En más de una ocasión he utilizado en clase la película titulada Ágora. Se trata de un filme de producción española dirigido por Alejandro Amenábar estrenado en el año 2009. La historia que nos cuenta gira en torno a la figura de Hipatia, la filósofa de Alejandría que vivió entre los siglos IV y V de nuestra era. Entonces la ciudad que fundara en su día Alejandro Magno era parte del Imperio Romano y foco de la cultura clásica, sobre todo desde que se instauró la dinastía de los Ptolomeo, a la que dio nombre uno de los generales que estuvo al lado del legendario estratega macedonio durante aquellas interminables campañas que no eran solo militares, sino de búsqueda de contacto de la civilización griega con la oriental.

Ptolomeo, uno de los lugartenientes de Alejandro, se quedó con el trozo de las conquistas del joven rey macedonio que comprendía el antiguo Egipto. En Alejandría quiso fundar un centro de atesoramiento de conocimiento e investigación que fue la biblioteca de la ciudad. Al frente de la misma estuvo ya bajo el dominio romano el padre de Hipatia, Teón, él mismo miembro de esa clase de eruditos que surgió a partir de la actividad continuada durante centurias en el susodicho centro de estudios. Hija suya fue precisamente Hipatia, criada de un modo ciertamente anormal en los tiempos de los que estamos hablando tratándose de una mujer.

La historia de Hipatia, cuya parte más decisiva es la que queda recogida en la mencionada película, es la de un ser que da testimonio pleno de lo que significa la vida filosófica, una vida entregada en cuerpo y alma (nunca mejor dicho, pues era de orientación neoplatónica) a la búsqueda del saber, y que de la honestidad intelectual hacía la piedra de toque de su ética personal. Esto es lo que queda sencilla, pero admirablemente representado en la secuencia de la aludida película en la que Hipatia, en un momento de crisis política causada por el enfrentamiento entre el poder del Estado y el eclesiástico, es llamada a capítulo por el Prefecto, máxima autoridad de Roma en la ciudad. Por aquel entonces ese cargo lo ostentaba uno que fue discípulo de la filósofa y amigo suyo. Hipatia acude al encuentro en el que también se halla presente otro exalumno suyo, a saber, Sinesio, a la sazón obispo de Cirene. Cuando ella pregunta el porqué de su llamada lo que aquel le pide es que se bautice, que se haga cristiana para apoyar la autoridad de Orestes frente a su antagonista, Cirilo, el obispo de Alejandría en aquel tiempo. A lo que la filósofa replica con firmeza:

Sinesio, tú no cuestionas lo que crees, no puedes; yo debo.

Esa honestidad intelectual que tan escueta, pero contundentemente declara con esas palabras cargadas de sentido ético es la que fundamenta su libertad de conciencia; la que le impide ser cómplice del mercadeo con la fe y es también el reconocimiento del derecho a la libertad de conciencia de los demás, incluso de los que abrazan ciega e irracionalmente sus creencias.  

Cuando me planteo la cuestión de la libertad de conciencia distingo entre las condiciones que el sujeto tiene que cumplir para ejercer esa libertad, que podríamos calificar de interna o subjetiva, y aquellas que la sociedad ha de asegurar para que no haya coacción ninguna que pueda impedir su ejercicio efectivo. Y en efecto el deber de cuestionar las propias creencias la entiendo como condición necesaria. Se me podrá decir que se da la libertad de conciencia también en aquellos que optan por abrazar voluntariamente un determinado credo. Por supuesto. Y tal como está enunciada el derecho a esa libertad en la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 18, así está convencionalmente establecido. Pero es deber de la filosofía —siguiendo el ejemplo de Hipatia y antes de Sócrates— cuestionar esa manera de entender la libertad de conciencia, preguntándonos si existe verdaderamente la libertad de conciencia sin la libertad de pensamiento y, yendo más lejos aún, si existe verdadera libertad en su sentido amplio sin plena libertad de conciencia.

Seamos realistas: la mayoría de las personas no ejerce el libre pensamiento, no al menos durante una porción significativa de su vida. El hecho irrefutable es que la mayoría de nosotros, la mayoría del tiempo, sigue lo que dicta el piloto automático, ese gran líder, que, a través de los muchos programas preestablecidos en nuestros cerebros —tanto innatos como aprendidos—, resuelve las situaciones a las que nos enfrentamos a diario mediante la realización de rutinas que adoptan la forma de hábitos. Los modos de vida establecidos y los sistemas de creencias mayoritariamente compartidos de manera acrítica mandan.

Es útil a este respecto la distinción que en su día hiciera el filósofo español Jesús Mosterín entre los tres modos que él reconocía a la hora de que el ser humano enfrente sus relaciones con las creencias y actitudes que suelen orientar su conducta. En su libro Lo mejor posible: racionalidad y acción humana, curiosamente publicado el mismo año, 2008, de producción de la película Ágora, clasifica la diversidad de posturas respecto de las creencias en tres categorías que corresponden a tres modelos de pensamiento: el crítico, el doctrinario y el frívolo.

El crítico lo representa ejemplarmente el científico mediante la actitud que tiene respecto a su propio ideario. En efecto, el científico está dispuesto siempre a someter sus ideas a revisión y, llegado el caso si así lo imponen las evidencias y argumentos, a cambiar de creencias. Es la postura que también representa el personaje de Hipatia tal como se muestra en la película referida.

