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Testimonios sobre el imaginario y tortura en la novela “Esperando a los bárbaros”

El siguiente texto forma parte de la segunda edición de la Revista.FilosofíaenlaRed.Com; puedes descargar la revista completamente gratis, dando clic aquí. 

La finalidad de este trabajo es analizar cómo se configura la justificación de la tortura en la novela Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee. La novela muestra cómo funcionan los mecanismos del imaginario y del poder y la posibilidad de infligir dolor al otro mediante el suplicio, entendido como lesión corporal que responde a un castigo aceptable. El imaginario tiene un papel central en la separación construida entre la identidad y diferencia sociales. Mediante la identidad, se integra la imagen de una unidad que diferencia a unos individuos de otros. Esta unidad da seguridad y por ella se puede sacrificar e incluso dañar al otro cuando se ve en peligro. Es así como se justifica la “tortura”; aparece como un antídoto frente a la amenaza que encierra la presencia del otro.

La novela comienza con la llegada del coronel Joll, miembro del Tercer Departamento de la Guardia Nacional, a la frontera debido al estado de emergencia: la amenaza de que los bárbaros atacarán el Imperio. La descripción del lugar alude a un pueblo que se encuentra en uno de los fuertes de la frontera, semiaislado de lo que pasa en el resto del Imperio. A su cargo está un magistrado anciano, quien normalmente desempeña actividades burocráticas para el Imperio. El fuerte divide la civilización de lo que se encuentra más allá de ella, el territorio de los bárbaros. La frontera aparece como el principal imaginario límite que separa la identidad de la diferencia y que justifica cualquier agravio para mantener la seguridad del Imperio.

Veamos cómo se construye este imaginario

Tomado el “imaginario” en su sentido más simple es una imagen creada producto de la imaginación. La imaginación es la función de producir imágenes. En el uso cotidiano “imaginación” se usa como sinónimo de creatividad o creativo, relacionado, o bien con la reproducción de la realidad, o bien con la producción de lo ilusorio o lo irreal, lo soñado o lo utópico; en este último sentido es como se presenta lo imaginario (Lapouyade, 1988, pp. 9-15).

El imaginario funciona como una imagen ilusoria, que no tienen correlato con la realidad, en el sentido de reflejo o representación de la realidad, no la reproduce ni la recrea sino que la altera creando otra realidad que tiene efectos en la realidad efectiva. El imaginario crea comunidad. En este sentido, se presenta como un conjunto de imágenes que el individuo interioriza y con el cual mira, clasifica y ordena el entorno. Relacionado con el orden social, se puede decir que el imaginario crea nuestra realidad social, esto es que el imaginario se presenta en la vida social como soporte sobre el que se construye el sentimiento de comunidad. La unidad bajo el imaginario permite la interacción y la vivencia comunitaria. El imaginario produce valores, gustos, ideales, y sobre todo, conductas dentro de la comunidad. Mediante éste, se fabrican diversas formas institucionales también imaginarias con sus reglas y funcionamientos particulares. Tanto individual como colectivamente, el imaginario tiene un influjo, cimentando la identidad individual que responde a la identidad colectiva.

El ejemplo más claro de construcción de imaginario en lo social es el nacionalismo, con el que aparecen otros imaginarios entretejidos como la frontera, las costumbres, la cultura, el lenguaje que crean, a su vez, el imaginario de identidad colectiva.

Cuando se habla de nacionalismo se habla de identidad nacional como una de sus características, creando identidad bajo un territorio y soberanía propias; funciona como un discurso homogeneizador y diferenciador que se dirige a los individuos que presumen tener cosas en común.

Benedict Anderson (2007, p. 23), estudioso de estos temas, define la nación como «una comunidad política imaginada […] inherentemente limitada y soberana». Es imaginada en el sentido de que los miembros que pertenecen a la nación suponen la existencia de la mayoría de los miembros que la conforman. La nación se vive como imagen de una comunidad, limitada por fronteras que la separan de otras naciones, con soberanía que le permite ejercer su autoridad de la manera en que más le convenga. Que la nación sea concebida como una comunidad se sustenta en que el imaginario se piensa como un “compañerismo” identitario –sentimiento nacional– entre sus miembros aunque existan diferencias significativas.

