La pregunta por el Estado ha sido fundamental en la filosofía política desde sus inicios en el republicanismo clásico. No es de extrañar, pues es lo que rige la relación entre gobernantes y gobernados y, junto con la ética, afecta a nuestra vida y bienestar. Por eso, es importante indagar sobre el Estado ideal y los distintos modos en los que se da y se ha dado el gobierno.

Hoy en día es difícil negar que nos encontramos en plena crisis política. Con el riesgo de una tercera guerra mundial, neocolonialismo y las crisis económicas que han afectado enormemente a las nuevas generaciones, es necesario que nos hagamos estas preguntas: ¿Cuál es el Estado ideal?, ¿estamos verdaderamente en la forma “menos mala” de gobierno?, ¿podemos hablar de la democracia como un todo homogéneo o se nos presentan distintos tipos de democracia que son esencialmente distintos? Y, ¿cuál es la influencia del Estado sobre la igualdad y libertad de sus gobernados?

Reflexiones sobre el Estado ideal
y la necesidad de una utopía

En Del contrato social, decía Rousseau (2012, p. 111):

Tomando el término en su acepción más rigurosa, jamás ha existido verdadera democracia, y no existirá jamás. Va contra el orden natural que el mayor número gobierne y el menor sea gobernado. No puede imaginarse que el pueblo permanezca incesantemente reunido para vacar a los asuntos públicos, y fácilmente se ve que no podrían establecer para esto comisiones sin que cambie la forma de administración.

Según esta concepción, es obvio que Rousseau tiene en mente cuando habla de democracia lo que ahora llamaríamos una democracia deliberativa, en la que los ciudadanos participen activamente en las decisiones políticas en vez de la actual democracia representativa, que es lo que tenemos actualmente. Y esto tiene que ser así, pues desde la concepción de Rousseau una democracia representativa no puede ser jamás una democracia, porque al final no es el mayor número el que gobierna sobre el menor número, sino un menor número que gobierna sobre el mayor. Es decir que, en términos del autor, nuestra actual democracia es, en realidad, una aristocracia.

La aristocracia para Rousseau sería el gobierno ideal, si hubiera uno, ya que el autor establece que cada pueblo es distinto y su gobierno ideal dependerá de “su forma de ser”. Es el primer tipo de gobierno que se forma, pero hay una diferencia crucial entre las primeras aristocracias y las de la época de Rousseau y, realmente, las actuales, porque ya no son los ancianos, con la connotación de ser los más capaces, los que gobiernan, sino que gobiernan los más ricos o poderosos, es decir, tenemos gobiernos hereditarios y nepotismo. Aristóteles tiene una idea parecida cuando dice en la Política que la diferencia entre la aristocracia y la oligarquía es que el segundo es la versión corrompida, la versión viciosa, de la primera.

Nuestro sistema actual se corresponde más con una oligarquía que con una democracia, pues, como dice Rousseau, la democracia no se puede alcanzar, y más que con una aristocracia porque hay una ausencia de representación del pueblo, lo cual es símbolo, en parte, de la decadencia y decepción del sistema político:

En una ciudad bien guiada, todos vuelan a las asambleas; bajo un mal gobierno, a nadie le gusta dar un paso para dirigirse a ellas; porque nadie toma interés en lo que allí se hace, ya que se prevé que la voluntad general no dominará en ellas, y porque finalmente las atenciones domésticas lo absorben todo.

Respecto a la democracia, continuaba Rousseau (Op. cit., p. 142) diciendo que requería: “Mucha igualdad en los rangos y en las fortunas, sin lo cual la igualdad no podría subsistir mucho tiempo en los derechos y la autoridad”. La democracia, de ser posible, solo sería posible en un estado total de igualdad, cosa que no tenemos, pues realmente no hemos superado ese estado burgués que representa y defiende los intereses de la clase dominante y burguesa a costa de los derechos del resto de la población.

Una verdadera democracia, con un verdadero sufragio universal, es incompatible con los intereses del capitalismo, así lo expresaba el político británico Thomas Macaulay citado por Przeworski (2018) hablando de uno de los primeros movimientos obreros (el cartismo):

La esencia de la Carta es el sufragio universal. Si lo rechazas, no importa mucho qué otras concesiones hagas. Si lo aceptas, no importa nada qué otras demandas rechaces. Si lo concedes, el país está perdido. Estoy firmemente convencido de que, en nuestro país, el sufragio universal es incompatible […] con la propiedad, y, por lo tanto, es incompatible con la civilización.

