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Después del humanismo: transhumanismo y posthumanismo

El humanismo es un movimiento intelectual que aparece en el Renacimiento, presentando un modelo de pensamiento diferente a aquel que predominaba en la Edad Media. El hombre y la razón pasan a estar en el centro del conocimiento y del universo, despojando así a Dios de este lugar (cabe decir que la importancia de Dios y de la religión no desaparece, y su relevancia se mantiene durante siglos). Este puesto central vuelve a cuestionarse a finales del siglo XX, apareciendo así una corriente de pensamiento conocida como el posthumanismo. Otra corriente de pensamiento dispuesta a redefinir lo humano aparece al mismo tiempo que llevará el nombre de transhumanismo. Esta corriente no busca acabar con esta concepción del hombre humanista, sino dar un paso más, llevarlo a su máxima. Ambas corrientes plantean al ser humano en términos de cambio, es decir, de condición no fija, pero sus raíces y sus enfoques varían.

Es pertinente entonces realizar una aproximación a estos dos movimientos intelectuales. Por su parte, el transhumanismo se entiende como una corriente filosófica y científica que plantea al ser humano como un ente mejorable, y reivindica el uso de la tecnología y la ciencia para el perfeccionamiento de la humanidad. El transhumanismo echa sus raíces en el humanismo de la Ilustración, heredando de esta las nociones de progreso, racionalidad y optimismo. Sumergiéndose completamente en la idea del progreso – lineal, gradual y positivo – el transhumanismo ve al hombre como un ser que aún no ha alcanzado su máximo potencial, su forma última, y declara a la tecnología como la herramienta para este fin. Es decir, el transhumanismo piensa que con el hombre es un ser aún en desarrollo y ve la fusión con la tecnología el siguiente paso de esta evolución. El posthumanismo también aboga por el cambio de lo humano mediante la tecnología, pero ni su origen ni su planteamiento se asemejan a aquellos del transhumanismo.

El posthumanismo emerge de una negación del humanismo Ilustrado. Sostiene que el concepto del ser humano que propugna el humanismo es antropomórfico y es utilizado como herramienta para sostener jerarquías de opresión, sexistas, racistas, clasistas, homófobas, capacitistas y etnocéntricas. El humanismo presenta a un hombre que subordina, que excluye a todo aquello que no se corresponde a la norma. Así, concluyen que el concepto de persona no incluye a todos los seres, por lo que proponen un cambio en este concepto, una nueva manera de concebir al humano. La tecnología no es el foco central en el posthumanismo, sino que aparece como una nueva manera de ver el mundo y la identidad. Donna Haraway (1985), introduce la tecnología en el posthumanismo mediante su “irónico mito político” del ciborg. Haraway presenta a la figura del cíborg como una convivencia entre contradicciones – naturaleza y tecnología – capaz de superar las dicotomías de género actualmente asociadas a lo humano. Un ciborg no se reproduce, por tanto, se aleja de las nociones de feminidad asociadas a la reproducción, no se desarrolla sexualmente y no se ve sujeto a ningún concepto de “finalidad”. Con esta ontología, Haraway pretende redefinir la concepción de lo humano, y de la mujer, con ayuda de la tecnología. El humanismo pone el centro en el hombre, el posthumanismo multiplica el centro, lo rechaza, y se interesa en múltiples centros de interés.

Mejora y progreso:
dos caras de la misma moneda

Ambas corrientes defienden la libertad morfológica, término acuñado por Max More (1993), que la define como “la capacidad de alterar la forma corporal voluntariamente mediante tecnologías como la cirugía, la ingeniería genética, la nanotecnología, o el volcado de la mente”. Por tanto, ambas corrientes defienden la necesidad de cierta libertad y autonomía sobre el cuerpo. En el transhumanismo esta alteración va íntimamente unida a la mejora. Pero al igual que el progreso, la mejora va acompañada de la eterna pregunta, ¿mejora respecto a qué? ¿Se trata de mejorar para triunfar en una economía capitalista, para obtener conocimiento, para ser el más fuerte, el más veloz…? ¿Quién decide en qué consiste el humano perfecto al que aspira el transhumanismo? ¿Qué facultades se están intentando potenciar? ¿Qué ideología, qué discurso esconden estas facultades?

