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El presente artículo es una traducción de Leticia Prado del texto A Short History of Love, de Andreas Matthias, que ha sido traducido con autorización del Blog de la Daily Philosohpy como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 

Desde la antigüedad hasta hoy, una pregunta ha inquietado a los filósofos: ¿qué es el amor?

Esta pregunta se ha formulado de muchas formas y con muchos matices: ¿Cómo podemos definir correctamente el amor? ¿Es el amor lo mismo que el gustar? Si no es así, ¿cuál es la diferencia entre ambos? ¿Son lo mismo amor y amistad? ¿Puede existir el amor sin amistad entre los amantes? ¿Podemos amar sin sentirnos atraídos sexualmente? ¿Está la caridad cristiana -a menudo también llamada amor-, relacionada con el amor erótico, y cómo? ¿Puedo amar de verdad a un animal, a un país, a un trabajo o a mi coche, o estoy utilizando incorrectamente la palabra en estos casos?

En este artículo, vamos a echar un vistazo a la historia del concepto de amor, desde la antigüedad hasta hoy. Naturalmente, tendrá que ser muy breve, pues de lo contrario acabaremos con algo parecido al libro de texto de tres volúmenes de Irving Singer1 sobre la filosofía del amor:

El amor platónico

El amor “platónico”, tal como usamos la palabra hoy, tiene poco que ver con Platón. Platón (428-348 a. C.), alumno del filósofo de la Antigua Grecia, Sócrates (470-399 a. C.), y maestro de Aristóteles (384-322 a. C.).

Antes de seguir hablando de Platón, es importante ser consciente de que el amor en la Antigua Atenas era, en gran medida, un amor homosexual. Los griegos, que nunca fueron demasiado igualitarios (su democracia abarcaba solo a los ciudadanos varones e ignoraba a las mujeres, a los extranjeros y a un considerable número de esclavos) pensaban que el amor entre un hombre y una mujer se establecía, fundamentalmente, para procrear, mientras que la forma más pura y elevada de amor era la que implicaba a dos hombres. Por supuesto, no todo el mundo tenía la misma opinión: Alcibíades, por ejemplo, —el elegante general-amante-playboy de Sócrates—, también era conocido por sus numerosas aventuras con mujeres.

Platón proporciona una teoría sobre el amor en su obra El Banquete, donde se evoca una reunión animada que ha tenido lugar, en la que un grupo de amigos discuten la naturaleza del amor.

En El Banquete (probablemente la fiesta más famosa de la historia de la humanidad) están presentes un médico, un poeta, un abogado, el filósofo Sócrates, el general Alcibíades (que también es el novio de Sócrates), y se dice que el más sabio de todos es la que está ausente: Diotima, maestra de Sócrates en cuestiones de amor y, escandalosamente para la época y el sitio, ¡una mujer!

La teoría de Diotima —como dice Sócrates, contado por Platón—, es la siguiente: empezamos por amar los cuerpos bellos. Al cabo de un tiempo, nos damos cuenta de que los cuerpos son todos más o menos iguales y de que las características verdaderamente amables de los demás están en sus personalidades: así que empezamos a amar sus mentes, la forma en que piensan y se comportan. Pero al cabo de un tiempo, incluso estos rasgos empiezan a parecer repetitivos y aburridos. Empezamos a reconocer que la belleza no se limita a los seres humanos. Un paisaje puede ser bello. El orden de la naturaleza es bello. La forma en que las estrellas y los planetas recorren sus órbitas en armonía celestial es hermosa. Incluso los estados y los gobiernos son bellos, con sus complejas economías y legislaciones, miles de partes que trabajan juntas para producir una cosa viva y en movimiento, un estado. Así, el enamorado amplía su horizonte para incluir todas estas cosas amables, hasta que, finalmente, se da cuenta de que detrás de todas estas cosas visibles hay algo más grande: la belleza pura de las matemáticas, de las leyes de la naturaleza. Y detrás de eso está lo que Platón llama “formas” o “ideas“, y que podríamos traducir mejor como “la mente de Dios“: un reino de objetos ideales eternos, de los que nuestro mundo físico es solo una sombra degradada.

Y hay otra razón para preferir el amor a las cosas eternas. Para Platón, el amor es “el deseo de la posesión perpetua del bien“. El bien, en este caso, lo ejemplifica el amado, pero el amor a una persona real nunca puede ser eterno. Las personas envejecen, mueren o nos dejan. Amar los pensamientos y las ideas es lo más cerca que un ser humano mortal puede estar de la eternidad. Y cuando hoy hablamos de Platón y su Banquete, esta es la prueba de que su enfoque funcionó. Miles de años después de su muerte, aquí estamos, todavía hablando de las ideas de Platón, de Sócrates y Diotima, y de aquella suave tarde en un salón de la antigua Atenas, donde un grupo de amigos se reunió para discutir la naturaleza del amor.

