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En los límites de lo estético: un abordaje de la estetitazión a partir de la filosofía del lenguaje

La estetización es un fenómeno de corta tradición histórica que podría ubicarse desde la industrialización y la producción en masa que dio lugar a los sistemas capitalistas. Hablar de estetización no es hablar de consideraciones inmediatas aplicadas a objetos aleatorios, sino de procesos necesariamente complejos que se elaboran progresivamente sobre objetos cuyas posibilidades y capacidades permiten alojarlos como tal. La composición del objeto de la estetización permite la construcción de ciertas categorías que, en principio, parecieran contingentes al mismo objeto, incluso contrarias; aparece como la construcción de una categoría que anteriormente no le era constitutiva. El requisito primordial es la adecuación del lenguaje. El objetivo de este trabajo es reconocer el papel fundamental que juega el uso del lenguaje en la estetización de objetos en el mundo (el mismo mundo puede ser estetizado) de manera que se podría suponer que las categorías estéticas, cuyo principio apriorístico podría debatirse, dependen de la adaptabilidad del objeto a estas y viceversa. Con lo anterior se comprenderá cómo es posible construir categorías alrededor de objetos o acontecimientos que por sí mismos parecerían despojados de cualquier posibilidad estética: por ejemplo, la violencia, el dolor, el sufrimiento, etc. Para esto, primeramente se enmarcará la teoría que permite comprender cómo las teorías del lenguaje resuelven el asunto de la aprehensión de los objetos a partir de su captación como signos; y, posteriormente, se verá, a grandes rasgos, cómo opera la estetización de los objetos en el mundo, puesto que el signo lingüístico convierte a toda persona en lector, la estetización podría ser concretamente una lectura y recomposición del signo.

Finalmente, se abordará el tema del lenguaje como herramienta y límite mismo de la estetización.

El lenguaje: la ciencia
que contiene al mundo

El signo es revolucionario, pozo sin fondo, fuente de la eterna significación; para los francófonos y los anglosajones; en el siglo XIX o en el siglo XX, o antes, o después. La capacidad de significar tiene que ver con la realidad y con el sujeto situado en ella. Todo es signo y, en consecuencia, el homo lectoris no hace otra cosa más que leer, ya decía el buen amigo Barthes. Y, como todo es potencialmente legible, las personas nos hallamos condenados a enfrentar a los signos, desde donde nace el sol hasta el ocaso. Es signo el espacio cotidiano: la puerta, la mesa, la calle, el supermercado, los productos, la ropa. Inevitable y conscientemente, vamos hallando los significados que nos permitan avanzar en el transcurso de la vida cotidiana. Nos detenemos en la calle antes que morir atropellados; levantamos la mano, el dedo, chiflamos, gritamos, para no perder el transporte que nos llevará a nuestro destino; corremos queriendo ganarles a los relojes que, traicioneros, evidenciarán que hoy nos levantamos más tarde de lo que debíamos. Son signo el cuerpo y la mano y el lápiz; es signo la mano que escribe un poema; es signo el poema escrito;
es signo el poema enunciado. La hoja en blanco y el silencio también son signos.

Los planteamientos de Saussure, Barthes, Hjelmslev, Pierce y Morris hacen, cada uno en su espacio y en su tiempo, una lectura más o menos compleja del signo en sí mismo. Deshilvanan y matizan, extienden y acotan conceptos o perspectivas. Lo que hacen ante todo es leer. Adelaida Nieto poetiza el ejercicio lector y lo reconoce como:

Un arte que requiere que mientras desciframos la palabra escrita vamos reescribiendo nuevos paradigmas y nuevos sentidos que nos transforman y transforman la vida1.

Desde la teoría del signo lingüístico hasta las teorías de los signos; semántica, semiología o semiótica; dialéctica, gramática o retórica; todo es un arte que requiere que mientras desciframos la palabra escrita vamos reescribiendo nuevos paradigmas y nuevos sentidos que nos transforman y transforman la vida. signo y en todo está el signo. Quizás nuestra tarea a partir de ahora es descubrir cómo este nos hace relacionarnos con el mundo, ya sea que lo ampliemos o lo descompongamos en partes.

