La escuela donde estudié filosofía es por demás curiosa. En una ciudad con poca vocación cultural (ya no digamos intelectual), siendo la única carrera ofertada por la institución, con una matrícula compuesta quizá un 95 % por seminaristas… que alguien ajeno a las filas de la Iglesia entre y concluya sus estudios es más un dato anecdótico que la norma.

Sin embargo, a través de 20 años y bajita la mano se ha formado una pequeña comunidad filosófica poblada por los exalumnos de la facultad. No se trata de nada organizado (nada que tenga que ver con seminarios o reuniones periódicas), pero de algún modo a todos nos ha unido algo más que el amor a la filosofía. Nuestras características demográficas y geográficas nos han enseñado a nadar contra corriente (aquí seguramente muchos filósofos dirán “¿y qué filósofo no nada contra corriente?“) y cada quién en su estilo y a su ritmo ha podido triunfar.

Porque en el caso particular de esta pequeña facultad de filosofía es imposible que los egresados puedan continuar estudiando filosofía sin tener que emigrar. La academia, el gran objetivo de quienes estudian humanidades, es virtualmente imposible sin dejar la tierra de la que egresamos. Tampoco es que sea la institución más reconocida en la historia de los centros de estudios, a veces hasta las familias de los egresados tienen problemas para recordar el nombre de nuestra escuela.

Aún así, los egresados luchamos, sintiéndonos especiales por sufrir más de lo que de por sí se sufre al estudiar humanidades. Nuestros logros, sin importar su tamaño, nos saben a gloria por venir de donde venimos. Pude ser testigo de ello en el pasado Día Mundial de la Filosofía, donde la escuela tuvo la enorme consideración de invitar a varios exalumnos a exponer un poco sobre lo que hemos hecho después de salir.

Entre los invitados me encontraba yo, y el gesto de mi facultad representó algo importante en dos niveles. El primero: saberse recordado y reconocido por tu alma mater siempre será un apapacho a la autoestima, sin importar lo pequeña que sea la escuela. El segundo: desde que terminé mis estudios me he dedicado a todo menos a la filosofía como profesión, así que el que piensen que entre todo ese ecléctico camino haya algo de valor para los alumnos actuales es un reconocimiento que no sabía que necesitaba.

Elegí compartir con los alumnos los cinco elementos que conforman la base del Programa de la Escuela Primaria del Bachillerato Internacional. Mi último trabajo fue en una escuela que llevaba el programa y pude contarles cómo me abrió el panorama pedagógico. Parecía más una ponencia/comercial, pero no importaba, era feliz por poder comentar con ellos la labor que desempeñé desde el 2018. Al final les compartí dónde veía a la filosofía en todo aquello: en que los niños aprendían a pensar con autonomía y conocerse a sí mismos dentro de su contexto privado, local y global. Sin tener que aprender sobre el ser, los chicos sí están aprendiendo a filosofar, a preguntarse sobre sí mismos y el mundo.

Un colega compartió sus investigaciones sobre la virtualidad, otro sus trabajos dentro de la academia, otro sus actividades coordinado cursos en hasta 13 países. El ver nuestros perfiles tan diferentes y a la vez tan compatibles me llenó de ilusión por suponer en lo maravillosa que es nuestra disciplina. Muchos nos decantamos por la educación, pero dentro de ese grupo cada quién se ha movido por derroteros diferentes: el Bachillerato Internacional, preparatorias católicas, Escuela de la Fe, universidades privadas, etc. También están quienes se fueron por otros rumbos: el derecho, la divulgación de la filosofía, la gestión cultural… incluso uno de nuestros excompañeros está a cargo de un departamento en cuestión forestal. Si fuéramos un tapiz, cada uno representaría texturas y colores totalmente distintos, unidos por las herramientas que nos dio el estudiar filosofía.

Pero no podía ser de otro modo, ¿cierto? ¿Quién puede estudiar filosofía sin terminar creciendo a niveles trans, inter y multidisciplinario? Todos empezábamos nuestras ponencias diciendo que siempre nos advertían que estudiando filosofía moriríamos de hambre y, sin embargo, ahí estábamos, hablando de cómo nos ganamos el pan de cada día. Qué maravilloso sería que nos pagaran por pensar y estudiar, pero cuando no es posible, la filosofía es la mejor herramienta para adecuarnos a múltiples disciplinas. Pero, nuevamente, no puede ser de otro modo. Cuando comienzas por la madre de todas las ciencias, las demás se vuelven familiares. Que un filósofo no sea filósofo profesional no significa que no sirve para nada, al contrario, sirve perfectamente a quién la quiere utilizar para desempeñarse en otros derroteros.

Imagen | Unsplash

Cite este artículo: Marín, R. (2022, 19 de diciembre). El extraño caso de mi escuela. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/12/el-extrano-caso-de-mi-escuela/
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por Rebeca Marín

Mexicana. Licenciada en Filosofía. Sus temas favoritos son la epistemología, el trabajo y la aplicación de la filosofía en la cultura popular. Lee "la Fenomenología del espíritu" en su podcast Tras Hegel.

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