El todo y las partes: La noción de disposición en el Fedro

Aunque la cronología del Fedro ha dado lugar a diversas discusiones, suele ser fechado alrededor del 370 a.C. y, dado que fue escrito después de República, es considerado uno de los diálogos de madurez de Platón. Fedro está compuesto por dos secciones principales: a) La que contiene el discurso de Lisias1 sobre las ventajas y desventajas de estar o no enamorado, así como los dos discursos de Sócrates en respuesta a este (227a – 257b) y b) la que relata la disquisición entre Fedro y Sócrates que versa sobre la retórica (257b – 279c). Derivado de esta estructura, podemos considerar que los temas tratados en el diálogo son dos: en primer punto, el análisis que lleva a cabo Sócrates sobre el discurso de Lisias ―que es una reflexión sobre Eros, el amor erótico y las ventajas y desventajas de obrar con el ser amado según las ideas de Lisias―. El hecho que el discurso examinado sea atribuido a Lisias resulta relevante, pues nos insinúa ya el segundo tema del diálogo, a saber, la retórica.

Sócrates define la retórica como

[el] … arte de conducir las almas por medio de palabras, no sólo en los tribunales y en otras reuniones públicas, sino también en las privadas, igual se trate de asuntos grandes como pequeños2.

Al tener este carácter, la retórica trabaja con miras a la persuasión, pues, de acuerdo con Platón, nos proporciona una imagen falaz pero convincente, o emotiva, construida con palabras. Aquel que ejercita la retórica

[…] hará que lo mismo, y ante las mismas personas, aparezca unas veces como justo y, cuando quiera, como injusto”3.

Es esta disposición del retórico a falsear las cosas, conformando y manipulando su discurso de acuerdo a sus intenciones, sin reparo de la verdad que se exprese o se oculte. El retórico no se interesa tanto en decir la verdad a través del discurso, sino en retratar y hacer convincente la apariencia de las cosas, mediante la formación de discursos que buscan persuadir al oyente.

Aunque Sócrates ve este carácter engañoso en la retórica, no deja de considerarla como el arte de persuadir a través del discurso, misma que tiene como condición necesaria una distinción clara, por parte del retórico, sobre los asuntos que va a tratar, así como sobre la verdad de los mismos. Estas condiciones aseguran al retórico un espacio desde el que pueda urdir un engaño en el que no caiga él mismo. La referencia a la veracidad de los asuntos la hace Platón explícitamente, pues asegura que

… el arte de las palabras, que ofrezca el que ignora la verdad, y vaya siempre a la caza de opiniones, parece que tiene que ser algo ridículo y burdo4.

La retórica, al ser un arte, posee determinadas reglas, procedimientos y cánones, mismos que son presentadas en diversos momentos del diálogo. El presente artículo pretende abordar una de esas reglas ―presentada en el pasaje de 264a a 264e en el Fedro―: la noción de todo orgánico, a través de un breve análisis del Fedro.

Retórica: forma y contenido

El pasaje de 264a-e comienza con una recapitulación del discurso de Lisias, mismo que es criticado por Sócrates por el hecho de que el autor:

[…] no arranca desde el principio, sino desde el final, y atraviesa el discurso como un nadador que nadara de espaldas y hacia atrás, y empieza por aquello que el amante diría al amado, cuando ya está acabando.”5

Señalando que Lisias comienza su discurso dando por supuesto al amor como algo ya existente, en vez de empezar ofreciendo una explicación del origen de este. Más aún, el discurso de Lisias es defectuoso porque, de acuerdo con Sócrates, sus partes parecieran estar dispuestas de forma desordenada, y no de acuerdo a una coherencia. La noción socrática de disposición comienza a bosquejarse, aunque lo hace irónicamente, en forma de pregunta:

¿Te parece que, por alguna razón, lo que va en segundo lugar tenga, necesariamente, que ir ahí, y no alguna otra cosa de las que se dicen?”6

Para hacer resaltar la relevancia de determinar un orden para las cosas compuestas por partes.

Uno de los rasgos más enraizados en la literatura griega fue la fuerte conexión que establecieron entre el contenido de los textos y la forma literaria asociada con ellos, en el sentido de que ciertos recursos literarios correspondían a ser usados con contenidos determinados. El ejemplo más asequible es el de la poesía épica que se escribía, o más bien, debía ser escrita, en hexámetro; la poesía yámbica en yambos, que se formaban, estrictamente, con una sílaba corta seguida de una larga. Del mismo modo que el contenido se unía a la forma, la composición temática debía tener un orden que estructurara el discurso, pues su desarrollo y la conexión entre sus partes, debían estar motivados por alguna razón que haría que el acomodo o disposición de los elementos resultara necesariamente así.

