La época actual se debate entre la herencia de la postmodernidad, iconizada en la alegórica muerte de Dios, y la necesidad de encontrar nuevos referentes. Si la Modernidad supuso la primacía de la búsqueda de la Verdad y el sueño en la ciencia universal, y la postmodernidad, su muerte, nuestro tiempo se debate entre las aportaciones de cada una para superar la crisis de valores y de identidad.

¿Por qué piensa Nietzsche que la noche no tiene estrellas, sino únicamente murciélagos, lechuzas y la luna loca?

W. B Yeats: Ode to a Greek Urn

La muerte de Dios

Dios ha muerto. El Dios nietzscheano, el Dios monolítico, de una sola faz, murió con la Edad Moderna, con la fe en encontrar una verdad absoluta, ni a través de la fe ni a través de la ciencia.

Este es el espíritu de nuestra época. No hay vuelta atrás en la muerte de esa “fe verdadera”, ya sea un paraíso o un infierno trascendentes, más o menos asequibles a la imaginación, que condicionan como premio o castigo nuestras acciones, ya sea como esa scientia universalis, ese faro que guía al gran conductor: nuestra razón.

El Árbol de la Ciencia

Había que matar a Dios para reducir la soberbia humana. Esa “ciencia universal”, ese conjunto del saber, objetivo y absoluto, no únicamente resultó más inasequible de lo que se pensaba; resultó una quimera. Al igual que una torre de Babel, su imagen se derrumbó ante nuestros ojos, y ese espectáculo nos sumió en un mar de confusión.

Pero al perder la meta recuperamos el camino; el camino de la ciencia. Asumir que podemos equivocarnos en las premisas más aceptadas llevó a la teoría de la relatividad, a la física cuántica… Los nuevos paradigmas científicos hacen que se diluyan “verdades” asumidas; dualidades como materia/energía, sujeto/objeto… Ese mundo en sí, con presencia autónoma, objetiva, posando imperturbable para la luz natural de nuestra razón, se torna un mundo para nosotros. Nuestra acción lo transforma, al observarlo o al navegar por él, estirando y encogiendo esa red espacio-temporal que nos parecía tan absoluta.

Y el nuevo espíritu se expresa en todas las manifestaciones humanas. Impresionismo, cubismo, fauvismo… El arte cada vez más de vanguardia intenta reflejar que todo es perspectiva, que donde encontramos un “más allá” es en el seno profundo del mundo mique vivimos y de nuestro propio ser y conocer. La posmodernidad abre las puertas a un nuevo infinito, a la creación, a la exploración del yo.

El Árbol de la Vida

Pero también había que matar a Dios para recuperar la vida. Dios no era solo ese saber absoluto; era también la univocidad absoluta del bien y el mal. La ciencia universal pretendía abarcar no solamente el ámbito de la física, como ahora lo entendemos, sino también la ética, la política, la teología. Todo.

Ciertamente, la justicia en el más allá inhibe al ser humano de cualquier rebelión, de cualquier lucha por la justicia en este mundo, en su vida real. La idea de “Verdad” dejó caer la máscara bajo la que se cubrían las ideologías. Marx, primer gran crítico de esa noción de verdad colectiva, reveló los intereses sociales tras los sistemas de creencias y el carácter histórico de los valores, con relación a esos intereses. Nietzsche clamó por el valor de la vida por encima de la “Verdad”, no en pro de la mentira, sino contra la idea de que hubiera una única verdad inamovible, condicionando y ahogando nuestra vida.  Promocionó el ideal de autorrealización y superación, la liberación de las normas y el espíritu crítico y autónomo respecto al imperativo social.

La gran aportación de la muerte de Dios, en Marx y en Nietzsche, es la denuncia de la manipulación del discurso moral como discurso del dominante; dejar de temer a “Dios” es el paso a la emancipación del hombre.

Pero si probar los frutos del conocimiento tenía que tener su condena, la promesa de esa vida emancipada habría también de tener la suya.

Si Dios ha muerto,
todo está permitido

El sentido del mundo tiene que residir fuera de él. En el mundo todo es como es y todo sucede como sucede; en él no hay valor alguno, y si lo hubiera carecería de valor.