En efecto, la democracia fue impulsada precisamente por el movimiento obrero socialista, ya que Marx había predicho que eventualmente serían mayoría. Al principio, podríamos decir que en aquellos momentos nos empezábamos a encaminar hacia una democracia en la que cupiera una igualdad, y, por tanto, una democracia propiamente dicha, puesto que conforme se fueron legalizando los partidos, los partidos obreros ganaban votos y consiguieron grandes triunfos para el movimiento obrero como la reducción de la jornada laboral1. El pueblo tenía voz y, en 1895, Engels decía:

Si esto continúa así, a finales de siglo habremos […] crecido hasta convertirnos en la fuerza decisiva de la tierra, ante la cual todas las demás habrá de inclinarse, les guste o no.

(Citado en Przeworski, 1986)

Sin embargo, estos partidos fueron perdiendo fuelle y empezaron a optar por la reforma en vez de por la revolución, manteniéndose así en el marco de la democracia parlamentaria. Aun así, hay que añadir lo que decía Rousseau (Op. cit., p. 142): “La soberanía no puede ser representada, por la misma razón que no puede ser enajenada; consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad no se representa; o es ella misma, o es otra: no hay término medio […] Toda ley que el pueblo en persona no haya ratificado es nula; no es una ley”. El pueblo cuando vota está limitado a una serie de partidos y, al igual que un oligopolio puede romper las reglas del libre mercado en beneficio propio, los partidos —oligárquicos— también pueden defender unos intereses que les convienen. Además, en países como España2, los gobernantes tienen vía libre para hacer lo que quieran una vez sean votados y a los gobernados solo nos queda la resignación.

Esta oligarquía encubierta puede tener efectos increíblemente grandes, e incluso puede ser la causante de una de las mayores tragedias de la historia, ya que, cuando hablamos de democracia, hay una pregunta que debería rondarnos en la cabeza: ¿Cómo podemos decir que es un buen sistema aquel que llevó a Hitler al poder y permitió una de las peores tragedias de la humanidad?

Tenemos la idea, habitualmente, cuando hablamos de las causas del ascenso del nazismo, que vino de la mala situación económica provocada por las condiciones impuestas a Alemania en el tratado de Versalles. Sin embargo, el partido nazi no tuvo éxito en las elecciones hasta 1930 porque Alemania, anteriormente a esa fecha, había sido capaz de recuperarse económicamente de la Primera Guerra Mundial. Lo que cambio del año 1928 al 1930 fue precisamente la Gran Depresión y, en 1933, Hitler fue nombrado canciller de Alemania tras haber conseguido el 37 % de los sufragios en Alemania, siendo su partido el más votado.

Es en esta crisis económica donde está el quid de la cuestión. Los primeros años de la depresión, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Andrew Melton dijo, según DeLong (1990), lo siguiente:

Hay que liquidar los trabajos, las acciones, a los agricultores y los bienes raíces. La crisis limpiará la podredumbre del sistema y los emprendedores podrán recoger los escombros y reemplazar a los menos competentes.

Y mientras las democracias capitalistas apoyaban estas medidas “liquidacionistas” y el paro no dejaba de aumentar, la URSS estaba en pleno auge económico y fascismo y nazismo empezaban a tomar medidas de intervención estatal que mejoraron la economía de sus respectivos países. Sin ese “pasotismo” por parte de las democracias capitalistas respecto a la población que tenía dificultades económicas, que en ese momento eran la inmensa mayoría, es bastante probable que Hitler no hubiera triunfado como lo hizo.

El valor fundamental para que exista una democracia es la igualdad y ahora que estamos en un mundo globalizado, la vulneración de derechos humanos a los pobres y la desigualdad no han hecho más que aumentar3. En su artículo ¿Estamos violando los derechos humanos de los pobres del mundo?, Thomas Pogge escribía:

El cinco por ciento superior de la distribución mundial de ingresos ha ganado sustancialmente durante el periodo de la globalización […] Con la cuarta parte más pobre, perdiendo un tercio de su ya absurdamente pequeña porción del ingreso familiar global, no sorprende que un gran número de seres humanos sigan subsistiendo en extrema pobreza.

Con todo esto podemos concluir que la pregunta no es verdaderamente si los estados democráticos representan el valor de la igualdad, sino, ¿realmente estamos en un estado democrático?

Límites a la libertad

El debate acerca de la libertad sigue muy de cerca el debate sobre la desigualdad. Cuando se habla de la distribución de la riqueza, los que se oponen a estos movimientos sociales siempre suelen responder que supone una falta de libertad, pues implica la pérdida involuntaria de su propiedad privada.

