Artículo publicado originalmente el 07 de agosto de 2016 en la versión anterior de Filosofía en la Red.

¿De dónde viene la ética sin un fundamento religioso? Más concretamente: ¿cómo saber qué debo hacer? La pregunta no es nueva. Es uno de los tres grandes interrogantes que Kant resumía en ¿qué es el ser humano?: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar? Y es la pregunta que se plantea también en el mito del anillo de Giges.

Puede decirse que hasta el siglo XX no hubo posibilidad de un acercamiento medianamente científico a esta cuestión. Simplemente por desconocimiento de la teoría de la evolución de las especies, y concretamente de la nuestra propia. Eso no quiere decir que absolutamente todo lo dicho antes sea prescindible, pero sí que hay que acercarse a ello con similares precauciones a las que tomamos hacia los tratados de física o astronomía anteriores a la edad moderna y la Revolución Científica.

Si a la hora de entender los astros y el universo físico ya no podemos suponer que la Tierra es el centro del universo, ni que hay varias esferas celestes compuestas unas de cuatro elementos y otras de un quinto elemento misterioso, cuando consideramos al ser humano tampoco podemos presuponer que es un ser especial, absolutamente distinto de los demás (ya sea como creación divina a imagen y semejanza de su creador, ya sea por ser la única criatura con alma o sustancia pensante, ya sea porque culmina la escala del ser o algo así). El ser humano es un animal y un producto de la misma evolución que ha dado lugar a las especies existentes (o que ha extinguido a otras, por ejemplo a los humanos neandertales). Y es esa misma evolución la que nos ha dotado de todas nuestras facultades, tanto la visión estereoscópica o la bipedestación, como la moral y el arte. Es desde la perspectiva de esa evolución que debemos pensar la ética, salvo que queramos incurrir en algún tipo de espiritualismo, religión o algo así en donde apoyar (gratuitamente) la moral.

Desde esta perspectiva evolucionista, la ética y la moral son resultados de la evolución humana. Tenemos ética y moral (y otros sistemas normativos: sociales, culturales, jurídicos) porque han resultado adaptativos para el ser humano. Pero en dos sentidos distintos o a dos niveles: a nivel individual (de cada individuo u organismo particular) y a nivel de grupo (de cada conjunto de individuos). Y esos dos niveles se conjugan conflictivamente y no armónicamente. Cada individuo busca su propia supervivencia y reproducción (si nos ponemos más estrictos, lo hacen sus genes “egoístas”). Pero para eso necesita la unión con los demás individuos: el grupo ofrece a cada individuo ventajas y beneficios que ningún individuo por sí mismo puede conseguir, pero con un coste para cada uno de ellos. No hace falta aquí explicar todas las paradojas que surgen en este momento, por ejemplo el famoso dilema del prisionero: la cooperación de todos los individuos beneficia a todos, la no cooperación de todos perjudica a todos, sin embargo, si unos cooperan y otros no, los que no cooperan tienen más beneficio particular del que obtendrían si todos cooperaran, etc.

La ética y la moral surgen (no de la nada, sino por ensayo y error y selección natural) como sistemas normativos que procuran dar soluciones a estos dilemas y paradojas. Por un lado, la tendencia a buscar el máximo beneficio individual, aún a costa de los demás; por otro lado, la tendencia a buscar el máximo beneficio común, del grupo, aún a expensas del interés individual. Lo que tenemos no se parece en nada a un contexto matemático en el que hay unas premisas, unas reglas y unas deducciones, y todo se resuelve con algoritmos o pura lógica, sino más bien un contexto lúdico, el propio de los juegos, donde hay que usar estrategias y tácticas, y no hay una única vencedora, sino muchas (y muchas más que son perdedoras).

Pensemos en el ajedrez. Hay restricciones (número de casillas, piezas disponibles…) y unas reglas del juego (movimientos permitidos y prohibidos) pero las partidas posibles son infinitas (a efectos humanos) y las estrategias para jugar no son reducibles a una única fórmula o regla general. Las estrategias dependen del momento del juego (apertura, juego medio o final), del tipo de jugador (más agresivo, más defensivo), de las estrategias y movimientos (e incluso fallos) del otro jugador, etc. Del mismo modo, la ética y la moral tienen unas restricciones biológicas, evolutivas, pero dentro de ellas son posibles muchas formas de “jugar” a ambas.