Ludwig Wittgenstein: Tractatus Logico Philosophicus   

De repente nos encontramos solos ante un cielo despoblado. Y esa soledad, como a los niños, parece que nos da miedo, y lo poblamos de fantasmas. Ideologías maniqueas, pseudociencias, paranoias contra “el enemigo”, “el otro”. Ahora vivimos la herencia de un cielo vacío. Había que matar a Dios, en el sentido de que había que acabar con los dogmatismos, pero la humanidad no parece haber madurado para vivir sin Él. Esos fantasmas (la tiranía de la opinión, las ideologías de enfrentamiento, las pseudociencias…) no son más que nuevos rostros de esa inquietud que llevó al ser humano a crear a Dios, a crear algo por encima de nosotros con voluntad propia, esta vez perversa.

Como náufragos a la deriva, buscamos desesperados tablas de salvación a las que asirnos. Dios nos garantizaba (como proponía Kant, como postulado) una justa retribución, esa que nosotros no podemos alcanzar, por impotencia ante el mal y por desconocimiento, a veces hasta desconcierto, ante lo que pueda estar bien o mal. Kant supo ver que Dios no pertenecía al terreno del conocimiento, sino al de la esperanza. Pero la esperanza no es más que un impulso a creer en nuestros deseos, y los deseos nacen de nosotros.

Al quedarnos sin Dios saltamos del relativismo cultural al relativismo moral. De repente todo vale, y bajo el absolutismo moral de la libertad de expresión, al valer todo vale también mi imposición. Ya no hay “Verdad”, por tanto, se impone mi verdad. Una verdad sorda y ciega, impuesta desde fuera y que huya del contraste. La opinión (siempre condicionada) se convierte en dogma. De nuevo una verdad: la de los míos. Es la era de la post-verdad. La imposición sin verdad nos devuelve a la selva. Esa imposición es la guerra.

La ciencia tampoco queda exenta de cadenas ni se libra de la invocación a otros ídolos. De nuevo el miedo, provocado por la pandemia, ha reclamado de ella demasiado de inmediato. Compleja, parcelada, sometida también a intereses, se arrincona ante la proliferación de los negacionismos, las pseudociencias, fruto de ese miedo infantil ante este otro rostro de la Verdad, ahora vacío.

En el ámbito del pensamiento ha surgido un intento de rescatar la Ilustración. Está de moda, en ciertos círculos y desde hace algún tiempo, hablar de Kant. Parce una vuelta al pasado, un salto a la etapa previa a esa postmodernidad. ¿Es un paso adelante o atrás? En este contexto, cabe más preguntarse ¿Había tanto contraste entre ese moderno ideal ilustrado, ese sapere aude, y esa revisión crítica, esa revuelta de la posmodernidad? La idea de Verdad única, de Dios, es el gran abismo, pero en el fondo hay algo común: reclamar la autonomía intelectual y moral del ser humano. Ante el infantilismo a que nos vemos sometidos, la humanidad ha de alcanzar esa mayoría de edad mental.

Antes del análisis racional cabe preguntarse por el motor emocional que nos lleva a este estado, tanto a la falta de valores que nos hace poblar el cielo de fantasmas como a la desesperada llamada a la Ilustración. Camus expresó con maestría ese sentimiento, raíz del pensamiento y de la acción.

Grito que no creo en nada y que todo es absurdo, pero no puedo dudar de mi grito y necesito, al menos, creer en mi protesta.

Al principio de las catástrofes, y cuando han terminado, se hace siempre algo de retórica. En el primer caso, aún no se ha perdido la costumbre; en el segundo, se ha recuperado. Es en el mismo momento de la desgracia cuando uno se acostumbra a la verdad.

Albert Camus: El rebelde.

¿Llegará la humanidad a emanciparse de esta miseria que ahora sufrimos? Haya o no un Dios, aprender a perder el miedo, emanciparnos de ideologías del miedo, parte del reconocimiento del otro como vida real, sintiente y latiente, como uno más; es la única verdad que nos consta, y la única puerta a la libertad.

Imagen | Unsplash

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por Esther C. García-Tejedor

Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato. Coordinadora de la Olimpiada Filosófica de Madrid.

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