Dulce, amargo, doloroso, carnal, propio, colectivo, jovial, fraterno, animal, natural, materno, tóxico, triste, familiar, especial, eterno, platónico, efímero, romántico, desinteresado, cariñoso… eterna lista de adjetivos que podrían posponer o preceder la palabra “amor”. Todos hemos sentido un dulce amor, un amor romántico o jovial, si no seguro un carnal o fraternal amor… 

Una palabra extremadamente versátil, que escapa de cualquier definición concreta, todos intuimos o creemos saber a lo que se refiere; pero parece que la eterna discusión sobre su aproximación no cesa, un tema filosófico sin igual.

Se trata de una palabra condenada a la ambigüedad, una ambigüedad que culmina en mil formas de certeza. En contra de tópicos filosóficos como “vida” y “muerte” donde no se rechaza el consenso sobre la definición precisa de lo que significa estar “vivo” o estar “muerto”, o “vivir” o “morir” (aunque exista debate en esferas especialistas, y aunque sea un tema filosófico candente), el amor pareciera ser vibrante incluso en su connotación sustantiva, ¿que significa “estar amado” o “amando”? Ningún intento que trate de encarcelar estos términos podrá resistir el paso del tiempo, no existe tesis filosófica con la respuesta.

Sin embargo, no por ello debemos cancelar el juicio o la posibilidad de una aproximación en perspectiva, esta, sin ir más lejos, es la labor primordial de la filosofía en este campo.

El porvenir en el que nos encontramos mi coautor y yo pretende dos incisiones claras en la disección del fenómeno amoroso, por un lado, realizar un humilde acercamiento antropológico-filosófico hacía un potencial universal que justifique el amor, el cariño, el cuidado… como cuestiones vertebrales de nuestro ser. Todo ello en contra de cualquier egoísmo ético o psicológico. Y seguidamente encauzamos una travesía, regresando los pies a la tierra, hacia un análisis de la transformación del fenómeno amoroso, que relativiza el significado del amor según su contexto global y su percepción moral, haciendo mucho hincapié en la relación entre arte y amor.

Empecemos entonces:

Incisión al sentir

Hemos dilucidado muy brevemente como el amor es una temática de eterna reflexión, aunque no podemos obviar que esta no se nos presenta de este modo siempre. Pues cuando un ser querido nos dice: “te quiero”, de inmediato anulamos cualquier duda respecto esta afirmación, no la cuestionamos en un sentido profundo, ni siquiera extraemos de ella una significación o imagen mental de lo que ello significa. Podemos cuestionar su sinceridad o su carácter genuino, incluso podemos discernir los motivos por los cuales se nos ofrece tal declaración, pero no solemos cuestionar su significado. Se nos presenta como un significado intuitivo, ambiguo, pero inconscientemente certero. Ello es debido a que en este sentido el amor presenta una doble esencia, se siente como la mayor y mejor certeza mientras se disuelve o se contempla como el peor de los acertijos. Una tensión que no puede ser salvada…

Naveguemos por las aguas de la extrema incertidumbre en el río de las sensaciones vivas y “certeras”.

Como punto de partida comprenderemos al ser humano en términos “demasiado humanos” (no en un sentido Nietzscheano), una aproximación a lo que narra Josep Maria Esquirol en su libro “Humanos, más humanos”.

El ser humano como un ser extremadamente sensible

Nacemos en la intemperie, en una realidad árida, desprotegida, hipersensible, ambigua… en todos los sentidos. Esquirol usa la imagen mental del desierto para tratar de mostrar el escenario donde experimentamos nuestra existencia, nacemos en defecto, nacemos eternamente heridos, por eso lloramos, por eso amamos. Al utilizar el término “sensible” es necesario interpretar en profundidad su significado, no quedarse en la superficie —sin caer en la tendencia “rosa” del término—, sensible en un sentido amplio de la palabra. No nos referimos a un exceso de sentimiento, o al uso coloquial del término.  Si no a la sensibilidad de facto, per se, a una propiedad en esencia presente en todos los humanos. Nos referimos ni más ni menos que al hecho de ser afectado, de ser herido. Y no tan solo físicamente, sino en multitud de grados de la experiencia exclusivos de lo humano. Se trata de una especie de “metasensibilidad” o “repliegue del sentir”(como afirma Esquirol).

Hablamos de un ser herido de nacimiento, una herida cruzada con cuatro extremos: “la vida”, “la muerte”, “el tú” y “el mundo”. Animamos al lector a profundizar en esta dolorosa encrucijada introspectiva.

A la herida de la vida cabe llamarla gusto, a la del tú, amor, a la de la muerte, angustia y a la del mundo, asombro. Expresado más plásticamente: el gusto es el abrazo de la vida, la angustia, el roce de la muerte, el amor, el presente del tú, y el asombro, el misterio del mundo.

