El otro día hablaba con una amiga sobre cómo se sobrelleva – si verdaderamente se aprende a sobrellevar – la culpa. Pusimos algunos ejemplos de situaciones en las que sabemos de sobra que no lo hicimos, hacemos o estamos haciendo bien. No siempre nuestra “mala acción” implica a una tercera persona, muchas veces nos toca asumir a nosotras mismas las consecuencias de nuestros propios actos, y nos hacemos daño en todas las etapas del proceso. ¿A quién no le sonará el típico “sé que debería haber hecho eso, pero…”. Después de ese pero no hacemos más que rellenar con explicaciones elaboradísimas y justificaciones de imperativo moral aquello que no quisimos hacer. En el fondo, la verdad reside en el no lo hice porque no quería o porque no me sentía cómoda con ello. 1

Solemos poner énfasis en el perdón y en las responsabilidades cuando nos equivocamos y hablamos de culpa. Aunque estas reflexiones sean necesarias, me gustaría analizar qué pasa con el yo. ¿Cómo nos relacionamos con nosotras mismas cuando erramos? ¿Qué pasa si lo hacemos de manera consciente? ¿Hay perdón externo, pero interno? ¿Somos las mismas?

En psicología social se estudia la concepción del yo como múltiple y contextual (Roberts et. al 1994). Se entiende que el yo es una entidad maleable (Markus et al 1986). Depende del contexto, una persona se mostrará de una manera, se percibirá de otra y actuará según el rol que ocupe. Así pues, si nuestra concepción de nosotras mismas cambia y depende del lugar físico y emocional en el que estemos, habrá yoes que aceptemos más que otros, algunos que queramos potenciar y otros que queramos ocultar. El desarrollo de los múltiples yoes puede ser entendido como las distintas características de nuestra personalidad que interactúan entre ellas, con el entorno en el que nos encontramos y con los diferentes estímulos que percibimos a lo largo de nuestra vida. En consecuencia, trasladándolo al tema que hoy nos atañe, podemos dividir el yo de alguien que se siente culpable en el yo que ejerció daño y el yo que se dio cuenta de que ejerció este daño. Para asumir la culpa y responsabilizarnos de nuestras acciones debemos integrar en nosotras mismas las distintas versiones del yo que hayamos creado, independientemente de su orden cronológico y de cuánto de nuestro agrado sean. 

Continuando con el múltiple concepto del yo y desarrollándolo en el plano de la culpa, se podría firmar que para aprender a vivir con esta de la manera que nos sea más fácil hay que pasar por un proceso que se asemeja al de un duelo. Se trata de una culpa, perdón y acercamiento a nosotras mismas. Este proceso se fundamenta en la capacidad que tenemos para distanciarnos e integrar todas las posibles personas que podemos ser o hemos sido. Este espacio que originamos entre el yo que ejerce el daño, o el yo que no actúa como debería, y nuestro yo real, es una separación, hasta cierto punto irreal, de nosotras mismas. Se trata de un mecanismo momentáneo que nos permite coexistir con el daño infligido. Jugamos a un distanciamiento del yo real (ahora) con el yo no real (el culpable, el que erró). Asumir el acto como nuestro y responsabilizarnos de las consecuencias es lo más valiente, doloroso y difícil que podemos hacer. Muchas veces este proceso pasa por un fustigamiento temporal. Llegamos a disfrazarnos emocionalmente de nazarenos que recorren las calles de su barrio o pueblo con la culpa a cuestas. Nos acercamos al yo que erró resignificando todos nuestros actos pasados bajo esa óptica. Se trata de una visión propia infantilizadora, pensamos que todo lo que hicimos anteriormente nos llevó a errar. Creemos que merecemos el castigo eterno y que es lo único que nos define. Recrearse en esta visión culpabilizadora es algo habitual, pero que sea común no quiere decir que sea la mejor opción. Me parece necesario recalcar que quedarnos en una posición de fustigamiento emocional es algo fácil – todas sabemos ser víctimas y verdugos – lo que no sabemos es salir de ese papel, bajar a tierra firme y hablar del castigo de la guillotina, el dolor de la cuchilla que atravesó a la otra y nuestra mano firme siendo la culpable de ese daño. Es sencillo ser culpable y damnificada. Lo difícil no es asumir la culpa, sino reconciliar nuestra visión de nosotras mismas con esta. 

Asumir que el error es nuestro, pero no nos define, es una tarea compleja. Aceptar que podemos errar nos hace más abiertas, más profundas, más humanas, pero sobre todo nos hace ser menos duras con nosotras mismas. Sí, todas queremos hacerlo todo bien, sin embargo, a veces haremos las cosas poco bien, mal o terriblemente mal y no por ello merecemos el peor de los castigos. 

Quitarse la máscara ante el otro o ante nosotras mismas y escuchar lo que tenga que decir, sin huir, sin prisa, sin recriminaciones, es lo que nos hace salir del acto de la culpabilidad y continuar con la obra. Nos llevará a un desenlace que nos puede gustar más o menos, pero, al menos, no estamos encajadas, quietas, inmovilizadas, dejando que el tiempo, el dolor y la rabia crezcan. La clave que permite entender la relación de la culpa con el yo es la integración de los dos posibles yo que he mencionado dentro de una misma. Hay culpa, pero no hay fustigamiento, si se integran los dos, si dejamos de separarnos a nosotras mismas. Hay superación y hay responsabilidad si podemos señalarnos y querernos, cuando somos eso que repudiamos y cuando somos nuestra mejor versión, porque a lo largo de nuestra vida seremos las dos. Somos el yo integrado, no una única versión de este. 

Notas

[1] Sin intención de servir como chivo expiatorio, este texto solo propone una explicación sencilla al proceso de culpa. Esta asimilación pasa también por la responsabilización del sujeto que ha errado de sus actos.

Bibliografía

Roberts, B.W. and Donahue, E.M. (1994), One Personality, Multiple Selves: Integrating Personality and Social Roles. Journal of Personality, 62: 199-218. https://doi.org/10.1111/j.1467-6494.1994.tb00291.x

Markus, H., & Kunda, Z. (1986). Stability and malleability of the self-concept. Journal of Personality and Social Psychology, 51(4), 858–866. https://doi.org/10.1037/0022-3514.51.4.858

Imagen | Fotografía tomada por la autora

Artículo original de:

Olympia Arango (autora invitada):
Economista especializada en la economía del comportamiento. Apasionada por el amor y todo lo que esté a su alcance, es decir, la inmensidad de la existencia.

Imagen | Wikipedia

Cita este artículo (APA): Arango, O. (2023, 02 de febrero). La culpa como proceso del yo. Filosofía en la Red. https://filosofiaenlared.com/2023/02/la-culpa-como-proceso-del-yo

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