Así pues, el orden del discurso es el primer requerimiento que, para Sócrates, ha de cumplir un discurso bien dispuesto, ordenado y ‘que nade hacia adelante’. En ese sentido, las partes que conforman al discurso, han de disponerse de una manera adecuada, siguiendo un orden que resulte conveniente para la exposición y desarrollo del tema. Los romanos trasladaron esta noción de disposición al campo de las artes —principalmente en poesía y pintura— llegando al punto de afirmar que “la virtud y el encanto del orden están en que diga ya ahora lo que ya ahora deba decirse, y en dejar muchas otras cosas para más tarde7, mostrando así como el orden y selección de los elementos era el punto central de sus nociones de belleza, virtud y encanto. Esto se muestra también en el pensamiento de Horacio, que afirmó que el poeta (el pintor, el artista) debe tener finura y prudencia al concatenar las palabras, es decir, que la composición ordenada de un relato no lo vuelve un relato compuesto, sino que para alcanzar la disposición adecuada se requiere además elegancia y elocuencia a fin de que cada parte del discurso contribuya a un orden coherente que haga el todo más persuasivo.

La retórica de lo
dispuesto adecuadamente

Sócrates formula su noción de disposición adecuada afirmando que:

[…] todo discurso debe estar compuesto como un organismo vivo, de forma que no sea acéfalo, ni le falten los pies, sino que tenga medio y extremos, y que al escribirlo, se combinen las partes entre sí y con el todo8.

Vemos aquí tres nociones principales:

1) El discurso debe estar compuesto orgánicamente, es decir, de forma natural, que lo dote de unidad,

2) debe estar escrito, ordenadamente, bien estructurado y no repartido de una forma azarosa, además de que debe ser proporcionado y,

3) sus partes deben estar relacionadas entre sí a fin de que puedan formar un todo coherente.

De acuerdo con Platón, la forma en que llegamos a tal disposición adecuada de los elementos es a través del “… llegar a una idea que, en visión de conjunto, abarcase todo lo que está diseminado para que, delimitando cada cosa, se clarifique, así, lo que se quiere enseñar9. Esta misma idea de composición orgánica, proporcionalidad entre las partes y coherencia del todo como orden armonioso de partes acomodadas orgánicamente la encontramos en el Arte Poética de Horacio. De acuerdo con él, no solo es necesario saber diseñar las partes, sino que se requiere que el artista sea capaz de hacer de la obra completa un todo diseñado, que armonizado y equilibrado tenga una unidad y coherencia propias y que “del comienzo no discrepe la parte de en medio, ni de la parte de en medio el final10. Así, el escritor ha de cuidar de ver la relación entre las partes y el todo, lo uno y lo múltiple, a fin de disponer sus discursos de la mejor manera posible. Los hombres “que son capaces de hacer esto […] les llamo por lo pronto dialécticos11, dice Sócrates, pues pueden contemplar ambos aspectos de la obra: pueden considerarla como un todo y pueden considerarla como la conjunción de las partes.

Esta relación entre el todo y las partes podría ser considerada una relación dialéctica en la que ambos elementos son influidos e influencian mutuamente. El detalle y el panorama, el verso y el poema, la frase y el movimiento y a su vez los movimientos y la sinfonía. Esta relación dialéctica posibilitaría la concreción de la obra entendida como todo orgánico. Al estar las partes relacionadas entre sí se formaría la totalidad de la obra, pero aún como un agregado de partes separadas. Al estar la obra conectada como un todo, las partes aparecerían concatenadas de manera coherente y necesaria con miras a conformar un todo que las dota de unidad y sentido. Así, las partes y el todo han de estar bien realizados tanto por separado como en su relación dialéctica de organicidad o cohesión.

La idea de disposición adecuada sería llevada al mundo romano mediante el término ‘decorum’, que fue una especia de paradigma artístico de la época. El ‘decorum’ podría ser entendido como la unidad orgánica que existe entre la forma y el contenido, entre el arreglo de las partes y el todo y la temática a tratar, esta conexión debía ser considerada de forma rigurosa, pues según Horacio:

Un asunto cómico no admite que lo traten con los versos de la tragedia.12

Es decir, que la forma y el contenido deben entrar en una relación dialéctica, en una relación bidireccional:

a) Una entre las partes y el todo, que daría cohesión formal a la obra, y

b) otra entre la forma y el contenido, lo cual le daría una coherencia temática.

