Detrás de la dimensión cómica de Irma la dulce, se esconde una segunda capa más reflexiva, cuyo objeto de análisis no es otro que el propio ser humano. Lejos de ser una película meramente cómica, Billy Wilder nos acerca, mediante el personaje de Néstor Patou, a ese hermético enigma que yace en las profundidades de todo hombre: él mismo. El yo, la identidad.

La película de 1963, protagonizada por Jack Lemmon (Néstor Patou) y Sirley Maclaine (Irma), cuenta la historia de un policía que, por causas o azares, conoce a una prostituta: Irma —de la que se enamora perdidamente—. El policía, ya retirado, se convierte en el “chulo” de nuestra protagonista… y aquí es donde viene la magia. Corroído por los celos que le despiertan los clientes de Irma, Nestor decide hacerse pasar por un lord inglés (LordX), con el objetivo de pagarle lo suficiente como para ser su único cliente. La trama avanza y, con ritmo tenue, la joven Irma termina enamorándose de su cliente inglés. Ingenioso, ¿verdad?

Ahora bien, ¿qué tiene de filosófico todo esto? ¿Qué se esconde detrás de esa amalgama de chistes, amores y peleas sobreactuadas? Ciertamente, detrás de todo ello no se halla sino ese objeto de conocimiento tan propio de la filosofía —y del buen cine—: la verdad.

Empecemos por el principio. El hecho de que Néstor cambie su “identidad” para convertirse en LordX es ya, de por sí, algo que muchos filósofos considerarían imposible. ¿Son Néstor y LordX personas diferentes? ¿Es posible este desdoblamiento del yo? ¿Es el yo capaz de desembarazarse de sí mismo, convirtiéndose en una unidad sustancial distinta? Resolver todas estas cuestiones nos permitirá descubrir la verdadera pregunta de la película: ¿de quién se enamora Irma la dulce?

La noción cartesiana del yo

Si analizamos esta problemática desde el punto de vista cartesiano, veríamos que ni LordX, ni el propio Néstor, responden a la noción cartesiana del yo. En lo que a la identidad se refiere, Descartes ofrece una visión sustancialista del yo. El yo no tiene un origen empírico, sino que su origen es él mismo: es una unidad psíquica, una sustancia con pensamiento propio que se prolonga en el tiempo. El yo cartesiano es el yo más fiel al sentido etimológico de identidad, pues siempre se mantiene igual a sí mismo. Así, Descartes vincula esa unidad psíquica a la conciencia: “soy todo el tiempo que dure mi pensar” (Descartes, 1641), nos señala. El yo es consciente de sí mismo, no solo en sentido epistemológico sino ontológico. Es consciente de su propio ser y, a su vez, es precisamente esto lo que lo dota de ser. El yo cartesiano expresa autoconciencia y requiere perdurabilidad (Daros, 2012, p. 2). Por consiguiente, resulta comprensible que el yo es autosuficiente, independiente, autoexistente… El yo agota el ser. Por tanto, no depende del “sujeto sensible” —el sujeto como ser humano, como LordX o Nestor— dado que es un sujeto en sí mismo. El yo se “sujeta” a sí mismo. Néstor podrá hacerse pasar por LordX, podrá ser confundido por él, podrá incluso borrarse la delgada línea que separa ambos personajes; pero el autor de dichos procesos mentales, el yo, se mantendrá idéntico a sí mismo. 

Desde esta premisa, es fácil pensar que nuestro protagonista nunca será LordX, sino que seguirá siendo Néstor. Sin embargo, tampoco es que esto sea enteramente cierto. El yo es algo más profundo… Es algo que va más allá de un nombre, pues no precisa del reconocimiento ajeno. El yo tan solo precisa de su propio (re)conocimiento.

Así pues, nuestro protagonista nunca será LordX, pero tampoco será enteramente Néstor. El yo tan solo será el yo; y Néstor no será sino un conjunto de vivencias mentales, tendencias psicológicas, comportamientos psíquicos que recorren la realidad bajo el nombre de Néstor. Pero el sujeto pensante, la unidad anímica que acompañará a Néstor, su conciencia, su yo, permanecerá idéntico a sí mismo. Emanarán de la fuente del yo vivencias mentales dispares y azarosas, pero la fuente en sí se mantendrá idéntica e inalterable para sí.

Ahora bien, ¿cómo es posible justificar la existencia del yo? ¿Cuál es el criterio ontológico? Pues bien, para Descartes, el yo se mueve, a tientas, en un mundo de falsedad; el yo duda de todo. Y esa es la única certeza posible, es la prueba que confirma su ser. La única certeza ontológica es la duda de lo óntico… La certeza se fundamenta en la duda (Daros, 2012, p. 2). La identidad del protagonista es ostensible en el momento en el que duda de quién es… Observamos en este momento la duda que confirma su ser. Néstor no sabe quién es, y por eso sabemos que es.

Por tanto, Irma la dulce no se enamora de Néstor, y tampoco de LordX. La joven Irma ama, inevitablemente, al autor psicológico de ambos personajes. Desde el punto de vista cartesiano, Irma no se enamora dos veces de dos personas distintas, sino que se enamora una vez —inconscientemente— de un mismo sujeto pensante, pero con distintos “procesos psicológicos”, digamos. ¿A quién ama Irma, entonces? ¿Quién es su enamorado? Irma se enamora, sin ir más lejos, de aquello común e inmutable de Néstor y LordX: su ser.

