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La conciencia es, posiblemente, el único rasgo exclusivamente característico de la especie humana. Frente a ella, todo parece superfluo y fútil: insustancial. La conciencia, el ser que es su propio pensar, que es su propio espejo, nos hace humanos. Ahora bien, como todo concepto filosófico, este “saber de sí” varía en connotación y significado. En el siguiente artículo, se estudiará la conciencia de clase marxista: una conciencia que nace del ser, y que, a su vez, permite ser al ser.

¿Qué es la conciencia de clase?:
perspectiva materialista-histórica dialéctica

El significado fenomenológico marxista de “conciencia de clase” puede sintetizarse en la siguiente afirmación: 

No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.

MARX, Karl; ENGELS, Friedrich. La ideología alemana. 1ª ed. Madrid: Akal, 2014, pág. 21

Para Marx, es el “la vida”—el “ser social”— lo que determina la conciencia. Esta, por tanto, lejos de ser una idea abstracta, inconexa de la vida, es un producto vital y social. El filósofo alemán reinventa el concepto de “conciencia”, pues establece una relación de causalidad entre esta y la sociedad; de forma que, y he aquí el quid de la cuestión, el ser social es la causa de la efectuación del ser individual. El ser social otorga ser al ser individual. La conciencia es un producto social. De esta forma, Marx espiritualiza el ser material y materializa el ser espiritual: la conciencia no es sino el reflejo del ser social de los hombres en su vida espiritual (Marx y Engels, 1932). Es decir, para Marx la conciencia es el reflejo del ser social, pues existe un colectivo como sujeto político dotado, al igual que el individuo, de una conciencia.

Así pues, el autor alemán resuelve este problema ontológico desde una mirada histórico-materialista. Es entonces cuando el afán de transformación marxista cobra sentido: si la conciencia es un producto social, entonces la conciencia que se gesta en la relación antagónica de opresión entre burgueses y proletarios será un reflejo de tal opresión. Esto es, lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción (Marx y Engels, 1932). Vemos, de nuevo, esa delgada línea que separa lo material y lo espiritual, y que, en la filosofía marxista, empieza a desdibujarse. Así pues, el dominio material de la burguesía invade el mundo espiritual —intelectual, incluso— del proletariado. La conciencia burguesa, sus ideas dominantes, se extienden al resto de grupos sociales. El dominio burgués se apodera del proletario en sentido material y abstracto: el obrero está calado de ideales burgueses.

Asimismo, no solo existe una conciencia alienada del proletario, sino un proletario alienado en sí. Esto, de nuevo, es fruto del contexto materialista: el trabajo. Para Marx, es en el trabajo donde el ser humano plasma su ser. Trabajando, el hombre es. Ahora bien, tan pronto como esta actividad deja de ser un fin, el obrero queda expoliado de su propia obra. Y, si esta obra es el reflejo de su ser, entonces queda expoliado de su ser: de sí mismo.

La clase “para sí”:
la conciencia como liberación

Así pues, el trabajador alienado de conciencia alienada ha de buscar una salida, una emancipación. El obrero debe recuperar su ser. Y esa luz, esa salvación, es, efectivamente, la conciencia de clase. El autor indica:

Una clase que forma la mayoría de todos los miembros de la sociedad y de la que nace la conciencia de que es necesaria una revolución radical, la conciencia comunista.

MARX, Karl; ENGELS, Friedrich. La ideología alemana. 1ª ed. Madrid: Akal, 2014, pág. 60-61

La clase para sí goza, pues, de una conciencia transformadora que es la causa de su liberación. 

Si la conciencia de clase nace desde la opresiva dialéctica entre burgueses y proletarios, la liberación debe darse en este mismo contexto.

Para Marx, el acto de liberación debe darse bajo tres supuestos: la universalidad, la intra-exterioridad y la necesidad histórico-materialista. Desde la perspectiva dialéctica previamente mencionada, la clase proletaria será aquella que mantiene una dialéctica de opresión con la burguesía. Luego, la conciencia sólo puede nacer en este contexto. Esta dialéctica comunidad-individualidad debe darse desde la conciencia del proletario, pues este debe darse cuenta de lo que pasa ante sus ojos, y hacerse órgano de los sucesos (Marx y Engels, 1932). Órgano de los sucesos: esa es la clave. El obrero consciente se reconoce como objeto de su propia experiencia, esto es, no solo es consciente de su entorno, sino del lugar que ocupa en el mismo. El obrero consciente se reconoce como obrero —y lo que ello implica—: eso es la conciencia de clase.

Así, si bien Marx reivindica un despertar como acto colectivo, en realidad, la misión práctica de toda nueva clase que surge tiene necesariamente que aparecer ante cada individuo de ella como una misión general (Marx y Engels, 1932). La conciencia es, pues, un estado colectivo con un origen individual. Luego, la liberación es un ejercicio íntimo —pues, realmente, ¿acaso existe algo más privado e individual que el conocimiento de uno mismo, la búsqueda del ser propio—? 

Ahora bien, ¿a qué se refiere Marx cuando habla de colectivo? ¿A la clase social? ¿A la comunidad? En realidad, para Marx el colectivo es, ni más ni menos que el propio mundo. La toma de conciencia es un suceso global, total y absolutamente “coincidente” o “simultáneo”. Pero recordemos que el despertar global existe en virtud del despertar individual. Es el obrero el que toma conciencia como sujeto, de forma que es la simultaneidad de este despertar individual aquello que lo convierte en fenómeno global. El obrero debe acabar en primer lugar con su propia burguesía (Marx y Engels, 1848); y, como un acto casi metonímico, este despertar individual implica un despertar colectivo. Es un proceso de intraexterioridad.

