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El filósofo francés Michael Foucault escribe en 1979 una obra titulada “Castigo y Disciplina” en la que habla de la invisibilización del poder estatal mediante el Panóptico, un modelo de prisión, y la consecuente desaparición de un agente externo en la ejecución del poder, substituido por el propio individuo. Esta forma de control se ve materializada a finales del siglo XX en un medio sorprendente, los reality shows. La vigilancia constante ejercida en estos programas ha llevado a críticos a establecer una relación entre estos y el sistema de vigilancia de Foucault. Mientras que académicos como James Wong niegan esta relación al rechazar la auto vigilancia de las personas que participan en estos programas, este artículo pretende ahondar en la teoría que introduce Broey Deschanel según la cual el reality británico “Love Island” es la máxima realización del Panóptico de Foucault.  

Hablemos de realities

Los realities shows tal y como los conocemos hoy, surgen a finales de los años 80 como respuesta a una creciente competencia entre cadenas y un aumento en los costes de producción. Ante esta situación las productoras de televisión se vieron en la tesitura de tener que idear programas baratos que generasen grandes audiencias. Así aparecen los realities shows – inspirados en las videocámaras portátiles utilizadas por los cuerpos de policía y en los programas de bromas con cámaras ocultas – un tipo de programa que reúne a personas en un espacio reducido, normalmente una casa, y observa sus interacciones. Este modo innovador de hacer televisión resulta barato de producir porque no requiere la contratación de actores profesionales y su esencia propia hace que no requiera grandes montajes. El espacio reducido, el aislamiento con el mundo real y la falta consecuente de percepción temporal producen una intensificación de las emociones y los comportamientos de las personas observadas.  Otra característica fundamental de estos programas es el afán por la autenticidad, se busca explotar reacciones genuinas en los concursantes y presentarlos como cercanos al espectador. Para ello se invisibiliza la producción, se esconden las cámaras y los micrófonos, con el objetivo de que los participantes olviden la existencia del programa y su posterior transmisión y sean lo más auténticos posible. Se crea así lo que se conoce como the forth wall o la cuarta pared, una barrera invisible que separa al público de los personajes y que permite a los primeros observarlos, pero asume que los segundos no pueden hacer lo mismo. Paradójicamente, se introduce también un elemento que rompe con esta pared, un confesionario en primera persona en el que los participantes se dirigen directamente a la audiencia haciéndoles confidentes de sus sentimientos y pensamientos.

El fenómeno británico de Love Island

Nos situamos a principios del nuevo siglo; en las televisiones británicas se ve Skins y The Office, y los realities de la época como Castaway 2000 o Gran Hermano se caracterizan por enfrentamientos cargados de emoción y por tener como protagonistas a individuos con grandes personalidades y con identidades heterogéneas. Millones de personas encienden sus televisores cada noche intrigados por las escenas esperpénticas que ofrecen estos programas. Pero en la década siguiente la intriga alrededor de estos empieza a disminuir. En este contexto nace Love Island, en 2015, de la mano de la productora ITV, como un reestreno de un reality anterior que seguía el mismo formato, pero con famosos. Love Island sigue el día de a día de un grupo jóvenes en una lujosa villa española que tienen la tarea de formar relaciones románticas genuinas entre ellos para ganar 50.000 euros. Con seis episodios semanales, el programa presenta competiciones, fiestas y eliminaciones que pueden ir desde una votación del público a ceremonias donde los concursantes se eliminan entre ellos.

El éxito de Love Island se debe en parte a que no se toma a sí mismo del todo en serio. Es un programa sencillo y fácil de seguir con participantes ruidosos, rudos e ingeniosos. No trata de vender clásicas narrativas románticas, sino que aspira a una autenticidad completa. La narración por el cómico Iain Stirling deconstruye la idealización de una fantasía romántica, a la que otros programas aspiran, con sus burlas cariñosas hacia sí mismo, los concursantes y el programa. Pero cómo él mismo dice en una entrevista con GQ (2021), “solo puedes reírte de algo por ser malo, si en realidad es bastante bueno”. Love Island consigue mejor que muchos otros programas capturar momentos genuinos de conexión y vulnerabilidad entre los participantes que conmueven al espectador.