Esquirol

Cuatro heridas y una sola incisión, O cuatro incisiones y una sola herida. Esta sencilla figura unificada ayuda a entender la enorme proximidad de las experiencias fundamentales: gusto, angustia, amor y asombro. Hay una zona ventral de significativa intersección y de tránsito entre todas ellas.

Esquirol

La herida del tú en conexión con todas las demás, es la que nos interesa principalmente ahora, pues resulta la más interesante para referirse al amor. La percepción de nuestra subjetividad y la de los demás. El ser humano es un ser social, un animal completamente indefenso si no crece entre semejantes, los seres humanos nos consolidamos como personas humanas gracias a los tejidos de interconexión entre “individuos”, por si solos los individuos carecen de sentido. En última instancia, la otredad da significado a nuestro existir, nos reconoce como seres existentes, luego nos reconocemos como seres existentes, y no viceversa. El yo individual esencial solo es una imaginación impresa por la “otredad”. 

El amor y el odio podrían ser entonces el culmen, el éxtasis de nuestra sensibilidad afectada por la necesidad de cubrir este significado, nuestro lugar en el mundo, un afecto y sentimiento profundo hacia el otro, el querer pertenecer a su lado, la experimentación de la herida del tú, del individuo sin sentido autónomo. Al igual que un bebe llora en busca de comida, agua, cariño… el amor y el odio son el grito del alma expresando su necesidad de significado (aquel igual de necesario que el agua). Ingenuo, el que cree que no desea que lo deseen los demás, el que cree que no desea a los demás. O en lugar de “desear”, sería incluso más pertinente la expresión: que lo “signifiquen” los demás, que “le otorguen sentido”.

Otra cuestión anclada al amor, además de la significación del tú y el sentimiento de reconocimiento y aprecio al otro, es el cuidado. En la intemperie no tenemos más opción que tratar de solidificar relaciones de cuidado, un paraguas social, relaciones de afecto. La empatía juega un papel fundamental como “órgano” natural de esta intención. ¿Qué sería de nosotros si no amaramos…?

Un escéptico podría afirmar entonces: Los animales también cumplen funciones de cuidado, mira las vacas como se cabrean si te acercas a su ternero, o mira los chimpancés y su sentido de justicia (Es la conclusión de un trabajo hecho con chimpancés en el Yerkes National Primate Research Center de la Universidad de Emory (Atlanta, EE UU) que publica PNAS, basado en el juego del Ultimatum)… y no se equivocarían en su anotación, parece que son ejemplos certeros. ¿Es esto amor? Está claro que un tipo de sensación sufren estos animales, y no sería descabellado pensar que los animales (depende cuál) pueden sentir formas de “afecto”. ¿Pero en qué grado?, ¿con qué consciencia?… es aquí donde es importante el repliegue del sentir, aquel presente exclusivamente en los humanos.

El repliegue del sentir es un término relativamente abstracto de comprender, para seguir la ruta discursiva el lector podría imaginar lo siguiente:

Ser humano implica haber alcanzado un grado tan elevado de apertura y exposición de las heridas, que la línea ascendente de la sensibilidad se curva y se pliega sobre sí misma, dando lugar a más anchura, a más profundidad. Sensibilidad, pues, altísima y honda.

Esquirol

La afectación en los humanos parece ser de una intensidad y variedad más pronunciada, los humanos no solo sentimos el afecto de acciones inmediatas, sino también reflexivas, morales, “metasensibles”: podemos sentir el estar sintiendo… ¿Quién no ha sufrido nunca el regocijo del sufrimiento, el querer escuchar música triste estando triste, el sufrimiento del enamorado que se lanza sin cuidado al éxtasis que supone regalar la vulnerabilidad al ser amado, el reír de estar riendo, la pintura, la música, la retórica, el baile, el humor…?, ¿no es el arte la mejor muestra del regocijo humano ante su sentir?, ¿una apuesta por el sentir sobre el sentir sin miedo?. La trascendencia idealizada, el recuerdo del pasado (con su precisa deformación) y la imaginación del futuro juegan un papel importantísimo en lo que nos afecta, en el sentir amoroso, entre otros.

