El movimiento ecológico comienza a dar tímidos pasos en los siglos XVIII y XIX con la importancia espiritual que le concedían los románticos a la naturaleza, el trascendentalismo estadounidense de Emerson, Thoreau1 y Whitman, o la preocupación de los conservacionistas (naturalistas, literatos, cazadores) provocada por el impacto destructivo de la actividad humana en la naturaleza2.

El antropocentrismo ético imperante, tomando al ser humano como medida de todas las cosas, solo reconoce a este como moralmente relevante, mientras que a los animales y al resto de la naturaleza únicamente les concede un valor utilitario. El biocentrismo, por su parte, considera que todo organismo vivo tiene un valor intrínseco y, por lo tanto, una relevancia moral: “En su planteamiento, contempla la defensa de la relevancia moral de toda la naturaleza, la que compartiría con el ser humano la especial característica de “estar viva”3. De este modo, el ser humano perdería su posición de tiranía en la biosfera y, secundando las palabras del filósofo Albert Schweitzer, podría pronunciar: “yo soy vida que quiere vivir, y existo en medio de vida que quiere vivir”4.

Aldo Leopold se opondrá a la perspectiva antropocéntrica planteando que la ética debe “incluir los suelos, las aguas, las plantas y los animales; dicho de un modo colectivo: la tierra”, y que, asimismo, el Homo sapiens debe pasar “de conquistador de la comunidad terrestre al de simple miembro y ciudadano de ella”5. Su propuesta, en suma, trata de ampliar los límites de la ética e incluir en ellos a toda la comunidad biótica, donde el ser humano es solo un eslabón más. No obstante, este posicionamiento no termina de desprenderse de un antropocentrismo débil, proponiendo, en realidad, una síntesis entre este y el biocentrismo.

En contraste con el biocentrismo, surge el ecocentrismo, cuyo planteamiento holista concibe la biosfera entera como un sujeto moral y pone el foco de atención, ya no en los individuos, sino en los equilibrios ecosistémicos. El ecologismo profundo de Arne Næss responde a la crisis ecológica defendiendo un cierto igualitarismo biocéntrico, donde el ser humano debe poder autorrealizarse identificándose con toda la comunidad biótica, limitando su intervención depredadora en la naturaleza.

Los humanos han escapado del papel que tenían asignado alterando los ecosistemas más allá de sus necesidades legítimas para sobrevivir.

María José Guerra6

Frente a estas dos éticas ecológicas, biocentrismo y ecocentrismo, aparecen alternativas socio-ecoéticas que critican el olvido de las injusticias sociales. Inciden en que la explotación de recursos es desigual, ya que hay una minoría social (capitalista, heteropatriarcal y blanca) que explota tanto a la naturaleza como a países del Sur global y grupos sociales desfavorecidos. Entre estas ecologías políticas, existen varios movimientos: ecosocialismo, ecofeminismo, Movimiento por la Justicia Ambiental y el denominado Ecologismo de los Pobres.

El ecosocialismo aboga, a partir de una crítica a la economía capitalista, por la transformación del sistema de producción. Entre sus objetivos se encuentra la sustitución de la creencia en el progreso ilimitado y el desarrollo tecnocientífico por la sostenibilidad y la autolimitación7. En segundo lugar, el ecofeminismo denuncia la naturalización de la mujer y la feminización de la naturaleza para justificar la sumisión y explotación de ambas. El lenguaje heteropatriarcal “que afeminiza la naturaleza y naturaliza a la mujer, describe, refleja y perpetúa la dominación e inferiorización de ambas, ya que no entiende que estas dominaciones gemelas de la mujer y la naturaleza (incluyendo a los animales) son en realidad (y no en sentido figurado) culturalmente análogas8“.