Pero el programa no es tan trivial como puede parecer, los participantes se encuentran en situaciones de una gran complejidad emocional y mental. El aislamiento del mundo real, la pérdida de la noción del tiempo, la vulnerabilidad que implica estar constantemente abierto a una relación, el tener que afrontar el rechazo romántico por parte de tus compañeros…, afectan negativamente a la salud mental y a la percepción personal de los participantes. Tras tres trágicos suicidios, de dos ex participantes y de la antigua presentadora del programa, aumentan las peticiones para cancelar el reality. Esto nunca llega a pasar, pero suscita la implementación de nuevas medidas en 2021 para tratar de preservar la salud mental de los concursantes: se les ofrece formación antes de entrar en el programa sobre cómo lidiar con los aspectos negativos de las redes sociales y la prensa sensacionalista, se les da apoyo psicológico durante su estancia en el programa y también después de salir. Además, se advierte a los potenciales participantes de las implicaciones de aparecer en el programa y se les anima a mantener doce meses de contacto activo tras su salida.

Foucault y su concepción del poder

Michael Foucault fue un filósofo y psicólogo francés conocido por sus análisis del poder y sus estudios de las instituciones y de la sexualidad humana. En 1975 publica su obra Vigilar y Castigar en la que realiza una genealogía estructuralista de los procedimientos punitivos. Esto es, estudia las instituciones de castigo en relación con su respectiva época.

Foucault observa un gradual cambio en el sistema punitivo; se deja de plantear el castigo como una venganza del poder público sobre un individuo, como en la época de los suplicios, y pasa a entenderse como un castigo dirigido a evitar la repetición de estos crímenes en las diferentes capas de la sociedad.

Pero el punto central que concierne a este artículo es la interpretación del modelo de prisión de Bentham que Foucault realiza. Bentham plantea un modelo de prisión en el que las celdas están situadas en un círculo con una torre de vigilancia con grandes ventanas en el centro. Las celdas tienen dos ventanas, una hacia el interior, y una hacia el exterior. Así, por el efecto de contraluz, el guardia puede ver todas las siluetas de los presos en sus celdas.

Tantos pequeños teatros como celdas, en las que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible.

(Foucault, M. 2022, 232).

De esta manera los prisioneros son conscientes del permanente estado de vigilancia al que están sometidos. Foucault (2022, 203) establece que este sería el aparato disciplinario más perfecto, ya que permite verlo todo permanentemente desde un único punto central. Los prisioneros están siempre visibles para la torre de control, pero no pueden estar plenamente seguros de que haya siempre alguien observando. Este desconocimiento obliga a los prisioneros a actuar como si siempre hubiera un guardia, como si siempre estuvieran vigilados, y modifican su comportamiento de acuerdo a esta suposición. Así, la vigilancia se ejerce desde varios puntos, no solo mediante agentes externos como pueden ser los guardias, sino también desde el individuo. Es el prisionero el que se castiga y se corrige a sí mismo. El sistema punitivo se integraba en la esencia de la persona.

El modelo de Bentham presenta un poder inverificable y visible, el detenido no sabe en ningún momento si está siendo observado, pero debe saber siempre que puede ser mirado. Resulta muy interesante el papel que tiene la vigilancia en los procesos de castigo:

El ejercicio de la disciplina supone un dispositivo que coacciona mediante el juego de la mirada; un aparato en el que las técnicas que permiten ver inducen efectos de poder y donde, a cambio, los medios de coerción hacen claramente visibles aquellos sobre los que se aplican.