Tal como dice Renan, citado por Anderson:

La esencia de la nación está en que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también que todos hayan olvidado muchas cosas

Anderson (2007, p.23-24)

La identidad nacional es definida justo en este sentido. Para que los miembros de una comunidad puedan permanecer dentro de ella, es necesario que olviden sus particularidades, anularlas de algún modo. Los miembros de una comunidad tienen por ley eliminar la alteridad, no reconocerla entre ellos para que así sean cada uno reflejo y referente de la comunidad a la que pertenecen. Paradójicamente, al crearse esta comunidad identitaria entre individuos se crea al mismo tiempo su diferencia, es decir, que se afirma la soberanía y la identidad de una nación sólo en relación y frente a otra nación. En este sentido, la dialéctica entre pertenecer o no a una nación o a un territorio, entre un yo y un otro, entre la identidad y la diferencia aparecen aquí como límites. En el caso de la novela esta diferencia está marcada por el bárbaro, quien no sólo se encuentra más allá de la frontera sino más allá de las costumbres, hábitos y rasgos físicos de la identidad colectiva que representa el Imperio. Como dirá el magistrado que está a cargo del pueblo fronterizo en una plática con un oficial, el desprecio hacia los bárbaros se basa en «diferencias de modales en la mesa o en la variación en la forma del ojo.» (Coetzee, 2006, p.78).

Además, el espacio territorial de la nación se limita mediante las fronteras. Las fronteras se instituyen para determinar los límites de la autoridad soberana y en este sentido se define el espacio en el que se dará la nación sus propias leyes. Mediante las fronteras aparecen los mapas, que imaginariamente, trazan límites entre las diferentes naciones (Anderson, 2007, p. 245).

Con las fronteras se define el territorio que ocupan las naciones y sus delimitaciones son dibujadas en los mapas, delimitando imaginariamente, el lugar de pertenencia de la comunidad nacional.

En Esperando a los bárbaros se dirá que las fronteras se justifican como el límite de la propiedad que pertenece al Imperio:

Creemos que esta tierra nos pertenece, es parte de nuestro Imperio: nuestro puesto fronterizo, nuestro pueblo, nuestro mercado. Pero esas gentes, esos bárbaron no le ven de la misma manera.

Coetzee (2006, p. 78-79)

Justo esta pertenencia se presenta como la justificación de la ofensiva contra los bárbaros. A lo que el magistrado responde, defendiendo al bárbaro, a través del mismo argumento sobre la frontera, pues dice que ellos tendrían más derecho a atacar al Imperio porque la construcción de pueblos con fronteras les ha quitado la tierra que les pertenece. La frontera para el bárbaro puede ser dibujada de otra manera, pues las limitaciones son imaginarias. El bárbaro “no lo ve de la misma manera” pues podría juzgar que los límites fronterizos se constituyen de otro modo, por ejemplo, extendiendo sus límites hacia el interior del Imperio. Ahora bien, el imaginario se relaciona con los mecanismos de legitimación de la dominación social. Cuando el imaginario penetra en la comunidad y logra que se identifique con él, el poder por parte de los dominadores (gobernantes, aristócratas) puede hacer uso del imaginario para tener control y establecer un orden legitimado.

Mediante el imaginario se controla el sentimiento de comunidad¹, las pasiones, el deseo común y se logra la servidumbre voluntaria de los agentes sociales en una identidad colectiva, pues funciona como un agente natural y no como algo impuesto por alguien. La lengua, la religión, las reglas y las leyes, el territorio se perciben como elementos dispuestos naturalmente para el uso de los miembros de la comunidad. El poder dominador sobre los dominados se establece de manera voluntaria, creyendo que lo que es dominación es un servicio prestado para mantener la armonía social.

Este tipo de poder, que no es el de dominio de uno sobre otro o de una sociedad hacia otra, no es localizable; en este sentido, también funciona como un imaginario. El imaginario como poder pone en marcha otros imaginarios que pueden centralizar el control; el nacionalismo y los imaginarios con los que se entreteje, como ya se ha mencionado, una vez más es un ejemplo claro.