Sin embargo, Marx complica su tesis aún más cuando defiende que la conciencia no es exclusiva del proletario independiente. Existe la llamada “conciencia desde fuera”, una despertar concatenado entre proletarios mediante un desarrollo intelectual conjunto, mediante una dialéctica exclusivamente “obrera”. Luego, el despertar intraexterior —la fuerza interna del obrero— es insuficiente: se precisa, pues, un influjo de conciencia extrínseco. Mediante este argumento, Marx desliga la conciencia de su carácter intraexterior, para hacerlo un fenómeno exterior—cuyo clímax sería la revolución—. En realidad, esto es precisamente lo criticable de su tesis, pues, bajo el prisma de la exterioridad, ¿la revolución no sería consecuencia de una mera interpretación subjetiva de la sociedad por parte de unos pocos —aquellos con supuesta conciencia—? Es decir, parece que la exterioridad del despertar es una continuación del sistema jerárquico —en este caso, encabezado por aquellos obreros “conscientes”, generalmente los partidos comunistas—. De hecho, implica incluso un cierto paternalismo, pues existe un grupo de obreros que, con una clarividencia casi mística, han de “despertar” al resto de obreros alienados. Esto es, hay un reducido grupo de individuos que conocen el “bien común” del colectivo obrero.. ¿No es un planteamiento absolutamente jerárquico?

En realidad, el propio Marx reconoce dicho fenómeno, pero defiende ante todo el apoyo a la masa comunista. El fin último es la transformación social por medio de la revolución, y la organización jerárquica de la misma no deslegitima dicho fin. No deslegitima la propia revolución. Para Marx, la transformación social es un fin absoluto, inquebrantable, necesariamente justo, moral por naturaleza. 

El despertar: ¿utopía o realidad?

En realidad, la pregunta clave en relación con el despertar de la conciencia es: ¿y si no se consumara nunca? ¿Y si se quedara reducida a la potencialidad?

Parece que un impedimento clave de la consecución del despertar es la supremacía ideológica burguesa. El grupo dominante tiene una consciencia que, a diferencia de la carencia de la misma en el grupo dominado, tiende a perpetuarse. Es decir, la conciencia burguesa se confirma y reafirma en su propia superioridad, en la acción pormenorizada de perpetuación de la alienación. La conciencia burguesa es en virtud de la inexistencia de la conciencia obrera; el nítido mirar burgués existe para prolongar la ceguera obrera. 

En segundo lugar, cabe cuestionarse: ¿es realmente el despertar fruto de la voluntad libre del sujeto? Marx asegura con radical certeza que el proletario quiere despertar de la situación de alienación. Ahora bien, puede argumentarse que esa alienación, ese desconocimiento, es, en cierto modo, una situación de confort. El obrero alienado vive en una ilusión donde la reflexión, la duda y, en último término, la lucha, no solo no existen sino que no son necesarias —puesto que tomarlas en consideración implicaría un cierto despertar—. El obrero alienado, como un niño que cree en los Reyes Magos, disfruta de la comodidad, de la ignorancia. Despertar es, sin lugar a dudas, un esfuerzo. El obrero alienado puede no querer abrir los ojos para observar una realidad incómoda y ciertamente dolorosa. El obrero puede preferir, pues, mantener los ojos cerrados y vivir en un perenne estado onírico.

Breve reflexión de la autora

Una vez analizada la conciencia de clase de Karl Marx, así como posibles contraargumentos y críticas a la misma, suscito poder tener una opinión mínimamente formada. La crítica clásica al autor, que desecha la teoría política marxista por el mero hecho de ser más “teoría” que “política”, me parece demasiado osada. Evidentemente, el plano empírico es absolutamente necesario para cualquier propuesta filosófica —especialmente en el plano político, ético y moral—, pero no es suficiente como para descartar una teoría tan absolutamente innovadora como la de Marx. Tal y como hizo Rousseau en la Modernidad, Marx es el autor del colectivo —esta vez en forma de clase social—, y eso siempre es un riesgo. Pero aún así, aún aceptando sus limitaciones empíricas e incluso propiamente teóricas, la postura marxista es un avance en la teoría política. Es un avance porque nace un nuevo sujeto político, que es individuo a la vez que colectivo; y que, además, está dotado de una conciencia, de un “saber de sí”. Y eso es absolutamente innovador. Marx otorga “ser” al obrero, al pobre y al trabajador; es más, otorga “ser” a la propia historia del obrero. De forma que, más allá de las grietas conceptuales y prácticas de la teoría marxista, hemos de reconocer su insaciable búsqueda de libertad, igualdad y, sobre todo, justicia.

Bibliografía

No podría haber escrito este artículo sin maravilloso el Trabajo de Investigación de Sara Verdugo, que siempre tiene algo nuevo que enseñarme.

Marx, K. ; Engels, F. (2019). El manifiesto comunista. 1ª ed. Barcelona: Austral

Marx, K. ; Engels, F. (2014). La ideología alemana. 1ª ed. Madrid: Akal

Imagen | Pixabay

Cite este artículo (APA): Verdugo, E. (2022, 03 de diciembre). La clase "para sí": un despertar de la conciencia. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2022/12/la-clase-para-si-un-despertar-de-la-conciencia

Artículo de:

Elena Verdugo (autora invitada):
Estudiante de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Trilingüe (español, francés e inglés). Obtuvo el 2º premio de disertación en la OFM (Olimpiada Filosófica de Madrid) de 2022, y el 1º en 2023.

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por autores invitados

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