De este modo, la obra aparecería entrelazada consigo misma, llevando a su forma y contenido a formar una unidad fuerte, tal unidad es la que señala Platón en el Fedro mediante su idea de disposición adecuada. Es esta unidad dialéctica entre una forma bien proporcionada, una disposición armoniosa de las partes conformantes y el contenido adecuado a dicha forma, asegurarían la calidad de la obra producida, pues sería una obra con decoro, proporción y coherencia. Aquí se llega a la noción de belleza de forma casi consecuente, ya que para el griego, la belleza era un orden. Basta con recordar el inicio del Encomio de Helena, de Gorgias, que nos dice que “orden para la ciudad la bravura, y para el cuerpo la belleza13, utilizando el término κόσμος, con el cual refiere claramente a un orden, acomodo y/o disposición de la cual surgiría la belleza.

Conclusiones

La noción de disposición orgánica o composición ha jugado un papel importante en las artes a través de la historia. Dicha noción, que hemos rastreado en el Fedro, nos muestra como originalmente la composición refería a las formas artísticas relacionadas con el lenguaje para, posteriormente, ir alcanzando campos como la pintura y la escultura hasta llegar a rozarse con las artes escénicas y la música. Un orden que aparezca como coherente y orgánico y que, además, conserve una proporción adecuada entre sus partes y el todo que forma en tanto que obra, acercaría al artista a lograr plasmar de forma bella aquello que pretende mostrar.

La disposición armoniosa de las partes con miras a un todo coherente sería lo que en escultura se nombraría con la noción de simetría, en pintura con la noción de composición, en música la noción de armonía, etc. La belleza es un resultado posible de utilizar dichas nociones de proporcionalidad de las partes y coherencia del todo como unidad orgánica compuesta de manera ordenada. Tal manera de conformar obras asegura que los detalles que, en un primer momento, parecieran fuera de lugar se acomoden de un modo específico dentro de la obra a fin de entrar en una relación dialéctica con el todo en tanto que partes. A su vez, las partes entran en una relación con las demás, en tanto que todos aislados, a fin de conformar una unidad superior.

La noción platónica de disposición adecuada influyó profundamente en la forma en que los seres humanos hemos pensado la belleza, no solo tuvo resonancias en los romanos posteriores, sino que incluso entrado el siglo XX, el formalismo que defiende la síntesis de forma y contenido aún era defendido por algunos teóricos del arte. Del mismo modo que la retórica procura la belleza del discurso, las artes procuran alcanzar excelencia en cada una de sus expresiones a través del uso de una composición orgánica que sepa unir forma y contenido mediante una idea general que dote de cohesión al proyecto.

Notas

[1] Lisias fue un maestro de retórica y logógrafo ateniense que vivió del 458 al 380 a. C.

[2] Platón, Fedro, 262a-b.

[3] Ibid., 261c-d.

[4] Ibid., 262c.

[5] Ibid., 264a.

[6] Ibid., 264b.

[7] Horacio, Arte Poética, 42 – 45, p. 386.

[8] Platón, Op. cit., 264c.

[9] Ibid., 265d.

[10] Horacio, Op. cit., 152, p.392.

[11] Platón, Op. cit., 266b-c.

[12] Horacio, Op. cit., 89, 389.

[13] Gorgias, Fragmentos, 1 “Κόσμος πόλει μὲν εὐανδρία, σώματι δὲ κάλλος”.

Bibliografía

Gorgias, Fragmentos, tr. Pedro C. Tapia, Distrito Federal, México, Dirección General de Publicaciones UNAM, 1980.

Horacio, Arte Poética, tr. Jose Luis Moralejo, Madrid, España, Gredos, 2008.

Platón, Fedro, tr. C. Garcia Gual, Madrid, España, Gredos, 1968.

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Cita este artículo (APA): Pérez, S. (2022, 11 de octubre). El todo y las partes: La noción de disposición en el Fedro. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/10/la-nocion-de-disposicion-en-el-fedro/
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por Saúl P. Quiroz

Licenciado en Filosofía con formación en Estética e Historia del Arte (UNAM). Ha sido profesor adjunto en las clases de Historia de la Filosofía y Metafísica a cargo del Dr. Ricardo Horneffer. Interesado en la ontología, la fenomenología, el vitalismo, la estética, la lógica y la teoría, crítica y práctica de las artes. Con formación en Crítica de Arte (MUAC), Curaduría (Museo Tamayo) y Museología (CCUT).

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