Si a las niñas y a los niños los dejaran filosofar – Enredados #2

Como parte de nuestra alianza con la COMEFI (Comunidad Mexicana de Estudiantes de Filosofía), Filosofía en la Red aportan una columna, Enredados, de reflexión-difusión en La Gaceta de dicha institución. A continuación compartimos el segundo aporte, publicado en la edición del mes de mayo de 2022:

El método cartesiano es esa técnica mediante la cual, siguiendo al buen Descartes, podemos llegar a “la verdad”. La duda metódica fue para el francés, y para muchos de nosotros, el camino adecuado o más seguro para formular preguntas y hacer filosofía. De hecho, “preguntarse” acerca de todo es casi el eslogan que acompaña a cualquier filósofo o filósofa y por ello, cuando la idea de una “filosofía para los niños y las niñas” apareció, algunos, con recelo, la han ido asumiendo con cierta normalidad -aunque con muchos matices-, ya que los niños y las niñas suelen hacerse muchas preguntas. Dejemos de lado, por un momento, la discusión acerca de si todas las preguntas son o no filosóficas.

Existe un elemento diferenciador en cuánto a cómo se hacen preguntas los niños y las niñas y nosotros, los “filósofos de profesión”: la inocencia. Sí, ese adjetivo que por antonomasia atribuimos y aceptamos de los más pequeños y que muchas veces añoramos, aunque paradójicamente también solemos usar peyorativamente para burlarnos de los demás. Ellos se cuestionan por el mundo, ya que lo están descubriendo, lo desconocen y esperan comprenderlo para adecuarse a él y encontrar su lugar en la realidad que los absorbe, desean respuestas prácticas y sencillas, aunque eso no las vuelve simples. Nosotros, quizá argumentamos “auténtica curiosidad”, pero las respuestas que esperamos encontrar, o que nos damos, deben de ser rimbombantes, tienen que llevar en sí mismas un misticismo gramatical elitista y, sobre todo, tienen que generar más dudas que respuestas, ya que ¿qué sería de un filósofo que dé respuestas y no genere preguntas?

Sí, la idea no es “encontrar la verdad” (si es que esta existe) pero el cómo abordamos una pregunta sí que hace la diferencia. Las niñas y los niños, en su inocencia, realmente esperan toparse con una respuesta contundente, esperan saber el por qué de las cosas porque de verdad desean entender aquello que les intriga. No saben que tal vez la respuesta que encuentren sea solo una de muchas, pero el hambre por saber y principalmente el anhelo por conocer “todo” dista mucho de lo que más tarde la mayoría de nosotros hacemos.

Al plantearnos dentro del quehacer filosófico una pregunta, sabemos de antemano que no llegaremos a la “respuesta” sino que, si bien nos va, destaparemos alguna interrogante que quizá nunca se ha planteado. Es como comenzar un partido de fútbol asumiendo que, por enfrentarnos al Real Madrid, y nosotros ser un equipo de llano, vamos a perder por goleada. Estamos asumiendo algo que, aunque en la praxis es “verdad”, no nos permitimos que suceda. Limitamos nuestro actuar, le ponemos barreras a nuestra mente, bloquemos la imaginación.

E imaginar es lo que hace fantástica a la infancia. De nuevo, volvemos a términos que en adultos no son aceptados. Así como “ser inocente” es igual a ser tonto, dejarte llevar por la imaginación es burdo y sin sentido, de acuerdo claro, al colectivo popular. ¿Entonces los filósofos y las filósofas no pueden imaginar? Desde luego que no, es lo que nos taladran a lo largo de nuestra formación académica. Debemos tener un pensamiento crítico, debemos cuestionar cosas con precisión quirúrgica, y sí, tal vez planteamos dilemas dentro de marcos ficticios o futuristas, pero eso no es “imaginar” sino simplemente extrapolar nuestras ideas y conceptos a las masas, “diluir” las sentencias académicas a un lenguaje burdo que pueda fácilmente comprenderse y reformularse. La imaginación, entendida en toda su complejidad, es algo para los niños. Y, ahora sí, tocando el tema de las preguntas, un niño o una niña o alguien “fuera del mundo de la filosofía” no filosofa, sino que simplemente se pregunta cosas… tontas.

