Existe una gran diferencia entre el ocio que disfrutan las clases sociales altas en comparación con las bajas, ya sea en tiempo o calidad de ocio. Este hecho es muy importante, puesto que es una diferencia visible y notable para poder identificar a los individuos con una clase u otra. Esta clasificación afecta directamente al estatus social del individuo, que viene dado en gran medida por la riqueza que se posee.

Para Veblen, el principio por el que el ocio nos otorga un estatus social se debe al hecho de que es un tiempo en el que no somos productivos para la sociedad, por lo que demuestra que no necesitamos estar trabajando durante ese periodo, y que, por lo tanto, tenemos suficiente dinero. Un ejemplo de ello puede ser el ideal de ser un gentleman (un caballero que vivía de las rentas y que no trabajaba) dado en Reino Unido durante la época de la regencia, reflejado por ejemplo en las novelas de Jane Austen. Para ser un gentleman, no bastaba con tener mucha capacidad adquisitiva, sino que además no se podía trabajar en nada relacionado con los trabajos manuales (que podemos clasificar en el sector primario y secundario), e incluso una persona con dinero que se dedicara al sector servicios tenía menos estatus que un caballero que solo se dedicaba a gestionar sus rentas.

Por ejemplo, en Orgullo y Prejuicio Bingley aunque era rico, no era considerado de la misma manera que Mr. Dency, ya que era un comerciante y no vivía solo de las rentas.

Abstenerse de trabajar es la prueba convencional de que se es rico y, por lo tanto, la señal convencional de que se ocupa una buena posición social; y esta insistencia en lo meritorio de la riqueza lleva a una más vigorosa insistencia en la ociosidad

Cuadrado, C.M, Veblen, T (2014). Teoría de la clase ociosa. Alianza Editorial. Página 73

Es importante que quede constancia de que el ocio que realizamos no es productivo ni remunerado, sino más bien lo contrario, un derroche ostensible de capital y tiempo que no es beneficioso económicamente para el individuo. Tal y como indica Veblen:

Aquí se llama derroche porque ese gasto no favorece la vida humana ni el bienestar humano en general, no porque sea una pérdida o equivocación de esfuerzo o de gasto desde el punto de vista del consumidor individual que lo elije

Ibid: 129

Así pues, podemos decir que para Veblen la práctica del ocio tiene como fin último conseguir un estatus dentro de la sociedad. Y es que para Veblen, el estatus y reconocimiento de los demás es algo esencial para la dignidad del hombre, quien se esfuerza mucho por lograrlo y sostenerlo (puesto que es profundamente doloroso bajar de estatus social).

La demostración de riqueza, no solo sirve para que los demás se den cuenta de nuestra importancia y mantengan viva y despierta esta impresión, sino que sirve también para edificar y preservar la propia autocomplacencia.

Ibid: 69

Tener esta visión del hombre deriva en suponer que los individuos se comparan unos con otros continuamente. Las clases sociales se establecen por comparación, cuando existe un grupo de individuos que comparten un mismo estilo de vida y nivel adquisitivo se puede decir que se encuentran en la misma clase social. Pero si, por el contrario, un individuo se compara con otros y observa que su estilo de vida, y sobre todo su ocio, es mucho mayor y lujoso, dicho individuo se pensará superior al resto. Estas comparaciones son denominadas por Veblen como comparaciones odiosas.

Una comparación odiosa es un proceso de valoración de personas con respecto a los bienes que poseen

Ibid: 66

Aunque en esta definición Veblen hace alusión únicamente a los bienes, estas comparaciones también tienen que ver con el ocio, tal y como he indicado anteriormente.

Podríamos pensar que estas comparaciones empezaron con el surgimiento del capitalismo, pero hay registros de comparaciones odiosas con el fin de demostrar un estatus en economías que no son capitalistas, y que ni siquiera conocían el capitalismo como tal. Por ejemplo, en la costa del noroeste del continente americano, tribus con una cultura tradicional practicaban el rito del Potlach, que consistía en ofrecer, o incluso destruir una gran cantidad de bienes con el fin de preservar el estatus social de un jefe o de un clan. Por ejemplo, Marcel Mauss describe el Potlach como:

Competición, rivalidad, exhibición, búsqueda de la grandeza y del interés

Mauss, M. Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas. Katz Editores. Página 128.

Para poder salir victoriosos de estas comparaciones odiosas, no solo hace falta demostrar nuestra riqueza con el empleo del ocio o demostrando los bienes que poseemos, sino que esto se debe de realizar de cierta manera, sin salirnos de unos márgenes establecidos. Estos márgenes son demarcados por la clase alta,
educada en los buenos modales, en una “forma correcta” de gastar los bienes. Aunque haya un gran derroche de tiempo invertido en el ocio, esto no es suficiente para lograr un alto estatus, además se deben seguir ciertas directrices que van cambiando a lo largo del tiempo. Estas normas son marcadas por el estilo de vida de las clases altas, por ejemplo, si entre las clases altas está de moda jugar a pádel, los individuos de clases inferiores intentarán jugar a lo mismo o algo parecido, para que la comparación odiosa les relacione con las clases altas.

