El 19 de enero de 2021, tras ser ratificada por un estrecho margen de votos en el Congreso de los Diputados y, posteriormente, en el Senado, entraba en vigor la nueva ley orgánica que, popularmente conocida como Ley Celaá1, rige el sistema educativo español en sustitución de la LOMCE de 2013. Desde su aparición ha sido una ley altamente polémica: la ausencia de una mención al castellano como lengua vehicular, la aparición en el currículo educativo de contenidos relacionados con la igualdad de género y la limitación de las plazas que pueden autorizar los colegios concertados fueron motivo de preocupación entre las filas de la derecha parlamentaria, que votó conjuntamente en contra de la ley.

Quizá uno de los puntos más problemáticos de la Ley Celaá tiene que ver con la disminución de la presencia de la filosofía en el currículo educativo. Los institutos ya no tienen la obligación, en el marco legal establecido por el Estado, de impartir una materia optativa de Filosofía en la educación secundaria, con lo que la decisión de ofertarla o no pasa a depender de las Comunidades Autónomas; adicionalmente, la asignatura de Valores Éticos desaparece como alternativa a Religión. Aun contando con una nueva asignatura, “Educación en Valores Civiles y Éticos”, de contenido filosófico bastante más limitado que su alternativa en la LOMCE, lo cierto es que, en general, la Ley Celaá relega la educación en filosofía a un segundo plano, tanto en las horas como en los contenidos­­ que se imparten. Este episodio es parte, en última instancia, de una tendencia iniciada en 20062, con la aprobación de la ley anterior a la LOMCE, que ya disminuyó en gran medida la importancia otorgada a la filosofía en la educación secundaria.

La aprobación de la Ley Celaá disparó todas las alarmas entre docentes y pensadores por igual. Una de las afirmaciones más repetidas3 en el debate público por estos colectivos era que esta legislación en contra de la filosofía tiene como objetivo imposibilitar la formación de un pensamiento crítico entre los jóvenes españoles: para “el sistema” es un peligro que los jóvenes conozcan la historia de la filosofía; por tanto, esta debe desaparecer de las aulas. Se le atribuye al conocimiento de la filosofía un potencial revolucionario intrínseco, que encierra en sí la facultad de desafiar la organización social y política establecida. Pero cabría preguntarse, quizá, si esta idea se corresponde con la realidad. Esto partiendo desde una base muy sencilla: el hecho de que, aun concibiendo la educación en filosofía como caldo de cultivo de la transformación social, esta, sencillamente, no ha ocurrido.

Como referencia se podrían estudiar los movimientos sociales que han tenido lugar en la última década (partiendo de la base de que, efectivamente, la gente recibe esa formación en filosofía que representa “un peligro”) y veamos si han conseguido la transformación radical que buscaban. La razón es que, desde el 15M4, que inauguró el ciclo político que vivimos actualmente, no han surgido movimientos sociales significativos que plantearan una alternativa viable a un sistema capitalista que está a todas luces en crisis; parece que la presencia del capital y del Estado, por el contrario, se ha hecho aún más presente en un contexto en que ese saber filosófico pretendidamente revolucionario está, en teoría, universalizado. E incluso el 15M ha agotado ya todas sus fuerzas, dejándonos en una situación similar a aquella que, en 2011, motivó la convocatoria de manifestaciones: un mercado inmobiliario descontrolado, un flagrante bipartidismo que ralentiza la toma de decisiones en el Congreso (las alternativas a PSOE y PP surgidas desde el 15M hasta la actualidad, Podemos y Ciudadanos, han acabado formando coalición con el PSOE y en un absoluto hundimiento, respectivamente, retornando a una situación en la que la izquierda y derecha parlamentaria se concentran prácticamente en dos opciones, con el único añadido de Vox, que se presenta como la alternativa a la derecha parlamentaria tradicional), una crisis económica que presiona cada vez más a la clase trabajadora.

Por todo esto se puede concluir (y es un sentimiento extendido en España) que el 15M como movimiento revolucionario ha sido prácticamente infructífero; marcar el desbocado crecimiento de la extrema derecha, encarnada en Vox, como un progreso político resulta cuestionable. Incluso las reformas que ha conseguido impulsar Podemos en el Congreso han sido capaces tan solo de paliar parcialmente los síntomas de la crisis recién mencionados. La importancia de todo esto para el tema a tratar es que el 15M no ha conseguido transformar radicalmente, como buscaba, aquello a lo que abstractamente nos referimos como “el sistema”.