Esta concepción viene de los derechos naturales que defendió John Locke (2014), el padre del liberalismo, quien definió la libertad de la siguiente manera:

La libertad natural del hombre consiste en no verse sometido a ningún otro poder superior que la tierra, y en no encontrarse bajo la voluntad y la autoridad legislativa de ningún hombre, no reconociendo otra ley para su conducta que la Naturaleza. La libertad del hombre consiste en no estar sometido a otro poder legislativo que al que se establece por consentimiento dentro del Estado, ni al dominio de voluntad alguna, ni a limitaciones de ley alguna, fuera de las que el legislativo dicte de acuerdo con la comisión que se le ha conferido.

Esta definición corresponde a lo que Isaiah Berlin (1958) llamó “libertad negativa”, que no deja de referirse a la ausencia o presencia de una coacción. Esto puede ser problemático porque, si un hombre es tan pobre que no puede permitirse comer, aunque la ley no le prohíba comer, va a ser tan poco libre, aunque sí existiera esta ley. Los liberales —o neoliberales, hablando de movimientos actuales— rechazan esta situación como una coacción, pues solo existe cuando hay una intervención deliberada de otros seres humanos dentro del ámbito en el que la persona coaccionada podría actuar si no intervinieran.

Usar esta definición de libertad por antonomasia es el error más grave que podamos cometer, porque a partir de ahí todo irá sesgado en torno a una visión de la libertad individualizada que, entendida como no interferencia, es incluso compatible con dictaduras como la de Pinochet. Es esta definición de libertad la que ha permitido la alienación4 del obrero obligado a someterse a la enajenación de su trabajo para conseguir los medios necesarios para su subsistencia. Si no fuera por la situación de pobreza en las que se encuentran, ¿cuántas mujeres estarían dispuestas a ser “vientres de alquiler”?, ¿o es que curiosamente es una “práctica” que se da sin ningún tipo de coacción solo en las mujeres pobres?

En el fondo, mantenemos todavía la idea detrás de las poorhouses, propuestas por Jeremy Bentham, que tenían unas condiciones tan pésimas que pretendían obligar a los campesinos con malas cosechas a someterse a la producción capitalista (Schor, 1994) y que sigue vigente hoy en día en un mercado laboral que ofrece cada vez peores condiciones en una situación económica cada vez más insostenible, en especial para la gente joven. Respecto a la libertad en la sociedad mercantilizada actual decía Jesús de Garay (2008):

El mercado en cuanto tal no respeta nada salvo la libertad de contratar. No sabe de derechos humanos, ni de justicia, ni de tradición. No entiende de argumentos, ni de costumbres, ni de creencias. El mercado ignora todo lo que es ajeno al contrato.

Frente a esta concepción, debemos volver a la libertad de los antiguos, una libertad positiva, que no concebían la vida fuera de la polis, fuera de su sociedad. Para un griego, era precisamente la polis ese punto de libertad dentro de la naturaleza y las cosas necesarias. Inés De Vicente (2022) decía, hablando de la concepción de libertad en Platón: “La libertad que defiende la democracia descrita por Platón, que ampara el individualismo, conduce a la propia esclavitud y destrucción del individuo, a su propia condena, dado que es imposible vivir al margen de la sociedad, primando lo individual frente a lo colectivo5“. La libertad en nuestras sociedades, desde este punto de vista, es inexistente y nos lleva a la perdición de la sociedad en su conjunto.

Por ello, es importante hacer planes de educación orientados a los valores ciudadanos, recuperar la visión clásica de orientarnos hacia la virtud, pues nada nos hace más libres que trabajar juntos, como sociedad, de manera voluntaria y no por obligación:

Así como, si hubiese una madre que mucho amase a su hijo y que mucho hiciese por él, no le sería pesada la ley que le mandase hacer lo que con su corazón maternal, con su hijo hace. Y así esta tal madre no estaría debajo de ley ni de trabajos, más encima de ella, como libre, pues obra con deleite lo que la ley le manda con autoridad.

(San Juan de Ávila, 2012)

Hasta que no tengamos la predisposición de una madre con su hijo para cumplir con nuestros deberes como ciudadanos, para con los demás —que son unos deberes que existen, pues hay que recordar que no solo tenemos derechos—, no podemos decir que exista verdadera libertad, ya que el hombre seguirá alienado y seguirá siendo sometido por la amenaza, si es que no existe ya, de la pobreza. Y el que se aproveche de sus conciudadanos desde una mejor posición socioeconómica no hace sino decidir vivir al margen de la sociedad y, como decía Aristóteles, eso solo es propio de un dios o de una bestia.

La libertad de expresión

Una de las citas más conocidas de 1984 es: “La libertad consiste en poder decir que dos y dos son cuatro” (Orwell, 1949). Pero siempre es importante recordar, que para tener la libertad de decir que dos y dos son cuatro, debemos tener la misma libertad para poder decir que dos y dos son cinco.

