Puesta en marcha
El presente artículo es una traducción de Luis López Galán del texto The Value of Group Work, de Eric de Araújo, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

El siguiente artículo forma parte de la serie Graduate Student Reflection (Reflexiones de estudiantes de posgrado), una serie de artículos que invita a los estudiantes de posgrado a compartir sus experiencias sobre lo que implica estar en un programa de posgrado de filosofía.

Muy bien, ahora trabajaremos en grupos.

Esto es algo que yo mismo he dicho como profesor. Si quiero que mis alumnos trabajen un problema de lógica o reconstruyan un argumento de manera conjunta, me gusta hacerles hablar los unos con los otros sobre lo que están aprendiendo. Sin embargo, rara vez he visto que esto ocurra en mis seminarios de posgrado. Y por eso me sorprendió cuando, en uno de ellos, Ben Caplan1 nos pidió que hiciéramos justamente eso, trabajar en grupos.

Estaba participando entonces en un seminario de posgrado dentro de mi programa de doctorado en la Universidad Estatal de Ohio. Versaba sobre el Realismo en obras de ficción y en ese momento nos encontrábamos leyendo La inexistente de Anthony Everett. En general, el seminario estaba estructurado como muchos otros seminarios en los que participé como estudiante de posgrado. Este ocurrió antes de la pandemia y nos reuníamos formando un círculo con las sillas en la sala de seminarios del departamento. Cada semana pasábamos unas cuantas horas hablando sobre algún fragmento específico del libro y la evaluación resultaría de una prueba final sobre él. En mi experiencia, estos encuentros semanales se basaron sobre todo en conversaciones relajadas, sin restricciones, y no tanto en trabajos en grupo.

La exhibición pública en el seminario

Para mí los seminarios eran como una olla de ansiedad a presión. A veces se me revolvía el estómago y creía que incluso los demás podrían escucharlo. Cada nueva contribución o pregunta que hacían mis compañeros me hacía dudar de mi comprensión lectora o de si merecía la pena compartir mis pensamientos con el resto. En mi mente, esos compañeros operaban a un nivel diferente, más alto, y mis intentos por participar solo iban a conseguir estropear la conversación.

Como profesor, sé que esto no es así. Sé que los comentarios más altisonantes en clase no siempre se corresponden después con argumentos bien elaborados. También sé que algunas de las contribuciones más productivas son resultado de un momento de confusión o desconocimiento. Pero me costaba aplicar lo que había aprendido como profesor a mis acciones como alumno. Y entonces me sentaba allí, forzaba expresiones de perplejidad y minimizaba el número de mis contribuciones.

Pero cuando Caplan nos hizo trabajar en grupos, todo cambió. La necesidad de impresionar se disipó y conseguí abrirme. Mi atención se enfocó en la tarea a realizar y en cómo podíamos llevar a cabo lo que se nos estaba pidiendo.

Nos pidió que echáramos un vistazo a un fragmento en particular. Si la memoria no me falla, leímos un contraejemplo que Everett desarrollaba para rebatir una teoría particular de objetos en ficción. El profesor había escrito preguntas específicas para que el grupo las contestara. En líneas generales, nuestro objetivo era entender cómo el autor había diseñado el contraejemplo para que este tuviera sentido y además comprobar si éramos capaces de ofrecer una respuesta.

Cambio de dinámica: el trabajo en grupo

Trabajar en ese grupo fue completamente distinto a cualquier otro seminario al uso. Me preocupaba menos que mis pensamientos no fueran tan buenos como los de los demás y me interesaba más por responder a esas preguntas concretas. Y entonces me di cuenta de que había sobreestimado enormemente el nivel al que los demás estaban trabajando el texto. Se lanzaban ideas rudimentarias, se frenaban comentarios a mitad de algún intento de respuesta y se pedía ayuda al resto con distintas explicaciones. Escribimos ideas en la pizarra, borramos otras cuantas y reescribimos unas encima de otras. A veces, los seminarios parecían una oportunidad para lucirse, ya sean los estudiantes o la propia facultad, o para ser juzgado. Este parecía más bien una oportunidad para solucionar problemas.

En mi posición actual como Diseñador Instruccional, debería poder explicar exactamente por qué esta actividad tuvo aquel efecto en mí. Pero no estoy seguro. Quizá no fue más que el resultado de un cambio de ritmo, o puede que fueran las preguntas específicas del profesor. A lo mejor fue el tamaño del grupo, más reducido, o que el resultado final era uno en comunidad, nos pertenecía a todos. Lo que sospecho es que la actividad se alineaba de una manera más satisfactoria con lo que deberíamos extraer de los seminarios. Salí de allí con la sensación de haber entendido cómo se suponía que había que hacer para que el ejemplo tuviera sentido. Cuáles eran los siguientes pasos, pero también el mérito de esos pasos.

¿Para qué sirve un seminario?

Nadie me ha explicado de manera pormenorizada cuál es el propósito de un seminario, pero asumo que los filosóficos deben desarrollarse en un ambiente donde poder afilar las habilidades y familiarizarse con la literatura relevante. Sin embargo, como se ha dicho, hasta entonces los había vivido como un escaparate donde uno debía lucir habilidades ya conseguidas, y no donde poder seguir desarrollándolas.

La actividad de trabajar en grupos se llevó por delante aquellas expectativas. Había espacio para no sentirse seguro del todo, para ampliar lo que otros habían dicho y para luchar con el texto. Y en la medida en que lo hizo, fue una experiencia mejor dirigida a los objetivos no escritos de un seminario.

Como profesor, esta experiencia personal me confirmó el rol que las prácticas de aprendizaje colaborativas y activas pueden tener a la hora de ayudar a mis estudiantes, de hacerles superar sus cursos. En adelante, pienso utilizar estas actividades de aprendizaje para que mis alumnos consigan calibrar mejor su desarrollo, tengan oportunidades de prueba y error y puedan aprovechar vías alternativas para la participación. Además, a partir de ahora podré hablar de mi propia experiencia la próxima vez que diga: «Muy bien, ahora trabajaremos en grupos».

Notas

[1] Benjamin Caplan es profesor del Departamento de Filosofía en la Universidad de Kansas.

Imagen | Pixabay

Artículo original de:

Eric de Araujo:
Diseñador Instruccional en Tecnologías de Enseñanza y Aprendizaje con Purdue Online y profesor a tiempo parcial en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Purdue. Se doctoró en la Universidad Estatal de Ohio.

Traducido por:

Luis López Galán (Filosofía en la Red):
Ofrece servicios editoriales y es, en la actualidad, estudiante de Grado de Filosofía. Español residente en Inglaterra, y con las letras como principal pasión, la combinación cultural y literaria de ambos países lo mantiene ocupado cada día.

El presente artículo es una traducción de Luis López Galán del texto The Value of Group Work, de Eric de Araújo, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 
#comunicación, #estudiantes, #filosofía, #posgrados, #Universidad

por American Philosophical Association (APA)

The American Philosophical Association promueve la disciplina y la profesión de la filosofía, tanto dentro de la Academia como en la arena pública. La APA apoya al desarrollo profesional de los filósofos en todos los niveles y trabaja para fomentar una mayor comprensión y apreciación del valor de la investigación filosófica.

error: Content is protected !!