Pudiera parecer irónico que en mi posición de CEO de Filosofía en la Red, plataforma que entre sus pilares tiene los conceptos de virtualidad y pluralidad, te hable de la no virtualidad. Incluso, hace algún tiempo reflexionaba y alentaba a lo real de las relaciones digitales. Al cómo estas crean un lazo que existe y que es tan “real” como el que tenemos con una persona con la que convivimos todos los días, lado a lado. Pero, hoy, y sin renunciar a lo anterior, te puedo asegurar que odio la virtualidad.

Deja te lo explico.

La relación que tengo con lo virtual es más un vínculo de esos de amor-odio. Si bien, por un lado, reconozco que una videollamada puede permitirnos estar –de alguna manera– con alguien al otro lado del mundo, al mismo tiempo, seguimos estando lejos. Y no, ningún dichoso metaverso podrá remediar esto. Por más que podamos “sentir” a alguien con un hipotético futuro traje texturizado, en realidad, no estamos con esa persona. O al menos, no estamos en nuestra totalidad.

Y aquí podría entrar mi primera tesis: lo virtual es real. Sí, es confuso. Claro que por un mensaje de texto puedo estar con alguien, puedo reírme, puedo tontear, podemos incluso tener un código secreto de emojis o palabras tontas, pero al mismo tiempo, no estoy ahí. No puedo abrazarle, no puedo tomarle la mano, no puedo mirarme en sus ojos, no puedo sentir su presencia.

También, y retomando los pilares de Filosofía en la Red, gracias a lo virtual somos plurales, diversos. Gracias a que existimos en un mundo hiperconectado, puedes leer a autoras y autores de todo el mundo. Ha sido mediante la tecnología que he podido convivir con personas de, por mencionar algunos países, España, Argentina e incluso de puntos tan distantes como Hong Kong. Sin esta virtualidad que odio, no les conocería, no podría mandarles un mensaje de texto para saludarlos y platicar con ellas y ellos con una naturalidad que no deja de sorprenderme. Pero, así como estoy cerca, estoy lejos.

Y lo odio.

De las cosas “curiosas” (por no llamarle buenas, porque una ola de muertes nunca tendrá nada bueno) que dejó la pandemia de COVID-19, fue que descubrimos no a Zoom, sino lo clave que son las relaciones humanas. Entendimos que un cumpleaños no sabe igual si es un Zoompleaños1, o que salir con nuestros amigos es más apasionante que maratonear una serie en Netflix usando Teleparty. Necesitamos tocar, ser tocados, necesitamos que el otro, o la otra, nos interpele y nos diga a la cara, o que nos quiere, o que nos odia, pero que nos diga algo. Necesitamos escuchar su voz de viva voz, no por medio de un dispositivo electrónico.

El encuentro es vital. Es indispensable. No solo porque con el se rompe el velo digital, y porque con ello se le pone una cara a la otra persona, sino porque se conecta con ella. Explico. No es que lo virtual no nos permita conectar con alguien. Podemos tener grandes vínculos virtuales (por ponerles un mote) y estas relaciones puede ser auténticas, transparentes, sinceras. Y nuestra conducta con ellos puede ser espontánea, natural. Soy de los piensa que hay cosas que no se pueden fingir, incluso por videollamada o texto. Hay momentos en una relación virtual en la que te acostumbras tanto a esa persona, que tu forma de ser con ella es tal cual eres, sin filtros, sin máscaras.

Pero aún con eso, la relación no sabe igual. Y no sabe porque no está a tu lado. Énfasis en eso: no es que no sea real, no es que sea una relación de menor jerarquía o categoría. No es que quién está frente a la pantalla no tenga el mismo valor que quién está a tu lado en persona. Pero, así como está y es real, al mismo tiempo no está y no es real.

¿Confuso? Desde luego. ¿Qué relación humana no lo es? Y este tipo de vínculos lo son más. Y tal vez, por esa complejidad, es que el encuentro, en persona, es tan medular. Cuando una relación se detona iniciando de lo virtual, conjugan muchísimos elementos, entre ellos ¿la incredulidad? Esto último lo tomo con pinzas, pero es que por más o menos contactos internacionales que tengas, siempre hay una pequeña parte de ti que no deja de sorprenderse de que puedas estar interactuando, en tiempo real, con alguien que está a cientos de kilómetros de ti. Y por más cercano, o cercana que te llegues a sentir, siempre está esa sensación de ¿es real?, que nunca deja tu cabeza.

Poder vincularte con personas tan distantes y diferentes, pero con quiénes logras un clic especial: esa es la magia de lo virtual. ¿Irónico, no? Como te digo, no es que lo virtual sea malo o irreal, pero es que, al mismo tiempo, necesitamos odiarla para brincar ese charco que le quite lo virtual a esas relaciones.

Notas

[1] Justícia, A. (2021, 30 enero). Del coronaskam al zoompleaños: el diccionario de la pandemia. La Vanguardia. https://www.lavanguardia.com/cultura/culturas/20210130/6207320/pandemia-covid-diccionario.html

Imagen | Unsplash

Cite este artículo: García, M. (2022, 04 de septiembre). Oda a la no virtualidad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/09/oda-a-la-no-virtualidad
#cara a cara, #presencialidad, #virtual

por Miguel Ángel

ceo de filosofía en la red, drando. en Filosofía, mtro. filosofía y valores, lic. en psicología organizacional, PTB en enfermería; catedrático de licenciatura en la Universidad Santander (México)

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