La noción humeana del yo

Analicemos ahora la problemática desde la postura de Hume. Frente al planteamiento cartesiano, donde el yo era una unidad psíquica sustancial, para Hume “el yo no es propiamente una sustancia”, pues “la conciencia no es más que un acto accidental” (Daros, 2012, p. 8). Ahora bien, ¿en qué se basa Hume para negar tan categóricamente la existencia de un yo sustancial? Ciertamente, para Hume el criterio que determina la existencia o ser de algo es el conocimiento empírico. Así pues, para el filósofo escocés no existe una impresión sensible de “algo simple y continuo” (Hume, 1739), y ese es el criterio que determina su inexistencia.

Ahora bien, ¿por qué no es posible una experiencia o impresión del yo? Para Hume la experiencia del yo es imposible porque el yo no es algo que se pueda experimentar. “El yo o persona no es ninguna impresión, sino aquello a lo que se supone que nuestras distintas impresiones e ideas tienen referencia” (Hume, 1739), nos señala el autor. Buscarse a uno mismo implica, pues, chocar de bruces con el proceso mental de estar buscándose a uno mismo, pues no es posible conocer algo que sea “uno” y el “mismo”. Por consiguiente, la noción humeana de la identidad termina, de raíz, con esa naturaleza casi metafísica del yo cartesiano. 

Entonces, ¿LordX y Néstor serían “personas” distintas, con identidades distintas? Realmente, no sería exactamente así, pues la postura de Hume implica invalidar el concepto de yo o “persona” —dado que su existencia requiere sustancialidad y perdurabilidad—. Para Hume, el sujeto es incapaz de “sujetarse” a sí mismo… Solo existen fenómenos psicológicos, azarosos y cambiantes, y sin una fuente de referencia externa (Daros, 2012, p. 8). Así pues, el yo se fragmenta… Se derrite colándose por entre las rendijas de la experiencia. Y son esos “fragmentos” del yo, esos fenómenos psicológicos, puntuales y momentáneos, lo que puede ser conocido empíricamente. El sujeto se afirma —y se confirma— como fragmentación.

Por tanto, no, Néstor y LordX no son la misma “persona”. Pero hablar de “persona” como unidad identitaria, bajo el prisma de la filosofía de Hume, supone caer en un error. Néstor y LordX no son el mismo yo porque no existe tal cosa. El “Néstor policía” tampoco está unido sustancialmente al “Néstor chulo”. Todo es una miscelánea de procesos mentales, fugaces y perecederos.

Realmente, el personaje de Néstor/LordX es una representación perfecta —e inintencionada— de la noción humeana de la identidad. A medida que avanza la farsa, llega un momento en el que nuestro protagonista es más LordX que Néstor. ¿Acaso existe un ejemplo más explícito de la inexistencia de una unidad psíquica sustancial? Néstor se identifica con LordX porque, en ese momento, está siendo LordX. La referencia identitaria de ese yo fijo e inalterable, es imperceptible y, por tanto, inexistente. LordX tan solo experimenta el proceso mental de ser LordX en ese momento preciso, y eso es todo. No hay una experiencia de un Néstor perdurable, coherente y sustancial. Néstor no existe como un yo: ese es el quid de la cuestión.

Retomemos ahora la pregunta inicial: ¿de quién se enamora entonces Irma la dulce? Podríamos decir que Irma no se enamora, sino que se está enamorando. Y ese proceso de enamoramiento, como todo proceso mental, es nuevo cada vez, distinto al anterior, pero sin dejar de ser un sentimiento de amor. Irma no se enamorará, pues, de Néstor o LordX. Irma se enamorará de aquel que le hace una cortina con papel de periódico; de aquel que se despierta cada mañana en su cama; de aquel que, con acento inglés, le gana a las cartas innumerables veces. Irma se enamora de un “haz o colección de percepciones diferentes, que se suceden entre sí con rapidez inconcebible y están en perpetuo flujo y movimiento” (Hume, 1739). Y esa parece ser la magia del enamoramiento: que se renueva cada vez… Que nunca cesa.

Bibliografía

Daros, W. R. (2012). El tema de la identidad personal en algunos filósofos de la modernidad.

Descartes, R. (1641). Meditaciones metafísicas. Alianza editorial.

Hume, D. A. (1739). Tratado de la naturaleza humana. Libro 1º. Editorial Tecnos.

Wilder, Billy. (1963) Irma la douce [Irma la dulce]. The Mirisch Company.

Imagen | Wilder, Billy (director). (1963). Irma la douce [Irma la dulce] (película). United artists corporation. Propiedad del National Steering Service Corp.

Artículo de:

Elena Verdugo (autora invitada):
Estudiante de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Trilingüe (español, francés e inglés). Obtuvo el 2º premio de disertación en la OFM (Olimpiada Filosófica de Madrid) de 2022, y el 1º en 2023.

Cita este artículo (APA): Verdugo, E. (2022, 09 de noviembre). Irma la dulce y la concepción del “yo”: un acercamiento a la noción cartesiana y humeana de la identidad. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/11/irma-la-dulce-y-la-concepcion-del-yo/
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por autores invitados

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