¿Qué es la religión? He aquí una de las preguntas más difíciles de responder y que ha hecho correr mucha tinta con el afán de ofrecer una solución. Desde intentar ofrecer una definición etimológica hasta realizar una búsqueda sobre sus características más esenciales, lo cierto es que constituye un fenómeno que, aunque después de sendos esfuerzos secularizantes llegó a ser negado, forma parte de nuestra condición humana: nacemos como seres temporales, somos acogidos por y nos relacionamos con otros-otras, configuramos un mundo de sentido simbólico colectivo, sufrimos la pérdida de quienes están alrededor y aún de nosotros-nosotras mismos, pero, también, tenemos un ansia de trascendencia, una voluntad de persistencia y supervivencia que nos permite imaginar otras realidades. Imaginarlas, producirlas y tramar vínculos con ellas; vínculos que pueden ser relativamente efímeros o violentamente duraderos.

¿Para qué sirve la religión? Pregunta quizás ociosa que pretende reducir nuestra experiencia del mundo a una necesidad puramente material y visible. No se trata de saber si la religión es o no útil, si vale la pena conservarla o es preciso desecharla, si fue un estadio primitivo del desarrollo humano que será al final superado o si es una construcción socio-histórica, institucionalmente mediada, que lucha por mantenerse. El asunto principal es: ¿cuál es la provocación que la religión hace en nuestros modos de ser humanos? En otras palabras, ¿qué tipo de experiencia es la que nos abre la pregunta por lo religioso? Es justo aquí donde las reflexiones de la filosofía de la religión en general, y la fenomenología de la religión en particular, en diálogo con otras disciplinas científicas que ofrecen formas diversas de aproximarse a lo religioso, nos permiten dar algunas luces sobre la especificidad de esa experiencia. Una experiencia que se da, quizás, a cuentagotas, en periodos no tan extensos, pero de una intensidad regularmente profunda e indescriptible.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de religión? Al menos podemos acordar que nos referimos a un tipo de experiencia, de algo ligado a la trascendencia, a algo que sobrepasa esos límites que, en tanto que humanos (quizás mientras aún lo sigamos siendo entre los intentos trashumanistas de superar esa condición), nos parecen estar vedados. Constituye un salto a lo que permanece fuera de nuestro alcance, pero que nos resulta necesario para configurar nuestros mundos de sentido vitales. En este sentido, lo religioso no remite tanto a lo divino como un elemento completamente desconectado de la realidad física que habitamos, sino a una suerte de frontera o gozne que se revela en lo sagrado. Un tipo de experiencia que puede ser medianamente expresada a través de medios simbólicos, y que remite a situaciones de intersección entre lo intramundano y lo trascendente. Afirma nuestros límites, pero, a la vez, incita a ir más allá de ellos, con todos los peligros que esta incitación conlleva.

De este modo, lo sagrado, como experiencia, es un elemento que acompaña la humanidad desde que esta se convirtió en tal. Pero lo sagrado no se define únicamente en y por sí mismo, sino en contraposición a lo no-sagrado, esto es, lo profano. Lo sagrado remite a aquello que, de un modo u otro, debe ser resguardado, a lo que hay que mostrar cierto respeto y veneración porque constituye algo inexorable, algo que reviste un aura de enigma. Mientras que lo profano es lo que está a nuestro alcance, lo que puede ser manipulado para ofrecernos un modo de vida más apacible. Por eso existe una tensión irremediable, pero manifestada de modo diverso entre lo sagrado y lo profano.

Quizás por eso el pensador francés, Edgar Morin (2003), en su libro El hombre y la muerte, originalmente escrito en 1970, buscó colocar en la reflexión sobre lo humano no solo al útil sino también a la sepultura. El útil remite a las herramientas que los seres humanos hemos producido y desarrollado para relacionarnos de una mejor manera con el ambiente que nos rodea a partir de su transformación en beneficio propio; mientras que la sepultura remite a las prácticas funerarias que nuestros antecesores realizaban ante un suceso fundamentalmente físico que carecía de explicación y constituía un límite a las posibilidades de transformación generada por dichos útiles. Las sepulturas, al igual que los útiles, se dirigían a un objetivo: la supervivencia; pero no se referían a ella en el mismo sentido. Los útiles remitían a una supervivencia en el mundo, las sepulturas a un tipo de supervivencia desconocida pero sentida como ineludible.

