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La lectura de cualquier escrito de Walter Benjamin nos otorga, al menos, dos cosas: por un lado, el placer que transmite el modo en que enlaza cada frase, eligiendo cuidadosamente las palabras que dan lugar a un texto escrito con maestría; por otro, un hachazo de implacable realidad. Con él sucede lo mismo que con tantos otros autores contemporáneos: la vigencia de sus obras, a pesar de haber sido escritas hace más de un siglo, sigue siendo tan innegable como inquietante. En Calle de sentido único encontramos un conjunto de aforismos que se concatenan entre sí con el objetivo de simular una gran vía urbana con la que imbuir al lector en una sensación de caos y eclecticismo, casi inevitable al verse rodeado de grandes masas de personas, infinidad de productos e incontables estímulos fugaces. Cada aforismo responde al título de un local que podríamos encontrar en un espacio como este: números de portales, comercios, objetos, situaciones, puestos ambulantes… Algunos pasajes son oscuros como los callejones adyacentes siniestramente ocultos en esta gran vía; otros son tan claros como la luz blanca que emana de los escaparates proyectando sombras en los transeúntes que caminan apresurados. El que comentamos aquí, Asesoría fiscal, carece de una única e inequívoca lectura —como todo aforismo, realmente— y la que haremos orbitará en torno a la relación entre bienes y cantidad de vida, concretamente, sobre la mercantilización de la amistad. Antes de continuar quisiera decir que este análisis, probablemente, no se pueda aplicar con el mismo acierto a todas las generaciones. Desde luego no es algo que aplique a nuestros abuelos y quizás tampoco a nuestros padres, sino que parece ser algo estrechamente ligado a las generaciones nativas digitales y al modo en que nos relacionamos con la técnica moderna —algo en lo que, a falta de una mayor profundización, no indagaremos aquí—.

No cabe duda de que existe una secreta relación entre la cantidad de bienes y la cantidad de vida, es decir, entre dinero y tiempo. Cuanto más vanamente esté colmado el tiempo de una vida, tanto más frágiles, proteicos y dispares serán sus momentos, mientras que el gran período caracteriza la existencia de un ser humano superior. Acierta Lichtenberg al proponer que se hable de aminorar el tiempo en vez de acortarlo, y observa: ‘varias docenas de millones de minutos hacen una vida de cuarenta y cinco años y pico’. Donde está en uso una moneda de la que una docena de millones de unidades no significa nada, hay que contar la vida por segundos y no por años, para que su total parezca respetable1.

Walter Benjamin. ‘Asesoría fiscal’, Calle de sentido único (1928).

Pensar en la sociedad posindustrial de hoy en día implica, necesariamente, pensar en un conglomerado complejo que se define por una constante retroalimentación entre masas y lógica de mercado, así como las mediaciones que en dicha relación operan, y que dotan de cuerpo y firmeza a la estructura que protegen. A su vez implica, también necesariamente, asumirnos como partes nucleares de la misma. Bien sea en términos de indefensas criaturas constantemente zarandeadas por las fuerzas constrictivas del siglo XXI o bien como motores energéticos que ponen en marcha al mismo, lo cierto es que no hay modo de escapar de esta situación o de no vernos diametralmente atravesados por ella en prácticamente todo en lo que participamos, incluida la amistad.

A priori puede parecer contraintuitivo o imperdonablemente perverso suponer que aquello en lo que las personas plasmamos nuestras más desinteresadas intenciones se encuentra corroído e infectado por los valores de mercado, pero desgraciadamente así es, al menos en la medida en que partamos de una base de análisis común en la que el ser humano es eminentemente social y, en consecuencia, se articula en función a la ideología imperante. Aunque hasta ahora parezca lo contrario, este no es un ensayo sobre el modo genérico en que nuestra forma de existir se encuentra predeterminada por los mecanismos de la era posindustrial. Lo es sobre el modo concreto en el que eso se ve reflejado en los nuevos patrones de amistad, pues la coerción de la lógica que rige actualmente la sociedad no estrangula con menos fuerza aquellas relaciones en las que en teoría opera lo más puro del ser humano. Dejar que la inercia dirija el modo en que nos relacionamos entre nosotros efectivamente implica permitir que todo fluya, pero resultaría ingenuo pensar que la corriente que impulsa esa fluidez es la de la sana naturalidad y no la del incesante consumo. No es difícil asumir que el capitalismo nos genera necesidades artificiales para continuar consumiendo y que este es el modo en que el mismo sistema se perpetúa, pero lo problemático reside en reparar en que nuestro modo de relacionarnos con los otros también se encuentra corrompido por las ansias de consumo y que la amistad está cada vez más descaradamente mediada por exactamente los mismos impulsos que se incentivan en el resto de ámbitos: consumo, inmediatez, enriquecimiento. Quien dijera aquello de ‘quien tiene un amigo tiene un tesoro’ no se equivocaba, aunque ahora tengamos que reflexionar en esta frase desde unas coordenadas más literales y menos poéticas de las que su autor imaginaba.

