El presente artículo es una re-edición de dos textos publicados originalmente el 14 de agosto de 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red.

De vez en cuando tengo discusiones sobre la metodología de la Economía. La situación recurrente es que mi interlocutor sabe algunas cosillas de qué hace la Economía, pero sin entender su alcance dentro del resto de más cosas que se hacen y no sabe. Por ejemplo, sabe que tenemos modelos en los que la gente es racional y egoísta, o que tenemos modelos con mercados competitivos. Y, claro, todo el mundo sabe que los seres humanos distamos mucho de ser racionales y que a menudo no somos egoístas. Y también sabe que los mercados competitivos, por su parte, solo existen en la imaginación calenturienta de unos economistas que no conocen la realidad.

Me centraré en la hipótesis de maximización del bienestar propio. Con esta hipótesis en la mano (y alguna otra) se desarrolla el modelo de Equilibrio General donde se estudian las condiciones en las cuales los mercados son eficientes (entre otras cosas).

Esto es interesante por múltiples razones:

1. Podemos explicar unas cuantas regularidades de la historia económica.

2. Podemos hacer algunas recomendaciones de política económica para generar las condiciones en las que se da la eficiencia. Recuérdese que eficiencia económica implica usar los recursos de manera que no se derroche ninguno, incluido el medioambiente. Ecología pura, vamos.

3. Podemos proponer mecanismos de regulación del mercado o mecanismos alternativos al mercado cuando no se dan las condiciones idóneas del modelo.

4. Podemos entender que maximizar el bienestar propio (la utilidad de los individuos y los beneficios de las empresas) no solo no tiene por qué estar reñido con la eficiencia económica, sino que es parte necesaria para conseguirla. Siempre que se den el resto de las condiciones, claro está.

Hay quien dice que nada de lo anterior está bien hecho porque todo se sustenta en una hipótesis que sabemos falsa. Basta con observar a un individuo que no es egoísta alguna vez para saber que no estamos ante una ley verdadera.

Esta objeción tiene
varias respuestas:

1. La falsedad de las premisas no es en sí misma relevante. Lo importante es si el modelo realizado con ellas nos sirve para entender la realidad mejor que otros modelos deducidos de otras premisas. Así, muchos de los modelos de mecánica celeste asumen astros que son puntos en el espacio, de igual manera los mapas de las ciudades son planos, los choques de dos cuerpos son elásticos o los gases son ideales. Se me responde que estas son aproximaciones que no intentan ser leyes generales. Pero es eso mismo lo que hacemos en Economía. Los supuestos no son leyes, son simplificaciones, como cualquier modelo o teoría en cualquier ciencia. La única que aspira a que sus supuestos sean coincidentes con todas las entidades reales es la Física de partículas. Todas las demás parten de simplificaciones, ya que nunca deducen sus leyes directamente de la Física de partículas. Las leyes, por otra parte, no tienen que ser leyes universales ni leyes que tengan en cuanta todos los efectos, pueden ser locales, parciales y medidas en términos estadísticos. La mayoría de las leyes en todas las ciencias son así. Si no quieren llamarse leyes, llámense regularidades. El nombre es lo de menos.

2. Criticar el modelo sin proponer alternativas es inútil. De acuerdo, a veces no somos egoístas y mostramos comportamientos altruistas, pero mientras el comportamiento egoísta prevalezca cuando uno va al súper a comprar (y quiera sacar el máximo partido a su dinero) no tiene sentido sustituir la hipótesis egoísta por la altruistas para estudiar el comportamiento en los mercados anónimos. El modelo actual explica bien qué sucede en ellos cuando se pone un impuesto, una cuota, un precio regulado, una limitación de entrada. El supuesto altruistas no hará mejores análisis. De hecho, en la mayoría de los casos no hará ningún análisis, puesto que no llevará a ninguna conclusión.

3. La Economía sí usa supuestos no egoístas. Los estudios de la economía familiar, por ejemplo, suponen que los padres se preocupan del bienestar de los hijos. Pero es más, no hay ningún problema en la Economía estándar en suponer que también nos preocupa cosas como el nivel de igualdad de la sociedad y deducir que esto implica un dilema del prisionero1. Por una parte, queremos dedicar recursos a reducir la desigualdad, pero, por otra parte, queremos no ser nosotros quienes paguemos. La conclusión es un contrato social (es una manera de hablar) según la cual aceptamos que parte de nuestros impuestos (que nos obligamos a pagar y no lo hacemos voluntariamente, como bien explica la hipótesis egoísta) se dediquen a esas políticas.

4. Son los economistas académicos quienes han desarrollado modelos alternativos a la maximización de beneficios, como las dinámicas evolutivas, de imitación, de aprendizaje; y los que han estudiado las situaciones en las que nos manifestamos comportamientos altruistas (grupos pequeños, interacción repetida, existencia de normas sociales, etc.) y han encontrado también algunas regularidades. De momento no sirven para explicar mejor el comportamiento de los mercados anónimos y otras instituciones económicas en las que se basa la mayor parte de la actividad económica, ni sirven para proponer mecanismos económicos distintos en la mayor parte de esa actividad, aunque sí empiezan a dar pistas de cómo hacer algunas cosas en alguna de la menor parte. 

Notas

[1] El dilema del prisionero es un problema en teoría de juegos que demuestra que dos personas pueden no cooperar pese a que si lo hicieran el resultado obtenido sería mejor para las dos partes. Fue originalmente formulado por los matemáticos Merrill M.

Artículo de:

José Luis Ferreira (colaboración):
Doctor en Economía por Northwestern Univ. Profesor en la Univ. Carlos III.

Imagen | Unsplash

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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