El presente artículo es una traducción de Erika Téllez del texto Unnatural Bodies: Disability as Metaphysical Threat, de David Livingstone Smith, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, un grupo de dieciocho médicos alemanes, que participaron en la matanza de más de cincuenta niños discapacitados en el Hospital Pediátrico Rothenburgsort, fueron llevados a juicio por cargos de crímenes contra la humanidad. El director del hospital, el Dr. Wilhelm Bayer, rechazó el cargo. Como describe el historiador Jean Johann Chapoutot en su libro La ley de la sangre:

Tal crimen, afirmó, solo puede cometerse contra las personas, mientras que los seres vivos, que se nos pidió que tratemos, no podrían calificarse como ‘seres humanos’.” El Dr. Bayer, con gran sinceridad, reiteró que los médicos y los juristas llevaban décadas aconsejando a los gobiernos modernos que se deshicieran del peso de las bocas inútiles… Estos seres apenas eran humanos, afirmaban. Eran elementos biológicos corrompidos, y sus defectos y patologías corrían el riesgo de ser transmitidos si se reproducían.

Los jueces, movidos por esta defensa, declararon inocentes a los dieciocho pediatras y permitieron a Bayer conservar su licencia médica. Sus puntos de vista, no solo sobre la eugenesia, sino también sobre la sub-humanidad de muchas personas discapacitadas, fueron ampliamente compartidos. En una entrevista de 1964, publicada en Der Spiegel, Werner Catel, el distinguido profesor de pediatría que había iniciado el así llamado “programa de eutanasia nazi”, y que había descrito a los niños con discapacidades mentales como “esos monstruos… no son más que una massa carnis”— comentó: “No estamos hablando aquí de humanos, sino de seres que fueron meramente procreados por humanos y que nunca se convertirán en humanos dotados de razón y alma”.

Como atestiguan estas declaraciones, que claramente debían entenderse literalmente, las personas discapacitadas en cuanto personas discapacitadas han sido, y continúan siendo, deshumanizadas. 

Pero su deshumanización tiene una dinámica algo diferente al tipo de deshumanización a la que he dedicado mis estudios los últimos quince años de mi vida. La forma de deshumanización que más me ha preocupado está estrechamente ligada a la racialización. Por eso a veces describo la deshumanización como “racismo con esteroides”. Pero la deshumanización de las personas con discapacidad no se ajusta precisamente a este patrón. Funciona de manera diferente y debe considerarse en sus propios términos.

Al revisar la literatura histórica, llama la atención la frecuencia con la que las personas discapacitadas han sido descritas como “monstruos” y las reacciones hacia ellos a menudo incluyen la palabra “horror”. Creo que estas palabras no deben tomarse a la ligera, sino que deben considerarse seriamente como una clave para desbloquear el funcionamiento interno, social y psicológico, de la deshumanización de las personas discapacitadas. 

Sostengo que tales palabras reflejan un conjunto de supuestos metafísicos populares arraigados e inmensamente destructivos acerca de la humanidad, la subhumanidad y el estado metafísico de las personas discapacitadas como seres que son una afrenta al orden natural y al lugar de los seres humanos dentro de él. 

El título de este texto es “Cuerpos antinaturales”, por lo que quiero comenzar aclarando la noción de antinaturalidad para obtener una idea de qué consideraciones permiten que un cuerpo se considere antinatural. Si algo es antinatural, es no-natural, pero no todo lo que se considera no-natural también se considera antinatural.

El ensayo de John Stuart Mill Sobre la naturaleza es útil para resolver esto. Mill distingue tres sentidos de “naturaleza” y, por lo tanto, de lo natural, de los cuales solo uno nos ayuda con la noción de lo antinatural.

Mill señala que, en cierto sentido, la “naturaleza” consiste en todo lo que existe. Ninguna cosa existente es antinatural en este sentido. Decir que algo no es natural, en este primer sentido, es decir que es ficticio. En otro sentido, la “naturaleza” consiste en todo lo que no es producto ni está tocado por el artificio humano. Decir que algo no es natural, en este sentido, es decir que es artificial. Es el tercer sentido de “naturaleza” de Mill el que es relevante para lo antinatural. Usado en este sentido, lo “natural” es la forma en que deberían ser las cosas. Las cosas que no son naturales, en este tercer sentido, son antinaturales. Se desvían de la forma en que deberían ser las cosas de ese tipo. Entonces, un cuerpo antinatural es un cuerpo que no se ajusta a la forma en que se supone deben ser los cuerpos humanos.