El Estado funciona como un conjunto de instituciones que establece las imágenes aceptables para la comunidad nacional. Realiza para los individuos una serie de marcas identitarias que lo mantienen dentro del orden social: acta de nacimiento, cartilla de identificación, registro de población, y que a su vez, mantiene el sentimiento de pertenencia a la comunidad.

Una de sus funciones es mantener el orden, asegurando la vida y operando en contra lo que ponga en peligro la sociedad.

La institución de las otras sociedades y sus significaciones son siempre amenaza mortal para las nuestras: nuestro sagrado es para ellos abominación, nuestro sentido, la cara misma del no-sentido

Cartoriadis (junio de 2009)

Al imaginario lo acompaña el poder explícito, el cual no puede dejar de tener lugar pues sólo desaparecería si los individuos que conforman la sociedad interiorizaran el imaginario y su poder hasta el punto de que no se lo cuestionara de ningún modo. En este sentido aparecen los mecanismos que mantienen el control y el orden social. Como se describe arriba, el uso de las fronteras no se limita a la ubicación geográfica de los territorios y limitaciones establecidas entre la naciones sino que abarca incluso las diferencias culturales que comparten los individuos de una nación frente a otra. Las diferencias se establecen según un adentro y un afuera, pero también entre un yo y un otro. Las diferencias culturales, costumbres, etcétera son imaginarios que pueden funcionar como estandarte contra la amenaza, es decir que sirven de justificación para imponerse frente a otro agente de peligro. Aquí es donde aparece la tortura como un mecanismo justificado ante la amenaza.

La tortura se define como «dispositivo probatorio que se inserta en el interrogatorio judicial. Se instala como mediación entre el crimen y el castigo, entre la sentencia y los hechos, entre lo correcto y el error, pero sobre todo es mediadora de la verdad, y en cierta medida define la verdad» (Egaña Rojas, junio de 2009, p. 54). En esta medida, funciona como correctivo que el poder aplica contra el enemigo. El enemigo acechante debe pagar por poner en peligro la soberanía y la paz de la comunidad.

Una vez más en Esperando a los bárbaros se puede ver cómo se maneja la tortura como medio para conseguir una verdad que supone peligro. El escenario es el siguiente: De casualidad, hay dos prisioneros, un anciano y su nieto en el cuartel, aprendidos por ser sospechosos de haber participado en una escaramuza en la que se ha robado ganado. Ellos dicen no haber participado apelando a que se habían acercado al fuerte para buscar a un doctor que curara una herida persistente que lleva el nieto. El magistrado toma todo esto con mucha naturalidad pues al parecer en aquel fuerte se han establecido relaciones hospitalarias entre los nativos que viven cerca del río y la población. Con cierto orgullo, el magistrado anuncia que en otra ocasión el coronel no hubiera encontrado “bárbaros” en el cuartel. El coronel pide interrogar a los presos alegando que va a seguir paso a paso las pautas establecidas de antemano. El magistrado se enterará al día siguiente qué quiso decir el coronel con esto, y le pregunta qué piensa sobre la tortura. El coronel Joll dirá que hay un tono especial en el que dice la verdad. Para poder extraerla del torturado es necesario presionar, de tal manera que después de conseguir una y otra vez una mentira, el torturado se desmorona. Después de ello, se sigue presionando hasta que por fin surge la verdad (Coetzee, 2006, p. 14-15).

Esta pequeña descripción permite ver las características de la tortura. Se requiere un entrenamiento y un método por parte del torturador y la convicción de que va a conseguir que el torturado confiese una verdad impuesta ya de antemano. En el mecanismo, el torturador tiene la tarea de convertir al torturado en objeto de la verdad. Cuando el coronel se enfrenta a los bárbaros busca que hablen con la verdad. Una verdad engañosa, subjetiva pues el torturador va a infligir el castigo por violar la ley del imperio, robar su ganado, rondar la frontera, y ser, sobre todo, diferente; un bárbaro que funge como amenaza de violentar el orden social del Imperio.