Cuando hablamos de transhumanismo, y de mejoras de nuestra biología, solemos asociar estas mejoras con la salud. Esto hace que nos preguntemos qué es exactamente una persona sana. La OMS por ejemplo, define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Otras interpretaciones de la palabra se reducen a esta ausencia de enfermedades o afecciones. El transhumanismo ve a la humanidad como incompleta, necesitada de mejora. En un planteamiento médico, según el transhumanismo todos los humanos son pacientes, enfermos, que pueden optar a estos tratamientos científicos y tecnológicos. Esto supone una página en blanco para la concepción de la discapacidad. Desde un punto de vista transhumanista todos los seres humanos serían personas con discapacidad, necesitadas de una fusión tecnológica. Pero esta tabula rasa no es real sino que existe médicamente una distinción entre las personas discapacitadas y las capacitadas. Algunos transhumanistas sostienen que estas primeras, al estar íntimamente unidas ya con la tecnología, abogan ya por un futuro transhumano. A pesar de estas alabanzas a las personas discapacitadas, los transhumanistas no descartan prácticas como la modificación genética. En la página de preguntas frecuentes de la Asociación Transhumanista Mundial o Humanity+ se lee:

Los transhumanistas defienden los principios de autonomía corporal y libertad de procreación. Los padres deben poder elegir si reproducirse, cómo reproducirse y qué tecnologías utilizar para reproducirse. El uso de medicina o la edición genéticas en embriones para incrementar la posibilidad de un niño sano, feliz y multi talentoso es una responsable y justificable aplicación de la libertad reproductiva de los padres. (…) Esta defensa de la libertad reproductiva es compatible con la idea que los estados y las ONG pueden subvencionar la sanidad pública, el cuidado prenatal, el asesoramiento genético, la contracepción, el aborto y las terapias genéticas para que los padres puedan tomar decisiones libres e informadas que resulten en menos discapacidades en la siguiente generación. Algunos activistas de las discapacidades pueden llamar a estas políticas eugenésicas, pero la sociedad puede tener un interés legítimo sobre si los niños nacen sanos o discapacitados, llevando a financiar el nacimiento de niños sanos, sin actualmente prohibir o imponer modificaciones genéticas particulares.

Humanity+ (1999)

Por otro lado, organizaciones y activistas por las personas con discapacidad defienden su dignidad y su derecho a participar y a hacerse oír en estas conversaciones. Muchos defienden el derecho de autodeterminación y abogan por la prohibición de estas prácticas de modificación genética que últimamente pueden acabar en una eugenesia deliberada. Defienden el derecho de las personas a decidir qué tratamientos tomar, pero enfatizan el carácter individual de esta decisión, no debe ser premeditada por los progenitores. Solo permiten el uso de estas prácticas para evitar deficiencias mortales físicas o mentales.

Escenarios futuros hipotéticos

Aunque existiera una noción de humano perfecto alejada de la subjetividad humana, las mejoras tecnológicas que propone el transhumanismo en el contexto actual son inherentemente elitistas y promueven la desigualdad. Realizando un ejercicio de suposición podemos plantear tres situaciones, la primera en la que esta tecnología es tratada como un producto de mercado más, de modo que al principio solo accesible a la población más rica y posteriormente se democratiza mientras que pierde valor; la segunda situación en la que todo el mundo tiene acceso libre a estos cambios; y por último una tercera situación en la que estas mejoras son obligatorias para toda la población. La primera situación, al corresponderse al modelo económico actual guardaría cierta relación con lo que se conoce como transhumanismo libertario, que defiende que el libre mercado es el mejor sistema para garantizar el derecho a modificar la fisiología humana. La segunda situación se podría asimilar a la corriente del transhumanismo democrático que promueve un acceso igualitario a estas mejoras tecnológicas. Vayamos analizando estas situaciones.

En el primer planteamiento estas mejoras son, al menos en un primer momento, exclusivas para aquellos que tengan dinero para comprarlas. Es decir, por su elevado precio, estas mejoras estarían disponibles únicamente para las clases altas, que por su nivel económico ya gozan de privilegios en las sociedades actuales. En este planteamiento se fomentaría la desigualdad económica, agrandando la distancia entre aquellos más pobres y aquellos más ricos. Esto es debido a que estas mejoras se traducirían en más posibilidades laborales y en puestos de trabajo más altos. Los humanos mejorados tendrían cuerpos y mentes más desarrolladas por lo que podrían acceder más fácilmente a puestos de trabajo que requieran mayor cualificación, mayor especialización y, por lo tanto, que estén mejor remunerados. ¿Por qué alguien contrataría a un humano normal, si puede contratar a un superhumano que haga el trabajo miles de veces más rápido y pueda resolver problemas más complejos? Esto no solo agrandaría la brecha entre clases sociales, sino que también incrementaría las desigualdades raciales y de género causadas por este mismo sistema.