Visto esto, salta a la vista que el conocimiento de la filosofía, por sí mismo, no presenta reto alguno al sistema. Tenemos una sociedad sumamente conocedora de la filosofía y de los movimientos revolucionarios que han dado forma a nuestro mundo; una sociedad peligrosa para el régimen, si se cree que el mero conocimiento de ideas alternativas al statu quo es revolucionario. Se hace evidente, así, que tener ciudadanos “educados en el pensamiento crítico” no incomoda en absoluto a las instituciones que rigen nuestra vida en sociedad. El capitalismo y el Estado siguen sobreviviendo a todos los movimientos que pretenden lograr un cambio social (les basta, a cambio, con hacer concesiones, de mayor o menor medida en función de la amenaza que el movimiento pueda representar a su propia supervivencia, pero siempre asegurando en el proceso su continuidad); y, de hecho, la fuerza de los movimientos sociales desde el 15M ha ido disminuyendo drásticamente hasta estar prácticamente desmantelados en la actualidad. ¿Qué explica realmente, entonces, esta desaparición de la filosofía de las aulas?

La razón es que para responder a esta pregunta basta con atender al funcionamiento del sistema capitalista (que, independientemente de la controversia que puedan generar las ideologías que tradicionalmente han sido críticas con el capitalismo, es, innegablemente, el sistema político y económico en el que nos encontramos). Debido a que, si el capitalismo lleva al individuo a optimizar todo lo posible su tiempo, a ser todo lo productivo posible en todo momento, tiene perfecto sentido que la formación en filosofía, una actividad que por sí misma no genera nada material, sea considerada innecesaria.

Dicho de otro modo: el Estado no retira de sus programas educativos la filosofía por ser esta una actividad subversiva ni revolucionaria en modo alguno; sino porque, sencillamente, no es eficiente. Dice el capitalismo:

Las horas que se invierten actualmente en enseñar filosofía al alumnado, esto es, a los futuros trabajadores […] son esencialmente tiempo muerto; tiempo poco optimizado, tiempo que bien podría emplearse en preparar aún más al estudiante para el mercado laboral. Dejemos de hablar, pues, de Aristóteles o Simone de Beauvoir, y empecemos a hablar de cómo llevar una empresa.

Hay que tener en cuenta que el mercado no opera por lógicas de supervivencia, sino por lógicas de producción. Si realmente fuera una cuestión tan importante para el sistema asegurar su propia supervivencia; si fuera, en efecto, tan frágil que se viera amenazado porque los ciudadanos conozcan a uno u otro autor, el trabajo de los que buscan lograr una transformación social profunda sería mucho más sencillo.

Así que seamos claros en nuestros términos: hay que aceptar, muy a nuestro pesar, que tendemos a dar una importancia exagerada a la disciplina que practicamos. La Ilustración nos ha enseñado a pensar que las ideas por sí solas mueven el mundo; no obstante, quizá esto no sea completamente cierto. No quiero decir con esto que las ideas no sean valiosas: efectivamente todas las luchas por derechos, libertades o por el cambio tienen, en algún nivel, cierto marco teórico. Pero es evidente que vivimos en una sociedad de mercado, y las ideas no cotizan en bolsa. Si queremos buscar el auténtico origen de los desprecios que sufre la filosofía, quizá tengamos que abandonar el ensimismamiento en que, tristemente, tendemos a enmarcarnos, y empezar por otra parte.

Notas

[1] Ley Celaá: ¿qué cambios supone la nueva ley de educación? (2020, 30 noviembre). Save the Children. https://www.savethechildren.es/actualidad/ley-celaa-que-cambios-nueva-ley-educacion

[2] Plaza, A. (2021, 13 septiembre). Las ocho leyes educativas de los 40 años de democracia. RTVE.es. https://www.rtve.es/noticias/20210913/ocho-leyes-educativas-cuatro-decadas-democracia/2170094.shtml

[3] Babiker, S. (2021, 29 noviembre). El profesorado de filosofía muestra su insatisfacción con la ley Celaá. El Salto Diario. https://www.elsaltodiario.com/educacion/el-profesorado-de-filosofia-muestra-su-insatisfaccion-con-la-ley-celaa

[4] El movimiento 15-M fue un movimiento social y político que surgió en España en 2011 y que se caracterizó por la realización de manifestaciones y protestas pacíficas en plazas y calles de diferentes ciudades del país. Los participantes en el movimiento, conocidos como “indignados”, denunciaban la crisis económica y el alto desempleo que afectaba al país en ese momento, así como el sistema político y económico que consideraban responsables de la situación. Más información: Wikipedia.

Imagen | Flickr

Artículo de:

Andrés González (autor invitado):
Estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas por la UCM.

Cita este artículo (APA): González, A. (2023, 19 de enero). La pregunta sobre la democracia. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/01/por-que-desaparece-la-filosofia
#educación, #filosofía, #ley celaa, #política, #reflexión

por autores invitados

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