En seguida nos enteraremos de que la tortura efectivamente se ha realizado porque el cuerpo como evidencia aparece en escena pues después del interrogatorio muere el anciano. Tiene moretones, los dientes rotos, un ojo ensangrentado. El informe del coronel Joll dice que se pega contra un muro del granero después de pelear con un oficial. Todo indica un accidente. Sin embargo, el magistrado sospecha y pregunta al centinela qué ha pasado. Él le repite el informe, también que le han ordenado repetirlo y que el anciano tenía las manos atadas. ¿Cómo podía haber peleado con un oficial? El magistrado se entera también de que el interrogatorio ha tenido el éxito esperado pues el muchacho ha confesado no sólo haber participado en el robo de ganado, sino que además su tribu se está organizando para atacar al Imperio en la primavera que viene. De esta manera se le da luz verde a la realización de un ataque sorpresa por parte del coronel Joll contra los bárbaros en la que se logrará obtener más prisioneros.

Ahora bien, podemos encontrar en el texto Vigilar y castigar de Michel Foucault algunas descripciones sobre la tortura que pueden dar luz a lo dicho hasta ahora. Si bien Foucault nos dice en este texto que el suplicio es un mecanismo que se utilizó antes de mediados del siglo XVIII y que fue sustituido por «unos castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos, y despojados de su fasto visible […]» (Foucault, 2008, p. 15), no deja de actuar en toda la historia como un mecanismo justificado para la obtención de la verdad, de la confesión del torturado. Por ejemplo,

posterior a estos siglos de abolición, en pleno siglo XX funcionó como medio para mantener sometidos a los individuos en los estados totalitarios. Foucault nos dice sobre el suplicio:

Una pena para ser un suplicio debe responder a tres criterios principales: en primer lugar, ha de producir cierta cantidad de sufrimiento que se puede ya que no medir con exactitud al menos apreciar, comparar y jerarquizar.

(Foucault, 2008, p. 39)

En segundo lugar, debe ser administrado según reglas, por un lado hay una correspondencia entre la gravedad del delito, la categoría de su víctima y el tipo de castigo y por otro, la calidad e intensidad con la que se le administra. Y en tercer lugar, debe ser un espectáculo ritual donde se debe dejar huella, es decir, que el supliciado debe quedar con una marca visible a los ojos de los demás que indique que ha cometido un delito y que esa misma marca signifique un triunfo para el que impone la pena. Según esto, la instrucción penal es capaz de producir la verdad a costa de lo que sea, incluso, la vida del acusado. La verdad de un crimen se va a buscar en el acusado como una confesión, siendo esta última la evidencia de la “verdad viva”. Una de las maneras de conseguir la confesión es la tortura (Foucault, 2008, p. 45). El mecanismo por el que funciona la tortura es metódico. Es una práctica reglamentada que responde a diferentes momentos e instrumentos que aplica el torturador al acusado:

momentos, duración, instrumentos utilizados, longitud de la cuerdas, peso de cada pesa, número de cuñas, intervenciones del magistrado que interroga […].

(Foucault, 2008, p. 49)

La tortura pone en juego dos cosas: la resistencia y la severidad de la tortura. Si el acusado resiste a la tortura, entonces, se le deja libre, pero puede ser que la severidad de la tortura le haga confesar. La tortura está justificada por la verdad, pues los sufrimientos que se le infligen al acusado son justos si el acusado confiesa y entonces la tortura sirve, pero si pasa lo contrario y el acusado resiste, entonces de todas formas se justifica la tortura pues sirve para demostrar la inocencia del acusado.

La verdad está anclada a la tortura y al sufrimiento que provoca. No pueden ir separados. En la tortura se mezclan también dos elementos que aparecen simultáneamente: el castigo y el lugar de obtención de la verdad, es decir, la información. Cuando se le tortura a un culpable se le inflige el castigo por un delito probable y al mismo tiempo se le interroga para obtener la información que lo inculpe. Esto es lo que pasa con el anciano y el muchacho bárbaros. Tienen que confesar su crimen y en su tortura está la penitencia por haberlo cometido. En el caso del anciano la resistencia lo lleva a la muerte y en el caso del muchacho a la confesión de una verdad que de antemano ya se tenía establecida.

