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En el libro homónimo, Umberto Eco realiza un fascinante recorrido por la historia de la investigación sobre la naturaleza del lenguaje, en busca de esa lengua ideal.

Lo primero que toca preguntarnos es: ¿qué hace a una lengua “perfecta”? ¿Su carácter universal? ¿Su carácter natural, primigenio? ¿Su absoluta correspondencia con la realidad?

De alguna manera, todas estas preguntas están relacionadas. Planteemos la cuestión de otro modo: ¿cuál era la lengua de Adán?

Eco hace un recorrido histórico por las propuestas de distintos y afamados autores y tendencias, de Dante a Ramón Llul, de Platón a Hobbes o Locke, de Horapolo a Athanasius Kircher, de Aristóteles a los modernos. También de la tesis naturalista a la convencionalista, de la monogenetista a la de las imágenes, las proporciones numéricas y combinatoria… Clasifica también los distintos tipos de lenguas según su formación, descubrimiento o estudio. Así, distingue lenguas históricas, consideradas originales, como el hebreo, el egipcio o el chino; lenguas pretendidamente originarias, reconstruidas, como el indoeuropeo; lenguas construidas artificialmente, con distintas finalidades; lenguas más o menos mágicas… Menciona también, aunque sin centrarse en ellas, otras concepciones de lenguajes como los formales de las ciencias o la misma lógica, lenguas vehiculares, novelescas o ficticias…

La intriga comienza al considerar la gran variedad de formas de expresión y la dificultad de entenderse de unas a otras sin un conocimiento previo. Babel ilustra uno de los fenómenos que más intrigan al ser humano: la variedad y aleatoriedad de las lenguas. Es una constante del pensamiento explicar algo a partir de la negación de ese algo, es decir, imaginando el momento en que aún no existía. ¿Cómo se hablaba antes de ese fatídico castigo a la soberbia humana que fue la confusio linguarum de la torre de Babel? El mero hecho de comparar unas lenguas con otras nos hace ver las carencias de cada una, el elemento de arbitrariedad en los significantes, a veces en su misma estructura… De algún modo, si pudieran sumarse sin más todas las virtudes de cada una, acaso se alcanzaría la supuesta perfección de esa lengua prebabélica, pero parece algo inaccesible. Cada una tiene su gramática, sus relaciones intrínsecas, que no parecen poder solaparse o sumarse sin más. Y, en todo caso, la variedad de significantes hace también demasiado complicado pensar cuál se adapta mejor a la naturaleza primigenia de las cosas.

Retomamos la pregunta ¿Qué suponemos que es una “lengua perfecta”? Dios encargó a Adán poner nombre a los animales. ¿Fue por azar, o había alguna cualidad intrínseca en la naturaleza de cada uno que se correspondiera con la naturaleza de la palabra con que los designaba? ¿Estaba Dios dando a Adán un primer ámbito de libre albedrío, o un don de conocimiento superior para aprehender y dominar el mundo? Planteando el tema en otros términos, menos míticos, ¿cuáles fueron los primeros sonidos con los que la especie humana empezó a designar la realidad y qué revelaban de ella? ¿Representaban, de algún modo, esos sonidos, la naturaleza misma de las cosas, su esencia? Algo de esta creencia se revela en el interés mismo de la etimología. La etimología de las palabras nos acerca a esa búsqueda de una lengua natural; buscamos la relación entre un significado primigenio (por ejemplo, vida) y una palabra derivada de ello (por ejemplo, mujer).

El tema está ampliamente tratado desde la antigüedad. Ya Platón, en el Cratilo, se plantea esta cuestión. Ahí encontramos la postura del propio Cratilo, que defiende la existencia de una lengua natural, y la de Hermógenes, que sostiene la naturaleza intrínsecamente convencional de todo lenguaje.