Hagamos un ejercicio semiótico breve. “Lapidación pública” dice un titular; “hace 24 años, la cantante hizo lo impensable” reza otro más; “recibió la condena pública más grande” se lee en un encabezado. Los tres extractos anteriores se refieren a un mismo acontecimiento. Aislados como aparecen, podrían no decir lo suficiente y, de manera tan amplia, que el ejercicio de decodificación y significación se torna complicado. Si, en cambio, menciono los siguientes elementos: cantante, fotografía, sumo pontífice, romper, televisión, referidos al mismo acontecimiento, parece que estos, aunque más simples, reconstruyen el suceso con mayor claridad. Aún más: si escribo Sinéad O’Connor, sucederá que las conexiones entre elementos se realicen con mayor celeridad y claridad. La semiótica de Morris, el proyecto de dar rigor científico al análisis de los signos y sus relaciones complejas, permite analizar cómo se construye en determinado nivel el acto de la cantante en televisión internacional, en sus partes y vínculos.

En otro nivel, es una herramienta científica para analizar el suceso como un signo en relación con otros conjuntos de signos, de manera que pueda ser interpretado y resignificado. Si todo puede ser signo y, a su vez, este guarda relaciones con otros elementos en distintos niveles, la semiótica viene a estudiar el entramado en la medida en que participan del proceso de la semiosis. En sus derivaciones semántica, pragmática y sintáctica, la semiótica posee los elementos para entrar en los procesos funcionales de la semiosis a nivel microscópico (valga la analogía con la investigación científica).

Ya sea que nos encontremos con una marca comercial, con una obra artística o un correo electrónico, la semiótica provee un metalenguaje especializado suficiente para discutir cualquier situación sígnica, dentro de un análisis tridimensional en diferente niveles. La semiótica podría ayudar a comprender el signo realizado por Sinéad O’Connor, a maniobrar antes de llegar a la condena o lapidación pública. Wittgenstein introduce el concepto de “enseñanza ostensiva”, referido al hecho de que en la práctica del uso del lenguaje, un hablante pronuncia las palabras, mientras que una segunda parte, el receptor del mensaje, actúa en consecuencia. Este proceso ilustra concretamente el proceso de obtención del lenguaje. Los juegos de lenguaje son la parte sustancial de este proceso, manifestando la interrelación entre acciones y signos. El lenguaje, según Wittgenstein, requiere una ampliación a través de conexiones que afinen el sentido específico que quiere darse a una enunciación. Al final, explica el autor, el aprendizaje del lenguaje resulta del aprendizaje de este, cuyo uso recae en la designación; este proceso es ejemplificado en la adquisición del lenguaje por los niños.

Estetización y lenguaje:
una manera de enunciar el mundo

Los objetos del mundo son objetos enunciados: existen en tanto que pueden ser nombrados. Esta caracterización metafísica se traslada también al ámbito de lo estético: los objetos bellos lo son en tanto que el lenguaje logra apropiarse de ellos. Este proceso de apropiación del objeto infunde sobre él notas esenciales que, posteriormente, podrán comprenderse como condiciones necesarias para hablar de él como objeto estético. Lo que para Kant se dibujaba como categorías apriorísticas resulta ser un ejercicio de adecuación, pues, como veremos, ciertos objetos en el mundo pueden estetizarse sin que ello implique una inspección esencialista de los atributos que, como en cualquier otro objeto estético ya concebido, se han revisado. La estetización como lugar de enunciación del mundo tiene una tradición relativamente corta y permite comprender una parte de los fenómenos culturales actuales. La categoría de la estetización está aún en construcción y, en consecuencia, es posible que nos encontremos con un concepto polivalente o ambiguo.

El problema con esto es, por un lado, que, sin incorporarse todavía a un uso común, su circunscripción al ámbito teórico académico se enfrenta a la dificultad de utilizarlo en ámbitos que parecen dispares entre sí; por otro, que nos encontramos frente a una categoría que se ha cargado de calificaciones morales, pudiendo en ocasiones implicar acepciones despectivas en su uso. Pese a todo, parece que hay cierto contenido del término que se conserva con neutralidad: la estetización es un fenómeno en el que se puede asumir que cualquier objeto puede ser bello o puede provocar una experiencia estética, si se le dan los valores adecuados para que esto suceda así.

