Era una noche de octubre cuando tuvo lugar el suceso. Caminaba a oscuras por una playa desierta y me tumbé sobre la arena. El cielo, despejado de nubes, ofrecía una vista limpia del firmamento, salpicado de todas las estrellas que normalmente quedan ocultas por la luz artificial. La contemplación, bella en un principio, se tornó terrible cuando, tras un rato de posar mis ojos ora en una constelación, ora en otra, mi vista no alcanzaba el límite de la insondable inmensidad que me cubría. Solo al mirar hacia la orilla podía verse una oscuridad profunda y aterciopelada devorar las centelleantes luces que moraban más cercanas al horizonte. Incapaz de seguir mirando el cielo sin sentir vértigo, me incorporé. Mi ánimo se había visto agitado por el sentimiento de lo sublime.

Los autores que han hablado sobre el sentimiento de lo sublime -Aristóteles, Hume, Burke, Kant, entre otros- lo describen como un sentimiento grandioso y terrorífico. Consiste en cierta angustia y ansiedad que se padece al contemplar algo de magnitud inconmensurable, y que conlleva cierto alivio placentero cuando el alma perturbada se libera del peligro. Ser testigos a la altura de las nubes de la geografía escarpada, conscientes de que la altura y el riguroso funcionamiento de la gravedad puede matarnos, o presenciar una tormenta eléctrica que con la descarga de un solo relámpago caeríamos fulminados, puede dilatar nuestras pupilas y acelerar nuestro corazón. Pero, a pesar de todo, nos mantenemos seguros, conscientes de que solo es una mera posibilidad el hecho de que la naturaleza en su máxima potencia ponga fin a nuestras vidas. Sin embargo, cuando la agitación de la tierra provoca tantas víctimas, solo queda terror, seguido de una lamentación, en lugar de un suspiro de alivio. El terremoto de Lisboa de 1755 es un ejemplo de la implacable fuerza de la naturaleza desatada. Voltaire verá en el desastre la cara más destructora de la naturaleza, mientras que Rousseau la considera un espacio en el que el hombre debe amoldarse. Carece de sentido llamar a la naturaleza cruel por ser lo que es en una ciudad llena de gente, en lugar de en las profundidades del desierto, donde no perturbe la vida del hombre.

El universo de Lovecraft

Lo que encontramos en Lovecraft, padre del terror cósmico, es una colección de elementos sublimes: arquitecturas colosales y ciclópeas, dioses cósmicos, poderes titánicos, potencias avasalladoras para las que somos una mota de polvo accidental en el mapa del universo. En la aclamada “Llamada de Cthulhu” se rastrean las evidencias de la existencia de un ser antropomorfo, pero con los viscosos rasgos de un cefalópodo alado. Se trata de un monstruo descomunal y antiguo que aguarda, durmiente, el momento de tomar este mundo como suyo. Esa “magnitud inconmensurable” de la que hablábamos no la encontramos únicamente en el tamaño de la criatura y su morada submarina. A través del texto podemos atisbar la longevidad arcaica de este ser, que habitaba nuestro planeta mucho, mucho antes de que el humano comenzase siquiera a esbozarse. Pero el escritor de Provicence nos arrastra más allá Cthulhu. Retrocede en la línea temporal hasta los límites del mismísimo tiempo y nos habla, en “Las montañas de la locura”, de los Primordiales, los más antiguos habitantes de la Tierra. Por supuesto, enormes, aterradores e inteligentes a un nivel que nuestra limitada cognición no puede ni imaginar.

No todos los entes lovecraftianos habitan nuestro planeta desde el principio de los tiempos. En el caso de “El color que cayó del cielo”, gran ejemplo del horror cósmico, un ser alienígena de un color nunca visto va a parar a una granja familiar. De hecho, un color nuevo que no podemos recrear en nuestra mente es el único dato que tenemos sobre el aspecto de la entidad durante la lectura. Lo inquietante del relato se refleja en la destrucción sutil de la familia que produce el contacto con el extraterrestre. Y es que la exposición prolongada a un terror sublime acaba, en el mejor de los casos, con la locura de los protagonistas. En el peor de ellos, con la desaparición o la muerte de las víctimas.

