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Sobre las diferencias entre el actor de cine y el de teatro según Walter Benjamin

Tanto el cine como el teatro, ya desde sus orígenes, presentan claras distinciones, las cuales afectan al modo en el que se realiza la representación y como los actores deben y pueden llevar a cabo su labor. Sobre esta cuestión, veremos las principales distinciones que parecen distanciar al actor de teatro del actor de cine según Walter Benjamin.

La primera diferencia que Benjamin expone —en su ensayo: La obra de arte en la época de su reproductibilidad mecánica— es en relación con la interpretación, fundamentalmente, para qué o quién se interpreta.

El actor de teatro presenta él mismo, directa e íntegramente, al público su actuación artística; el actor de cine la muestra con la mediación de una maquinaria. Esto tiene dos consecuencias. (…) La actuación del actor queda así sometida a una serie de pruebas ópticas. (…) el intérprete, al no presentar él mismo su actuación al público, no tiene, como sí tiene el actor de teatro, la posibilidad de ajustar su actuación a las reacciones del público. El espectador de cine evalúa y juzga sin tener contacto personal con el acto”

(Benjamin, p. 30-31).

La observación de Benjamin es que el actor de teatro tiene plena relación con su audiencia. Al momento de su puesta en escena, es capaz de adaptar y dirigir él mismo el curso de la obra en función de las reacciones del público. Se establece, por tanto, un vínculo con el espectador, en el que se crea un momento único e irrepetible entre ellos. En cambio, el actor de cine, aunque su interpretación vaya a ser expuesta igualmente a un público, este no tiene la posibilidad de apreciar a sus espectadores. Su puesta en escena es primero captada por un aparato; una máquina a la cual deberá amoldarse para su correcta grabación. El actor de cine, por tanto, adapta su actuación no a su público, sino a un intermediario material que rompe toda posibilidad de vínculo único.

El elemento determinante radica en que se interpreta para un aparato.

(Benjamin, p. 31).

Esta falta de unicidad del cine es consecuencia directa de su naturaleza, como es fácilmente reproducible, la actuación del actor puede verse de forma repetida cuando se desee. Lo que introduce la segunda gran distinción con el teatro: la carencia de aura.

Por primera vez —y esto es debido a la naturaleza del cine— el hombre actúa, con todo su ser, pero renunciando a su aura. El aura está unida al aquí y ahora; no se puede reproducir. Sobre el escenario, el aura de Macbeth es inseparable, en la mirada del público, del aura del actor que lo representa. Pero grabado en un estudio, la máquina sustituye al público. Y así el aura del actor se pierde, y con él el del personaje que representa.

(Benjamin, p. 32).

El actor de cine se ve completamente desligado de su público, lo que imposibilita la presencia de aura en el actor y en el personaje que interpreta, que, al ser reproducible, pierde su autenticidad.

Lo único importante que debe desempeñar el actor de cine es ser un buen elemento accesorio de la escena, dándole sentido y añadiéndole valor a la secuencia. Con esto vemos como, en el cine, el actor es un añadido más de la obra.

El cine acabará convirtiendo al actor en un mero accesorio, escogido según sus rasgos y colocado ahí donde convenga.

(Benjamin, p. 33)

En tercer lugar, otra distinción que marca Benjamin, es referente a la actuación. Mientras el actor de teatro es capaz de interiorizar al personaje que interpreta, al de cine se le es arrebatado esta posibilidad, pues el proceso de creación de la obra final, es bien distinto al teatro.

El actor de teatro interioriza un personaje; algo que, a menudo, está vetado para el actor de cine […] En el cine, la actuación no es una entidad, única y continuada, sino una serie de escenificaciones puntuales y discontinuas.

(Benjamin, p. 33-34).

Según esto, el actor de cine, al estar condicionado por todo el set de grabación, no puede dar rienda suelta a su capacidad interpretativa. No puede sentirse dentro del personaje, debido a que constantemente se ve interrumpido por el corte de las escenas.

La naturaleza misma de la máquina fragmenta la actuación del actor en una serie de episodios que luego se montan.

(Benjamin, p. 34).

Toda película es, por tanto, un cúmulo de escenas montadas que aparentemente estas todas unificadas. Pero esta unidad y continuidad realmente ha sido creada de forma ilusoria por el montaje posterior a la grabación. Por ello, todo sentimiento que parece transmitir el propio actor de cine es solo una ilusión, pues, detrás de una escena, el actor ha tenido que soportar todo un tedioso proceso de cortes, al mismo tiempo que se encuentra sometido por la máquina. A lo que Benjamin expone que puede ser el cine:

El primer medio artístico capaz de mostrar cómo la materia actúa sobre la persona. Puede, por tanto, ser un excelente instrumento de representación materialista.

(Benjamin, p.33).

Por el lado de teatro, el ambiente de actuación es completamente distinto, el actor es capaz de enlazar su aura con el personaje, al mismo tiempo que ofrece al público una secuencia continuada y única, libre de condicionamientos. El actor en el escenario se expone él mismo en toda su autenticidad, no hay nada aparente en la escena, pues cualquier cambio es perceptible en vivo y en directo.

Por tanto, se podría decir que el arte del cine reside en el montaje, que da lugar a algo aparentemente unificado; el arte del teatro se encuentra en la unicidad del momento en directo, ofreciendo algo continuo, lineal y unido al espectador.

Nada manifiesta mejor la disociación entre el arte y ese reino de la ‘’belleza aparente’’, que por tanto tiempo se tuvo como el único en el que el arte podía prosperar.

(Benjamin, p. 34).

En definitiva, el actor de cine, al igual que el de teatro, también deberá de vérselas con el público final, pero, como describe Benjamin apoyado por el pensamiento de Pirandello, esta relación es de extrañeza, pues su actuación es separada y transportada. Lo que conlleva una rotura en el vínculo que tradicionalmente se establecía entre el espectador y el actor. Ahora este solo es consciente de que, en algún momento, se presentará su imagen ante el público, el cual es el mercado de consumidores que pagan por ver la película; por ver su actuación y su trabajo, pero cuya reacción no le será permitido apreciar.

Ante la cámara, el actor es consciente de que, en última instancia, tiene que habérselas con el público: con el público de consumidores que forman el mercado. Ese mercado, al que ofrece sus entrañas, es intangible, no puede representárselo.

(Benjamin, p. 35).

Por último, Benjamin destaca un fenómeno que surge a raíz del desvanecimiento del aura. Y este es que, el cine, al sustentarse gracias a una mayor ocasión de exposición, su valor cultual es muy reducido. Hecho del que es consciente Hollywood, por ello pretende desplazar el culto a la obra, al culto a las estrellas. Ya que al verse atrofiado el aura, el cine responde con una construcción artificial de la personalidad del actor fuera del estudio, para intentar conserva la magia de algo aparentemente auténtico y limitado (Benjamin, p. 36).

Bibliografía

Benjamin, W. (2018). La obra de arte en la época de su reproducción mecánica. Casimiro.

Imagen | Flickr

Artículo de:

Patricia Lorenzo Galván (autora invitada):
Estudiante de doble grado de Filosofía y Economía en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, España.

Cita este artículo (APA): Lorenzo, P. (2023, 24 de febrero). Sobre las diferencias entre el actor de cine y el de teatro según Walter Benjamin. https://filosofiaenlared.com/2023/02/diferencias-entre-el-actor-de-cine-y-el-de-teatro-segun-walter-benjamin
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