Ya nos lo recordaba Lacan, el famoso psicoanalista:

Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no es

Puede parecer una afirmación confusa, pero en una segunda lectura puede cobrar todo el sentido: “dar lo que no se tiene” es decir, una tensión entre lo que queremos otorgar al ser amado (en un sentido amplio de la palabra “otorgar”) y lo que realmente somos capaces de “dar”, un recuerdo confuso de lo que tenemos y podemos compartir. “A alguien que no es”: no es, porque extasiados por amor, solemos idealizar e imaginar, se nos presentan relaciones con el otro muy lejanas de lo inmediato posible… E ahí donde el amor fluye, duele, se siente, por un marco no cercano a las afectaciones directas e inmediatas…

En resumen, amamos lo imaginado, y, sin embargo, ello significa el ser amado, -en el doble sentido de la palabra “significar”: por un lado, dibuja una línea de relación entre el significante (lo imaginado) y significado (el ser amado); y por el otro da sentido, reconoce a la otredad, le otorga un lugar en el mundo- Todo ello recíprocamente, catapultando dinámicas de relación como el cuidado y el cariño, aquellas que nos salvan del desamparo, que hacen del amor lo más bello…

No creo que sea posible amar de otra forma, dolerá, se sentirá, dejará marca en la herida del “tú” por siempre. Un goce y un trauma espléndido.

Que no nos engañen los partidarios de ningún tipo de egoísmo ético o psicológico, nacemos para amar, ser amados y cuidar al prójimo, esto es lo que más sentido nos otorga, el amor es vértebra esencial del existir humano, sin amor, no hay humanos. El problema surge cuando el ego o una individualidad “sobre exaltada”, “narcisa”, confundida, inmadura, desplazada de lo social, aislada, enferma… (muy típica en la contemporaneidad), aquella que sintomatológicamente intenta autosignificarse. Está condenada a la frustración, al desarraigo que desarraiga, a una carencia de sentido, sin duda se trata del trauma más grave del alma. Pueden pintarlo de mil formas, pero si esta condición no es superada, el sufrimiento está servido.  

Reconocemos que esta es una visión que puede sentirse poco gustosa respecto el amor, pues supone una frivolidad y una inevitabilidad que le quita el aro de misterio que el amor merece, y sí, lo merece. Esta aproximación no es contradictoria con aproximaciones más “bonitas” o “románticas” del fenómeno. Sigamos por una senda más bella entonces:

Metamorfosis del sentir

Don’t get any big ideas” es la frase con la que empieza “Nude”, de Radiohead; la síntesis entre la voz de Thom Yorke y la delicada instrumental da como resultado un tema sobrio, que no deja indiferente a nadie; una canción que evoca a la melancolía y reaviva el fatuo recuerdo de aquellos amores que no pudieron ser.

Hablar de amor es hablar de historia, es llorar la muerte de Enkidu, es conmoverse con la lealtad de Penélope, es comprender el suicidio de Ofelia y sentir lástima por don Quijote y sus delirios por Dulcinea; amar es no encontrar sentido a los Veinte Poemas de Amor y hacer una mueca al no entender qué dice la canción desesperada; amar es llorar por esos mismos versos, ya descifrados, recordando esos ojos oceánicos de los que hablaba Neruda. Podría seguir con una lista infinitesimal de ejemplos, tanto en la pintura como en la música, donde el amor se muestra cómo una fuerza poseedora de una dimensión propia. El amor como aquella fuerza que mueve y transforma el mundo; nuestra condición humana.

Para situarnos en la problemática del amor hay que entender las diferentes formas que este ha adquirido por parte de los pensadores que nos precedieron —esta sería una clasificación de los amores por afecto, existen muchos tipos de amores, pero los expuestos aquí serían los tradicionales—. Eros (Ἔρως); Platón, en el Banquete, mediante los personajes de Fedro, Erixímaco, Sócrates, Pausanias, entre otros, desarrollarían la idea de amor “romántico” o “apasionado”, ese vínculo de unión entre los hombres y los dioses, un amor como ideal. Filia (φιλíα); término que sería usado tanto por Platón, en el Lisis, y por Aristóteles, en los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco, y refiere a la amistad. El Agápē (ἀγάπη), caridad, aquel que refiere al otro, no en un sentido romántico, aquel que es incondicional, reflexivo, no egoísta.

La historia de la humanidad refleja una historia de transformaciones, conceptos como virtud, lo bueno, lo malo, lo moral, lo inmoral, son en esencia conceptos víctimas de su contexto, su sociedad, su religión, etc. Por ejemplo,  Nietzsche, en la genealogía de la moral, habla de qué forma y en qué dirección los criterios de la moral han cambiado; una inversión, transmutación de los valores (“die Umwertung aller Werte”), se ha dejado de lado al hombre fuerte, al no egoísta, aquel capaz de ser su propio fin, y se ha dado paso al débil y al enfermo que reniega de la vida; esto no deja de ser una transformación. El amor no se queda atrás, este vería sus transformaciones empezando en el cristianismo:

De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.