Otro ejemplo lo encontramos cuando se encierra al magistrado en una celda acusado de “alta traición al aliarse con el enemigo” (Coetzee, 2006, 116).Se lo acusa de mal manejo de la administración, descuido de su cargo, tener relaciones “ilícitas” con una mujer. Por último, se le acusa de alertar a los bárbaros de la campaña, de sostener largas entrevistas con ellos en las que los soldados no eran partícipes, y de intercambiar regalos con ellos.

En la celda comienza la tortura del magistrado. Primero, se le aplica una tortura sutil. Encerrado en un cuarto oscuro, esperando las horas de comida, en condiciones insanas e incommunicado (Coetzee, 2006, p. 120). De vez en cuando puede salir al patio aunque está prohibido hablarle. Después, cuando intenta defender a unos bárbaros que se han aprisionado, se le da una paliza y se lo devuelve a su celda. Sus torturas irán en aumento para la diversión de un suboficial que también viene del Tercer Departamento, quien le aplicará una serie de torturas corporales que lo harán sentir los dolores más intensos. Primero, lo deja sin comer, luego, lo sacan al patio desnudo para que corra o salte una cuerda mientras lo fustiga con un bastón (Coetzee, 2006, p. 171).

Posteriormente, lo lleva hasta un árbol del que cuelga una cuerda. Lo atora por el cuello con ayuda de algunos soldados y niños del pueblo y le tapa la cabeza con un saco. Tiene las manos atadas a la espalda. Ponen una escalera frente a él. Le hacen subir mientras tensan la cuerda que le sirve de sostén. Ya arriba, dejan la cuerda tensa de tal manera que empieza a asfixiarlo y pierde el sentido. Luego, le atan las cuerda a las manos y lo suspenden en el aire para columpiarlo. El magistrado es reducido a un “animal hambriento” que queda como testiminio de todo aquel que es empatiza con la animalidad de los bárbaros (Coetzee, 2006. P. 180). Otra de las características del suplicio es que el crimen del acusado puede ser publicado ante los otros. Esto pone en juego que la tortura puede ser privada o pública². En el caso de la descripción anterior, el magistrado sufre una tortura privada dentro de celda, en la que de manera sutil se le tortura. La rutina, la falta de luz y la incomunicación reducen su humanidad a la animalidad. Sin embargo, su tortura también es pública cuando es atado a un árbol a la vista de cualquiera.

Un caso extremo del espectáculo de la tortura se logra ver cuando unos bárbaros recién apresados se exhibe en la plaza, dándole al pueblo no sólo el privilegio de observar su existencia sino también de ser partícipe de la tortura.

La escena es la siguiente: Llega el ejército enviado a dispersar a los bárbaros más allá de las montañas. Éstos llegan a la plaza y uno de los soldados tira de una cuerda que ata a una fila de ocho hombres que mantienen las manos en la cara. Caminan de puntitas tratando de estar lo más quietos posible pues un aro les traspasa las manos y las mejillas (Coetzee, 2006, p. 152).

El soldado pone de rodillas a los bárbaros jalando de la cuerda que oprime cada vez más la piel de los capturados. Ya de rodillas, el Coronel Joll escribe “Enemigo” en la espalda de cada uno de ellos poniendo en evidencia que cualquier cosa que se haga con ellos está justificado frente a sus “amigos”. Comienza la paliza utilizando varas de caña provocando laseraciones profundas en los prisioneros que solo se preocupan de no moverse para no sufrir más (Coetzee, 2006, p. 154-155). Al final, después de que los soldados se cansan, ofrecen las varas al público. Una chica toma una tímidamente empujada por sus amigos, golpea la nalga de uno de los prisioneros y corre de regreso a la multitud. Esto estimula el interés y el público comienza a desbordarse en el deseo de participar (Coetzee, 2006, p. 155-156).

Esta escena pone en marcha la legitimidad de dar castigo al enemigo y de hacer pública su realización. El crimen tiene testigos y debe ser legible por todos ellos legitimando su ejecución (Foucault, 2008, p. 16).El castigo a los enemigos está justificado, ya que el enemigo viola las leyes soberanas y es preciso restablecerlas. Que el acto sea público demuestra el poder del que ha sido ofendido. La reparación de la falta se tiene que imputar mediante el suplicio del enemigo, el que mediante su sufrimiento demuestra ser inferior frente el dominio omnipotente de poder soberano. En este sentido, lo que se busca no es que el castigo al enemigo sea un ejemplo para los demás, sino que sea la demostración del poder soberano ilimitado que triunfa por encima de cualquiera que se atreva a violentar el orden establecido mediante la ley.