(Foucault M., 2022, 200)

Cabe también señalar el papel bidireccional de la vigilancia. No solo son observados los prisioneros, sino que esta vigilancia se ejerce también a la inversa y lateramente. Vigilantes vigilados y vigilados vigilantes. Además, la invisibilización del poder plantea dos aspectos muy interesantes en el funcionamiento del este. Primero, supone un poder autónomo desligado de su ejecutor. Esto es, el poder puede ser ejercido por cualquiera porque su fuerza ejecutora se recoge en la observación, no en el sujeto que ve. Así, la importancia de estos métodos de vigilancia se centra en el castigado, da igual quien nos mira, lo importante es que estamos siendo mirados. Esto nos lleva a la segunda idea interesante, que guarda relación con la banalidad del mal de Hannah Arendt. Si el poder se vuelve impersonal, este se diluye y se integra en el sistema social. Por tanto, resulta imposible encontrar a un agente libre al que culpar de los efectos negativos de las acciones del sistema. Todo individuo es impelido a funcionar, a cooperar con el mal. Desaparece de esta manera la libertad, las opciones. La responsabilidad queda tan diluida que inhibe la acción del hombre, convirtiéndolo en un ser amoral.

Fundamentalmente, en los sistemas en los que juega un papel primordial la vigilancia se establecen conductas normativas a las que aspirar. El salir de esta regla es castigado, por lo que las personas se sienten obligadas a ejecutar el rol que les ha sido asignado. Para Foucault (2022, 225) el poder es una fuerza positiva en cuanto creadora de ámbitos de verdad. Solemos describir el poder en términos negativos, como algo que reprime y censura, pero es también una fuerza creadora que decide qué conductas son correctas y que produce toda una manera de comportamiento específica. Explica (2022, 119) que es justo esta facultad creadora donde se esconde la efectividad del poder. Este atraviesa todo el cuerpo social produciendo nuevos campos de placer, conocimiento y diálogos.

El que está sometido a un campo de visibilidad, y que sabe que lo está, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las pone en juego espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento.

(Foucault M., 2022, 235)

Love Island y Foucault

Para el cumplimiento de la hipótesis que se ha propuesto al inicio – la culminación del panóptico en Love Island – ha de existir alguna característica que diferencie a este programa de los miles de realities que existen. ¿Qué fórmula se da para que cumpla perfectamente el sistema de vigilancia de Foucault? La respuesta a esta pregunta se encuentra en su estructura. Love Island es un programa que aspira a ser verdaderamente auténtico, esto se materializa en una invisibilización de cualquier mecanismo de vigilancia. Las cámaras se esconden y la presentadora del programa aparece en contadas ocasiones. Así, se trata de dejar que los participantes se relacionen genuinamente sin presiones externas, algo que como veremos más adelante no puede ocurrir. Pero esta imposibilidad no afecta al objetivo del programa, busca ser auténtico por lo que los participantes deben ser auténticos. Esto provoca que la meta del concurso, la remuneración económica, pase a ser tabú; los participantes no pueden ser conscientes de la artificialidad de su situación. Tenemos así un programa en el que hay pocos estrategas, y los que hay acaban siendo penalizados. El espectador no puede ser consciente del concurso latente en las relaciones “genuinas” entre los concursantes por lo que cada comportamiento que deje entrever dicho artificio tiene consecuencias negativas. La incapacidad para parecer auténticos acaba con su eventual expulsión. Esta invisibilización del concurso se traduce en un desconocimiento de los concursantes de su éxito en él. En otros realities las personas que adoptan estrategias y roles activos son premiados o castigados explícitamente, por lo que son conscientes de su éxito o fracaso en el programa. En Love Island los concursantes están a ciegas. La aspiración a la autenticidad cala inconscientemente en los participantes, que deben autorregularse para permanecer en el concurso.