Aristóteles: El amor como amistad

Aristóteles, alumno de Platón, tenía una mentalidad más práctica. Él se pregunta cuál es el propósito de la existencia humana. Observa todas las cosas del mundo y ve que todo se esfuerza por ser la realización más perfecta del tipo de cosa que es: todos los leones intentan ser el más fuerte, el más sano, el más feroz. Toda flauta se crea con la esperanza de ser la mejor, la más melodiosa. Y así también con las ocupaciones humanas: todo zapatero intenta ser el mejor zapatero. Todo general quiere ser el mejor general. ¿Pero qué es un buen zapatero? Es aquel que hace buenos zapatos. ¿Qué es, entonces, un buen humano en general? Para Aristóteles, es el ser humano que mejor ejemplifica lo que significa ser humano. Y esto significa: aquel que combina un comportamiento virtuoso con la razón humana. O, al revés: aquel cuya razón está controlada por la virtud.

Así que, si los humanos quieren ser mejores humanos, tendrán que aprender a ser más virtuosos, y esto solo lo pueden aprender relacionándose con otros seres humanos.

La función de los amigos y amantes es, por tanto, ayudarnos en nuestro camino hacia la excelencia humana y la nuestra, ayudarles a ellos. El amor y la amistad no son, para Aristóteles, tan diferentes: ambos son medios por los que nos convertimos en mejores personas, practicando y entrenando nuestras virtudes con la ayuda de la otra persona.

El amor cristiano

Ya en la época de Cristo, San Pablo se convierte en el primer predicador de lo que sería el lema clásico del amor cristiano:

El amor es paciente, el amor es bondadoso. No tiene envidia, no se jacta, no es orgulloso. No es grosero, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda registro de los agravios. El amor no se deleita en el mal, sino que se alegra con la verdad. Siempre protege, siempre confía, siempre espera y siempre persevera… Y ahora quedan estos tres: la fe, la esperanza y el amor. Pero el mayor de ellos es el amor.

(1 Corintios, 13)

En su carta a los Gálatas, San Pablo introduce la idea de que la “carne” y el “espíritu” son opuestos: uno pecaminoso y otro virtuoso, uno mundano y otro divino; y esta dicotomía colorearía la percepción del amor por parte de la Iglesia hasta nuestros días, dos mil años después:

Vosotros, hermanos míos, habéis sido llamados a ser libres. Pero no os sirváis de vuestra libertad para satisfacer la carne, sino que servíos humildemente unos a otros en el amor [ágape]. Porque toda la ley se cumple en el cumplimiento de este único mandamiento: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. … Digo, pues, que caminen por el Espíritu, y no satisfarán los deseos de la carne. Porque la carne desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu lo que es contrario a la carne. Están en conflicto entre sí, de modo que no debéis hacer lo que queráis. Los actos de la carne son evidentes: la inmoralidad sexual, la impureza y el libertinaje; la idolatría y la brujería; el odio, la discordia, los celos, los ataques de ira, la ambición egoísta, las disensiones, las facciones y la envidia; las borracheras, las orgías y cosas semejantes. Os advierto, como antes, que los que viven así no heredarán el reino de Dios.

(Gal 5, 13 – 21)

Claramente, San Pablo tiene aquí en mente una idea como la de Platón, en la que el Eros debería, idealmente, apartarse de los deseos corporales y dirigirse hacia alguna versión eterna del bien.

San Agustín de Hipona (354-430 d. C.) trató de reconciliar el espíritu con la carne señalando que toda acción tiene un bien (su finalidad) y un placer que está asociado a ella y que es distinto del bien. Así, por ejemplo, cuando como, el bien de comer está en el sustento que la comida proporciona; mientras que, si como una comida sabrosa y agradable, también puedo obtener placer. Pero ambas cosas son realmente diferentes y a veces opuestas: Puedo comer alimentos que me gustan, pero que no son buenos para mí (galletas de chocolate, por ejemplo).

Y podemos trasladar ese pensamiento también a las actividades sexuales: en su contexto natural, el sexo forma parte de un proceso reproductivo necesario para la supervivencia de la especie: lo bueno y lo placentero coinciden en este caso. Pero cuando eliminamos el bien (la procreación) y nos entregamos a la actividad sexual solo por el placer, entonces estamos cometiendo un pecado: estamos eliminando lo placentero del bien, y el mero placer va en contra del orden de la naturaleza y nada bueno puede salir de él.