Conseguir el reconocimiento de los demás a partir del ocio no es algo sencillo, puesto que se debe de invertir el tiempo en una acción que esté aceptada por la sociedad, uno ha de ser cuidadoso para no ser clasificado de irresponsable o derrochador. Según Veblen, esto se debe a que el refinamiento de estos actos también supone una gran pérdida de tiempo en algo nada productivo e inútil, ya que requiere de una educación en los modales que solo sirve a este fin. Por ejemplo, romper un código de vestimenta mientras que se juega al golf puede provocar que se nos considere inferiores, puesto que no seguimos las normas del gusto.

Además de tener que realizar el ocio de una manera determinada, también debemos conseguir que los demás vean que realizamos dicho ocio, porque de lo contrario nuestro esfuerzo sería en vano. Esto se debe en cierto modo al hecho de que las ciudades son cada vez más grandes, por lo que los ciudadanos solo conocen bien a unos pocos coetáneos, y del resto solo saben el ocio que realizan o los bienes que poseen. Incluso, con la existencia de los medios de comunicación, personas que ni siquiera viven en la misma ciudad que nosotros pueden juzgarnos a través de lo que subimos en los medios de comunicación, que mayoritariamente se refiere al ocio que disfrutamos. Tal y como indicó Veblen:

Los medios de comunicación y la movilidad de la población exponen ahora al individuo a la observación de muchas personas, las cuales no tienen otro medio de juzgar acerca de dicho individuo, que el de ver los bienes que éste demuestre poseer

Cuadrado, C. M., & Veblen, T. (2014). Teoría de la clase ociosa. Alianza Editorial Sa. Página 118

Debemos de tener en cuenta que Veblen escribió este libro a principios del siglo XX y que actualmente existen incluso muchos más medios de comunicación a través de los cuales podemos demostrar nuestro estatus. En la época de Veblen, más bien el hecho de ser reconocido por los demás a través de los medios era una consecuencia del uso de los medios de comunicación, pero actualmente podemos observar que muchos de esos medios se usan con el fin de demostrar nuestro nivel y poder.

Con el surgimiento de las redes sociales, nosotros mismos nos exponemos a los demás, incluso a desconocidos, para ser reconocidos por el resto, para que se reconozca nuestro estatus. Muchas de las cosas que se suben a las redes sociales son imágenes o videos de consumidores disfrutando de un tipo de ocio. Este ocio, al igual que indica Veblen, está sujeto a ciertas modas o estéticas, por ejemplo, es preferible subir una foto de un café de Starbucks a una foto de un café del bar de la esquina. Esto se debe a que es conocido por los observadores que el café del Starbucks es mucho más caro que un café de un bar, hecho que le otorga un cierto estatus, incluso la estética del vaso es llamativa de por sí.

Por ello, aunque estemos disfrutando de nuestro ocio tomándonos un café, ese ocio está mediatizado por las redes y está sujeto a nuestra necesidad de demostrar continuamente el nivel que tenemos, incluso a personas que no conocemos.

Los consumidores se entregan voluntariamente a las observaciones panópticas, que dirigen y satisfacen sus necesidades. Aquí, los medios sociales a no se distinguen de las máquinas panópticas. Coinciden comunicación y comercio, libertad y control.

Han, B. (2016). La Sociedad de la Transparencia (1.a ed.). HERDER. Página 94

Este control, según Han, es algo que elegimos por voluntad propia, y puede que parte de esta necesidad de estar controlados esté relacionada con nuestras ansias a que todo el mundo nos reconozca. El coste que nos supone esta necesidad de un estatus reconocido por los demás es la pérdida total de nuestra intimidad. Si hacemos algo y no es visto, es como si no lo hubiéramos hecho, incluso no vale la pena realizarlo. En el siglo XIX la estrategia que se usaba para que fuera visto el tiempo de ocio era realizar actividades en las que participaran muchas personas como por ejemplo, ir a una carrera de caballos, donde todos los espectadores te podían ver. Pero ahora eso no hace falta, el ocio puede ser mucho más individual y ser visto por muchas más personas gracias a las redes sociales.

Esta visión del ocio me parece muy negativa porque al fin y al cabo defiende que usamos nuestro tiempo libre para poder demostrar nuestro estatus, en vez de para el disfrute. Por ello, invito al lector a que se cuestione si en su tiempo libre realiza acciones con dicho objetivo, aunque reconozco que no es tarea fácil, ya que la mayoría del ocio que se relaciona con un estatus elevado es considerado como un ocio de mayor calidad.

Bibliografía

Cuadrado, C. M., & Veblen, T. (2014). Teoría de la clase ociosa. Alianza Editorial Sa

Han, B. (2016). La Sociedad de la Transparencia (1.a ed.). HERDER.

Mauss, M., Brumana, G. F., & (Argentina), B. J. (2011). Ensayo sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (Conocimiento no 3063) (1.a ed.). Katz Editores.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Raquel Fernández Romero (autora invitada):
Estudiante de un doble grado en Filosofía y Economía en la URJC de Fuenlabrada, en Madrid.

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por autores invitados

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