Además, esta autenticidad no deja de ser un mito. Sobre los concursantes actúan numerosas fuerzas que modifican su comportamiento. Los concursantes saben que están siendo observados por millones de personas cada noche, saben que sus familiares y sus amigos ven y escuchan todo lo que hacen. Son conscientes de las revistas de corazón que analizarán sus comportamientos, y de los fans que estudiarán sus acciones y examinarán su psique. Saben que hay marcas juzgando cuál de los participantes encaja mejor con su imagen para ofrecerles colaboraciones y contratos millonarios… Todas estas fuerzas obligan al concursante a autorregularse. Así, los concursantes de los realities sí cumplen con la auto vigilancia de la que habla Foucault. Ante la invisibilización del poder, los personajes adoptan las conductas esperadas de ellos, bajo la incertidumbre de no saber cuáles de sus imágenes, conversaciones y acciones se emitirán en televisión.

Los realities, por el medio en el que se transmiten, tienen mucho en común con las series de televisión. El espectador mantiene su función, establecer juicios sobre el medio que consume, pero una diferencia fundamental separa a estos dos programas. En los realities, los participantes están sujetos a un escrutinio constante por parte del público, y este escrutinio constante se realiza sobre su persona. No existen personajes detrás de los que esconderse, incluso si el participante adopta facetas para agradar al público, estas estarán profundamente arraigadas a su personalidad y a su identidad.

Cooley presenta un concepto sociológico conocido como el “yo espejo”, que afirma que el yo de un individuo se forma a partir de las interacciones sociales que mantiene ese individuo con las personas que lo rodean. Todos nos proyectamos en la sociedad de una u otra forma, pero este reflejo viene definido por las propias percepciones sobre cómo suponemos que nos ven los demás. Cooley explica que es como verse en un espejo, en cuya superficie reflectora observamos una cara, una figura, unas prendas… Al igual que no podemos vernos a nosotros mismos físicamente sin usar un espejo, tampoco podemos vernos a nosotros mismos en lo psicológico si no es a través de la mente de los demás. Por tanto, según su teoría, nos vemos desde la mente de otros, no desde la nuestra.  La imagen que vemos nos parecerá atractiva o desagradable en función de cómo evaluemos las percepciones ajenas sobre nosotros mismos. Sartre también teoriza una idea similar, nos hacemos sujetos a través de la visión de otros, y es entonces cuando somos conscientes de nosotros mismos como objeto. En el caso de los participantes de los realities, este espejo tiene que ser hipotético, su personalidad no se forma desde la percepción de otros sino desde la suposición de su percepción. No pueden ver este espejo por lo que necesitan imaginárselo.

Esto da lugar en cierto modo a una creación de la identidad. Si suponemos que formamos nuestra personalidad con base en nuestras relaciones con los demás, entonces en un ambiente en el que este otro no existe, esta debe formarse artificialmente. Esto se entremezcla con los intereses externos económicos que he mencionado antes, lo que lleva a la creación de identidades monetizables. Así, en los realities la persona relaciona su identidad con su imagen radiotransmitida a una audiencia, y esta imagen se ve modificada por aquello que vende.

Creo que es necesario realizar un pequeño inciso para diferenciar entre la identidad como esencia fundamental de la persona y la identidad como la manera en la que se nos percibe. Este dualismo existe necesariamente en toda persona humana, ya que nunca somos capaces de exteriorizar todo nuestro ser interior, nadie nos va a conocer plenamente tal y como nos conocemos nosotros mismos. Por eso poseemos diversas “identidades” o maneras de ser, según como nos conciben las personas. Estas identidades no son excluyentes, sino que existen en el ser armoniosamente. No me parece incompatible afirmar que existe una identidad inherente y auténtica que individualiza a cada humano con la noción de que el ser humano, como ser social se construye a partir de su relación con otros. La identidad no es estática, cambia con nuestras experiencias y en cierta manera se forma a partir del reflejo que tiene en los demás. El carácter adquirido de la identidad no ha de ser confundido con una artificialidad o una arbitrariedad. La identidad es adquirida en cuanto es sinónimo de una existencia plena y de una relación con el ambiente. El problema surge cuando la identidad se forma no basándonos en la autenticidad de la persona, sino a unos intereses monetizables.