Al jugar con estos elementos que escapan a las medidas del hombre, el imaginario de Lovecraft nos arroja una y otra vez al abismo de lo inefable. Lo más aterrador es lo que no podemos ver y completamos con nuestra imaginación. Como hemos visto, es frecuente en el terror de Lovecraft recurrir a seres, espacios, tiempos y horrores indescriptibles. A menudo el relato está escrito por un superviviente y testigo a medias de un suceso abominable. En “La declaración de Randolph Carter” el señor Carter explica todo lo que sabe sobre la desaparición de su amigo Warren. Él se comunicaba a través de un transmisor de radio con su compañero, que había bajado desde una cripta por una escalera al infierno. Carter solo escucha las agitaciones de Warren, que traspasa el punto de no retorno de lo sublime a lo terrorífico. En “Lo Innombrable”, de nuevo Carter, se reúne con un viejo amigo en un cementerio y le habla a cerca de una leyenda local sobre un ser indescriptible -pues habitan en sí una infinidad de formas- del que se han relatado varios encuentros.

Las dos caras de la naturaleza

Para los griegos, el cosmos era el orden del caos. Así es como los dioses olímpicos se imponen sobre los titanes en la titanomaquia. Las criaturas de Lovecraft son puras potencias naturales. Son fuerzas pero sin ley ni orden. No hay nada como leer a Lovecraft para asomarse a un mundo totalmente despojado de la Bondad propia de Dios. Voltaire leyó el terremoto portugués de 1755 como una masacre de la naturaleza contra el hombre. Las lamentaciones que exclama en “El poema sobre el desastre de Lisboa” increpan a Dios por su falta de bondad. Parece señalarle como un creador que se ha desentendido de su creación y que deja que su mundo se autodestruya por causas naturales.

Y es que la naturaleza, ese regalo que nos pone a prueba, tiene dos caras. J. K. Chesterton personifica este cosmos natural a través de Domingo en “El hombre que era Jueves”. Domingo, visto desde atrás, tiene un cuerpo aterrador y desmesurado; y aunque su rostro es difícil de percibir de un solo vistazo, cuando Syme, el protagonista de esta novela onírica, tiene la fortuna de hacerlo, descubre una cara más amable de lo que creía, que deshace la ansiedad que le generaba verle por detrás. Las espaldas de Domingo representan esa naturaleza lovecraftiana, que fácilmente pasa de lo sublime a lo terrible, cuya hostilidad nos mantiene en perpetua angustia. Lovecraft fue el onironauta de un cosmos caótico y de dimensiones infinitas, que tuvo a bien desvelarnos en sus escritos el terrible rostro de la muerte de Dios.

Bibliografía

Kant, I., Observaciones a cerca del sentimiento de lo bello y lo sublime, Alianza Editorial, Madrid, 2020.

Villar, A., En torno al mal y la desdicha, Alianza Editorial, Madrid, 1995.

Chesterton, J. K., El hombre que era Jueves, Alianza Editorial, Madrid, 2017.

Salas Mora, J. (tr), H. P. Lovecraft, Colección Relatos de terror, Aliar Ediciones, Granada, 2019.

“La llamada de Cthulhu” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“El color que cayó del cielo” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“La declaración de Randolph Carter” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“Lo Innombrable” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“Los otros Dioses” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“Hipnos” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

“Sordo, mudo y ciego” de H. P. Lovecraft. [Podcast] Noviembre Nocturno.

Suposiciones sobre Innsmouth. [Podcast] Noviembre Nocturno.

lacavernadefilosofia. (9 de mayo de 2011). Debate Chesterton UCM – Juan Bautista Fuentes Ortega (2ª parte). [Archivo de video]. Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=-LTr606rERI&t=41s

Imágenes | Pixabay, Wikimedia 1, 2, 3

Artículo de:

Laura Jiménez Gordillo (autora invitada):
Graduada en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid. Amante de los libros, la poesía y la literatura. Actualmente, se prepara para ser profesora de filosofía y planea ampliar sus horizontes académicos hacia las Ciencias de las Religiones.

Cite este artículo: Jimenez, L. (2022, 01 de noviembre). La sensación de lo sublime en el terror cósmico. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/11/la-sensacion-de-lo-sublime-en-el-terror-cosmico
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por autores invitados

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