¿Pero qué hace a una pregunta tonta, o qué la hace inteligente?

Una pregunta es filosófica si esta nos ayuda a conocer la realidad. El niño o la niña quiere entender su entorno, saber más sobre qué hace en este mundo, comprender por qué siente frío o por qué el cielo es azul: ¿acaso esas preguntas son tontas?

Fernando Savater nos dice1 que las preguntas filosóficas no inciden en la práctica, es decir, las respuestas a estas “no van a cambiar nuestra vida”, así mismo, deben de ser preguntas que no sacien nuestra curiosidad, que no se agoten ante una respuesta. Los niños y las niñas tienen el famoso bucle del eterno retorno porque ante cualquier respuesta que les damos, siguen cuestionando, y cuestionando.

Aceptamos que hay dos momentos “clave” dentro de la filosofía: los griegos y Descartes, unos la iniciaron (con sus matices) y el otro la revolucionó dando pie a la filosofía contemporánea. Los griegos se preguntaron cosas debido al asombro, este sentimiento fue el detonante para comenzar a filosofar; por su parte, René dudó de todo (menos, claro, de su pensamiento), y fue esta idea lo que cimentó el concepto de cuestionarlo todo. Asombro y duda, dos acciones que consideramos clave de la filosofía: ¿los niños y las niñas acaso no se preguntan con asombro o con duda, o con ambas?

Niñas y niños siempre son vistos, junto con los ancianos y personas con alguna discapacidad, como los elementos más débiles en la cadena de la humanidad. Sabemos o aceptamos que ellos son “lo que viene”, que les estamos preparando el mundo, pero mientras eso sucede, los y las pequeñas son seres que necesitan cuidados, guías, y que no pueden pensar por sí mismos, o que si “piensan”, lo hacen así, entre comillas y cuestionándose cosas sin sentido, cosas que no sirven. Claro, si esa misma pregunta sin sentido se la hace alguien en la facultad de filosofía, es diferente, porque él o ella tiene tras de sí un conocimiento previo, un cúmulo de saberes y una técnica académica de cómo hacerse una pregunta.

¿Pero acaso alguien le enseñó a Sócrates a filosofar? En nuestro camino académico, al ir aprendiendo más y más, perdemos pisada, o nos dejamos impresionar por aquellos que saben más, descartando a quiénes suponemos, no saben nada o casi nada. Nos absorben tanto los conceptos metafísicos, éticos o epistemológicos que olvidamos la “simple” pregunta que quizá fue la que nos acercó a la filosofía: ¿quién soy?

Sí. Sé que de simple no tiene nada, pero fue para muchos una pregunta disruptiva, en muchos sentidos, que cambió nuestra vida. Un planteamiento que, con matices o incluso directamente, niñas y niños, y personas “ajenas” al mundo filosófico se llegan a cuestionar, pero que, al no estar dentro de un jardín amurallado custodiado por Nietzsche o Zambrano, dejan de ser interesantes porque quién las pregunta no sabe nada. ¿Acaso tú, cuándo te la hiciste, sabías filosofía?

Hay una canción interpretada originalmente por Chabelo, de la autoría de Alberto Luis Kreimerman, Oscar Kirovsky y Hector Antonio Cerquetti que en una de sus estrofas dice: “si los niños gobernaran al mundo, en lugar de guerras ordenarían jugar”. Quizá, dándole un vuelco filosófico, podríamos cantar: “si los niños filosofaran en el mundo, tendríamos más respuestas a preguntas tontas por intentar aclarar”.   

Cuando filosofes, saca a tu niño interior, deja volar tu imaginación. No sabes qué cosas maravillosas puede guardar una mente “inocente” sin ataduras al pensar.

La GACETA se puede descargar, gratuitamente, desde aquí.

Notas

[1] witame. (2012, 20 diciembre). Las Preguntas Filosóficas, Fernando Savater [Vídeo]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=xT2RpvtUjWY

Imagen | Unsplash

Cite este artículo: García, M. (2022, 05 de agosto). Si a las niñas y a los niños los dejaran filosofar - Enredados #2. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/07/si-a-las-ninas-y-a-los-ninos-los-dejaran-filosofar
#filosofía para niñas, #filosofía para niños, #niños y niñas

por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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