El personaje principal del suplicio no es el acusado sino el pueblo. Es espectador, cómplice y testigo de que el crimen sea castigado. “Ser testigo es un derecho que el pueblo reivindica” (Foucault, 2008, p. 63). El pueblo comprueba el suplicio y tiene derecho a formar parte de él. Puede insultar y hasta torturar también al acusado, pero con ciertas limitaciones pues el pueblo en júbilo puede acrecentar su violencia hasta asesinar al acusado³. En el suplicio, el castigo termina demostrando que el poder de castigar a aquellos que han violado la norma establecida, se legitima al mismo tiempo en que se ejecuta.

De este modo, mediante el recorrido hecho hasta aquí se ha puesto en evidencia la forma en que se justifica la tortura. La seguridad nacional es el pretexto para poner en marcha sus mecanismos. Por un lado, el tormento que se le causa al otro en el cuerpo sirve como medio para conseguir la verdad de la traición o amenaza que lanza contra la nación –en el caso de la novela contra el Imperio– y, por otro, sirve como castigo infligido contra aquel que pone en peligro o violenta la seguridad de una comunidad –en la novela, el bárbaro violenta la seguridad del Imperio.

Cabe señalar que la tortura se puede llevar a cabo como método preventivo, pues en los casos descritos en la novela de Coetzee nunca aparece explícitamente la organización de los bárbaros contra el Imperio y, sin embargo, se tortura a algunos de ellos para provocar temor, para aterrorizarlos, con el fin de que sea noticia el poder que tiene el Imperio de eliminar al enemigo que lo provoque.

Notas

[1] Defijinido como “[…]sentido de grandeza, gloria, honor y sentimiento de conexión [que otorga la nación] con algún estado último de las cosas. Brinda sentimientos de lealtad trascendental y agradecimiento, que de otra forma estarían ausentes en sus vidas. Para los miembros de las “grandes” naciones, da un sentido de participación (tan humilde como esta sea) en el poder y la gloria del país.” (Cocco,2003), p. 40)

[2] La tortura en los estados modernos, a diferencia de los escrito por Foucault se convierten en ejecuciones secretas, implementadas dentro de la prisión. El tipo de tortura no es el mismo, sin embargo, se logra mediante el calabozo, la oscuridad, los espacios estrechos en los que el acusado debe hacer sus necesidades y olerlas todo eltiempo,la falta de aire corriente o la luz excesiva que no permite al acusado dormir ,son mecanismos de tormento que reducen al individuo castigado a cuerpo indolente, cadáver vivo.

[3]Sin embargo, nos dice Foucault que la presencia del pueblo ante el suplicio se puede tornar también en favor del acusado y usar su violencia para impedir que se juzgue por lo que consideran injusto. (Foucault, 2008, p. 64-65).

Bibliografía

Anderson, Benedict (2007). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Traducción de Eduardo L. Suárez, FCE, México.

Cartoriadis, Cornelius (junio de 2009).“Poder, política, autonomía”. Traducción de Silvia Pasternac. http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras18/textos1/sec_1.html

Cocco, Madeline (2003). La identidad en tiempos de globalización. Comunidades imaginadas, representaciones colectivas y comunicación. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, San José, http://www.flacso.or.cr/fijileadmin/documentos/FLACSO/Cuaderno129.pdf

Coetzee, J.M. (2006). Esperando a los bárbaros. Traducción de Concha Millena y Luis Martínez Victorio, Debolsillo, México.

Egaña Rojas, Daniel (junio de 2009). Narraciones de la tortura. Su representación en tres textos dramáticos. http://www.cybertesis.cl/tesis/uchile/2005/egana_d/sources/egana_d.pdf

Foucault, Michel (2008). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Traducción de Aurelio Garzón del Camino, Siglo XXI, México.

Lapouyade, Maria Noel (1988). Filosofía de la imaginación. Siglo XXI, México.

Imagen | Wikipedia

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por Erika Tellez

Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anahuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

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