¿Quiénes son esos filósofos que el mercado necesita?

Se necesitan filósofos, reza un cartel tan desvencijado como poco creíble. El papelucho se sostiene, a duras penas, pendiendo de un hilo: es la puerta a un mundo desconocido, narrado desde la ficción. Se necesitan filósofos. Y filósofas, no vayan a lapidarme antes de tiempo. Las primeras -y afiladas- piedras deberían ser lanzadas e impactar sobre mi cuerpo -digital, quiero pensar- cuando se acerque el lector al final de la presente reflexión. Permitan que me exprese a través del vómito, porque de otro modo no sé. Entonces, solo entonces, tomen una decisión: lanzar la piedra o sepultarme en un pozo. Me gusta el sabor de la sangre. Y lo fresco que hay en su calidez cuando resbala por el cuerpo. Los interiores de los pozos también me agradan: son húmedos y puedo hablar con los insectos o las almas de otros mundos.

El porcentaje de matriculados en filosofía crece [parece ser] a pasos agigantados, como si se tratase de habichuelas mágicas. Habas de esas que pretenden alcanzar el cielo para acariciarlo con sus dedos, pero el cielo no se alcanza fácilmente. Hay en él algo de arisco e incrédulo [y no se equivoca] cuando no se reza desde dentro. Las últimas semanas de la actualidad española han transcurrido tan monótonas como siempre: olor a pimientos fritos y gazpacho, la angustiante afirmación de las olas de calor y lo incontrolable de los incendios. Los políticos han perdido tanto el juicio como la decencia -¡qué novedad!-, los precios se disparan y la mujer pierde posiciones. Han surgido nuevos yonkies que agujerean a otros por el placer de atravesar la carne ajena -¡oh, el piquerismo!-, mientras las guerras continúan haciendo de las suyas: unas se condenan, otras se aplauden. Información y desinformación, panem et circenses. Repito el mensaje que millones de personas refieren, quejándome de lo mismo, pero es la realidad: olor a pimientos fritos y gazpacho, calor e incendios, la política del desenfreno y el poder de la violencia. En medio de la vorágine, el verano ha traído algo nuevo: la importancia de la filosofía, más perentoria que nunca. Acostumbraba yo a escuchar sobre las plagas veraniegas de cucarachas asediando barrios populares, pero jamás escuché hablar de un interés multitudinario por la filosofía. No es mentira que se necesiten filósofos, lo que no es cierto es que a tantas personas les interese la filosofía. No, desde luego, mientras vocean en las calles.

Las empresas necesitan filósofos. Y filósofas. Y no es que dude yo -como venía diciendo- de las necesidades del mundo empresarial, pues soy muy consciente del giro que estamos dando y de las grietas que se han abierto. Hay heridas -y vendrán otras- que solo la mano del filósofo puede evaluar y curar. Buena parte de estas heridas tienen que ver -y mucho- con las realidades que se han erigido como resultado del progreso tecnológico, otras son viejas conocidas. No dudo de las necesidades de las empresas porque soy una de las afortunadas que ha sido valorada desde su posición de filósofa, que sabe de la tendencia a abrirse a lo que se considera humanidades. Spoiler: no es lo habitual o cotidiano, no suele pasar. Para llegar hasta esa posición, uno se ha arrancado toda la piel del cuerpo en más de una ocasión. Y en más de dos o tres, ha fantaseado con saltar a las vías del metro. Ha caminado solo y dormido muy poco. El filósofo nace, no se hace.

No dudo, como afirmaba, de las necesidades de la actualidad y de las que vendrán; lo que no termino de creer es la vocación repentina de aquellos y aquellas que han decidido matricularse en la carrera de filosofía, de un día para otro. No van a recibir una oferta desde Silicon Valley, eso por descontado; ni es suficiente con parafrasear lo que dijeron tres o cuatro filósofos de moda. Tampoco es recluirse entre las cuatro paredes [jaula] de lo que dicta la academia. No es sencillo ser el resultado de un perfil en filosofía y al mismo tiempo, transversal. Conlleva un trabajo y esfuerzo que en España no es otra cosa que objeto de burlas. La filosofía tampoco va de encontrar respuestas a grandes interrogantes. No van a descubrir continentes vírgenes ni a resolver problemas que nos han acompañado desde que el mundo es mundo y el ser humano, humano. La filosofía va de otra cosa. Por ello, permítanme dudar.

¿Cuántas veces han vomitado bilis sin haber ingerido, previamente, alcohol barato? Probablemente, pocas. La actitud filosófica no llega por amor al arte ni por ajuste a la realidad de los mercados. Existir sin hallar respuestas es tarea para unos pocos. Denostada como ninguna y sometida a crítica durante largos años, es imposible creer a pies juntillas que haya tantos interesados en la filosofía. Empecemos por la cuestión de la disciplina y terminemos por el viaje a uno mismo. En ambos y todos los casos, hay que saberse muy cercano a la incomodidad y lo repugnante. Para embarcarse en la tarea que compete a los filósofos, hay que nadar en detritus buena parte de los días. Y de las noches. Nada de hermoso hay en meter el dedo en la llaga pues, a menudo, este vuelve repleto de pus, sangre y gusanos.

Mi existencia, como filósofa, ha sido un constante tira y afloja. Una pelea encarnizada con las bocas que se abren mucho y dicen poco. He sido considerada, de todo, menos productiva: inmadura, poco reflexiva, sin visión de futuro. Una chica que mariposeaba para no afrontar la vida. ¡Y todo ello por estudiar filosofía con el objetivo de llegar a ser doctora en mi área! Inmadura. Poco reflexiva. Sin visión de futura. Idiota, al fin y al cabo. Una idiota que no ganaba dinero, que no se preparaba una oposición. Una idiota que mariposeaba entre la filosofía y los lenguajes de programación, los videojuegos y el existencialismo. Una ridícula jovencita que no cumplía con nada de lo que se hubiera esperado, a la que se le pasaba el arroz. Y se me sigue pasando. Huele a chamuscado, pero he encontrado mi sitio. Soy filósofa, hago filosofía. Me presento desde la filosofía, es la actitud que guía mis pasos. Sé meter el dedo en la llaga y me gusta.

Si me guío por lo que veo, en las actitudes más repetidas y premiadas en la sociedad actual, dudo de que muchos puedan cumplir con lo que el mercado necesita. ¿Lo incómodo? Lo que se vende es un confort infinito, aunque sea ficticio. ¿Lo repugnante? Todo se enclaustra tras el filtro de lo bello, incluso lo luciferino ha sabido ganarse un puesto entre todos. ¿La soledad? Se enfoca desde el prisma que interesa. ¿El dolor? Lo que ocurre es parecido al caso anterior. ¿El sufrimiento? No existe, se ha expulsado de la ecuación que da forma a la existencia. Nada de eso es lo que vende, lo que se vende. Si la idea es mantener la filosofía en el lugar que le corresponde, no me salen las cuentas.

Imagen | Pixabay

Cite este artículo: Sánchez, E. (2022, 03 de octubre). ¿Quiénes son esos filósofos que el mercado necesita? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/10/filosofos-que-el-mercado-necesita/

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

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