Identidades políticas simbólicas y el abandono del materialismo

El discurso político moderno tiene la peculiaridad de haber transformado la realidad material en pequeños fragmentos de identidad volátil, con los que podemos (o no) identificarnos, pero que no reflejan nuestra situación instrumental en el mundo. Muchos autores han considerado esta tendencia un efecto del posmodernismo, y lo cierto es que la política cada vez se centra más en la expresión de narrativas fantásticas sobre quiénes somos que en los problemas reales que sufrimos fruto de las estructuras económicas.

En mi experiencia personal, esta tendencia me ha hecho encontrarme con autoidentificaciones rimbombantes a la izquierda del espectro político, en personas que han sido criadas en estratos sociales absolutamente privilegiados, que han sostenido esas diferencias a lo largo de su vida y que consideran necesario luchar duramente por mantener las diferencias y no apoyar medidas de justicia social que aliviarían la situación de sectores de la sociedad menos privilegiados. Se trata de personas que defienden y disfrutan el privilegio de clase y que consideran que ello es absolutamente compatible con defender una identidad de izquierdas. ¿Por qué se ha producido esta disonancia cognitiva?

Quizá la respuesta pase por describir qué es una identidad y en qué se basan hoy en día nuestras identificaciones.

La teoría marxista fue una exposición eficaz, hasta cierto punto, para describir y exponer la realidad material de la clase obrera en un periodo histórico muy concreto. Desde el comienzo, la crítica a sus postulados fue fácil y muy tentadora, especialmente si se toma en consideración la cosmología casi religiosa en la que derivan las ideas de Marx sobre la revolución obrera y el final utópico de la historia. Max Weber realizó una de las críticas más famosas al marxismo y, entre otras cosas, mencionó que la identidad de clase no es tan importante para los seres humanos como Marx parece pensar; Weber consideraba, por ejemplo, que las identidades étnicas/nacionales/raciales podían tener más fuerza que ningún otro rasgo humano o social. Y esto ha sido profundamente cierto para la clase obrera, que nunca ha logrado unirse internacionalmente, porque siempre hay extranjeros y personas «diferentes» contra los que luchar y frente a los que defender nuestros puestos de trabajo dentro del sistema. Pero si es cierto que la identidad nacional ha dividido a la clase obrera, no ha pasado lo mismo con la burguesía marxista o la élite socioeconómica de nuestros días. Las personas con recursos materiales y con poder, de todas las procedencias geográficas, se juntan fraternalmente para cualquier cosa que sea menester, y especialmente para defender sus privilegios frente a los más desfavorecidos. No hay racismo en la estructura superior de la pirámide, sino solo aporofobia, ya que el único extranjero malo es el extranjero pobre. En la esfera real de la opulencia, sus miembros sí son capaces de ver quiénes son los diferentes; esto es, los desposeídos. El racismo se ha transmitido sabía e insidiosamente a las clases inferiores para que se entretengan con una identidad falsa (¿blanco?, ¿nacional?, ¿europeo?) mientras descuidan sus verdaderos problemas.

Por lo tanto, la crítica de Weber no supo ver que las identidades son, en realidad, instrumentos de sometimiento y división de la clase privilegiada para mantener el statu quo del sistema. Si yo me identifico más como española que como trabajadora, mis enemigos serán otros.

¿De dónde surge esta fascinación por la construcción de identidades no basadas en realidades materiales, sino en ideas abstractas? Como mencionaba antes, el proceso posmoderno es complejo y gradual, y este artículo no puede analizarlo ahora. Pero es necesario señalar que nos hallamos en un punto de eclosión y de máxima expansión de la cultura identitaria e ideológica. Esto facilita enormemente que pueda darse una disonancia cognitiva como la que abordamos aquí. En su artículo «El conflicto entre lo material y lo simbólico», José Manuel Sánchez Ribas explica muy claramente cómo el neoliberalismo ha instaurado una metafísica idealista. La izquierda, liderada por jóvenes burgueses, ignora los conflictos de clase y los sustituye por otros, ajenos a las clases trabajadoras. Así,

los conflictos capital/trabajo quedan olvidados y minimizados en la miseria global y la precarización de las clases medias, a las cuales la posmodernidad “entretiene” mientras tanto con su constructo cultural nihilista que ni es ni pretende ser una subversión contra el poder establecido, sino todo lo contrario, un instrumento al servicio de las nuevas élites1.

La izquierda posmoderna no ve al otro, no conoce su sufrimiento; solo le construye identidades simbólicas con las que ejecutar un juego de entretenimiento sobre el tablero político.

Las estructuras descritas por el marxismo son hoy en día bases, no del todo desactualizadas, sobre las que describir problemas y situaciones sociales modernas. La respuesta o solución a la inequidad social no puede pasar por ninguna utopía, ni siquiera la comunista; esto hace tiempo que lo hemos aprendido. Pero al menos debemos empezar por «decir el mal2», situarnos en la realidad material humana, y a partir de ahí desarrollar estrategias que alivien el sufrimiento. El problema de la izquierda identitaria es el mismo que se le achaca a la ética de Emmanuel Kant desde sus orígenes; esto es, la libertad desde la que yo me impongo mi propia norma moral y mi imperativo categórico para tratar a los demás como fines en sí mismos y no como instrumentos solo existe en determinadas personas. Es libre quien tiene los medios económicos para serlo; ninguna identidad de género, etnicidad o identidad política puede borrar mis dificultades materiales. Mi libertad y mis posibilidades de ser pasan por mi dignidad como ser humano y el acceso a bienes de consumo básicos. Esto quizás no define quién soy ni me otorga una identidad, tal vez porque existir (desde un punto de vista pragmático y performativo) precede al ser.

Notas

[1] Sánchez Ribas, J. M. (2022). «El conflicto entre lo material y lo simbólico», La Razón Comunista.

[2] Ana Carrasco-Conde, en su reciente libro con este título, reflexiona sobre la entidad del mal y se pregunta, entre otras cosas, si tiene sentido reducir el mal a una cuestión de voluntad individual en lugar de abordarlo desde la conformación de la comunidad.

Bibliografía

Carrasco-Conde, A. (2021). Decir el mal, Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Marx, K. y Engels, F. (2001). El manifiesto comunista, Madrid: Alianza.

Sánchez Ribas, J. M. (2022). «El conflicto entre lo material y lo simbólico», La Razón Comunista: https://www.larazoncomunista.com/post/12-10-el-conflicto-entre-lo-material-y-lo-simb%C3%B3lico.

Weber, M. (2009). Economía y sociedad. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Laura Zorrilla (autora invitada):
Licenciada en Filología Románica y estudiante de Filosofía (UNED). Ha sido editora y correctora de textos durante muchos años. Trabaja para el Instituto Cervantes en la ciudad de Mánchester (Reino Unido).

Cita este artículo (APA): Zorrilla, L. (2022, 29 de agosto). Identidades políticas simbólicas y el abandono del materialismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/08/identidades-politicas-simbolicas-y-el-abandono-del-materialismo/
#filosofía política, #identidades, #Materialismo

por autores invitados

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