Como se ve, el proceso de estetizar el mundo ha trascendido el campo de lo convencionalmente estético; mientras que durante un largo período de tiempo, en diferentes épocas, parecía reservado al área de la expresión artística y del mundo natural, en la actualidad es aplicable a todo lo que pueda ser enunciado como tal, incluyendo dentro de sí elementos como productos de mercado, acontecimientos o emociones. Esto ocurre con mayor fuerza a partir de la segunda mitad del siglo XX, cuando el arte institucionalizado se filtra a objetos y actividades culturales que en principio parecerían estar detrás del cerco de la estética, como, por ejemplo, el cuerpo, la tecnificación de los medios de comunicación y la superación de los estándares de belleza en objetos de uso cotidiano como automóviles, telefonía, electrodomésticos y viviendas.

La estetización implica que se incorpora el término “estética” con mayor soltura y en sustitución de otras categorías como “bello”, “sublime”, “hermoso”. Esta transposición del lenguaje ha llegado a los límites de la saturación, de manera que la asignación de la categoría se realiza a tantos objetos como le sea posible, sin que sea necesario encontrar rasgos esencialistas o apriorísticos que justifiquen su uso. La estandarización de los caracteres desborda el proceso y lo traslada a esferas regidas por normas que no contenían nociones estéticas. Cabot explica que el individuo realiza juegos de lenguaje orientado mayormente por la apariencia, puesto que la realidad se compone de múltiples dimensiones entre las cuales transitan nuestros actos y procesos de pensamiento. Tal parece que el lenguaje deja de lado su capacidad de captar las esencialidades.

Estetizar la realidad es una operación mediante la cual una descripción designa a un objeto. Para Wittgenstein, decir que “toda palabra del lenguaje designa algo” es una acción inacabada, que no dice nada, pues requiere hacer ciertas distinciones que vaya más allá de la asimilación de las expresiones. La designación, así, se aplica cuando el signo está sobre el objeto designado.

El lenguaje y el desprendimiento
de la esencialidad

Farakh Boswel, arqueólogo y museógrafo reconocido por importantes trabajos de búsqueda, conservación y exhibición de piezas, era identificado, además, por la ironía en la exposición de los resultados de sus investigaciones. Habiendo trabajado ya para grandes instituciones culturales y religiosas durante las décadas de los treintas a los cincuentas, un día concedió una modesta entrevista a un diario poco más que desconocido en un barrio silencioso de Estambul. Al ser cuestionado sobre las más recientes excavaciones en el patio de una cárcel que, al parecer, descansaba sobre las ruinas de un asentamiento griego del siglo II a. de N.E. (declarado así por cierta cantidad de artefactos muy parecidos a los hallados en las faldas de un monte en Limanaki y Pikermi), el profesor Boswel mantenía una actitud de marcado hermetismo. A decir del entrevistador, hablar con una roca hubiera resultado más fructífero. Sucedió que brotó una pregunta sobre la veracidad en las declaraciones que se hacían sobre los hallazgos; la poca paciencia del profesor pareció agotarse y, frente a una cámara televisiva que registraba aquel instante, tan incómodo como revelador, declaró lo siguiente:

Ese mundo ya no existe; todo lo que ustedes y sus televidentes sabrán será lo que yo les diga que fue

El comentario del profesor Boswel guarda una complicidad con aquella manoseada frase extraída de El Principito que pronuncia: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Sin embargo, la afortunada declaración del arqueólogo agrega, todavía, una característica más al ejercicio de la percepción de las esencias: son enunciadas a los ojos – si se me permite hacer una sinécdoque de los sentidos-. Intentar reconocer la esencia de las cosas es una travesía ya bastante complejizada. C.S. Lewis trazó la invisibilidad como una solución escapista, funcional y suficiente para su planteamiento literario, al problema de la esencialidad. Boswel, en cambio, lo soluciona con el ejercicio de la enunciación: lo esencial es lo que se puede nombrar como tal; la verdad sobre sus excavaciones es lo que, después de unas comparaciones e interpretaciones sustentadas por un método adecuado a tal oficio, será dicho en un discurso convencionalmente aceptado. Si la esencia es invisible, tejiendo entre Lewis y Boswel, es decir, si no puede ser nombrada, es ilegible, imposible conocerla. En el terreno de los hechos, sustancias y propiedades, el lenguaje aparece como el cerco que delimita el campo en que se resuelven las abstracciones.