La pregunta por el qué debo hacer moral sería equivalente a qué movimiento debo jugar en una partida de ajedrez. No hay una respuesta como la que él espera. ¿Hay que ser altruista o egoísta?, ¿primero el individuo o el grupo?, ¿imperativo categórico o máxima utilidad de la mayoría? Es como preguntar: ¿empiezo siempre con peón de rey o de dama?, ¿me enroco siempre o no me enroco nunca?, ¿sacrifico siempre caballo y alfil a cambio de una torre? Todo depende, pero no en el absurdo sentido relativista (valga la redundancia), sino en el sentido del propio juego. Hay muchos buenos movimientos en cada momento de la partida (y muchísimos más que son malos), por eso hay libertad en el juego e incertidumbre. El equivalente en la reflexión ética es la Φρόνησις (phronesis) de los antiguos: la prudencia. La persona virtuosa es aquella que es prudente, es decir, que sabe elegir la acción correcta en el momento oportuno, similar al buen ajedrecista que sabe hacer el movimiento correcto en el momento concreto de la partida. Aquí los artículos determinados engañan: no es que haya una, y solo una, acción o movimiento correcto, sino un abanico o conjunto de opciones entre los que el prudente o el ajedrecista saben que se encuentran los mejores en esa circunstancia, y entre los que deben elegir (y arriesgarse, con el grado de incertidumbre que comportan). Pero ni uno ni otro siguen algoritmos o instrucciones para dar con esa acción o movimiento, más bien lo saben por una mezcla de intuición, experiencia (ensayo y error), costumbre, inteligencia… No necesitan tener en cuenta y considerar todas las opciones posibles (porque sería inviable por su enorme cantidad) sino que se centran en el conjunto en el que, de alguna forma, saben que deben concentrarse.

Los sistemas morales, por complejos que sean, no dejan de ser simplificaciones de ese razonamiento prudente (simplificaciones comparadas con la enorme complejidad de lo que pretenden resolver). Es como querer jugar con un sistema a cualquier juego, ya sea el ajedrez, el póker o similares. A grandes rasgos pueden funcionar, sobre todo entre novatos, pero luego son inservibles en la vida real. Pensemos en los retorcidos razonamientos a los que tenía que recurrir Kant para mantenerse en la inmoralidad absoluta del “no mentirás”: si la víctima de un asesino se esconde de él y el asesino nos pregunta que si le hemos visto, según Kant, habría que cumplir con el “no mentirás” y decirle dónde estaba escondida la víctima. O supongamos que un utilitarista llega a la conclusión de que una madre debe sacrificar a uno de sus hijos si con eso logra salvar a dos desconocidos. Igualmente, un jugador novato puede dejar escapar una ventaja posicional en el tablero por agarrarse a las reglas sobre equivalencias en los cambios de piezas. Además de que, los jugadores de sistema, son predecibles a la larga y eso da ventaja a sus oponentes.

Quienes saben jugar bien, aprenden que las reglas están para incumplirlas, aunque no de cualquier forma, porque también hay reglas para saber cuándo incumplir las reglas, y reglas para saber cuándo hay que incumplir las reglas para saber cuándo hay que incumplir las reglas, y así ad infinitum. El buen jugador, el prudente, es el que acierta en cada momento concreto a hacer la acción más adecuada (o una de ellas), a combinar estrategias y tácticas, a cambiarlas cuando hace falta, a arriesgarse, etc. Eso no significa que la mejor regla sea que no haya reglas, sino tan solo que hay que saber relativizarlas, combinarlas, alternarlas, hacer uso de unas u otras según contextos y circunstancias. Y la prudencia es ese saber práctico. Los sistemas de reglas (lúdicas, morales, éticas…) sirven para evitar el difícil razonamiento prudente en situaciones normales. Su valor está en que han demostrado, después de ensayo y error, que son las estrategias que normalmente dan mejores resultados. En condiciones normales, lo mejor es seguirlas sin pensarlo mucho más. Es como el código de circulación. Todos nos hemos visto alguna vez parados en un  semáforo en rojo cuando claramente no hay ningún otro coche a la vista y podríamos cruzar sin ningún peligro. Pero, aun así, es mejor que haya semáforos a que no haya. Y lo que es absurdo (o imprudente) sería seguir la norma de cumplir siempre, y sin excepción, las normas de circulación (y, por ejemplo, no saltarse ese semáforo en rojo sin nadie a la vista aunque llevemos a alguien a punto de morir al hospital en el asiento de atrás).