Todo aquel que mantiene a toda costa sus creencias convirtiéndolas en dogmas invulnerables a cualquier evidencia o argumento en contra se erige en doctrinario, y busca a toda costa la confirmación de su ideario, desterrando de su mente cualquier atisbo de duda razonable. Para él tiene todo el sentido que entre los que comparten la misma doctrina, y dada la alergia que el doctrinario presenta ante cualquier ensayo de revisión —totalmente natural en el proceder del crítico—, se distinga con el tiempo entre ortodoxos y heterodoxos, dando lugar incluso a enfrentamientos que pueden llegar a ser físicos entre unos y otros por el compromiso emocional que les lleva ineluctablemente a defender sus dogmas.

En el lado opuesto de la honestidad intelectual —que exige necesariamente un fundamento racional y consecuentemente una actitud crítica— no solo se encuentra, como hemos descrito ya, el doctrinario. La frivolidad intelectual puede ser tan dañina como el correoso dogmatismo del doctrinario. El frívolo ni pelea a brazo partido para mantener en pie cueste lo que cueste la verdad incuestionable de su ideario ni somete a revisión consciente sus creencias conforme al método racional; él simplemente se deja llevar pasiva y despreocupadamente por los vientos que soplan en el entorno social o por la corriente dominante en la opinión pública o simple y llanamente por el capricho personal. Me atrevería a afirmar que la mayoría de nosotros, las mayor parte del tiempo, somos frívolos intelectuales.

El poder de atenernos a la razón y a la verdad existe en todos nosotros. Pero, por desgracia, otro tanto sucede con la tendencia a atenernos a la sinrazón y la falsedad, especialmente en esos casos en que la falsedad evoca alguna emoción grata o el recurso a la sinrazón hace vibrar alguna cuerda en las primitivas y subhumanas profundidades de nuestro ser.

Aldous Huxley: Un mundo feliz

Estas palabras fueron escritas por Aldous Huxley, en su novela Un mundo feliz del año 1932. Sabía muy bien de lo que hablaba quien era nieto de Thomas Henry Huxley, el que fuera conocido en su tiempo por el apodo de «el bulldog de Darwin», pues él era quien se zafaba con los detractores del padre del evolucionismo en aquella época de furibunda oposición a la teoría de la selección natural. La apelación a «las primitivas y subhumanas profundidades de nuestro ser» es muy pertinente cuando se trata de valorar el reto espiritual que representa la conquista de una genuina libertad de conciencia, tan ejemplarmente encarnado por la excepcional figura de Hipatia.

Dado que la honestidad intelectual no es exigible a todo el mundo —sobre todo cuando obliga a adoptar un talante heroico—, y a la vista de la fragilidad del alma humana tan elocuentemente expresada en la cita de Huxley, las sociedades que disfruten de su condición de abiertas en el sentido popperiano harían muy bien en cuidar todas aquellas instituciones que, tolerando el doctrinarismo y la frivolidad intelectual, les pongan el coto que pide no poner en peligro la imprescindible dosis de crítica que nos mantiene apartados de ese punto de irracionalidad, traspasado el cual, se corre el grave peligro de acabar despeñándose por el abismo de la barbarie (la historia ofrece antecedentes, todos terribles, de lo que ocurre entonces). En este sentido, la laicidad es un ingrediente inexcusable del Estado que verdaderamente quiera tenerse por auténticamente democrático. La laicidad convenientemente institucionalizada es condición necesaria para que el espacio público sea efectivamente el espacio de la racionalidad amparado por la universalidad humanista de la ciencia y la ética.

Ahora bien, nada pueden las instituciones sin el aliento continuo de una ciudadanía militante, que eduque a las nuevas generaciones en el pensamiento crítico y que haga de él una práctica habitual (por eso decía anteriormente que la frivolidad intelectual puede ser tan dañina como el dogmatismo doctrinario, porque representa una debilidad al tratarse de una actitud definida esencialmente por la pasividad). ¿Tiene que darse ese activismo en cualquier contexto? Asunto este delicado, como asimismo el que tiene que ver con la detección de conciencias alienadas, a las que el crítico habrá de aproximarse con el máximo de respeto y empatía, para que el ejercicio de la sana racionalidad no se perciba como agresión y acabe dando como resultado un efecto final contraproducente por exacerbar fanatismos y poner en riesgo la convivencia.  

Bibliografía

Huxley, A. (2006): Un mundo feliz. Barcelona. Planeta de Agostini.

Mosterín, J. (2008): Lo mejor posible. Racionalidad y acción humana. Madrid. Alianza Editorial.

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Cita este artículo (APA): Agüera, J. (2023, 26 de enero). En torno a la libertad de conciencia. https://filosofiaenlared.com/2023/01/en-torno-a-la-libertad-de-conciencia
#Democracia, #derechos humanos, #ética, #laicidad

por José María Agüera Lorente

Profesor de filosofía en un instituto de educación secundaria de Granada (España). Colaborador habitual de medios digitales y periódicos regionales; autor de artículos publicados en algunas revistas nacionales.

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