Wittgenstein apunta que el mundo se puede conocer por las proposiciones; este conocimiento se da a través de un análisis que reduzca las proposiciones complejas en otras más simples. El proceso hace que el mundo se vuelva formalidad abstracta, representando un posible estado de cosas; posteriormente, pierde su carácter de indiferenciado al objetivar el contenido abstracto y verlo realizado en lo concreto, dado en la realidad. Una perspectiva simplista, como la que critica Saussure, presupone que hay unas ideas que anteceden siempre a las palabras: las esencias. Estas, con todo y las particularidades metafísicas que complejizan su comprensión, son signos lingüísticos que se encuadran en el campo de lo enunciable, lo que implica que los términos utilizados para abstraerlas, clasificarlas o simplemente nombrarlas, son lógicos; según Wittgenstein, este encuadre tendrá sentido únicamente en la comprobación de que el hecho está dado, mientras la enunciación se vuelva verdadera. Conectando con Saussure, la abstracción primera, por la que conocemos la esencia, es el reconocimiento de la huella lógica que da testimonio abstracto del signo, en una proyección del pensamiento y de su representación en la realidad y sus explicaciones materiales particulares, que traza una forma común entre mundo y proposición.

En palabras de Wittgenstein, el pensamiento se manifiesta a través de la manipulación de símbolos, cuyas reglas se establecen apriorísticamente. Barthes se preguntaba, como nosotros, cómo es posible que un cuerpo se pegue a una idea o que una idea se pegue a un cuerpo. Una respuesta apela al atomismo lógico, en el que Wittgenstein da cuenta de cómo los elementos últimos de la realidad actúan en el espacio lógico, atendiendo como a un ámbito en el que los objetos simples se combinan para dar lugar a los hechos atómicos. De esta manera aparece lo que llama “el mundo que acaece”, los hechos como estado de existencia de las cosas.

En cuanto a los niveles en que se puede conocer, Wittgenstein apunta hacia un proceso que inicia con el conocimiento de las cualidades internas de los objetos. Sin embargo, este es limitado e insuficiente, porque el proceso abstractivo importa un empobrecimiento respecto al contenido de la esencia de las cosas. Es por eso por lo que se necesita la lógica, que complejiza los hechos en su configuración y agota las posibilidades en que los objetos atómicos se combinan.

Barthes reconoce que lo que tienen en común todas las cosas es que son signos y la actividad de la lectura se manifiesta como un proceso de significación permanente, infinito, asimilado. Siempre leemos y leer es una actividad que involucra competencias complejas homologables, al menos parcialmente, al proceso planteado por Barthes para abstraer la esencia. En el nivel más primordial, la lectura es el reconocimiento de la palabra y sus fronteras: libro termina donde su imagen acústica o fantasma psíquico no es la representación de una cuchara o la de un objeto con características similares pero esencialmente distinto, como un cuaderno o una libreta. En el primer nivel de abstracción, se aprehende en lo más simple: la esencia del libro es separada de las características individuales del sujeto material que la contiene; así, el signo libro se representa a nivel de sus propiedades lógicas y su forma lógica, independiente de los rasgos accidentales añadidos, tales como grosor, material de que se compone, colores, tipos de tinta o papel, etc.

El segundo estadio del proceso implica que el conocimiento profundo de la sustancia exige ir más allá de la fase abstractiva, propia de la simple aprehensión. Por consiguiente, resulta necesario enriquecer el contenido de la noción adquirida confrontándola con las cosas concretas en las que se encuentra realizada. En el atomismo lógico, un mundo posible a nivel lógico se da solamente por medio de un lenguaje lógicamente posible. Wittgenstein recurre a las proposiciones como hechos en ellas mismas, pues se combinan, en un punto de vista lógico, como proposiciones que describen el mundo, en paralelo a los hechos atómicos.

Finalmente, considero prudente añadir que el esfuerzo de Wittgenstein por preguntarse sobre la posibilidad de que el lenguaje posea un significado lleva a encontrar la forma como concepto fundamental, de tal manera que el problema se instale en el campo de la lógica. Así, resulta que la forma es de terminada por la sustancia, una consideración lógica que, añade, establece la posibilidad estructural a partir de la misma forma.