Se ve cómo San Agustín trata de evitar denunciar todo el sexo como malo, lo que plantearía entonces la pregunta de por qué Dios hizo que necesitáramos tener sexo para procrear, para luego declarar el sexo como pecaminoso. Para Agustín, el sexo, realizado en el contexto adecuado y con la intención de procrear, no es pecado, sino el cumplimiento del orden divino de las cosas.

Los Padres del Desierto

Si bien podría decirse que San Agustín seguía siendo un antiguo griego o romano en su forma de pensar, los monjes y ermitaños conocidos popularmente hoy como los “Padres del Desierto” catapultaron el concepto cristiano del amor en una dirección totalmente nueva que ningún filósofo griego habría entendido o aprobado.

Donde la filosofía griega valoraba generalmente el equilibrio, el pensamiento lógico y el distanciamiento de las propias pasiones, los Padres del Desierto van en la dirección totalmente opuesta: abandonan todo distanciamiento emocional e intentan fundirse con la gracia de Dios mediante ejercicios espirituales, ayuno, meditación, aislamiento y sufrimiento. En el proceso, desarrollan su propio tipo de amor cristiano, el ágape, que es salvaje, desenfrenado, desinteresado, abnegado e incondicional. Es, esencialmente, lo que todavía hoy vemos como el ideal del amor y la caridad cristianos, un ideal tan severo y exigente que casi nadie tiene la oportunidad de estar a la altura. Thomas Merton (1960) recogió algunos de los relatos más famosos en su libro clásico “La sabiduría del desierto2“.

He aquí dos conocidas historias de la colección de Merton:

Había una vez un ermitaño que fue atacado por ladrones. Sus gritos alertaron a los demás ermitaños, y entre todos consiguieron capturar a los ladrones. Los ladrones fueron encarcelados, pero los ermitaños estaban avergonzados y tristes porque, por su culpa, los ladrones habían sido encarcelados. Habían actuado de forma egoísta, y no con suficiente amor por los ladrones. Así que por la noche fueron a la ciudad, entraron en la cárcel y liberaron a los ladrones, volviendo ellos mismos a la gracia de Dios.

El abad Anastasio, otro ermitaño, tenía una Biblia muy cara, su única posesión. Un día, un visitante le robó el libro, pero Anastasio no lo persiguió, porque no quería que el otro mintiera sobre el robo del libro. Unos días más tarde, un vendedor de libros usados de la ciudad se acercó a Anastasio y le dijo: un hombre quería venderme este libro, pero como parece bastante caro, quería conocer su opinión. ¿Es realmente un libro valioso? Anastasio dijo que sí, y le dijo al librero el valor real del libro, sin mencionar que era suyo. Cuando el ladrón se enteró, llevó el libro a Anastasio y le rogó que lo tomara. Pero Anastasio no quería el libro y se lo regaló al ladrón. El ladrón quedó tan impresionado por todo el episodio que se convirtió en alumno de Anastasio y vivió con él en el desierto durante el resto de su vida.

En estas dos historias se puede ver la versión extrema y exigente del amor cristiano por el prójimo, practicado con una determinación y una pureza que aún hoy nos puede sorprender y asombrar.

Notas

[1] Es el libro de referencia de la filosofía del amor. Un estudio en tres volúmenes fascinantes que recorre veinticinco siglos, puede suministrar años de estudio a un lector motivado. Un libro raro, que es, al mismo tiempo, un serio estudio y una lectura cautivadora. Puedes encontrarlo en Amazon (en inglés).

[2] En un tono personal, se mezcla en las traducciones, el humor tan característico del autor, y el qué tanto se identificaba con los Padres cristianos del siglo IV que buscaban la soledad y la contemplación en los desiertos de Oriente Próximo. Puedes encontrarlo en Amazon (en inglés).

Artículo original de:

Andreas Matthias (Daily Philosophy‘´s Editor):
Doctor en Filosofía. Actualmente, enseña filosofía en la Universidad de Lingnan (Hong Kong). Antes de convertirse en filósofo, trabajó durante más de 20 años como desarrollador profesional de software, webmaster, administrador de sistemas y profesor de lenguajes de programación en Alemania.

Traducido por:

Leticia Prado (Filosofía en la Red):
Titulada en Filosofía y Sociología Cultural. Sus intereses son la Ética, la Política y los Movimientos Sociales

Imagen | Unsplash

El presente artículo es una traducción de Leticia Prado del texto A Short History of Love, de Andreas Matthias, que ha sido traducido con autorización del Blog de la Daily Philosohpy como parte de la alianza de colaboración que tenemos con ellos. 
#amor, #Antigua Grecia, #aristóteles, #caridad cristiana, #platón

por Daily Philosophy

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