Por su parte, el Movimiento por la Justicia Ambiental, cuyos orígenes se remontan al movimiento de las minorías raciales en Estados Unidos en la década de los sesenta, es una respuesta al ambientalismo liderado por personas blancas y al racismo institucionalizado. Se enfrenta a una nueva forma de segregación social al situar, por ejemplo, la industria contaminante y los vertederos junto a los lugares donde residen personas negras, migrantes, gitanas, hispanas, etc.

Por último, la vertiente combativa contra la brecha norte/sur incide en el vínculo que hay entre la pobreza y la catástrofe ecológica y en la explotación de recursos por parte del ecocolonialismo. María José Guerra afirma: “No es difícil darse cuenta de que los países subdesarrollados de hoy eran las colonias de ayer y de que el desarrollo de los países colonizadores fue impulsado por el ventajoso proceso de explotación de los recursos y de las poblaciones nativas9“.

Notas

[1] Henry David Thoreau (1817-1862) influirá enormemente en Aldo Leopold, por ejemplo, en la idea de ser humano como miembro de la naturaleza: “Quiero decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles; considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad”. H. D. Thoreau: Caminar, trad. de Federico Romero, Árdora, Madrid, 1998, p. 7.

[2] Este sería un sentido amplio del término conservacionismo. En un sentido más concreto, el conservacionismo se opondría al preservacionismo en tanto que, mientras aquel pretende proteger la naturaleza por su valor instrumental, este último considera la naturaleza por el valor intrínseco que en ella hay. Aldo Leopold evolucionó del primero al segundo. Los representantes de ambas corrientes son los estadounidenses Gifford Pinchot y John Muir, respectivamente.

[3] Fabiola Leyton: “Ética medioambiental: una revisión de la ética biocentrista”, en Revista de Bioética y Derecho, UB, n.º 16, abril de 2009.

[4] Albert Schweitzer (1923) en Carmen Velayos, La dimensión moral del ambiente natural: ¿Necesitamos una nueva ética?, Comares, Granada, 1996, p. 172.

[5] Aldo Leopold: Una ética de la tierra, trad. de Isabel Lucio-Villegas y Jorge Riechmann, Los Libros de la Catarata, Madrid, 20172, p. 182.

[6] María José Guerra: Breve introducción a la ética ecológica, Mínimo Tránsito, Madrid, 2001, p. 84.

[7] Precisamente ahora se publica la segunda edición en castellano del Manifiesto ecosocialista de 1990: Carlos Antunes, Pierre Juquin, Penny Kemp, Isabelle Stengers, Wilfried Telkämper y Frieder Otto Wolf: Manifiesto ecosocialista (edición a cargo de Jorge Riechmann, con la colaboración de Irene Gómez-Olano y Amanda Subiela Mathiesen), Catarata, Madrid, 2022.

[8] Carol J. Adams (1990) en Karen J. Warren (1996): Filosofías ecofeministas, trad. de Soledad Iriarte, Icaria Editorial, Barcelona, 2003, p. 20.

[9] Guerra, Breve introducción…, op. cit., pp. 137-138.

Bibliografía

ADAMS, Carol J. (1990) en WARREN, Karen J. (1996): Filosofías ecofeministas, trad. de Soledad Iriarte, Icaria Editorial, Barcelona, 2003.

GUERRA, María José: Breve introducción a la ética ecológica, Mínimo Tránsito, Madrid, 2001.

LEYTON, Fabiola: “Ética medioambiental: una revisión de la ética biocentrista”, en Revista de Bioética y Derecho, UB, nº16, abril de 2009.

SCHWEITZER, Albert (1923) en Carmen Velayos, La dimensión moral del ambiente natural: ¿Necesitamos una nueva ética?, Comares, Granada, 1996.

THOREAU, H. D.: Caminar, trad. de Federico Romero, Árdora, Madrid, 1998.

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Muñoz, L. (2023, 10 de enero). Planteamientos y abordajes de la ecoética. https://filosofiaenlared.com/2023/01/planteamientos-y-abordajes-de-la-ecoetica
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por Laura Muñoz

Vive en Castilla-La Mancha, España. Graduada en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid.

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