Significado, significante, realidad. Relaciones gramaticales, interrelaciones entre las cosas del mundo, hasta componer un uni-verso. ¿En qué consiste esa capacidad del ser humano de entender y nombrar el mundo? ¿En qué medida se alcanza? Veamos algunos criterios para su búsqueda.

Un criterio para buscar la lengua prebabélica es su antigüedad. Tanto más antigua, tanto más cercana a esa imaginada lengua adánica. En todas las culturas, la lengua local más antigua se mantiene como lengua sacra. Esa veneración por la antigüedad de la lengua tiene esa raíz en la creencia en una posible lengua perfecta, esa que está más cercana a la creación y, por tanto, a Dios. De este modo, antes que el griego o el latín encontramos lenguas como la egipcia o la caldea que se convierten en misterios tentadores para buscar esa lengua adánica. De repente, tanto más antiguas y crípticas, tantos más poderes mágicos se les atribuyen. En las tradiciones de Oriente próximo encontramos numerosos mitos de la creación a partir de la palabra, desde cosmogonías egipcias hasta en la propia Biblia. La tradición hebrea de la cábala y su misticismo son la máxima expresión de esta creencia en la relación bilateral lenguaje-mundo. De hecho, el hebreo es una de las más afamadas aspirantes al puesto de lengua adánica.

Como segundo requisito, se puede decir que una lengua perfecta tendría que superar cualquier convencionalismo. Nos tendría que servir para una comunicación universal y tendría que tener una perfecta relación con el mundo mismo. No es tan difícil acercarse a esto desde la mera forma; por ejemplo, para hablar con posibles invasores alienígenas, una lengua universal serían las matemáticas. Como dijo Galileo, el universo está escrito en lenguaje matemático, y hay que aprender a leerlo. Si encontramos el modo de simbolizarlas de forma universal (no habría más que retroceder a las primeras representaciones geográficas) podríamos comunicar que somos una especie inteligente. Más o menos. Pero lo cierto es que lo que podríamos comunicar es poco más que eso…

De hecho, como concluye el autor, las lenguas no pueden haber nacido por convención, pues para acordar las reglas los hombres hubieran necesitado una lengua anterior.

Lo más interesante de este tratado es la cantidad de perspectivas que abre ante nuestros ojos sobre la naturaleza de esa herramienta tan potente y definitoria del ser humano como es el lenguaje. Tan potente que nos ha llevado a comprender el mundo a través de la ciencia, pues sin lenguaje que categorice fenómenos y causas no hay ciencia; tan potente que nos lleva a construir mundos de fantasía en los que refugiarnos, y a expresar sentimientos e ideales inmateriales que perseguir. Esa herramienta potentísima fue el don que Dios dio a Adán, aunque no podamos saber si en ese don se incluía también el dominio de la misma naturaleza.

Quizá no alcancemos ese don de la comprensión y expresión perfectas del mundo a través de la palabra, pero las incesantes investigaciones a que su búsqueda llevó han generado grandes desarrollos en el terreno de la lingüística y la semiótica, incluyendo los estudios sobre el lenguaje de la lógica y su heredera, la programación y el desarrollo de la inteligencia artificial.

Pero el sueño del hombre de aprehender el mundo seguirá ahí, guiándonos en nuevos proyectos que, cuál Ulises, nos volverán a llevar a insospechados puertos. De momento el mundo en sí sigue escapándosenos. Así lo expresó el autor en su más afamada novela, El nombre de la rosa: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. El nombre de la rosa sigue puro y, de su esencia, es lo único que tenemos. Un nombre.

Imagen | Pixabay

Cite este artículo (APA): García, E. (2022, 01 de septiembre). ¿Hay una lengua perfecta? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/09/una-lengua-perfecta/

Artículo de:

Esther C. García-Tejedor (autora invitada)
Doctora en Filosofía (UNED) y Licenciada por la U. Complutense de Madrid. Profesora de Filosofía en Secundaria y en Bachillerato.

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por autores invitados

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