Para entender esta idea, me ha resultado útil recurrir al clásico en la materia de antropología, Pureza y peligro. Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú, de Mary Douglas. La autora señala que las sociedades operan con conceptos del orden natural. Estos marcos tienen dos componentes. Consisten en un sistema de categorías en el que cada cosa natural tiene un lugar asignado, así como un sistema de relaciones que se dan entre estas categorías.

Esta noción del orden natural consiste en una visión de cómo deberían ser las cosas, pero de las que pueden desviarse. Pensando en la tesis de Douglas, está claro que la desviación puede ocurrir al menos de dos maneras. Una de ellas se refiere a las relaciones entre clases de cosas.

Por ejemplo, si se considera natural que las mujeres estén subordinadas a los hombres, entonces las mujeres que subordinan a los hombres o afirman su igualdad con los hombres presentan una afrenta al orden natural. En segundo punto, y lo más importante para el tema de este ensayo, el orden natural es violado por cualquier cosa que no se ajuste a las categorías que constituyen ese orden y, en cambio, parezca transgredir los límites entre ellas. En el primer caso, el orden se restablece colocando el elemento ofensivo en el sitio que le corresponde (para continuar con el ejemplo, colocando a la mujer en su lugar subordinado). En el segundo caso, el orden se restablece, ya sea relegando el elemento ofensivo a un sitio o destruyéndolo. En una de sus muy pocas referencias a la discapacidad, Douglas (basándose en la etnografía de los Nuer de Evans-Prichard) explica que los nuer consideran los “nacimientos monstruosos” como violaciones del binario humano/no humano, y clasifican a esos bebés como hipopótamos nacidos accidentalmente de seres humanos. Los colocan en el agua donde supuestamente pertenecen, punto en el que se ahogan o son devorados por depredadores.

La idea de la transgresión de los límites metafísicos es inmensamente importante para mi trabajo sobre la deshumanización. Es crucial para explicar cómo el proceso de deshumanización transforma a las personas deshumanizadas en seres monstruosos a los ojos de sus deshumanizadores. Como mencioné anteriormente, ha sido bastante común que las personas sin discapacidad se refiera a las personas con ciertos tipos de discapacidades congénitas como “monstruos” (como lo hace Douglas en el pasaje citado). Creo que esto se explica mejor con la hipótesis de que se siente que tales personas violan el orden normativo de la naturaleza al transgredir los límites metafísicos.

La conexión entre el relato de Douglas y lo que se conoce como “teoría de los monstruos” se puede encontrar en el libro Filosofía del Horror de Noel Carroll, quien usa el trabajo de Douglas para analizar los monstruos que se encuentran en la ficción de terror. Carroll argumenta que los monstruos deben tener dos propiedades. Deben ser físicamente amenazantes, con la intención y la capacidad de causar daño corporal. Pero hay muchas cosas que no son monstruos, que también son una amenaza física. Para contar como un monstruo, un ser también debe ser lo que Carroll llama “amenaza cognitiva” y yo lo llamo “amenaza metafísica”. Los seres metafísicamente amenazantes son seres que violan el orden natural. Son seres contradictorios que se encuentran a caballo entre dos o más categorías naturales mutuamente excluyentes. Los zombis del cine de terror son una buena ilustración de esta tesis. Son físicamente amenazantes (quieren matarte, comerse tu cerebro, etc.). También son metafísicamente amenazantes en virtud de estar completamente vivos (caminan y comen) y completamente muertos (son cadáveres en descomposición).

El análisis de Carroll se centra en la estética del Art Horror, no lo extiende a los horrores de la vida real, del genocidio y la opresión. Pero lo he encontrado muy útil para comprender la deshumanización genocida. Por lo general, las personas deshumanizadas se representan como amenazas físicas (asesinos, violadores, terroristas, etc.) y también se las considera tanto humanas como infrahumanas, subvirtiendo así una distinción metafísica y transformándolas en monstruos.

¿Por qué las transgresiones de categoría son tan perturbadoras? ¿Por qué provocan una respuesta horrorizada? El escritor de ficción de terror H. P. Lovecraft nos da una pista cuando escribe que la esencia de lo terrorífico es la aprehensión de “una suspensión maligna y particular de esas leyes fijas de la Naturaleza que son nuestra única salvaguardia contra los asaltos del caos y los demonios del espacio insondable.” Las leyes de la naturaleza, es decir, las regularidades del orden natural, se violan y esto nos expone a las fuerzas del caos.

Lovecraft especifica que esta suspensión de las leyes de la naturaleza es maligna y demoníaca. Esto es cierto para la ficción de terror y corresponde al elemento de amenaza física en la teoría de los monstruos de Carroll. Pero una forma de lo horroroso permanece incluso cuando falta este elemento. 