El debate sobre la libertad de expresión no es trivial, sobre todo en una época en la que todos tenemos acceso a las redes sociales, incluidas personas jóvenes que todavía están en periodo de formación y que son más influenciables, de aquí el auge de la extrema derecha entre los adolescentes (Injuve, 2020) o del movimiento incel. Aun así, el debate no debería estar centrado tanto en la libertad de expresión sino en la accesibilidad de según qué medios en ciertos grupos de edad y, como siempre, la educación es un factor tremendamente importante para poder llevar a cabo una escucha crítica ante todos los discursos que haya. Lo que no podemos hacer es limitar la libertad de expresión.

En Sobre la libertad, Mill (1859) decía que la libertad de expresión de ideas, valoraciones, juicios, críticas y demás debe ser absoluta. Lo que no amparaba era el insulto, la calumnia, la mentira o la ofensa, si bien es cierto que a veces el límite puede ser difuso. La razón que tenía para defender esta libertad de expresión era algo así como decir que es necesario permitir hablar a los sofistas para que pueda hablar un Sócrates, porque el estado podría prohibirme decir que dos y dos son cuatro, o podría prohibirme decir que dos y dos son cinco, la segunda nos parecería bien porque tenemos plena seguridad de que dos y dos no son cinco, pero, en un estado de desconocimiento de la verdad, se podría prohibir la verdad o la mentira y no lo sabríamos, y el conocimiento nunca podría avanzar.

Cuando pensamos en el estado ideal, la prohibición de ciertas ideas parece algo idílico, porque entendemos que solo se prohibirían las incorrectas, pero siempre hay que tener en cuenta, cuando hablamos del estado, que este está formado por hombres y que estos pueden corromperse y, en esas circunstancias, se nos prohibiría decir que “dos y dos son cuatro”.

Siguiendo con la referencia a George Orwell, el autor hablaba de una neolengua que también tiene que ver con los límites a la libertad de expresión. Por ejemplo, en el libro, un ejemplo del uso de la neolengua era sustituir “malo” por “menos bueno”, que sabemos que no es lo mismo, pero si hubiéramos nacido en un estado que solo nos dijera que existe la segunda no tendríamos conocimiento de la primera y nuestra posibilidad epistemológica estaría limitada y sería un límite que vendría, precisamente, de ponerle barreras a la libertad de expresión.

Así pues, la libertad de expresión debe ser, tal y como la define Mill, absoluta, porque si la limitamos siempre existirá la posibilidad de que terminemos prohibiendo la verdad y terminemos en un eterno ciclo de cooperación a un mal estado —e incluso a uno totalitario.

Conclusión

El tema de la democracia es complejo y extenso y ciertamente daría para discutir mucho más de lo que he podido desarrollar en este ensayo. De todas maneras, podemos concluir que es difícil declarar si la democracia representa o no los valores de la libertad e igualdad porque, como ya se ha establecido, una democracia en teoría debería representarlos, pero lo que para nosotros son los estados democráticos actuales no representan estos valores.

Esto viene precisamente derivado de un estado con demasiado poder sobre el ciudadano, cuando en la democracia deberían ser los ciudadanos los que tienen el poder con base en una igualdad.

Y, por último, hemos concluido que la libertad de expresión podría tener los límites que Mill define, pero que estos son difusos y, ante la duda, debe regir la libertad de expresión para evitar caer en totalitarismo y cooperación al mal.

Notas

[1] Aunque la jornada laboral de ocho horas no se consiguió hasta después de la Primera Guerra Mundial.

[2] En otros países tienen medios de control a los políticos, aunque sea a nivel local y regional. Se puede ver un ejemplo en el siguiente link: WriteToThem – Email your Councillor, MP, MSP, MS, MLA or London Assembly Member for free

[3] Hay autores como Piketty que sostienen que las grandes crisis económicas, como la de la Gran Depresión, vienen precedidas de un aumento de la desigualdad.

[4] En su sentido estricto de alienación como dejar de ser lo que propiamente es.

[5] Hoy en día, hay muchas personas que categorizan el pensamiento político de Platón como “totalitario”, pero según esta concepción, la República es el único sistema donde puede haber verdadera libertad, pues todo el mundo contribuye a la sociedad y esta, como conjunto, se dirige o se encamina al Bien, haciendo felices a todos los ciudadanos de la polis, que serán tan justos como esta.

Bibliografía

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Imagen | Wikipedia

Artículo de:

Julia García (colaboración):
Estudiante del Doble Grado en Filosofía y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Con interés en la filosofía de la ciencia y la naturaleza; en 2021 realizó un año de Física Teórica en la University of Birmingham en Inglaterra.

Cita este artículo (APA): Garcia, J. (2023, 05 de enero). La pregunta sobre la democracia. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/01/la-pregunta-sobre-la-democracia
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