Como en todo medio de comunicación, los reality shows también dependen de arquetipos y narrativas típicas que hacen el visionado más entretenido. Esto causa una gran carga emocional en los concursantes, que sienten que deben ceñirse a un personaje constantemente. A diferencia de otros tipos de emisiones el formato de autenticidad de estos programas hace que los concursantes tengan que desenvolver un papel constantemente y sin que nadie se dé cuenta, lo cual resulta muy arduo para una persona. Por ejemplo, un participante tuvo que dejar el programa tras unas semanas, puesto que el estrés del programa le provocó una crisis psicótica que le hizo ingresar en un hospital. Este participante explicaba que sentía la expectativa de ser el “cómico” en el grupo lo que le forzaba a estar continuamente actuando. En cierto sentido, observamos aquí la dimensión positiva del poder, su dimensión creadora. En las series de televisión tradicionales, las temáticas típicas narrativas no calan en la personalidad de sus actores porque existe esa barrera diferenciadora entre personaje y actor. En cambio, en los realities ocurre algo muy curioso, porque la persona que se ve forzada a interpretar estos arquetipos ve su personalidad transformada por ellos. No existe ya diferenciación entre personaje y persona, de forma que la persona ve su identidad diluida.  El poder invisible del concurso crea unas narrativas que obligan a los participantes a cambiar su personalidad para poder adaptarse a ellas. El propio presentador admite en la entrevista mencionada anteriormente (2021) que los participantes en el programa dejan de ser personas para convertirse en personajes de televisión.

Deschanel argumenta que el sistema de vigilancia existente en Love Island es tan efectivo que no permite la propia finalidad del programa, la autenticidad. Los concursantes son tan conscientes de la constante visualización que son incapaces de actuar sin cierto filtro o edición con el que se protegen de un medio hostil, los tabloides, y mediante el cual son capaces de venderse a empresas y marcas que potencialmente podrían representar. Esta regulación de cara al público puede tener consecuencias positivas en los participantes. Por ejemplo, con la regulación de la sexualidad; en las primeras temporadas los participantes no eran conscientes de esta visualización constante y expresaban su sexualidad libremente (mantenían relaciones sexuales) confiando en que las imágenes no serían emitidas. Cuando se dan cuenta de que esta intimidad no es respetada por el programa, los participantes empiezan a regular su sexualidad. Fundamentalmente, esto les protege.

Otro punto interesante es la reacción negativa por parte del público ante los abusos de poder. Foucault (2022) habla en el primer capítulo de su libro Vigilar y Castigar sobre cómo los sentimientos de humanidad hacia los condenados por parte del pueblo tuvieron un papel importante en la desaparición gradual de los suplicios públicos. El sistema penitenciario de ahora esconde el castigo de la población, creando una barrera entre inocentes y culpables que no es tan radical como podríamos pensar. Los sistemas de justicia de la humanidad juegan un peligroso juego en el que intentan balancear un distanciamiento entre el culpable y el público que justifique el castigo al primero, y una identificación con la persona juzgada ya que si tu cometes la misma infracción, te podrías ver en su lugar. Este juego es fácil de ganar en sistemas justos, puesto que la población entiende el castigo a un asesino o un torturador. Pero, en sistemas injustos esta identificación con el culpable puede desvelar toda la injusticia del sistema, como puede ser el sistema inherentemente racista penitenciario de los Estados Unidos. En un reality show, la sensibilidad de la audiencia también puede afectar a la estructura del programa. Ante situaciones de abuso o malestar psicológico la reacción del público puede provocar un cambio e incitar a que se tomen medidas para evitar, en la medida de lo posible, estas situaciones. Hay que considerar también a la audiencia en cuanto generador económico, si aumenta las peticiones de cancelación del programa este tomará medidas para mitigar este malestar. Es importante, por tanto, considerar la necesidad de altas audiencias y el consecuente éxito de la productora.