La coerción de la lógica que rige actualmente la sociedad no estrangula con menos fuerza aquellas relaciones en las que en teoría opera lo más puro del ser humano

Benjamin argumentaría unos años más tarde en Experiencia y pobreza (1933) que nos encontramos atrapados en un remolino absorbente de experiencias que pasan por nosotros sin dejar impronta alguna más allá de un hambre voraz de nuevas experiencias que se revelan exactamente igual de insatisfactorias. No se trata de una carencia de experiencias sino de una sobresaturación de las mismas: un ritmo frenético e incansable que atraviesa al hombre moderno sin que este pueda ser plenamente consciente de nada de lo que sucede a su alrededor. Estas experiencias son vacuas, pobres e insulsas, no tanto por la experiencia en sí, sino por la insuficiencia perceptiva característica del ser humano contemporáneo. Desquiciados por la necesidad de sentir algo, buscamos artificialmente que cada una de las experiencias que llenan nuestro día a día sean mejores que las anteriores, haciendo de este exigente requerimiento el implacable umbral con el que decidir qué merece nuestro tiempo y atención y qué no. Así, las personas de las que nos rodeamos también terminan siendo sometidas a este criterio, si bien de forma muy sutil y apenas apreciable, solo visible a través de pequeños destellos que nos dan una pista de que nuestras relaciones no son tan desinteresadas como pensábamos.

Exigimos a nuestros allegados resultarnos fascinantes porque buscamos tercamente experimentar un encandilamiento tan mágico como el que sienten los niños al ir descubriendo un mundo para ellos desconocido. Cada una de las experiencias que nos brindan nuestras amistades se ven obligadas a ser maravillosas, únicas, irrepetibles, enriquecedoras, envidiables, memorables e inagotablemente poéticas: “hay que contar la vida por segundos y no por años, para que su total parezca respetable”2. Toda vivencia que no pase el aro de fuego de estas exigencias se nos antoja desdeñable, indigna de ser puesta en palabras. Casi nos resulta vergonzoso vernos involucrados en cuestiones mundanas que no aspiran a ninguna forma de —aparente— trascendencia, pues ello merma el concepto que tenemos de nosotros mismos y, sobre todo, el concepto de nosotros mismos que queremos presentar al mundo. Cuanto más, mejor: cuantas más experiencias, mejor; cuantos más amigos, mejor; cuantas más personas haya en nuestra vida —da igual de qué forma—, mejor; cuantas más veces pase de boca en boca nuestro nombre, mejor —porque no solo queremos tener amigos que nos presenten la realidad bajo el filtro de la sublimidad, sino sobre todo encarnar nosotros ese papel—. El día a día se convierte en la búsqueda de una aguja en un pajar: ¿encontraremos hoy, finalmente, esa experiencia, la experiencia, distinta de todas las demás? Tristemente, incluso aunque existiera tal cosa, pasaría por enfrente de nuestros ojos sin que reparáramos en ella de forma especial, y el único efecto que nos suscitaría sería una inquietante agitación que solo cesaría al vernos, de nuevo, zarandeados por la torrencial tempestad en que se ha convertido la parpadeante realidad.

Cuanto más vanamente esté colmado el tiempo de una vida, tanto más frágiles, proteicos y dispares serán sus momentos, mientras que el gran período caracteriza la existencia de un ser humano superior3.

Quizás ahora entendamos con otro sentido las palabras de Benjamin. Desde luego, no podemos ofrecer aquí directrices que nos encaminen hacia esa existencia superior, pero sí podemos detenernos a reflexionar sobre la vacuidad escondida tras la magnética apariencia de todo lo que no tiene nada más que ofrecer tras su cáscara.

El potencial liberador que existe en la amistad se encuentra no solo oculto sino también inhibido, retorcido y anulado por la idea de la amistad como experiencia de consumo.

Como decíamos antes, esto no es un ensayo sobre la mecánica social del presente. Tampoco un manifiesto en contra de forjar relaciones significativas o sustanciosas con los otros. Sí es, distintamente, un cuestionamiento del modo en que forjamos esas relaciones y la idea que tenemos sobre lo que una amistad debe ser, o más bien, lo que debe ‘aportarnos’. El potencial liberador que existe en la amistad se encuentra no solo oculto sino también inhibido, retorcido y anulado por la idea de la amistad como experiencia de consumo. La multiplicidad de formas de entender al otro y pensar horizontes compartidos se ven saboteadas por las fuerzas opresivas que ejerce la mercantilización en las propias relaciones humanas, cuyos resultados no son distintos de aquellos que se originan en las áreas más visiblemente atravesadas por el capital.

La compulsión por la novedad hace mucho que dejó de ser la excepción y se instauró como la norma, algo fácil de ver cuando hablamos de mercancía, aunque no tan cristalino cuando interpele a nuestras propias dinámicas relacionales. Construir un discurso contrahegemónico debe ir siempre acompañado de la capacidad de extenderlo y amoldarlo, pero también de la habilidad crítica para ponerlo en práctica incluso en aquellos lugares donde creemos ser irreprochables.

Artículo de:

Zoe Pereira González (autora invitada):
Estudiante de Filosofía y Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

Notas

[1] Benjamin, W. ‘Asesoría fiscal’, Calle de sentido único. Periférica, Cáceres (2011). Página 72.

[2] Ibid.

[3] Ibid.

Bibliografía

Benjamin, W. Calle de sentido único. Periférica, Cáceres (2011).

Benjamin, W. Experiencia y pobreza. Web del Centro de Estudios Miguel Enríquez. URL: https://semioticaenlamla.files.wordpress.com/2011/09/experienciabenj.pdf

Imagen | Pixabay

Cita este artículo (APA): Pereira, Z. (2023, 17 de febrero). La mercantilización de la amistad: reflexiones en torno a Benjamin. https://filosofiaenlared.com/2023/02/la-mercantilizacion-de-la-amistad
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