Creo que no peco de exagerado si afirmo que entre los acontecimientos clave de la historia de la humanidad hay que contar el que representa la revolución científica moderna. Tampoco pienso que se me pueda acusar de etnocentrismo al sostenerlo, pues, aunque fue un proceso que tuvo lugar en la Europa de los albores de la modernidad, sus repercusiones han demostrado ser de alcance mundial, y su poder de influencia sobre el destino de toda la humanidad, sin importar de qué ámbito cultural estemos hablando, está fuera de toda duda si contemplamos con honestidad el devenir de la historia. Hay que admitir cuán determinante es la ciencia en muchos respectos, ya sea en el ámbito de la economía, de la política o de la ética.

Es bien sabido que el motor de dicha revolución lo constituyó en su momento la astronomía. El cambio de paradigma –Thomas Kuhn dixit– empezó con la publicación de la iconoclasta obra de Nicolás Copérnico De revolutionibus orbium coelestium en 1543. Este libro –como siglos más adelante ocurrirá con El origen de la especies de Charles Darwin– fue la declaración en forma impresa de que cabía que cuestionar la verdad de la cosmovisión que había supuesto el fundamento de la mentalidad de una parte significativa de la humanidad. La tradición cultural, religiosa y académica de Europa había tenido en la astronomía de Claudio Ptolomeo uno de sus principales pilares. Con el libro de Copérnico comenzaba a agrietarse después de mil quinientos años.

Lo que fue un cambio que tuvo que ver en principio con la geometría y que parecía asociado a la intención de «salvar las apariencias», sin atacar el meollo ontológico de lo que representaba un determinado modelo de figuras abstractas, estimuló el desarrollo de una nueva manera de abordar las viejas cuestiones de la filosofía natural, y particularmente de lo que con el tiempo conformaría la ciencia que actualmente llamamos física.

La nueva fase de la revolución científica fue decisivamente puesta en marcha por Galileo Galilei y culminada brillantemente por Isaac Newton. Cinemática y dinámica constituyeron, en fin, un sólido cuerpo teórico que explicaba los fenómenos del movimiento al tiempo, que daban fundamento de realidad al modelo heliocéntrico y abrían las fronteras de un cosmos aristotélico cerrado en una esfera que con el paso de los siglos y la acumulación de cada vez más fascinantes conocimientos nos condujo a abrir los ojos a un universo abierto que parece no tener límite.

La ciencia moderna, es decir, la que hoy por hoy reconocemos por ciencia, nació de la mano de la física. En ella cuajó el método que otorga su gran poder epistémico a la forma de conocimiento más exitosa que tenemos. Los dos pilares metodológicos sobre los que se sustenta son su elaboración de un sofisticado aparato teórico y su rigor experimental. La matematización de lo real, que ya Galieo Galilei, demostrando una cierta pulsión pitagórica, destacó como elementos esencial de la nueva filosofía natural, es por supuesto un ingrediente metodológico esencial.

Las otras ciencias que se fueron independizando de la filosofía conforme fueron obteniendo resultados exitosos (es decir, conforme fueron capaces de establecer verdades objetivas) imitaron en su ambición por triunfar el modelo epistemológico en el que se había convertido la física. Llegar a ser en una ciencia, lo más parecida posible a la física, era la aspiración de los más diversos ámbitos del saber cuando llegamos al siglo XIX; pensemos en la química, en la biología (crisis con cambio de paradigma merced a la obra de Darwin) y también en la sociología  cuya fundación como ciencia apuntó por entonces Aguste Comte, quien es considerado por muchos el primer filósofo de la ciencia y representa filosóficamente el reconocimiento del supremo valor de la ciencia a través de su positivismo.