Sí, para entendernos, decimos que la ética es un conjunto de reglas que hacen referencia a la conservación y beneficio del individuo como tal, y la moral al grupo social, dichos sistemas normativos pueden entrar en conflicto muy a menudo (y de hecho lo hacen): una acción ética podría ser inmoral y una acción éticamente reprobable podría ser moral. Estos conflictos aparecen en dilemas como los del tranvía, en los que las normas éticas y morales se contradicen, o en cualquiera en los que hay que optar por sacrificar a uno para salvar a un conjunto. Cada individuo se debate entre su propio beneficio y el del grupo, que a veces coinciden y otras veces no. Y ahí cada individuo juega estratégicamente como mejor sabe, a veces colaborando y a veces siendo egoísta, a veces de forma conservadora y a veces arriesgada, a ratos siendo predecible y a veces impredecible e incluso totalmente irracional. Y como cada cual hace algo así, cada uno intenta responder y anticiparse a los demás, con lo que hay un continuo cambio de estrategias, etc. Y más teniendo en cuenta que no todos los jugadores son racionales, sino que también hay estúpidos: quienes, por ejemplo, habiendo cuatro opciones buenas para todos y una malísima para todos, se empeñan tozudamente en la peor.

El mejor sistema moral o el ideal sería aquel que lograba compatibilizar, maximizar u optimizar, a la vez, el interés individual y el colectivo. Pero eso sería como la estrategia ideal en ajedrez: la que permitiera, a la par, conservar el máximo de piezas, mantener la mejor posición en el tablero y la iniciativa todo el tiempo. No existen ni una ni otra. De hecho, los juegos en los que es posible encontrar un sistema infalible para jugarlos dejan de jugarse, pierden su gracia. Si fuera posible en ajedrez o póker, no tendría sentido jugar: quien lo siguiese ganaría ineludiblemente (existen juegos así que, en realidad, son timos: el timador ofrece al incauto un juego de apuestas aparentemente igualado para ambas partes, pero que, en realidad, contiene un sistema tal que quien lo sigue —el timador— siempre gana al otro). Conforme avanza la partida, hay que ir eligiendo y sacrificando unas cosas por otras, y no hay una única estrategia que sea absolutamente mejor que todas las demás. El buen ajedrecista lo que hace es combinar todo lo que sabe, unas estrategias y otras, de la mejor forma que es capaz de hacerlo durante el juego, improvisando pero inteligentemente. El equivalente filosófico sería el eclecticismo: saber combinar prudentemente (en cada caso) los diferentes sistemas éticos y morales de acuerdo a las circunstancias. Esto no significa combinarlos de cualquier forma ni como a cada cual le dé la gana, igual que el jugador prudente no mueve las piezas al tuntún aunque no esté siguiendo a rajatabla ningún sistema de los de manual.

Lo anterior muestra también la relación de la filosofía práctica con la libertad. Al no haber una única norma o sistema absolutamente correcto, universalmente aplicable en todo momento y a cualquier circunstancia, cabe la libertad como la necesidad de elegir con cierta incertidumbre. La libertad no es el cumplimiento con el deber que decía Kant, más bien es el “Haz lo que quieras”, entendido como “elige prudentemente entre varias opciones razonablemente buenas y con incertidumbre”. Por la misma razón, en filosofía práctica no cabe la demostración sino la retórica o persuasión en el mejor de los sentidos entendidas: más que racionalidad habría razonabilidad. Lo que no impide que pueda haber un acercamiento científico a la ética y la moral, la economía, etc., tal como vienen desarrollando la teoría de juegos, la economía conductual, y otras ciencias.

En la vida real no hay ningún sistema moral absolutamente preferible a los demás y con exclusión de estos, que pueda aplicarse a cada circunstancia de forma universal tal y como se aplican las fórmulas a los problemas matemáticos. La persona prudente sabrá sopesar en cada caso qué acción o acciones pueden ser las mejores, combinando o alternando en cada caso unos sistemas éticos u otros. No de forma arbitraria ni caótica, sino prudente. Algunas acciones son claramente inmorales, se las mire como se las mire, igual que ciertos movimientos son evidentemente desaconsejables en ajedrez (sacrificar la dama a cambio de nada, por ejemplo). Pero no hay ningún sistema ético o ajedrecístico que permita “calcular” la acción o el movimiento correcto sin hacer uso de la prudencia. Siempre habrá dilemas que demostrarán la insuficiencia de todo sistema ético o moral (deontologista, utilitarista…) y la necesidad de ese eclecticismo prudente, por llamarlo de alguna forma. A veces será utilitarista, a veces deontologista, a ratos hedonista, en algún momento nihilista…

En conclusión, la pregunta ¿qué debo hacer? se reformula como ¿qué es prudente hacer?

Artículo de:

Andrés Carmona (colaboración):
Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria. Coautor del libro Profesor de Secundaria, y colaborador en la obra colectiva Elogio del Cientificismo junto a Mario Bunge.

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Artículos publicados en la versión anterior de Filosofía en la Red (previo al 11 de septiembre del 2020). Se publican como parte del proceso de rescate de textos.

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