Los discursos proliferan sin cesar a través de las redes sociales y de todos los medios de difusión que existen, pero, ¿cuál es el grado de análisis y reflexión al que los sometemos?

El consumo como forma primordial de relación entre las personas en el sistema capitalista llegó a una etapa superior. El filósofo francés Felix Guattari ya nos advertía en su época:

La maquinaria capitalista está inserta en el funcionamiento básico de las conductas perceptivas, sensitivas, afectivas, cognitivas, lingüísticas, etc., por lo que su faceta desterritorializada o “invisible” es, sin duda, la más temible y la más eficaz” (…) los individuos están “equipados” con formas de percepción o de normalización del deseo, al igual que las fábricas, las escuelas y los territorios.

(Guattari, La Revolución Molecular, p.104)

Actualmente, de la mano de las redes sociales (principalmente) se nos permite consumir distintos discursos que se inmiscuyen en nuestra forma de percibir, sentir o amar de manera casi invisible. Aquí los distintos influencers juegan su parte como nuevos modelos a seguir en cuanto conductas emocionales “apropiadas” en el marco de las normas establecidas por el sistema capitalista. Pero, paremos un segundo.

Alguien podría argüir con mucha razón que siempre hubo discursos que de una u otra manera se trataban de insertar en lo más profundo de nuestra subjetividad. ¿Acaso el discurso del amor burgués no era, entre otras cosas, un intento de establecer como debían sentirse hombres y mujeres en una relación binaria con roles preestablecidos? Sí, seguramente sí. Pero en el presente asistimos a una proliferación incesante de discursos de “corrección emocional” que nos ofrecen formas puntuales de reaccionar ante situaciones estereotipadas y específicas, tanto en el amor, como en la amistad, como en cada situación social del día a día. Su consumo es diario y nos sigue a todos los lugares donde tengamos señal en nuestro celular.

Esto, además, cumple la función de “vigilancia miniaturizada” que Guattari veía ya venir en sus tiempos:

Dentro de poco, cualquiera de nosotros se habrá convertido en su propio instrumento miniaturizado de autorrepresión, su propia escuela, su propio ejército. El superyó estará en todas partes.

(Guattari, La Revolución Molecular, p.272)

Estos dispositivos que habilitan redes sociales pueden ser una pequeña parte de un “conductismo generalizado” que busca dar respuestas normalizadas que no hagan mella ni cuestionen los comportamientos sociales en su conjunto. ¿Cómo ser una buena pareja para tu compañerx? ¿Cómo actuar cuando tu jefe está mirando? ¿Cómo bailar cuando estás en un sitio público? Es un intento de renunciar a la pregunta. Ya no es el “qué” el que está en juego, sino múltiples “cómos” que quieren dar respuestas puntuales en forma de modos de comportamientos “adecuados” y rápidamente consumibles.

¿Adecuados a qué? Al sistema de producción imperante. Ante todos los discursos, ante todas las formas controladas de enfrentarse a las situaciones estresantes que ofrece la vida social, política y cultural en este sistema, podemos recurrir a determinados “tipos” de personas que traen consigo determinado tipo de respuestas (siempre considerando aquellas claves sociales de moda: inteligencia emocional, emprendedurismo, psicologismo, etc.). Determinadas claves sociales se respetarán por un tiempo, otras irán siendo modificadas: lo importante es que estamos llegando a un punto álgido de la vida social capitalista: el consumo de personas.

Dicha problemática trae consigo lo mismo que pasa con cualquier tipo de producto: se usa un tiempo, mientras los “tipos de personas” (influencers, intelectuales, progresistas, cantantes, etc.) y los discursos hegemónicos sigan llevándose bien, luego se los hace a un lado. Después, se pasa a otra cosa, o a otra persona (la distinción se iría haciendo irreconocible). Es la lógica propia que se impone desde el establishment: recibir estímulos y generar reacciones que resuelvan problemas (propio del “conductismo generalizado” del que hablábamos antes).

Por otro lado, de esta forma estamos entretenidos en un marco provisto por personas como objetos de consumo que, a su vez, traen objetos y paisajes cosificados que se pueden consumir también (pensemos en las personas comprando bebidas caras en los boliches o discotecas, ofreciéndose junto a sus “looks” como objetos ideales para el consumo instantáneo; o a las “grandes experiencias” que se venden por redes sociales donde conocer gente y paisajes forman una conjunción mercantilizada por un aparato de marketing manejado a conveniencia).

Aunque hay que decir que acá la persona y su imagen funcionan como una mera carnada. Unos mechones rubios o un maquillaje top en un rostro hegemónico solo cumplen la función de “hacer pasar” como consumibles el o los discursos involucrados; Guattari los llamaba “rasgos de rostridad1” y les otorgaba importancia:

Hemos llegado a considerar, en efecto, que realidades en apariencia tan inasibles, tan fugitivas, tan “subjetivas” como expresiones del rostro, rasgos de rostridad, en la medida en que son “trabajadas” por máquinas de equipamiento colectivo, no constituyen simples modos de revestimiento del discurso, sino componentes semióticas fundamentales de los sistemas capitalísticos.

(F. Guattari, Líneas de fuga, p.79)

Lo verdaderamente central es la trasmisión misma de discursos que opera constantemente de forma totalmente naturalizada. De la mano del entretenimiento, que es una de las armas más poderosas que puede usar el sistema para construir nuestra subjetividad, y de estas personas-carnada, que funcionan como imanes de masas.

Pero al fin y al cabo la pregunta concreta que puede definir nuestro accionar es: ¿qué podemos hacer al respecto?

Nos guste o no, nos sintamos a gusto o no en este tipo de dinámica instantánea que nos inunda de discursos, queda en evidencia que llegó para quedarse. Propongo tomarla en serio y tratar de inclinar la balanza a nuestro favor. Podemos intentar seguir construyendo espacios donde la reflexión y el pensamiento, la discusión y el disenso, el respeto y las ideas sigan funcionando como base de nuestros discursos (y no el consumo automático de los mismos). Debemos tomar las herramientas que tenemos a nuestra disposición y promover espacios que salgan, dentro de lo posible, del consumo exacerbado al que estamos ya demasiado acostumbrados.

Eso no quiere decir que las redes sociales no puedan ser aprovechadas para la reflexión profunda, pero deben de ser trastocadas por todxs nosotrxs. Podemos apuntar a crear más espacios donde proliferen diversos medios de expresión “abiertos” en donde realmente haya un ida y vuelta que permita una verdadera interacción comunitaria. Por supuesto, también sería interesante abrir espacios presenciales donde puedan fortalecerse los lazos entre las personas. Ambas posibilidades y otras más no son mutuamente excluyentes entre sí.

Creo que la Filosofía, como modo de vida, puede aportar a esa causa.

Notas

[1] Guattari, F. (2014). Líneas de fuga: Por otro mundo posible (1.a ed.). Cactus.

Bibliografía

Guattari, F. (2017b). La revolución molecular (Primera edición). Errata Naturae Editores.

Guattari, F. (2014). Líneas de fuga: Por otro mundo posible (1.a ed.). Cactus.

Imagen | Cortesía de Ramiro Pelosi

Artículo de:

Sacha Molinero Dávila (autor invitado):
Argentino. Estudiante de Filosofía y amante de la misma en todas sus manifestaciones.

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por autores invitados

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