Esta fue pronto la cuestión: ¿puede hacerse ciencia, como la hicieron Galileo y Newton y Darwin del mundo natural, de lo humano? Wilhelm Dilthey es el filósofo que responde negativamente a esta pregunta en un siglo como es el XIX de una creciente confianza en la ciencia que ya empieza a tener su expresión en otra revolución en gran medida hija de la científica y que no es otra que la revolución industrial. Para Dilthey hay una distinción insoslayable entre el ámbito del saber que tiene por objeto el conocimiento del universo (natural) y el que tiene por interés el mundo constituido por los pensamientos y acciones de los seres humanos. En el primero el supremo valor epistémico es la objetividad, algo que no es fácil de establecer en el segundo, donde no se puede despreciar la subjetividad. Por eso el pensador alemán trazará una drástica frontera mediante el uso de dos categorías de conocimiento cada una con su propio canon metodológico: las Naturwissenschaften (ciencias de la naturaleza) y las Geisteswissenschaften (ciencias del espíritu). Éstas últimas no alcanzan su objetivo de conocimiento si se desprecia la experiencia personal a la que hay que aplicar el esfuerzo del entendimiento reflexivo, y todo ello a la luz de la historia, dimensión esencial del mundo humano sin la cual es posible lograr sólo una comprensión parcial de los fenómenos sociales. Esta tesis de Dilthey pone las bases de la hermenéutica y es fuente de inspiración para la noción de razón histórica del filósofo español del siglo pasado José Ortega y Gasset. Su afirmación de que el ser humano carece de naturaleza y que lo que le define es la historia es la conclusión radical de la propuesta del alemán.

La economía es una ciencia social. El objeto de su estudio es un sistema de fenómenos de un elevado nivel de complejidad cuya base de realidad la constituye el comportamiento de los individuos, interactuando entre sí en un contexto siempre social y que incide en la toma de decisiones respecto de medios y fines, sin que tenga que quedar al margen, por tanto, la dimensión ética de dichos fenómenos. Desde hace cuarenta años, más o menos, merced al exitoso tour de forcé ideológico perpetrado por los partidarios de la teoría neoclásica que representa la opción académica conocida como la Escuela de Chicago, la economía se pretende equiparar a la física en términos de validez epistemológica. Su proceso de matematización ha sido prodigioso en consonancia con su adscripción al modelo de la física, así como su desvinculación de la historia. El reino de la economía se ha vuelta extremadamente formal y desde su mundo platónico de las ecuaciones perfectas e infalibles, ajeno a las injusticias y al sufrimiento de las gentes, ha dictado los procedimientos en el ámbito de la toma de decisiones políticas pretendiendo estar por encima de cuestionamientos éticos y de planteamientos ideológicos, considerados distorsionadores del conocimiento de las verdades sub specie aeternitatis, las únicas válidas. Así, queda establecido sin posibilidad de discusión que la economía, como la física, es una, la neoclásica, cuyas normas básicas quedaron fijadas en el contexto de Washington y que son celosamente salvaguardas por los organismos internaciones como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional, así como por los gobiernos de prácticamente el planeta entero (velis nolis). En el ámbito académico es el canon convirtiendo en milagro el disenso crítico.

Ocurre, sin embargo, que la historia es inapelable. En la física ya hemos dicho que la experimentación es un elemento imprescindible para el éxito epistémico de su método. En economía, como ya apuntara Dilthey respecto a todas las ciencias sociales, es la historia ese laboratorio del que tendría que tomar muy buena nota a la hora de apuntalar con una base empírica todas esas sus supuestas verdades que tiene por eternas. Presentemos un ejemplo.

La teoría del trickel-down (literalmente «goteo hacia abajo») tiene su origen en una vieja idea del filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel, quien en 1904 entendió que la moda se difunde conforme a un proceso de transferencia de la forma de vestir y de los gustos desde las clases más altas a las más bajas según procesos de imitación y diferenciación; igual que el fenómeno físico del goteo, desde arriba hacia abajo. Ochenta años después, la metáfora se trasladó al campo de la economía, dando lugar a la tesis del «goteo» o «derrame», según la cual sólo el crecimiento económico puede erradicar la pobreza. Inserto en esta tesis está el supuesto de que únicamente una política favorable a las capas más ricas de la población generará los beneficios suficientes que acabarán por descender tarde o temprano –«goteando»– a los estratos sociales más desfavorecidos y finalmente derramando riqueza –aunque sea en diferente medida– sobre todo el mundo.

