de Victoria Praci de Fernández, Edhasa, Barcelona, 1999.

Imagen | Philosophica

Artículo de:

Laura Muñoz (autora invitada)
Graduada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid.

#ética, #existencialismo, #Metafísica, #muerte, #novela existencial, #Simone de Beauvoir

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!