Lenguaje: el cerco
de lo “estético”

Dado que el lenguaje funda categorías capaces de aprehender los objetos del mundo, crea, a su vez, un sistema referencial que sistematiza su aplicación. En tanto que las manifestaciones actuales se mueven en un mar de categorías disueltas, teorías líquidas o estáticas, la estetización se aprovecha de la tensión entre la desaparición de las grandes narrativas y la asunción de una sola narrativa hegemónica: la estética como producto de consumo. Las dinámicas del arte, la cultura y la filosofía descansan sobre una base menos definida de presupuestos ideológicos que pueden ser absorbidos por el mandato de la producción y el consumo, apenas dándoles oportunidad de conseguir referentes externos a ellos.

Wittgenstein introduce la incógnita sobre la relación entre el nombre y lo nombrado. Evidentemente, el autor sigue reconociendo la existencia de palabras que generan malentendidos al no señalar algo en absoluto, resultando así que los “nombres” lo son “en sentido inexacto, aproximativo.” Atribuye tal concepción a la tendencia a sublimar la lógica de un lenguaje. Los nombres pueden caracterizar a diferentes tipos de uso de una palabra que se emparentan entre sí de diversas formas. Podría decirse que alude a la función metalingüística, en la que la definición ostensiva de una palabra requiere de la utilización/pronunciación de otras palabras o nombres. Expresa que el proceso anterior se conecta con una idea del “nombrar” como un proceso oculto. Esta característica oculta se identifica en la extraña conexión entre la palabra y un objeto. El problema filosófico surge cuando el nombrar se revela como acto mental complejo. Explica que el nombrar es una designación de un simple: mientras el nombre se corresponda con un objeto, entonces es aceptable que exista tal nombre para tal objeto. Sin embargo, es posible que en el empleo de un signo que no tiene correspondencia con un objeto, este genere una respuesta dentro de un juego del lenguaje en el que el nombre de un objeto inexistente siga generando un proceso comunicativo cargado de significado, puesto que “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje”.

De lo anterior se deriva que la asignación de las categorías estéticas recaiga con mayor fuerza en procesos de adecuación lingüística. Los complejos juegos de lenguaje abordados por Wittgenstein, empero, son un referente para contemplar la coyuntura actual sobre deficiencias en la estetización.

Reconozcamos, para comenzar, que el lenguaje no funciona únicamente para reproducir sonidos o cualquier otro signo que evoque un objeto, sino que, además, posee cualidades performativas, ampliaciones en las conexiones, que afinan el sentido específico que quiere darse a las enunciaciones mediante la captación, asimilación y significación de estas por el receptor de un mensaje. En ese sentido, también me pregunto si el lenguaje en estos términos es realmente un fenómeno completo. Esta pregunta nos lleva a contemplar uno de los actuales problemas en cuanto a procedimientos de lenguaje y estetización.

La asimilación de categorías aparentemente inamovibles en los sistemas de estetización tiene un efecto interesante en las comunidades de hablantes: hace creer que cada actante tiene un papel fijo en el proceso de significación, de lo que se deriva una asociación de mayor funcionalidad y desarrollo de este último, generalmente, con el emisor. A medida que se ha integrado la funcionalidad enunciativa al sujeto que emite un mensaje, se construye alrededor suyo toda una consideración, más anclada a su rol social que comunicativo, que le impone en su totalidad la asignación de significados al enunciado. Esta actividad se establece apenas en una consideración esencialista del lenguaje como ejercicio de nombrar palabras, evocar. Como consecuencia, lo que a continuación se espera es que el receptor extraiga, prácticamente intacto, el significado decodificado en su formulación más primigenia, es decir, lo que comúnmente se expresa como “lo que verdaderamente quiso decir”, mediante una aparato interpretativo simplificado a estadios iniciales de lectura.