Juan 3:16

La mayor de las virtudes queda patente con el sacrificio del hijo, el amor del padre por la humanidad es puro, diáfano e incorruptible, el amor agápē de Dios por la humanidad. El renacimiento sería otro punto de inflexión, la flecha se invierte, ya no apunta al cielo, apunta hacia nosotros, de hecho la máxima expresión de esta inversión se da en el romanticismo, y esto se ve reflejado en el Arte, la Poesía, la Literatura, la música…

Pero qué ha sucedido para que el amor, en el siglo XXI se haya transformado en producto de mercado, de fácil alcance, rápido de digerir y completamente voluble. ¿Es que ya nadie está dispuesto a tomarse al otro en serio?, ¿nadie está dispuesto a perder su ser? Desde luego que sí, nos encanta ese sentimiento de sentirnos únicos y compartirlo con otro, hacer partícipes a los demás activamente, es gustoso percibir este estado de alteración también en los demás —claro está que interviene el hecho de que experimentar ese estado alterado de la conciencia puede compararse, en ocasiones, con el del yonqui, aquel en busca de otro chute más de endorfinas—, es por eso que seguimos viendo Titanic o La Bella y la bestia, el mismo motivo por el que nuestra lista de favoritos en Spotify está llena de canciones de amor que hablan del ”otro”, porque amar nos hace sentir vivos, solo que ahora las dinámicas han vuelto a cambiar.

Es el amor líquido el que ha sustituido al amor del “sacrificio”, representa la creencia en la autarquía del yo aunado a los ideales hiperconsumistas. Véase como ejemplo más evidente el paradigma de las redes sociales, donde es el individuo el que construye su realidad para con la otredad con base en los estándares que la sociedad del consumo establece, pasa por ser la máxima expresión de egoísmo en la que se crea una realidad solipsista que termina traduciéndose en la idealización más banal de la realidad. Se niega al otro por no cumplir con los nuevos estándares propuestos por el mercado, que en una sociedad nihilista altera la visión del yo. El yo hiperbolizado se sitúa entre dos aguas cuyas orillas son, en una parte, el odio, y en la otra, el amor —la visión que planteamos se inspira en la idea cósmico-metafísica del amor y el odio de Empédocles— y es mediante los flujos del río de las tendencias banales y de las valoraciones de los individuos que participan en esta macabra percepción del yo, que se marcará una dirección hacia una orilla o hacia la otra, la metáfora del “like” y el “dislike” que acaba constituyéndonos.

Son estas tendencias del yo hiperbolizado las que llevan al extremo una insistente necesidad por detener el tiempo en forma de “check-list”: deséame por lo feliz que fui en este lugar, por lo guapo que salgo, por lo feliz que aparento inmóvil, por lo bien que cociné, por lo estupendo que fue tal viaje… Se trata de la negación de los tópicos como “carpe diem”, “tempus fugit ” y “omnia transit”, la vida adquiere una temporalidad artificial, en la que se intenta mantener el aquí y el ahora eternamente, el pastiche del momento pasado, el no aceptar que uno no se puede bañar en el mismo río dos veces, como decía Heráclito.

Mientras por competir con tu cabello,

oro bruñido al sol relumbra en vano,

mientras con menosprecio en medio el llano

mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,

siguen más ojos que al clavel temprano,

y mientras triunfa con desdén lozano

del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,

antes que lo que fue en tu edad dorada

oro, lirio, clavel, cristal luciente,

no solo en plata o víola troncada

se vuelva, más tú y ello, juntamente,

en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora

Es aquí donde el arte, la música, la literatura y la poesía cobran verdadera relevancia, ya que deben actuar como medios subversivos para que cada individuo pueda exponer la desnudez de su sentir, el arte como medio emancipador, con el que poder erigir y transformar el amor desde la honestidad, generando de esta forma una fractura de los paradigmas actuales que dictan el funcionamiento de esta absurda sociedad del cansancio y el espectáculo.

Artículo de:

Daniel Ortiz (Revista We Are Davinci):
Estudiante de filosofía en la UB, amante de la literatura y poeta por las noches.

Daniel Luque (Revista We Are Davinci):
Estudiante de ciencia, tecnología y humanidades en la UAB (tema central: filosofía de la ciencia y técnica), estudiante de física en la UNED. Amante del rock progresivo, y el arte subversivo.

Cita este artículo (APA): Ortiz, D. & Luque, D. (2023, 26 de febrero). Incisión en la metamorfosis del amor. https://filosofiaenlared.com/2023/02/incision-en-la-metamorfosis-del-amor

Imagen | Wikipedia

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por Revista da Vinci

Revista sin ánimo de lucro, de divulgación interdisciplinar, plural y cercana. Las temáticas que se diluyen y operan en conjunto son el arte, la filosofía, la ciencia y la historia. Quieren motivar en las personas la creatividad, el cuestionamiento heterogéneo y holístico, el humanismo… por un sentir completo. Intentan recuperar el espíritu polímata, crítico, subversivo. El proyecto nace de la asociación Wearedavinci, una asociación que pretende ser una red de tertulias cercanas interdisciplinares, un movimiento cultural con los valores anteriormente mencionados.

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