Una de las corrientes u orientaciones más importantes dentro de la filosofía moral es la ética de las virtudes aristotélica, que siempre se ha presentado como una opción opuesta a la ética deontológica kantiana. Desde mi punto de vista, Aristóteles introduce, en la definición del bien, un concepto primordial, la prudencia, que requiere del uso continuado de la racionalidad y el pensamiento crítico en cada situación, sin que haya un bien absoluto que pueda referirse a todo y a cada contingencia. O mejor dicho, el bien absoluto contiene en sí mismo la variabilidad; es una práctica (no un valor estático). Esta necesidad de construir un hábito de utilización del pensamiento racional es lo que hace para mí más valiosa la ética aristotélica, ya que supone un ejercicio constante de reflexión y ponderación, sin que podamos acomodarnos en recetas fáciles y absolutas.

Aunque Aristóteles señala de manera clara, en su Ética a Nicómaco, cuál es el bien (o fin) del ser humano (el desarrollo de la racionalidad mediante la virtud), la aplicación de dicha virtud exige constantemente una ponderación particular por parte del agente. Si la virtud por antonomasia es la prudencia, determinar en qué grado debemos aplicarla o establecer cuál es exactamente el término medio de un valor nos lleva a reflexionar todas y cada una de las veces en que nos encontremos ante situaciones complejas moralmente.

Martha Nussbaum explica esta fundamental diferencia entre la ética aristotélica y la platónica en su obra La fragilidad del bien, y lo hace a través de la historia de Antígona, tal y como se narra en la tragedia de Sófocles. En esta obra, se presenta el conflicto entre Creonte, rey de Tebas, y Antígona, hija de Edipo y hermana de Polinices y Eteocles. Estos dos hermanos se enzarzaron en una guerra civil por el poder en Tebas, después de que Eteocles se negara a dejar su mandato tras 1 año, tal y como había acordado con su hermano. Ambos mueren en un conflicto armado, y Creonte decide tomar parte por Eteocles, de forma que decreta la prohibición de rendir honras fúnebres a Polinices, como castigo ejemplar por traición a su patria. Antígona quiere enterrar el cuerpo de su hermano y desafía la autoridad de Creonte; a escondidas, realiza una ceremonia funeraria y un pequeño enterramiento simbólico con unos puñados de tierra en el cuerpo de Polinices. Cuando es descubierta, Creonte la condena a muerte.

Para Creonte, el único bien, lo único correcto y justo, es el respeto de la ley y las normas de la polis. Por ello, se muestra inflexible ante el sufrimiento de una mujer que solo quiere honrar a su hermano muerto, amparada en que también existen leyes no escritas sobre la lealtad familiar y el respeto a los difuntos. Se establece así, en la tragedia, un debate sobre cuál es la mejor forma de actuar para servir a la justicia.

La enseñanza que Nussbaum extrae de la historia de Antígona está muy relacionada con la ética aristotélica y su carácter abierto a la contingencia, ya que muchos de los constitutivos valiosos de la vida buena son vulnerables a la acción incontrolada de agentes externos, como la fortuna. El bien no es una ley concreta ni una norma de actuación específica (como defiende Creonte), sino la aplicación de la prudencia y la capacidad de tomar en consideración sentimientos y necesidades humanos.

La creencia de que no todos los valores se relacionan con la utilidad, la idea de que existen obligaciones cuya desatención es profundamente destructiva para la armonía comunitaria y el carácter individual, constituyen un aspecto de la postura de Antígona que se salva de la crítica implícita que en la obra se hace del carácter excluyente de sus preocupaciones1.

Es decir, la ética aristotélica es una ética de autoevaluación y actualización constantes, y esto es lo que la convierte en una “forma de ser”, un hábito. La ética (la virtud) es, más que un valor, una actitud hacia el mundo y, sobre todo, hacia los seres que constituyen comunidad con nosotros. Pareciera como si Aristóteles aplicara el método científico moderno a su concepción del bien: la ciencia es, ante todo, una actitud de revisión, de apertura, de rectificación ante la aparición de nuevas evidencias o evidencias contrarias a nuestra hipótesis inicial. La ciencia está en constante construcción. Así mismo, el bien reside en la aceptación de esta fragilidad, contingencia y continua construcción; en la flexibilidad y la ponderación racional y racionada de cada circunstancia. El bien no es un valor externo y omniabarcador, inmutable y eterno.

La flexibilidad en la respuesta al mundo define un modo de vivir que brinda un grado aceptable de seguridad y estabilidad, al tiempo que permite reconocer la riqueza de valores existente. La simplicidad del éthos de Creonte no es solo poco inteligente; también se revela como una actitud empobrecedora y llena de fealdad2.

Esta visión tan antiplatónica del bien humano ofrece, desde mi punto de vista, innumerables ventajas y aplicaciones en la época contemporánea:

1) La ética aristotélica considera que el bien y el fin del ser humano es el uso de su racionalidad: esto es algo que puede enseñarse y educarse. La formación de los seres humanos en la argumentación racional crearía personas orientadas al bien último, que es la virtud, y debilitaría el protagonismo que las emociones y las opiniones no fundamentadas tienen en nuestro día a día.

2) Relacionado con lo anterior, la concepción del bien como una práctica ponderativa disminuiría notablemente la tendencia a creer en pseudociencias, sectas o espiritualidades dañinas, que postulan un único bien supremo y una única forma de alcanzar la vida buena, siempre sujeta a normas simplistas e inamovibles como las de Creonte.

3) Ayudaría a situar de nuevo el debate político en el centro de un ejercicio de racionalidad argumentada, para sacarlo de la identificación simbólica con grupos o partidos. Existiría autocrítica y se alcanzarían consensos allí donde se demostrase que determinadas propuestas son beneficiosas.

4) Una ética teleológica (orientada a fines) como la aristotélica crearía individuos deseosos de desarrollar su potencial humano (racional), mejoraría la autoestima de las personas a partir de valores más ricos y profundos que el prestigio o el poder adquisitivo y fomentaría la construcción de vidas con propósito y sentido.

Este escenario utópico que he dibujado gracias a la aplicación de la ética aristotélica en nuestras sociedades solo aspira a ser un objetivo deseable; la comunidad moral ideal, del mismo modo que Habermas pudo pensar en la comunidad ideal de comunicación. Plausible o no, creo sinceramente que es un camino que bien podría orientarnos hacia el establecimiento de un bien común en sociedades tan complejas como las nuestras.

Notas

[1] Nussbaum, M. (2015). La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. Madrid: Antonio Machado. Kindle e-book. Parte I, capítulo 3.

[2] Ibidem. Kindle e-book. Parte I, capítulo 3.

Bibliografía

Aristóteles (2001). Ética a Nicómaco. Madrid: Alianza.

Nussbaum, M. (2015). La fragilidad del bien: fortuna y ética en la tragedia y la filosofía griega. Madrid: Antonio Machado.

Imagen | Pixabay

Artículo de:

Laura Zorrilla (autora invitada):
Licenciada en Filología Románica y estudiante de Filosofía (UNED). Ha sido editora y correctora de textos durante muchos años. Trabaja para el Instituto Cervantes en la ciudad de Mánchester (Reino Unido).

Cite este artículo: Zorrilla, L. (2022, 08 de noviembre). ¿Por qué una ética aristotélica hoy? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/11/por-que-una-etica-aristotelica-hoy
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