Considere el siguiente ejemplo de:
La casa de las almas de Arthur Machen

Un personaje pregunta: “¿Cómo te sentirías si tu gato o tu perro comenzaran a hablarte y a discutir contigo con lenguaje humano?” Continúa diciendo: “Te sentirías abrumado por el horror. Estoy seguro de eso. Y si las rosas de tu jardín cantaran una canción extraña, te volverías loco. ¿Y si las piedras en el camino comenzaran a crecer y agrandarse ante tus ojos, y si el guijarro que notaste por la noche hubiera echado flores de piedra por la mañana? Las rosas que cantan y los guijarros en flor no son una amenaza física, pero son perturbadores porque socavan la sensación de seguridad que proporciona el orden natural. Si los rosales cantan y los guijarros crecen, entonces el suelo metafísico y sólido se desvanece bajo nuestros pies, y estamos a merced de las fuerzas irracionales del caos. Si las rosas cantan, puede pasar cualquier cosa.

El horror del Art Horror es en realidad un cóctel de miedo (de amenaza física) y horror (de amenaza metafísica). Cuando la amenaza física está ausente, permanece una cultura pura del horror. Esta cultura pura del horror, despojada del elemento del miedo, a menudo se denomina “lo siniestro”. El trabajo más importante sobre este tema es el artículo pionero de Ernst Jentsch “Sobre la psicología de lo siniestro”. Jentch argumenta que la sensación de lo siniestro es el resultado de que la mente es empujada en dos direcciones incompatibles a la vez, más precisamente, cuando uno se siente atraído por asignar una cosa a dos categorías incompatibles a la vez. Uno de sus ejemplos se refiere a las figuras de un museo de cera. Inicialmente, uno responde a ellos como si fueran personas, pero también tienen características de no personas (es decir, piezas de cera inertes). Mientras la mente del espectador no pueda asentarse en ninguna de estas interpretaciones con exclusión de la otra, las figuras se sienten extrañas (Unheimlich).

Jentsch describe este estado psicológico como una condición de “incertidumbre”, pero no creo que esta sea la mejor formulación para lo que buscaba. El visitante del museo de cera no vacila entre ver las figuras como seres humanos y los trozos de cera. Más bien, el visitante piensa en las figuras como simultáneamente humanas y no humanas, animadas e inanimadas, lo que las vuelve metafísicamente amenazantes. Argumenta que el movimiento aumenta el efecto perturbador, un punto muy bien desarrollado por Masahiro Mori en su famoso artículo sobre el valle inquietante. “Imagínese a un artesano que se despierta repentinamente en la oscuridad de la noche”, escribe, “busca algo en la planta baja entre una multitud de maniquíes en su taller. Si los maniquíes comenzaran a moverse, sería como una historia de terror”.

Lo siniestro no se trata simplemente del tipo al que pertenece una cosa. Hay algo más. Supongamos que ingresas a una ferretería y ves un equipo que a primera vista se parece a una cortadora de césped, pero luego se da cuenta de que también se parece a un quitanieves. Estás sumido en un estado de incertidumbre: ¿es una cortadora de césped o es un quitanieves? A diferencia del espectador del museo de cera, no experimentas la máquina como metafísicamente amenazante en virtud de violar un límite metafísico. Las dos interpretaciones, cortadora de césped o quitanieves, no se excluyen entre sí, como lo hace el binario animado/inanimado.

La ambigüedad categórica que provoca la respuesta a la amenaza metafísica se refiere únicamente a las categorías de tipo natural. Hay una gran cantidad de investigaciones psicológicas relacionadas con explicaciones sobre este caso. 

La investigación sobre el fenómeno del esencialismo psicológico muestra que estamos dispuestos a esencializar las clases naturales, es decir, a atribuirles un conjunto de propiedades no observables que poseen solo y todos los miembros de la clase. Se supone que estas esencias son mutuamente exclusivas y que delinean límites nítidos e impermeables entre clases. Pero los artefactos no se esencializan y no tienen por qué excluirse categóricamente unos a otros. Una máquina puede ser cortadora de césped y quitanieves a la vez, pero una sola entidad no puede ser humana y no humana a la vez.

Un último punto antes de continuar. La respuesta a las cosas metafísicamente amenazantes consta de dos hilos aparentemente contradictorios. Esas cosas son repelentes. Pero también son fascinantes: galvanizan la atención. “Monstruos”, escribe Carroll, “los seres anómalos… son repulsivos porque violan las categorías permanentes. Sin embargo, por esa misma razón, atraen nuestra atención”. Él continúa:

Son atractivos, en el sentido de que suscitan interés, y son la causa, para muchos, de una atención irresistible, simplemente porque violan categorías permanentes, son curiosidades Pueden cautivar la atención y emocionar, por la misma razón que perturban, angustian y disgustan.