Esta teoría es congruente con un modelo social definido por la concepción económica de libre mercado, de acuerdo con el cual existe una élite de triunfadores sociales que constituyen la locomotora del desarrollo económico; son los empresarios y los grandes inversores, esos a los que también se denomina «emprendedores». A estos heroicos generadores de riqueza la administración no les debe poner el más mínimo obstáculo ni desincentivar cargándoles de impuestos. Consecuentemente, al favorecerles, se genera un mecanismo virtuoso que, espontáneamente, crea riqueza añadida, y en parte la redistribuye en virtud de una especie de «fuerza de gravedad» natural, sin que la intervención del Estado llegue a obstaculizar o atascar el mecanismo. Igual que el mito bíblico del maná; aunque en su caso se trataría de una ley de la economía, equivalente a cualquier ley de la física.

Y como no hay nada como una buena fórmula algebraica o expresión geométrica para dar empaque epistémico a una idea, la teoría del trickle-down halló su legitimación matemática en una curva concebida por un migrante bielorruso, Simon Kuznets, nacido en 1901, llegado con su familia a Estados Unidos en 1922 y premio Nobel en 1971. Su curva nos viene a decir que un crecimiento económico acelerado produce en una primera fase desigualdades hasta llegar a un punto de inflexión a partir del cual comienza a generar igualdad. Ahora bien, el aludido modelo matemático no pretendía ser otra cosa que una representación de los resultados del estudio del ciclo económico a largo plazo que caracterizó a los países de la primera industrialización, sin valor predictivo (ni mucho menos prescriptivo). Será entre los años setenta y ochenta del siglo pasado, con el arranque de la ofensiva ideológica neoliberal que sacraliza el capitalismo de libre mercado, que el modelo mutará en axioma con el fin de neutralizar las críticas contra la economía de la oferta por sus efectos acrecentadores de la desigualdad y para, en definitiva, defender ante los gobiernos de todo el mundo el cínico eslogan «grow now, worry about poor later» (crece ahora, ya te preocuparás de los pobres luego). He aquí la explicación radical (vale decir, ideológica) de por qué el crecimiento económico no es una opción, sino un imperativo universal.

¿Qué nos dice la historia sobre la tesis del goteo? Sencillamente que no se cumple. Ciertamente, el crecimiento ha continuado tras superar las crisis de 1973 y 2008, y actualmente sigue tras dejar atrás el momento más duro de la pandemia y a pesar de la invasión rusa de Ucrania. Una investigación con perspectiva histórica como la llevada a cabo por destacados economistas como Michael Hudson, Branco Milanovic y sobre todo Thomas Piketty, que analiza los datos desde principios del siglo XIX hasta la actualidad, demuestra que la idea de que basta con esperar que el crecimiento distribuya la riqueza no se compadece con los hechos históricos. Si fuera así ya habríamos visto los efectos hace tiempo. Júzguense, si no, los casos más evidentes de India y China, con muchas décadas seguidas ya de crecimiento imparable, al que acompaña un aumento drástico de la desigualdad en ambos países de gigantesco peso demográfico en el planeta.

La tozudez de los hechos históricos, sin embargo, no sirve de momento para resquebrajar el diamantino muro ideológico que protege las políticas económicas de corte neoliberal actualmente vigentes. La consecuencia ética, que supone un cáncer para la democracia, es el triunfo de la injusticia. Por el bien de la humanidad entera es vital un giro copernicano en economía, como hace siglos lo hubo en astronomía.

Bibliografía

Hudson, M. Matar al huésped. Capitán Swing, Madrid, 2018.

Milanovic, B. Capitalismo, nada más. Taurus. Madrid, 2020.

Piketty, T. Una breve historia de la igualdad. Deusto ediciones. Barcelona, 2021.

Revelli, M. La lucha de clases existe, ¡y la han ganado los ricos! Alianza editorial. Madrid, 2015.

Imagen | Pixabay

Cite este artículo: Agüera, J. (2022, 15 de agosto). Ciencia, historia y economía. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/08/ciencia-historia-y-economia
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por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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