Si es el escurridizo diablo quien carga —hasta la saciedad del que no puede engullir más— de contenido las palabras; si es el diablo quien las cincela con sus propias uñas afiladas, cuando estas se entremezclan sibilinas las unas con las otras, el lenguaje hace las veces de verdugo y de cárcel. ¡Todo en uno! Te encierra o apresa entre sus fauces al mismo tiempo que afila la cuchilla gigantesca con la que te dará muerte. Consabidas son las reflexiones en torno al lenguaje como arma de manipulación e incluso de castigo, pero pocas son las veces que nos detenemos a pensar en su alter ego vampírico: nos vacía, poco a poco, sin que haya posibilidad de rellenar los vasos sanguíneos, ni siquiera con agua. Cuando se secan, ya nada hay que podamos hacer. No hay vuelta atrás.

Saben, mis lectores habituales y no tan frecuentes, que me pirra hablar desde el aroma de la sangre, la infección y la incomodidad. Diría que, a veces, soy la filósofa de lo escatológico. No he encontrado, a estas alturas, otro modo de encender las bombillas que no me pertenecen. De otro modo, no sería yo.

La infección. Palabras que bailan juntas después de haber recibido la [engañosa] magia del diablo. Hablo, claro está, de palabras tan comunes como la mismísima cotidianidad. De palabras tan frecuentes como ponzoñosas, aunque no se adviertan fácilmente sus oscuros poderes. Cuando esto acontece, las relaciones interpersonales sucumben a la incómoda dinámica del poder desmadejado, a saber: los que pisan y los que, muy abajo, son atropellados sin miramientos. Llega un momento en el que la carne aplastada no huele ni suena: se ha quedado sorda, ciega y muda. No puede moverse.

Desde hace un tiempo —que ya no sé si es mucho o poco porque he perdido la capacidad de evaluar la velocidad de las manecillas—, monto en cólera cuando me aseguran que tengo que hacerme respetar. ¿Que yo tengo qué? ¿QUÉ? Aún peor es que te exijan que exijas. Sí, exigir que exijas: tienes que hacerte valer.  He de decir que he sido de esas que lo creían a pies juntillas. Anda, claro, es que soy humana. ¿A alguien sorprende?

Represento fielmente —como si me hubiera entrenado durante largos años para recitar el guion de mi propia vida— uno de esos casos de introversión que, por extremos, son ridículos. Eso es lo que se ve desde el prisma equivocado, claro: el de las lentes sucias y las primeras capas, donde la profundidad es nula. Misteriosamente, el verdadero pazguato es el que asocia la introversión con la estulticia o la imposibilidad de coger al toro por los cuernos. Se dice [afirmo] que algunos introvertidos, muy indomables, saben valerse de subterfugios que nadie hubiera imaginado. Esto es cierto. En mi caso, nunca me he atrevido a estampar uno de mis puños contra mesa ajena en señal de desafío, pero no soy tonta. La incapacidad de reducir los objetos a cenizas para llamar la atención es automáticamente vista como la incapacidad —valga la redundancia— de hacerse respetar. Esto es: valorarse muy muy poco. ¡Y un cuerno! ¿En qué cabeza humana cabe ir propinando puñetazos aquí y allá, destrozando mesas? ¿Por qué habría de mendigarse lo que no van a darnos? Nadie debería exigir, entre lágrimas o en ausencia de ellas, ser valorado.

Esta clase de exigencias, las que nos muestran dolidos con la actitud imperante de los verdugos, abren un insondable abismo entre quien pisa y el que es aplastado. Cada vez que imploramos, la fisura se amplía y puede llegar a hacerlo hasta límites insospechados. Pedir respeto es una llamada a lo contrario, ni más ni menos. Es un desnudarse absurdo, que solo sirve para que el espectador tome fotos y las reparta, horas más tarde, en el circo de los horrores. Hablo de supeditación, de contribuir a esa visión que nos entiende cómo te empuja a la burla y desde luego, no te valoran.

Pero nos sentimos culpables de no dar esos puñetazos o esas voces. Si no recibimos el trato que deberíamos, entendemos que algo hemos hecho mal. Asumimos la carga y la culpa, sin tener que hacerlo. Es así —y de ello estoy segura— como, de manera progresiva, se erigen unos y se asfixian otros.

Imagen | Unsplash

Cita este artículo (APA): Sánchez, E. (2023, 29 de enero). Peticiones que condenan. https://filosofiaenlared.com/2023/01/peticiones-que-condenan

Artículo de:

Esther Sánchez González (autora invitada):
Doctoranda en Filosofía (UNED); y docente de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del Azuay. Maestra en Filosofía Teórica y Práctica en la especialidad de Lógica, Historia y Filosofía de la Ciencia; graduada en Filosofía y graduada en Educación Primaria.

#Castigo, #Introversión, #lenguaje, #Manipulación, #Poder personal, #Relaciones interpersonales

por autores invitados

¿Te gustaría escribir para nosotros? Puedes hacerlo enviando textos de forma esporádica o unirte a nuestro equipo permanente de autores. Para más información, envíanos un mail: contacto[at]filosofiaenlared.com

error: Content is protected !!