La muerte, entonces, sin caer en interpretaciones que colocan el miedo a la muerte como el origen ingenuo de las religiones, constituye quizás el primer enigma que permite a los humanos darse cuenta de los límites de sus posibilidades. Obviamente, estos límites irán modificándose porque los útiles humanos van desarrollándose hasta llegar a superarlos en cierto modo. Posiblemente, el ser humano es el único ser en quien la percepción de sus límites se comprende como una incitación o provocación hacia su superación. Superación que, aunque es posible, es una ilusión inacabable, puesto que esos límites no terminan diluyéndose, sino transformándose. He ahí la naturaleza cambiante de la tensión entre lo sagrado y lo profano, es decir, la naturaleza cambiante de la experiencia de lo religioso.

Dicha experiencia remite generalmente a un sentimiento de pequeñez, de finitud, de sobrecogimiento que nos hace percibir el infinito o la grandeza de lo que nos rodea. Algo que sobrepasa nuestra capacidad de delimitación, categorización y expresión racional, e incita a inventar novedosas formas de expresión que, aunque de modo aún precario, permitan mostrar a los demás un poco de lo vivido. De ahí que el relato y el arte, en sus diferentes manifestaciones, sean un intento de narrar y/o mostrar lo indecible e inexpresable. Pero, dada la fugacidad de esa experiencia, realizamos una serie de intentos por provocarla. Inducimos sentimientos y comportamientos con tal de hacerla aparecer, aunque no tenga la misma potencia que cuando se nos aparece, cuando nos elige.

Siendo así, las religiones quizás no han sido más que los esfuerzos humanos por intentar provocar, con mayor recurrencia, esa experiencia de sobrecogimiento que nos hace recordar nuestra limitación y, al mismo tiempo, vislumbrar la posibilidad de trascenderla. Esfuerzos que, en muchos casos, han terminado provocando cuerpos doctrinales que se absolutizan y se presentan a sí mismos como los únicos posibles; con lo que no hacen más que destruir el carácter espontáneo de las experiencias genuinamente religiosas. Sería primordial para una mejor convivencia en nuestro mundo actual, comprender que dichos esfuerzos son absolutamente relevantes, pero no pueden ser totalizados u homogeneizados. En ese sentido, las religiones más o menos instituidas son útiles como preparación para experimentar lo religioso de ciertos modos, pero no constituyen la experiencia religiosa en sí.

Es por todo esto que la experiencia de lo religioso, en vez de desaparecer, se revela con una mayor fuerza en un contexto en el que los seres humanos vislumbramos nuestros límites y nos esforzamos cada vez más por su superación. Cabría mantener abierta la reflexión para observar en qué medida las fronteras entre lo sagrado y lo profano se diluyen constantemente y, así, poder notar cómo creamos, a veces sin quererlo, nuevas formas de religión que, en vez de colocar el énfasis en lo humano y sus vínculos con todo lo que lo rodea, reducen la complejidad de lo que somos a ciertas manifestaciones socio-históricas como el capitalismo o la tecnología.

Bibliografía

Morin, E. (2003, 4ta. Ed.). El hombre y la muerte. Barcelona: Editorial Kairós.

Artículo de:

Luis Ernesto Cruz Ocaña (autor invitado):
Pedagogo, antropólogo y filósofo. Profesor de la Universidad Autónoma de Chiapas. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Interesado en religiosidad contemporánea, muerte y duelo, bioética y narratividad, biopolítica y tecnología en el marco de los debates de Antropología Filosófica y Estudios Culturales latinoamericanos.

Imagen | Fotografía tomada por el autor

Cite este artículo (APA): Cruz, L. (2022, 02 de noviembre). La presencia de la religión en el mundo contemporáneo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/11/la-presencia-de-la-religion-en-el-mundo-contemporaneo/
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por Universidad Autónoma de Chiapas

La Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Humanidades, Campus VI (UNACH) inició sus actividades en 2011, siendo una de las primeras en ofrecer formación filosófica de carácter público en el sur de México. Su objetivo es formar filósofos orientados a la profundización en los aportes de la filosofía latinoamericana, mexicana y de los pueblos originarios a la filosofía occidental; a la reflexión sobre problemáticas de docencia y didáctica de la filosofía en el nivel medio superior; y al fomento de las prácticas filosóficas para el impulso de una actitud filosófica en la vida cotidiana.

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