Los flujos migratorios, fortalecidos a partir del siglo XX, intervienen notablemente en la construcción del «otro» más habitual en nuestro tiempo: el extranjero. O el migrante que debe asumir su papel de inmigrante, con las connotaciones sociales y políticas que eso implica en nuestra era. Los ecos de esa palabra, «inmigrante», silban alrededor del auge de la incertidumbre, la xenofobia y el nacionalismo. Por mucho que a veces se engalane este último con un disfraz patriótico. Ya en 2010, el filósofo Tzvetan Todorov dijo en una entrevista que «este miedo a los inmigrantes, al otro, a los bárbaros, será nuestro gran primer conflicto en el siglo XXI»1. Digno de mención es que la autobiografía de Todorov se titule El hombre desplazado. ¿Cómo conciliar el convertirse en extranjero con la necesidad de pertenecer a un nuevo lugar en el que, de una manera u otra, se coexiste con la xenofobia?

En las últimas décadas, al menos en los llamados países desarrollados, es seguro decir que la gente se ha movido mucho de un sitio a otro. Por supuesto, los avances tecnológicos y en los transportes, así como los efectos de la globalización, han contribuido a esto. Hoy existen generaciones enteras que no entienden la vida sin movimiento, y que piensan que a veces las tierras lejanas pueden brindar mejores oportunidades que las propias. 

El ego del extranjero, su identidad, es dual.
Tiene dos cabezas.

Desde la antigüedad, la humanidad creó grupos y sintió la necesidad de formar parte de ellos, de pertenecer. Tal vez lo hicieron para sobrevivir, pero eso se quedó impregnado en nuestra cultura. Todos necesitamos sentirnos parte de algo, así sea un partido político o un equipo de fútbol. Necesitamos un lugar seguro para sentirnos comprendidos. ¿Cómo encontrar ese punto cuando uno se convierte en extranjero?

Ser migrante, extranjero, es un estatus tanto en el ámbito laboral como social, en el sentido de que habla por uno mismo. Expresarse con cierto acento ofrece una imagen total del hablante que suele ser ficticia, así como ocurre con ciertos atributos étnicos físicos, si son poco comunes en un lugar. El acento, como el color de la piel, arrastra connotaciones culturales. Estereotipos, clichés, sitios usuales. Pero esas son precisamente las cosas que uno, como extranjero, no quiere perder: esas —el acento, los atributos— son las raíces. De hecho, cuando el tiempo empieza a borrarlas se desencadena un fuerte sentimiento de culpa. Según J. Carroll, la culpa es esa emoción, esa «fuerza oscura que está detrás de la ansiedad, el comportamiento obsesivo-compulsivo, la vida sin sentido y la depresión»2. Ciertamente, pequeñas dosis de lo anterior se van desarrollando al buscar trabajo como extranjero, al existir como tal.

La culpa es una emoción que casi se vuelve física, escondida en alguna parte dentro del cuerpo. Cuerpo que, por otro lado, se ha convertido en un puente entre dos culturas, dos países, dos mundos. El ego del extranjero, su identidad, es dual. Tiene dos cabezas: una mira a los ojos a la nueva cultura adoptada, mientras que la otra todavía recuerda los olores de la original. Un día se está cerca de una identidad, el siguiente de la otra, pero siempre en algún punto intermedio.

En el recibimiento o el rechazo
al extranjero, las sociedades
tienen la oportunidad de
demostrar el nivel de madurez
en el que se encuentran.

Uno de los caminos que el extranjero utiliza para arraigarse es el laboral, aunque esto sea una ingenuidad. Vamos a trabajar para que nos paguen y la pertenencia implica sentimientos más profundos que eso. Además, también el laboral es un camino solitario. Quizá no en un extremo, tal como el que Nietzsche defendía, diciendo que «ni entre los vivos ni entre los muertos» había nadie con quien sintiera afinidad, pero solitario, en todo caso»3. Lo es en el inevitable aislamiento que aumenta debido a la percepción que, en general, se tiene de quien ha llegado de fuera. Es en el recibimiento o el rechazo al extranjero donde las sociedades tienen la oportunidad de demostrar su nivel de madurez. El ya mencionado Todorov dictó sentencia sobre ello así: «Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización»4. Quizá la fobia al extranjero se deba, aunque de manera inconsciente, a que nos recuerda que, en realidad, todos los somos. Que todos venimos a un mundo extraño que nunca nos llega a pertenecer del todo.

Tras lo anterior, tratar de entender a dónde pertenece uno en esta circunstancia se vuelve bastante complicado. Se quiere pertenecer, pero al mismo tiempo no. No plenamente, porque eso significaría perder el primer punto de partida original. La raíz. ¿Qué significa pertenecer, entonces? ¿Pertenecemos al mismo suelo donde estamos ahora mismo? ¿Al grupo con el que hemos elegido estar rodeados? ¿O al que la naturaleza eligió para que estuviéramos rodeados?

El pertenecer del extranjero no significa tener amigos y trabajo en una nueva ciudad, o no solo eso: significa identificar el entorno con un sentimiento familiar, fusionar la personalidad originaria —construida por otra cultura— con la nueva personalidad. Significa sentirse seguro y no cuestionado por el entorno en el que se encuentra.

La grieta que supone desarraigarse capacita más al extranjero a la hora de apreciar la vida. La grieta le abre también la mente. Todos necesitamos un lugar seguro para sentirnos comprendidos, pero tal vez el hecho mismo de estar fuera de lugar, de no poder pertenecer, nos haga acercarnos mejor a nuestra propia realidad, a nuestro yo interior. Un árbol, aunque sabio, no tiene la capacidad de dejar el suelo donde está creciendo y mirar hacia atrás sobre su propia vida. Nosotros, los humanos, podemos hacer eso. Nosotros, por lo tanto, somos libres de decidir, marcharnos o quedarnos. Esto último, claro, dentro de una situación de estabilidad emocional y económica. Somos libres de entender que la vida humana puede tener muchos tipos diferentes y que uno de ellos puede estar entre dos identidades. Y, cuando llega la culpa, somos libres de hacer las paces con nosotros mismos.

Bibliografía

[1] Vicente, A. (2017, 9 febrero). Muere en París el pensador Tzvetan Todorov a los 77 años. El País. https://elpais.com/cultura/2017/02/07/actualidad/1486476935_801709.html

[2] Carroll, J. – On Guilt. The Force Shaping Character, History, and Culture (Routledge, 2020), páginas preliminares.

[3] Nietzsche, F. (1996). Selected Letters of Friedrich Nietzsche (2nd UK ed.). Hackett Publishing Company.

[4] Todorov, T. Discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, 2018: https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2008-tzvetan-todorov-.html?texto=discurso

Imagen | Wikimedia Commons

Cite este artículo: López, L. (2022, 27 de diciembre). ¿A qué lugar pertenece el extranjero? Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/12/a-que-lugar-pertenece-el-extranjero