Está bien mejorar para ser más inteligentes, más conscientes. Estas mejoras de las que hablan los transhumanistas son inevitables, los humanos ya hemos pasado una y otra vez este ciclo en el que nos da miedo un avance tecnológico, pero acabamos incorporándolo en nuestras vidas. Por tanto, es importante analizar cómo queremos que sean estos cambios. Estos han de ser fieles a nuestra humanidad, para ser más rápidos, más productivos ya existen las máquinas. Hago esta suposición en la base de que las mejoras que plantea el transhumanismo irían de la mano con la sociedad en la que vivimos, es decir en una economía liberal capitalista orientada hacia la producción y la eficacia, y por consecuente se ajustaran a su sistema económico. Esto es, si las mejoras tecnológicas de las que hablan los transhumanistas estuvieran disponibles en la actualidad, estas se ajustarán al pensamiento y moral más predominante en la sociedad, en las sociedades occidentales a valores relacionados con la productividad.

En el segundo escenario estas mejoras están disponibles para todos y existe una supuesta libertad en la que cada individuo puede decidir sobre su aplicación. Supuesta porque si las mejoras son sinónimo de mayor éxito laboral, como acabamos de ver, aquellos que no gocen de estas mejoras estarían en desventaja frente a aquellos que sí. Por tanto, esta libertad que reivindican los transhumanistas de decidir desaparece, porque está coaccionada por un sistema que te obliga a mejorarte. Estas mejoras en consecuencia no tendrían cabida éticamente en un sistema económico capitalista porque se elimina la libertad de tomar decisiones, la “autonomía” para decidir sobre estas mejoras no existe en una sociedad competitiva. Las mejoras tecnológicas pasarían a ser una obligatoriedad. Observemos el caso de Internet, el contexto competitivo del sistema hace de él una herramienta fundamental en la vida de las personas. Esto ha provocado la creación de políticas públicas en múltiples países que impulsan el acceso a Internet para tratar de mitigar las desigualdades sociales que causa un acceso desigual, (un ejemplo claro se ha visto durante la pandemia, donde aquellos sin acceso a Internet se encontraban totalmente desamparados tanto a nivel laboral como educativo). Esto mismo pasaría también con las modificaciones tecnológicas si llegan a suponer una ventaja tan significativa en la sociedad. Aun así, si encontramos mejoras que nos enriquecen como personas, no como máquinas, este escenario es el mejor. Ya que nos hace a todos más inteligentes. Se puede establecer un paralelismo con saber leer. Ser analfabeto te pone en desventaja, pero saber leer no es malo, te enriquece como persona. Por tanto, hay avances que son inevitables y son buenos, pero como ya he dicho, hay que ser críticos sobre su uso y sus consecuencias en la persona. En el tercer escenario no tendría cabida esta libertad, ya que las personas serían obligadas directamente a mejorarse.

Filosóficamente, estas corrientes plantean otra duda, si aislamos este debate y solo nos fijamos en la mejora, ¿es un cambio bueno o malo? Considero que es un tema complejo que se hace más difícil por su carácter hipotético. Por una parte, si los cambios propuestos por los transhumanistas y los posthumanistas son capaces de curar enfermedades y mejorar el nivel de vida de las personas son cambios indudablemente positivos. Por otra parte, es fácil dejarse engañar por la idea del progreso y olvidar preguntarse por el concepto de mejora, cómo ya he comentado anteriormente. Susan Schneider (2019) también plantea otra problemática de las mejoras tecnológicas, la privacidad. Actualmente, ya existe un gran negocio con los datos que las empresas obtienen a través de nuestros dispositivos móviles, la expansión de este negocio a dispositivos que miden nuestras constantes vitales, nuestras emociones, nos haría aún más vulnerables. Así el control que ejercerían sobre nosotros los algoritmos de dichas empresas si nos fusionamos con inteligencia artificial sería aún más estricto y peligroso.

