La filosofía mecanicista tuvo su comienzo en el siglo XVII, aunque su paradigma dominante siguió hasta principios del siglo XIX. De esta manera, se seguirá los pasos abiertos por el renacimiento, en una búsqueda de un conocimiento exacto y estable de la naturaleza, mediante la apuesta a la matematización de su estructura interna; y así como Leonardo Da Vinci (artísticamente) y Galileo (teóricamente) lo hicieron, se encuentra en la matemática, un modelo estable que escapa a toda duda y permite agenciar su control, predicción y dominio de la naturaleza.

Siguiendo con el mecanicismo, existía la concepción de que el mundo funcionaba como una gran máquina, en donde sus piezas y componentes interactuaban sobre la base de leyes determinísticas. Por ende, esta concepción sostiene que la mayoría de los fenómenos son producto de la operación de mecanismos que pueden ser explicadas por leyes de movimiento, siendo conocida en física como dinámica. En efecto, esta filosofía se enfoca en dos principios que son la materia y el movimiento local; así toma la realidad como cuerpos en movimiento.

El principal exponente de esta filosofía fue René Descartes, filósofo francés, quien sentía desconfianza por los saberes recibidos. Para él, se tenía que indagar la verdad, ya que no se podía saber que es cierto, entre el sueño y la vigilia. Aunque de algo estaba seguro: si yo pienso, luego soy. De esta manera, es vital estar despierto para saber qué es real y hallar la verdad.

Rechazó a la escolástica y sus silogismos para enfocarse en lo recién mencionado, y en que el hombre se divide en res cogitans y res extensa. El primero es el alma espiritual, que es lo primero dado al conocimiento del hombre. Este no consiste en otra cosa que el pensamiento, ya que es conciencia, que cuenta con estados activos, que son las formas de la voluntad, y pasivos, que son sensaciones y conocimientos, es decir, representaciones. Por otro lado, la res extensa, queda reducida a una mera extensión material. Así, Descartes entiende al cuerpo como todo lo que puede ser limitado por alguna figura y circunscrito por algún lugar y llenar un espacio.

Descartes concibe que existen ideas innatas, las cuales son de origen geométrico-matemático, siendo por antonomasia claras y distintas. Por ende, el hombre ya las trae consigo en su mente antes de cualquier experiencia o percepción del mundo. De esta manera, cuando explica lo innato que está en nuestra mente, quiere decir que la experiencia empírica no puede justificar ciertos contenidos mentales y que si los tenemos es porque descansan en la propia naturaleza de nuestra mente. Pertecen a ellas el alma y el cuerpo, o, mejor dicho, la res cogitans y res extensa, ya explicadas anteriormente. Y la más vital de todas es la res infinta, que es Dios, que es garante de toda verdad, junto a la posibilidad de la cancelación del solipsismo, es decir, que cancela la hipótesis del genio maligno, que postulaba que Dios nos obliga a engañarnos sistemáticamente y tengo que ser para que no me pueda engañar. Al cancelar esta hipótesis, la res infinita vuelve a brindar confiabilidad a los sentidos. A su vez, la mayoría de las ideas innatas son colocadas por Dios en la mente del hombre.

Por otro lado, se encuentran las ideas adventicias que son aquellas que nacen de la experiencia sensible, luego las ideas facticias que surgen de la combinación de más de una idea.

Algo vital dentro de la filosofía cartesiana es que dentro de una de sus mejores obras, Discurso del método, va a enunciar las cuatro reglas para poder conocer. En primer lugar, no hay que admitir como verdadera ninguna cosa, así se evita la precipitación. Se debe comprender lo que en los juicios aparece clara y distintamente al espíritu, así no habría ninguna ocasión de ponerlo en duda. En segundo punto, se debe dividir cada una de las dificultades, examinarlas en todas las partes posibles y en cuantas requiriese su mejor solución. En tercera parte, en forma ordenada, conducir los pensamientos, comenzando por los objetos más simples y fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, hasta llegar a los conocimientos más difíciles. Y finalmente, en cuarto sitio, hacer una revisión general y comprobación hasta obtener la seguridad de que no se descartó nada.

Teniendo en cuenta lo recién mencionado, estas cuatro reglas del conocer serán utilizadas por la ciencia empírica para consagrar su forma, la cual consiste en conseguir el conocimiento a través de la experiencia. En efecto, la experiencia será la encargada de determinar si algo es válido o no.  Por ende, a través de los sentidos, en la única vía por la cual el hombre puede conocer y no a través del racionalismo de Descartes. Pero, lo más paradójico de todo es que a pesar de ir por vertientes totalmente diferentes, los empiristas tomaran las cuatro reglas del método cartesiano para poder conocer a través de los sentidos.

El principal exponente de la ciencia empírica y del empirismo es Francis Bacon, quien es el padre del mismo, postula que el principio de todo conocimiento es la observación de la naturaleza y que el espíritu trata de conocerla. Y la finalidad de la ciencia es dominar la naturaleza, pero anteriormente se debe obedecerla antes que dominarla.

Para finalizar, no hay que olvidar mencionar, que Descartes pone en primer lugar a la razón sobre el intelecto, de esta manera hay un dominio y control de la razón calculadora. Y que Dios es el sostén del sistema cartesiano, ya que la perfección del mundo seguramente remite a un ser divino, en este caso Dios.

Bibliografía

Discurso del Método, Descartes, Editorial Gredos, 2011

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Sol Maria Catolino Carísimo (autora invitada):
De Buenos Aires, Argentina. Profesora de filosofía egresada del instituto Pbro. A. M. Sáenz y lic. en filosofía en la UCALP de la ciudad de la Plata.

Cite este artículo: Catolino, S. (2022, 05 de septiembre). Descartes y el Mecanicismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/09/descartes-y-el-mecanicismo/
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