Conclusiones

El reduccionismo en el que ha caído el proceso de significación, ubicándolo esencialmente en el emisor, no es síntoma aislado del fenómeno del lenguaje, sino que se vincula estrechamente con sistemas sociales/políticos/económicos capaces de generar una focalización en el emisor, con miras a desaparecer un segundo actante y su posibilidad de interpelar al primero. Así, nos encontramos absorbidos por sistemas de estetización que se centran prioritariamente en una función enunciativa exclusivista (autores, presentadoras de televisión, contenidos multimedia en redes, plataformas de música, discursos políticos, discursos motivacionales, etc.), sistemas que apuestan por mensajes unidireccionales y, en su empresa, despojan a los receptores de disposiciones y capacidades para crear significados.

No es que sea irrelevante el papel del emisor en la asignación de significados a los enunciados o proposiciones. Efectivamente, el enunciante realiza serios y complejos procesos de construcción de significados, en los que tiene que acceder a múltiples categorías gramaticales y redes de códigos de distintas escrituras, pasarlas a través de juegos de lenguaje que matizan el orden estructural y formal, así como obtener referentes culturales, idiomáticos y sociales, mientras que los filtra en procesos psicológicos inevitablemente cargados de juicios y prejuicios individuales. Lo que en realidad se deja de lado es que el oyente o receptor tiene un papel fundamental en la construcción de significados, no solo como actante que da continuidad performativa a las enunciaciones, sino como sujeto interpretante cuya labor consiste en recoger las redes y multiplicidad de códigos; el sentido de un mensaje en realidad es una cadena de actos complejos e interconectados, abstracción, decodificación, atención a estructuras referenciales (de diversa índole) y actividades psicológicas subjetivas. Se ha olvidado que esta omisión característica de sociedades de aspiraciones modernizantes, globalizadas e inmersas en sistemas capitalistas ha sido observada y puesta en la crítica por diversos teóricos, desde Giambatista Vico, pasando por Giovanni Sartori hasta llegar a pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han, quienes reconocen la predominancia de una lógica de mercado que ha permeado otras esferas de la vida, entre ellas la comunicación.

Así, observamos fenómenos como la emisión de mensajes de corta duración y de largo impacto en estrategias mercadológicas, o conductas en las relaciones interpersonales como la aversión a llamadas telefónicas, incapacidad de concentración o focalización de la atención en mensajes extensos; por nombrar una consecuencia más, la producción acelerada de contenidos audiovisuales digitales de caducidad inmediata y referencialidades simplistas o repetitivas (sean estos música, series, cine, artes plásticas u otras).

Lo anterior no es en sí el problema a nivel de lenguaje; lo que se desprende de ello es una insuficiencia en la habilidad para decodificar mensajes producidos en contextos donde los juegos de lenguaje se emplean más allá de la evocación “nominalista”, como lo es la estética.

Notas

[1] Adelaida Nieto

Bibliografía

Barthes, R. (1972). Crítica y Verdad. Buenos Aires: Siglo XXI.

______. (1987). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. Barcelona: Paidós.

______. (1992). S/Z. 7ª edición. México DF: Siglo XXI

Cabot, M. (2012). Nuestra época en clave estética: estetización generalizada y nuevas artes. Contrastes. Revista Internacional de Filosofía. Consultado el 10 de abril de 2022 en https://revistas.uma.es/index.php/contrastes/article/view/1189

Eco, U. (1998) Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen.

Sarabia, B. (6 marzo, 2015). La estetización del mundo. Consultado el 11 de abril de 2022 en https://elcultural.com/la-estetizacion-del-mundo-vivir-en-la-epoca-delcapitalismo-artistico

Wittgenstein, L. (2008). Investigaciones filosóficas. Barcelona: Crítica.

_________. (2009). Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Alianza.

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Artículo de:

Luis Ángel Barrera Morán (autor invitado):
Lic. en Literaturas Hispánicas. Estudios de Filosofía en el Instituto Salesiano de Estudios Superiores. Diplomatura en Prácticas Filosóficas y Consultoría Filosófica por el Centro Educativo para la Creación Autónoma en Prácticas Filosóficas (CECAPFI).

Cite este artículo (APA): Barrera, L. (2022, 03 de septiembre). En los límites de lo estético: un abordaje de la estetitazión a partir de la filosofía del lenguaje. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/09/un-abordaje-de-la-estetitazion-filosofia-del-lenguaje
#cultura, #estética, #estetización, #Filosofía del lenguaje, #lenguaje

por autores invitados

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