Un futuro ya presente

Los transhumanistas también barajan la posibilidad de un volcado de mente, es decir, de una transferencia de la consciencia o de los “patrones de personalidad” (Moore, 1993) a un superordenador. Este proceso no es tan futurista como puede parecer, Elon Musk en 2016 fundó Neuralink Corporation, una empresa cuyo objetivo es desarrollar un “lazo neuronal” o “cordón neural” que conecte el cerebro con los ordenadores. Sobre los peligros de la fusión con la inteligencia artificial habla Schneider (2019) que nos advierte de que una mecanización del cerebro puede terminar con la vida del individuo como ser consciente. Otras metas del posthumanismo como “mejoras en términos de longevidad, salud, autocontrol emocional, minimización del sufrimiento, resistencia física, creatividad, memoria, cognición…” (Rueda, 314) también pueden ser más plausibles de lo que creemos. Ya hay científicos investigando el hipocampo para introducir artificialmente conocimientos en el cerebro humano y microchips que pretenden reemplazar neuronas defectuosas para curar enfermedades.

Otro punto de vista interesante sobre esta fusión del humano con la máquina es la idea de que dicha fusión no es algo hipotético o del futuro, sino que ya ha ocurrido con internet, al que el ser humano ya está ligado física y emocionalmente.  La tecnología lleva en nuestras vidas años, y ya ha ayudado a miles de personas a hacer su vida más fácil, como por ejemplo con el uso de prótesis. Pero la fusión de los humanos con Internet es ligeramente diferente, no hablamos simplemente de una herramienta cuyo uso facilita nuestras vidas, sino que hablamos de una expansión de nuestro “yo” a esta tecnología. Internet se ha convertido en una parte más de nuestro cuerpo, una extremidad más, una parte de nuestro ser. Ha trascendido su función como herramienta para pasar a formar parte de nuestra identidad. Como dice CJ (2021) “la experiencia intuitiva, universal e inmaterial del ser no entiende la diferencia entre que tus ojos sean la pared a través de la cual alucinas el universo y que las pantallas sean la pared a través de la cual alucinas el universo”. Hay muchas personas que viven ya más en las redes sociales que en la vida real. Es más, las nuevas generaciones que ya nacen inmersas en esta otra realidad crecen sin saber diferenciar los dos mundos. Aún no sabemos qué consecuencias tendrá esto, pero sí que podemos suponer que puede llevar al aislamiento y a problemas de salud mental. La pandemia del COVID 19 ha hecho más visible esta nueva realidad, demostrando a todo el mundo este papel tan importante que juegan las nuevas tecnologías en nuestras vidas.

Para concluir, la mejora de la humanidad a través de la tecnología es inevitable. Como ante cualquier innovación tecnológica el primer instinto del individuo es tener miedo, la humanidad siempre ha sido reacia al cambio, siempre le ha tenido miedo a lo otro. Pero por otro lado, siempre se ha acabado adaptando. Por tanto, no podemos luchar contra nuestra inevitable fusión con la tecnología, en parte porque esta fusión ya ha empezado, pero sí que podemos ser críticos con estos cambios. Es importante reivindicar la necesidad de evitar el reduccionismo del discurso al que la tecnología nos empuja e invitar a tener conversaciones verdaderas fueras de este medio. Esta evolución que proclama el transhumanismo y el posthumanismo es inevitable, y puede ser muy positiva para la humanidad o puede acabar con ella, por tanto, hemos de vencer este miedo humano a lo diferente y preguntarnos qué futuro queremos legar.

Bibliografía

CJ the X. (2020). Bo Burnham vs. Jeff Bezos – Video Essay. [Video]. YouTube. https://youtu.be/UvYcunuF3Eo

Mill, J. S. (1984) El utilitarismo (#3) Madrid: Alianza Editorial.

More, M. (1993). Technological self-transformation: Expanding personal extropy. Extropy, 4 (2), 15-24.

Haraway, D. (1985) Manifesto for cyborgs: science, technology, and socialist feminism in the 1980s. Socialist Review, 80, 65–108.

Humanity+ (1999) Transhumanist FAQ. https://www.humanityplus.org/transhumanist-faq

Rueda Etxeberria, J. (2020) De la libertad morfológica transhumanista a la corporalidad posthumana: convergencias y divergencias. ISEGORÍA: Revista de Filosofía Moral y Política. 63, 311-328. https://doi.org/10.3989/isegoria.2020.063.02

Imagen | Pexels

Cite este artículo: Mollá, M. (2022, 29 de noviembre). Después del humanismo: transhumanismo y posthumanismo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/11/despues-del-humanismo-transhumanismo-y-posthumanismo

Artículo original de:

Maria Mollá Ruiz de Vargas (autora invitada ):
Estudiante de Filosofía y Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Originariamente de Barcelona. Interesada en el cine y las nuevas tecnologías.

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por autores invitados

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