Conclusión

Foucault nos recuerda que tradicionalmente el poder se exhibía, los castigos eran públicos y una muestra de la fuerza e influencia de los gobernantes. Pero el poder que existe en nuestras sociedades actualmente se invisibiliza, el poder disciplinario se esconde tras los muros de las prisiones y la vigilancia patente en todo espacio social se normaliza hasta tal punto que deja de existir a los ojos de la población.

Los efectos de esta invisibilización se pueden observar magnificados en los realities shows. Pero en la realidad no televisada también existen fuerzas que nos observan y nos llevan a actuar de una determinada manera, tradiciones, roles y normas que se transpiran desde siempre en nuestras sociedades. Estos se ven magnificados con la publicidad, las películas y las redes sociales, en estos medios los roles cobran otra dimensión y se ven materializados en estéticas y modas a las que nos debemos adherir. Cada vez el poder crea más roles a los que aspirar, y la persona ve su identidad más dividida tratando de verse realizada en ellos. Al fin y al cabo, la telerrealidad puede ser vista como un experimento en el comportamiento humano.

Gillez Deluze (1992) habla de un paso más en el modelo de Foucault. Argumenta que ya hemos dejado atrás la idea de sociedad disciplinaria y ahora nos dirigimos hacía una sociedad del control. Bajo la sociedad de Foucault los individuos nos movemos de un modelo disciplinario a otro, prisiones, oficinas, escuelas, fábricas… Espacios gobernados por reglas fijas destinadas a crear un tipo específico de individuo, a modelar el carácter humano según unas determinadas reglas. Son espacios que buscan distribuir a los individuos en un tiempo y en un espacio para componer fuerzas productivas de mayor importancia a los individuos que la conforman. En cambio, en la sociedad del control que propone Deluze estos espacios se difuminan y las barreras caen. Ya no estamos obligados a permanecer fijos en un sitio, puesto que se dispone de la tecnología (bases de datos) para controlarnos en movimiento.

Ahora, se da al individuo la ilusión de libertad de acción, las reglas se disimulan, el comportamiento ideal deja de ser explicito, porque se busca que el individuo escoja conforme a una agencia que cree poseer para controlarlo a través de estas decisiones. Los medios actúan de tal manera que las decisiones son inconscientes en el individuo, por lo que se consigue una sociedad dócil, una sociedad que se piensa libre.

Love Island es una herramienta institucional, un microcosmos de un sistema de vigilancia mucho mayor que permea en nuestro día a día. Es un estudio de la sociedad del control, un experimento en la manera en la que el poder se vuelve invisible y, por tanto, cala en las facetas de nuestra vida diaria1.

(Deschanel B. ,2021).

Notas

[1] Traducción propia

Bibliografía

Deleuze, G. (1992) Postscript on the Societies of Control. The MIT Press. 59, 3-7.

Deschanel, B. (2021) Love Island: A Flirtation With Surveillance. [Video] Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=S8VqPxYM2tY (Original: “Love Island is an instructional tool, a microcosm of a much greater system of surveillance that permeates our everyday lives. It’s a study on the society of control, it’s an experiment in the way power becomes invisible and thus seeps itself into the facets of everyday life.”)

Foucault, M. (2022) Vigilar y castigar. Siglo veintiuno.

Goldfine, J. (2021, Agosto 4) The Strange Magic of Iain Stirling’s Narration on Love Island UK: The Scottish comedian explains how he kicked off a wave of humorous voiceovers on reality TV. GQ.

Imagen | Wikipedia

Cite este artículo: Mollá, M. (2022, 24 de enero). La filosofía de los realities: Love Island y Foucault. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/01/la-filosofia-de-los-realities-love-island-y-foucault

Artículo original de:

Maria Mollá Ruiz de Vargas (autora invitada ):
Estudiante de Filosofía y Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Originariamente de Barcelona. Interesada en el cine y las nuevas tecnologías.

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por autores invitados

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