Sostengo que cuando Werner Catel describió a los niños discapacitados como trozos de carne sin alma, no los representaba como monstruos de la ficción de terror o superdepredadores racializados de la propaganda deshumanizante, sino como seres inquietantes y antinaturales. Esta ha sido, y desafortunadamente sigue siendo, una respuesta común a ciertas formas de discapacidad.

Entrar en detalles sobre los mecanismos involucrados excedería los límites de esta presentación (vea mi libro de 2021 Making Monsters: The Uncanny Power of Dehumanization). Baste decir que en el caso de la deshumanización racial, el deshumanizador reconoce que el otro racializado es un ser humano, pero también está convencido por el testimonio de aquellos en posiciones de autoridad epistémica de que el otro simplemente parece ser humano, pero no lo es por “adentro” (no posee esencia humana). Las dinámicas que sustentan la deshumanización de las personas con discapacidad me parecen más variadas, particularmente en lo que respecta a la distinción entre las formas de discapacidad física e intelectual.

Para los médicos nazis como Catel, los niños con discapacidad mental eran meras “cáscaras” de seres humanos: piezas de materia con apariencia humana, pero sin esencia humana, como los maniquíes animados descritos por Mori. En otros casos, la forma del cuerpo de la persona discapacitada se aparta de lo que su cultura considera como la forma humana y, por lo tanto, transgrede las categorías metafísicas que su sociedad respalda. También hay variaciones claras en cuanto a la manera que adopta la discapacidad. Debido a que, como he argumentado en otra parte, la vista del rostro es un desencadenante muy importante para representar al otro como humano, es muy probable que las variaciones congénitas o el daño adquirido en el rostro provoquen reacciones deshumanizantes.

Mary Douglas enumera cinco modos en que las sociedades tradicionales manejan las violaciones de categoría, todas las cuales son aplicables al trato opresivo de las personas discapacitadas. La primera estrategia es eliminar la disonancia asignando el elemento ambiguo a una categoría singular (recuerde el ejemplo de Douglas de los bebés que son “realmente” hipopótamos). Esta es la estrategia de hombres como Werner Catel, que consideraba a los bebés discapacitados como meras masas animadas de carne nacidas accidentalmente de seres humanos. Otra estrategia es ejercer control sobre seres anómalos. En el caso de las personas discapacitadas, esto es evidente en toda la gama de políticas eugenésicas, desde la esterilización hasta el asesinato, el encarcelamiento y la tortura de aquellos considerados psicológicamente desviados y otras prácticas. La tercera estrategia es evitar elementos transgresores, en el caso de las personas con discapacidad segregándolas y confinándolas detrás de los muros institucionales. El cuarto es a través del etiquetado, en el caso de la discapacidad, utilizando términos como “idiota”, “imbécil”, “fenómeno”, etc. Finalmente, la quinta estrategia de Douglas es el dominio a través de prácticas rituales, medios mágicos para restaurar el orden metafísico. Aunque esto puede ser, o parecer, más relevante para las sociedades tradicionales que dan por sentados los hechos sobrenaturales, creo que también es pertinente para nuestras propias sociedades seculares, no solo con respecto a los espectáculos de humillación que las personas discapacitadas han tenido, obligados a sufrir, y la asociación de la discapacidad con la impureza y el pecado en algunos sectores de las comunidades fundamentalistas, sino también, quizás lo más significativo, con respecto a los poderes purificadores cuasi-mágicos, la capacidad de corregir la naturaleza, con los que la ciencia está investida en la imaginación popular.

Imagen | Wikipedia

Artículo original de:

David Livingstone Smith
Profesor de Filosofía en la Universidad de Nueva Inglaterra en Maine. Es autor de tres libros sobre deshumanización. Entre ellos: Making Monsters: The Uncanny Power of Dehumanization, publicado por Harvard University Press.

Traducido por:

Erika Téllez (Filosofía en la Red):
Lic. en Filosofía (UCSJ) y egresada de la Maestría con especialidad en Estética (UNAM). Actualmente, docente en el Centro Universitario de Integración Humanística y en el Diplomado de Historia del Arte de la Universidad Anáhuac. También, colabora en la Editorial Progreso como autora, revisora en el área de libros de texto de Bachillerato.

El presente artículo es una traducción de Erika Téllez del texto Unnatural Bodies: Disability as Metaphysical Threat, de David Livingstone Smith, que ha sido traducido con autorización del Blog de la American Philosophical Association como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 
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por American Philosophical Association (APA)

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